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ESCALOFRÍO - Capítulo 15

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  3. Capítulo 15 - 15 Se acabó la fiesta
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15: Se acabó la fiesta 15: Se acabó la fiesta Los minutos siguientes se hicieron eternos.

El murmullo de voces se volvió un zumbido constante.

Kasia y Ramón permanecieron a un lado, sin estorbar, sin acercarse demasiado, observando cómo la escena se transformaba ante sus ojos.

Primero apareció un sanitario en la puerta, haciendo señas.

Luego otro.

Y, finalmente, la camilla.

Un muchacho iba sobre ella, inconsciente, con la cara llena de rasguños y la ropa desgarrada.

Tenía un brazo y el cuello inmovilizados.

Al pasar cerca de Kasia, escuchó a uno de los sanitarios decir:
—Se ha caído por la ventana del tercer piso.

Ha tenido suerte.

La camilla avanzó hacia la ambulancia, rodeada de luces azules que parpadeaban al ritmo de sus corazones.

Kasia siguió la escena sin pestañear.

Pero entonces, antes de que pudiera procesarlo, otra camilla salió por la puerta.

Esta vez cubierta por completo.

La sábana térmica dorada brillaba bajo las luces policiales, reflejando destellos fríos.

El cuerpo de abajo no se movía.

No respiraba.

No temblaba.

Kasia sintió que las piernas le fallaban un instante.

Ramón la sujetó del codo, firme pero sin apretar.

—No mires si no quieres —murmuró.

Pero ella no apartó la vista.

No podía.

El silencio que acompañó a esa segunda camilla era distinto.

Más pesado.

Más real.

Los estudiantes alrededor dejaron de hablar.

Algunos se taparon la boca.

Otros rompieron a llorar sin contención.

Un policía caminaba detrás de los sanitarios, tomando notas rápidas en una libreta.

Su expresión era dura, profesional, pero había algo en su mirada que decía que aquello no era un simple accidente.

Ramón tragó saliva.

—Esto… esto ya no es un susto —dijo en voz baja.

Kasia no respondió.

Tenía la garganta cerrada, como si algo invisible la apretara desde dentro.

La policía empezó a organizar a los jóvenes dentro del edificio.

Los llamaban por grupos, los sentaban en mesas, les hacían preguntas.

Algunos contestaban entre sollozos.

Otros parecían en shock.

Y entre ellos, Kasia la vio.

Ana.

Sentada en una silla plegable, con una manta sobre los hombros y los ojos muy abiertos, fijos en un punto que nadie más parecía ver.

Un agente hablaba con ella, pero Ana no reaccionaba.

No asentía.

No negaba.

No lloraba.

Solo estaba allí, rígida, como si su cuerpo hubiera llegado, pero su mente siguiera atrapada en otro lugar.

Kasia sintió un vuelco en el pecho.

—Ramón… —susurró—.

Ana está ahí.

Él siguió su mirada y la vio también.

—Vamos —dijo, sin dudar.

Avanzaron entre la gente, esquivando estudiantes, policías y curiosos.

Cuando estuvieron lo bastante cerca, Kasia llamó a su amiga con un hilo de voz:
—Ana…
Nada.

Ni un parpadeo.

Kasia se agachó frente a ella, despacio, como si temiera romperla.

—Ana, ¿qué ha pasado?

¿Estás herida?

Los ojos de Ana se movieron apenas, como si tardaran en reconocerla.

Y cuando por fin lo hicieron, un temblor recorrió su mandíbula.

—Kasia… —susurró, y su voz sonó como si viniera desde muy lejos—.

No… no ha sido una caída.

Ramón frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Ana tragó saliva, pero no apartó la mirada de su amiga.

—Él… él no se cayó.

Lo vi.

Lo empujaron.

Kasia sintió que el escalofrío regresaba, más fuerte que nunca, subiéndole por la espalda como un hilo de hielo.

—¿Quién lo empujó?

—preguntó, con un temblor que no pudo ocultar.

Ana abrió la boca, pero las palabras no salieron.

Ana cerró los ojos un instante, como si necesitara reunir fuerzas para seguir hablando.

Cuando los abrió, estaban vidriosos, desbordados por algo que no era solo miedo, sino culpa.

—No fue un accidente —empezó, con la voz temblorosa—.

Era otro chaval.

Yo lo había visto antes en la fiesta, pero… no estaba bien.

Tenía los ojos desorbitados, como si no reconociera a nadie.

Se movía raro, como si estuviera escuchando algo que los demás no oíamos.

Estaría drogado o algo raro le pasaba.

Kasia sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero no la interrumpió.

Y le vino a la memoria el imbécil que le molestó, ese que la llamó por su nombre.

—De repente vino hacia mí —continuó Ana—.

Me agarró del brazo con una fuerza que no era normal.

Me arrastró hasta la ventana, como si quisiera que mirara algo o… o que hiciera algo.

Yo intenté soltarme, pero no podía.

Y entonces comenzó a decir que tenía que mandar un mensaje.

Un mensaje para su vieja amiga.

Kasia abrió los labios, sorprendida; sin embargo, no llegó a decir nada.

—No entendí qué quería decir —continuó Ana, negando con la cabeza, todavía desorientada—.

Repetía un nombre… o quizá era una frase en otro idioma.

“lega de minecu firenevo…”, como ruso o algo parecido.

Nadie le comprendía.

Kasia sintió un nudo en el estómago, pero Ana no esperó respuesta.

Las palabras le salían atropelladas, como si necesitara sacarlas antes de que la culpa la ahogara.

—Entonces otro chico vino a ayudarme.

Intentó separarlo, pero el loco se giró de golpe y lo empujó.

Lo empujó con una fuerza que no parecía suya.

Y yo… —Ana tragó saliva, la voz quebrándose—.

Yo también lo empujé.

No pensé.

Solo quería que me soltara.

Solo quería que parara.

Se llevó una mano a la boca, como si acabara de darse cuenta de lo que estaba diciendo.

—Y ahora… ahora ese chico está muerto, Kasia —susurró, con un hilo de voz que parecía romperse en cada sílaba—.

Está muerto por mi culpa.

Por lo que hice.

Por lo que no pude evitar.

Kasia sintió que el mundo se le estrechaba alrededor.

Ramón, a su lado, tensó la mandíbula, sin saber qué decir.

Ana, en cambio, no dejó de mirar a Kasia.

Como si buscara en ella una respuesta.

Kasia abrió la boca, a punto de decirle a Ana la verdad: que ese chico la había estado molestando toda la noche, que había dicho cosas que la inquietaron desde el primer momento.

Que quizá… quizá no era casualidad que hubiera terminado arrastrando a Ana hasta la ventana.

Pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, sintió la mano de Ramón en su antebrazo.

Un gesto casi imperceptible, pero suficiente para detenerla.

—No digas nada ahora —murmuró él, sin apartar la vista de los policías que estaban a menos de dos metros—.

Pueden malinterpretarlo.

Kasia lo miró, confundida.

—Pero Ana tiene derecho a saber…
—Y lo sabrá —la interrumpió Ramón, con un tono bajo pero seguro—.

No aquí.

No delante de ellos.

Créeme, Kasia.

Estoy en tercero de Derecho.

Sé cómo funciona esto.

Cualquier palabra mal colocada puede volverse en tu contra.

O en la suya.

Ella tragó saliva.

No le gustaba callar.

No le gustaba sentir que ocultaba algo.

No obstante, la expresión de Ramón no dejaba espacio para dudas.

Así que guardó silencio.

Kasia se inclinó hacia Ana y la abrazó con fuerza, como si quisiera envolverla y sacarla de aquel lugar con solo apretarla contra su pecho.

Ana se aferró a ella con desesperación, temblando, como si el contacto fuera lo único que la mantenía en pie.

—Vámonos —susurró Kasia, acariciándole la espalda—.

No tienes por qué seguir aquí.

Pero antes de que pudieran dar un paso, un agente se acercó.

—Perdonad —dijo con voz firme—.

Necesitamos seguir hablando con ella.

Kasia sintió cómo Ana se tensaba de nuevo.

Ramón dio un paso adelante, colocándose entre ellas y el policía con una calma sorprendente.

—Ella ya ha contado lo que sabe —dijo, sin levantar la voz, pero con una seguridad que obligó al agente a escucharlo—.

Está en shock, agente.

No va a aportar nada más esta noche.

Le hemos dado la dirección de la residencia.

Si necesitan más información, pueden contactar mañana.

El policía lo observó con atención, evaluándolo.

—Entiendo la situación —respondió al fin—, necesitamos asegurarnos de que podamos localizarla.

—Por supuesto —dijo Ramón, sin perder la compostura.

El agente sacó una libreta.

—Su número de teléfono, por favor.

Ana dudó, mirando a Kasia como si necesitara permiso.

Kasia asintió despacio, apretándole la mano.

Ana recitó su número con voz temblorosa.

El policía lo anotó, agradeció y se alejó para seguir con otros estudiantes.

En cuanto se fue, Ramón soltó un suspiro que llevaba rato conteniendo.

—Vámonos ya —dijo, esta vez sin matices—.

No hay nada más que hacer aquí.

Kasia pasó un brazo por los hombros de Ana, que seguía temblando, y juntas comenzaron a alejarse del edificio.

Ramón caminaba a su lado.

El camino de regreso a la residencia se hizo más largo de lo que era en realidad.

No porque estuviera lejos, sino porque cada paso parecía arrastrar el peso de lo que acababa de ocurrir.

En medio de ese silencio espeso, Kasia y Ramón se miraron varias veces, buscando en los ojos del otro una explicación que ninguno tenía.

Era una mirada cargada de preguntas sin formular, de una intuición compartida de que lo que le había pasado a Ana no encajaba con nada lógico.

Ramón fruncía el ceño, como si intentara ordenar mentalmente piezas que no pertenecían al mismo puzle, mientras Kasia sentía que algo invisible se cerraba sobre ella.

Ninguno habló, pero ambos sabían que lo que Ana había contado no era un simple episodio de pánico.

Ana caminaba entre Kasia y Ramón, envuelta en la manta que le habían dado los sanitarios.

Sus pasos eran cortos e inseguros, como si temiera que el suelo pudiera abrirse bajo sus pies en cualquier momento.

Solo se oían sus pasos y, a lo lejos, el eco apagado de las sirenas que se alejaban.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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