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ESCALOFRÍO - Capítulo 16

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16: legat de mine cu fire nevăzute 16: legat de mine cu fire nevăzute Cuando por fin se alejaron lo suficiente del tumulto, el silencio de la noche cayó sobre ellos como una manta pesada.

Kasia se inclinó un poco hacia Ana, cuidando cada palabra.

—Ana… —susurró, con una voz que apenas se oía—.

Necesito que intentes recordar todo lo que ese chico dijo.

Ana parpadeó varias veces, como si la pregunta la arrancara de un lugar oscuro y profundo donde aún estaba atrapada.

Sus ojos parecían no enfocar del todo.

—No sé si… si lo recuerdo bien —murmuró—.

Todo pasó tan rápido…
—Haz lo que puedas —insistió Kasia, aunque su propia voz temblaba por dentro—.

Lo que sea, aunque parezca una tontería.

Ana respiró hondo.

El aire le entró a trompicones, como si cada inhalación le costara un esfuerzo enorme.

Sus dedos, asomando bajo la manta térmica, temblaban sin control.

—Él… no decía cosas coherentes —empezó, con la voz rota—.

Al principio parecía normal.

Estaba con un grupo de gente, riéndose, hablando… como cualquiera.

Pero cuando me vio… —Trató de tragar saliva, pero la garganta no le respondió—.

Cuando me vio, algo en él cambió.

Fue como si me conociese de algo, pero yo nunca he hablado con él, solo lo he visto aquí, en la fiesta.

Nunca hemos hablado.

Kasia sintió un pinchazo helado en la nuca.

Ana continuó, mirando al suelo, como si revivirlo le doliera físicamente.

—Vino hacia mí como un loco.

Me agarró del brazo y empezó a hablarme de otra chica… de un mensaje que tenía que darle.

No entendí nada.

Nadie entendió nada.

Y entonces… —Ana cerró los ojos un instante—.

Entonces empezó a hablar en otro idioma.

Sonaba extraño… Algún idioma de Europa del Este o parecido.

Nadie sabía qué decía.

Algunos pensaron que estaba borracho o drogado.

Sus amigos… —Alzó la mirada, temblorosa—.

Sus amigos le contaron a la policía que él no bebía.

Que nunca bebía y drogas menos; él es… era deportista.

Kasia sintió cómo un escalofrío le subía por la columna, lento y punzante, como si un dedo helado le recorriera la piel desde dentro.

—¿A qué chica quería mandarle el mensaje?

—preguntó Kasia, conteniendo la respiración, como si temiera ser ella la chica que debía recibir el mensaje.

Ana bajó la mirada, apretando los labios, perdida entre recuerdos que parecían resbalarle entre los dedos.

—No lo sé… —susurró al fin—.

Pero me eligió a mí por algo, ¿no crees?

No fue al azar.

Me miró como si… como si yo fuera la única que podía llevarle ese mensaje a esa chica.

—¿Puedes recordar las palabras que dijo?

—preguntó Kasia, con un hilo de voz.

Ana cerró los ojos, intentando recordar.

—No… no lo entendí.

Algo así como: “legademinecufirenevosute”.

Hablaba muy rápido.

Luego me agarró.

Me arrastró hacia la ventana.

Yo pensé que… que iba a tirarme.

Kasia apretó los labios, conteniendo un temblor.

—Y cuando ese otro chico vino a ayudarme —continuó Ana—, él se puso peor y quiso quitarlo de en medio, de la peor forma posible.

Kasia sintió que el mundo se inclinaba un poco bajo sus pies.

Ramón, que había permanecido en silencio, intervino entonces con una calma que parecía calculada.

—No sigas ahora —dijo, dirigiéndose a ambas—.

No aquí.

Ana necesita descansar.

Y tú también, Kasia.

Ana asintió, agotada.

Kasia también, aunque por dentro sentía que algo se agitaba, como una corriente subterránea que llevaba horas intentando salir a la superficie.

Cuando llegaron a la puerta de la residencia, Ramón se detuvo y las miró a las dos.

—Entrad.

Yo me quedo un momento fuera.

Quiero asegurarme de que nadie nos ha seguido.

Kasia lo miró, sorprendida por la seriedad de su tono.

—Ramón…
—Confía en mí —dijo él, sin dureza, pero con una firmeza que no admitía discusión.

Kasia asintió.

Entró con Ana, que apenas podía mantenerse en pie.

Mientras subían las escaleras, Ramón se quedó solo bajo la luz mortecina de la farola.

Sacó el móvil del bolsillo y abrió la grabación que había hecho a escondidas mientras Ana repetía la frase.

Se colocó un auricular y le dio al play.

La voz temblorosa de Ana sonó distorsionada por el viento de la noche:
“legademi… necufire… nevosute…”
Ramón frunció el ceño.

No sonaba a español.

Tampoco a ruso.

Ni a latín.

Había algo en la cadencia, en la forma en que las sílabas se unían, que le resultaba extrañamente familiar y a la vez completamente ajeno.

Lo escuchó otra vez.

Y otra.

Hasta que una idea empezó a tomar forma en su mente, incómoda, improbable.

Aquello sonaba a algo antiguo.

Muy antiguo.

Quizá latín deformado.

Quizá algún dialecto nórdico arcaico.

O… tal vez… rumano antiguo.

Ramón tragó saliva, sintiendo que la noche se volvía más fría a su alrededor.

Fuera lo que fuera, no era una frase improvisada.

Era un mensaje.

Y todo apuntaba a que Kasia tenía algo que ver en ello.

No en el sentido literal, sino en la forma en que aquel chico la había abordado desde el mismo instante en que entró en la fiesta.

En cómo insistió después, siguiéndola con la mirada, acercándose demasiado, diciendo cosas que la incomodaron.

Y cuando ella se marchó, cuando decidió poner distancia… él no se detuvo.

Buscó a su amiga.

A su compañera de habitación.

A Ana.

Para darle un mensaje.

Un mensaje que nadie entendió.

Un mensaje que había terminado con un chico muerto y otro gravemente herido.

La mente de Kasia seguía enredada en los acontecimientos fatales de esa noche.

Mientras subían despacio los peldaños de la residencia.

No podía evitarlo: todo parecía girar alrededor de ellas.

Abajo, Ramón seguía escuchando el audio en su móvil, frunció el ceño cuando sintió que algo se tensaba dentro de él.

Fuera lo que fuera aquel mensaje, sabía que debían descubrirlo cuanto antes; no podía permitir que hubiera más heridos.

Él intuía que ese mensaje iba dirigido a ella.

Y lo ocurrido no era un final, sino el comienzo de algo que no entendían.

Ana se derrumbó en cuanto cruzaron la puerta de su dormitorio en la residencia.

Fue como si el poco control que había mantenido hasta entonces se deshiciera de golpe.

Sus piernas cedieron y Kasia tuvo que sostenerla antes de que cayera al suelo.

Esta vez no era Ana quien la protegía, ni quien la tranquilizaba con bromas o con su manera práctica de ver el mundo.

Esta vez era Kasia la que la abrazaba con fuerza, la que le acariciaba el pelo mientras Ana sollozaba contra su hombro, temblando como si aún sintiera las manos de aquel chico en su brazo.

—Ya está… ya está, Ana —susurró Kasia, aunque ella misma no estaba nada bien—.

Estoy contigo.

No te voy a dejar sola.

Ana asintió entre lágrimas, aferrándose a su amiga como si fuera lo único sólido en un mundo que acababa de romperse.

Mientras tanto, Ramón regresó desde el exterior.

Cerró la puerta con cuidado, comprobó el pestillo y recorrió la habitación con la mirada, como si esperara encontrar algo fuera de lugar.

No dijo nada al principio; solo respiró hondo, como si necesitara asegurarse de que el aire allí dentro era seguro.

—Todo está tranquilo —anunció al fin—.

Pero no quiero que paséis la noche solas.

Kasia levantó la vista, sorprendida por la firmeza de su tono.

Ana, aún temblando, no protestó.

De hecho, parecía aferrarse a la idea de no quedarse sola ni un segundo.

—¿Te quedarías aquí?

—preguntó Kasia, casi en un susurro.

—Claro —respondió Ramón sin dudar—.

Si os parece bien, me quedo.

No voy a dejaros así.

A ambas les pareció una idea casi reconfortante.

Kasia ayudó a Ana a meterse en su cama.

Ella se tumbó a su lado, abrazándola por detrás, como si pudiera protegerla incluso dormida.

Ana se aferró a su brazo, respirando entrecortado, pero poco a poco su cuerpo empezó a relajarse.

Ramón, por su parte, se sentó en la cama de Kasia.

Antes de acostarse, le pidió su portátil.

—Quiero intentar averiguar algo más sobre esa frase —explicó—.

No me voy a quedar tranquilo hasta entender qué demonios dijo ese chico.

Kasia se lo entregó sin pensarlo.

Ramón abrió el ordenador, conectó sus auriculares y reprodujo el audio que había grabado.

Mientras Ana dormía entre sus brazos, Kasia observó a Ramón teclear, retroceder el audio, escucharlo una y otra vez.

Su expresión se volvía cada vez más seria.

Porque lo que fuera que aquel chico había dicho…
…no era una simple frase sin sentido.

Ramón, sentado en la cama de Kasia, se inclinó hacia la pantalla.

Había abierto varias pestañas: comparaciones fonéticas, fragmentos de textos antiguos, reconstrucciones de lenguas muertas.

Nada encajaba del todo… pero tampoco sonaba completamente ajeno.

Había algo en la frase que Ana había repetido que parecía estar a medio camino entre lo humano y lo olvidado.

Volvió a reproducir el audio.

Abrió una pestaña nueva y escribió unas palabras.

Comparó raíces.

Sonidos.

Ritmos.

Y entonces dio con algo, información sobre algo más cercano al vikingo antiguo, pero mezclado con restos de un rumano primitivo, casi ritual, unido a fragmentos sueltos de latín.

Una combinación imposible que parecía arrastrar siglos de ecos y distorsiones.

Buscó más.

Saltó de un foro a un artículo, de un artículo a otro y a otro hasta dar con un vídeo.

Y, sin darse cuenta, el sueño lo venció.

Mientras dormía profundamente, el vídeo continuó.

Y una voz distinta, más firme, repitió la frase con perfecta entonación.

Pero Ramón ya no la escuchó.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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