ESCALOFRÍO - Capítulo 17
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17: El día después 17: El día después Ramón fue el primero en despertar; todavía tenía signos de llevar el cansancio pegado al cuerpo.
Pasó por el baño para asearse y despejarse un poco.
Después bajó a la cocina de la residencia de las chicas, pero al ver la cola y el olor a café recalentado, decidió desviarse hacia la cafetería de la facultad.
Allí compró churros recién hechos y tres vasos de chocolate caliente que humeaban como si quisieran devolverle algo de vida a la madrugada anterior.
Tardó un poco más de lo previsto, pero cuando regresó y llamó a la puerta de la habitación, las chicas ya estaban despiertas.
Ana abrió con una sonrisa que parecía haber recuperado su brillo habitual.
—Madre mía —dijo al ver la bolsa—, ¿cómo hemos podido vivir sin ti antes de conocerte?
Ramón soltó una risa suave, pero Kasia, detrás de Ana, se puso colorada al instante.
A pesar de todo lo ocurrido, de la sombra que aún pendía sobre ellos como una nube gris, por un momento la normalidad pareció regresar.
Se sentaron los tres, compartiendo churros y chocolate caliente; Ana hablaba sin parar, como si quisiera compensar las horas de miedo de la noche anterior, y Kasia asentía de vez en cuando.
Pero Ramón no estaba del todo presente.
Esa frase seguía dando vueltas en su mente.
Ramón esperó a que Ana terminara de reírse de su propio chiste, y entonces dejó el vaso de chocolate sobre la mesita con un golpe suave, casi imperceptible, pero lo bastante firme como para que ambas lo miraran.
—Chicas… tengo que volver a mi piso —anunció al fin—.
Necesito ducharme, cambiarme de ropa y… despejarme un poco.
Ana frunció el ceño, sorprendida.
—¿Tu piso?
¿Pero tú no vives en las residencias como todo el mundo?
Ramón negó con una sonrisa cansada.
—Tuve mala experiencia con algunos compañeros.
Nada grave… preferí evitar dramas.
Mis padres me ayudan a pagar un apartamento cerca de la universidad.
Ana abrió los ojos como platos.
—Madre mía… —dijo, alargando la frase con intención—.
¿Y tienes coche también?
Le dio un codazo a Kasia, descarado, como si estuviera señalando un tesoro recién descubierto.
Kasia bajó la mirada hacia el churro que sostenía como si fuera lo más interesante del mundo.
Ramón soltó una risa suave, divertida, sin malicia.
—Tengo coche, sí.
Y si queréis, puedo hacer de taxista cuando lo necesitéis.
No me importa.
Ana aplaudió una vez, encantada.
—¡Pues fichado quedas!
—dijo, mientras Kasia levantaba la vista apenas un segundo, lo justo para dedicarle a Ramón una sonrisa tímida que se desvaneció enseguida.
Por un instante, la habitación volvió a sentirse cálida, casi normal.
Mientras recogían los vasos vacíos y la bolsa de papel, Kasia lo observó en silencio y se levantó cuando Ramón anunció que se marchaba.
Ana seguía sentada en la cama, pero con esa expresión que solo significaba una cosa: estaba prestando más atención de la que fingía.
Kasia abrió la puerta y se acercó a Ramón con pasos cortos, casi inseguros.
—Gracias por todo —murmuró—.
Por cuidarnos… por tu paciencia… por estar aquí.
Ramón sonrió, suave, como si esas palabras le pesaran y le aligeraran a la vez.
—No tenéis que darme las gracias.
Kasia respiró hondo, reuniendo valor.
Se inclinó hacia él para darle un beso en la mejilla, un gesto tímido, sincero, casi torpe.
Pero justo en ese instante Ramón giró la cabeza para despedirse con una frase que no llegó a pronunciar.
Y el beso, en lugar de rozarle la mejilla, se encontró directamente con sus labios.
Fue un contacto breve, inesperado, un choque suave que los dejó a ambos congelados.
Ramón se apartó al instante.
—Perdón —susurró, con los ojos muy abiertos—.
No quería… ha sido sin querer.
Kasia no sabía qué hacer con las manos, ni con la respiración, ni con el calor que le subió de golpe a la cara.
Tartamudeó algo que no llegó a ser palabra, y al final solo consiguió soltar:
—Vale.
Adiós.
Cerró la puerta de golpe, apoyando la espalda contra ella mientras intentaba recuperar el aire.
Y entonces, desde la cama, se escuchó una carcajada contenida.
Ana se dejó caer hacia atrás riéndose como si hubiera presenciado el mejor espectáculo de la mañana.
—¡Ay, Kasia…!
—dijo entre risas—.
¡Pero qué escena más maravillosa acabo de ver!
Kasia se tapó la cara con ambas manos, roja como un tomate.
Y aunque la vergüenza la consumía, en el fondo, muy en el fondo…
Algo cálido le latía en el pecho.
Las chicas se arreglaron sin prisa, intentando que la rutina les devolviera algo de equilibrio.
Ana, entre bromas, seguía recordándole a Kasia el beso que se dio “sin querer” con Ramón; mientras, el sol entraba por la ventana con una claridad casi insultante.
Tanto que salieron a dar una vuelta, buscando aire fresco, conversación ligera y cualquier cosa que no fuera pensar en el accidente.
Evitaban, sin decirlo, pasar por la zona donde todo había ocurrido.
Como si rodear ese lugar pudiera deshacer lo vivido.
Como si ignorarlo lo volviera menos real.
Pero la ciudad no colaboraba.
En cada cafetería, en cada pantalla de escaparate, en cada móvil que alguien sostenía en la mano, la misma noticia se repetía una y otra vez: el accidente, el chico, las circunstancias confusas.
Las imágenes, los titulares, los comentarios.
Todo el día, sin descanso.
Cuando vieron a los reporteros de dos cadenas de televisión acercarse a la zona universitaria, Ana tiró del brazo de Kasia.
—Vámonos —susurró.
Kasia asintió enseguida.
No quería cámaras, ni preguntas incómodas.
Regresaron a la habitación casi corriendo, cerrando la puerta con un suspiro de alivio.
Apenas habían tenido tiempo de sentarse cuando el móvil de Kasia empezó a sonar.
Era su madre.
Kasia tragó saliva antes de contestar.
—Hola, mamá.
La voz al otro lado estaba cargada de preocupación.
Habían visto las noticias, habían escuchado que había ocurrido cerca de la universidad, querían saber si estaba bien.
Kasia respondió con la calma más convincente que pudo reunir.
—Estoy bien, de verdad.
No estaba cerca.
Ni el escalofrío que la recorrió antes del accidente.
Ni la sensación de que algo la observaba desde un lugar que no sabía nombrar.
No dijo nada que pudiera preocuparlos más.
Cuando colgó, dejó el móvil sobre la cama y respiró hondo, como si acabara de correr una maratón emocional.
—Has hecho bien —dijo Ana—.
Tus padres no necesitan saber nada de esto.
Bastante tienen con las noticias.
Kasia asintió, pero no respondió.
Porque, aunque no lo dijera en voz alta, había algo dentro de ella que seguía latiendo, insistente.
Y aunque el sol brillaba fuera, la sombra del día anterior seguía pegada a sus pasos.
El resto de la semana transcurrió con una normalidad engañosa.
Las clases se acumulaban, los profesores parecían haberse puesto de acuerdo para saturar a los alumnos con trabajos y lecturas, y Kasia apenas tenía tiempo para respirar entre una asignatura y otra.
Cada día llegaba a la residencia agotada, con la sensación de que el mundo académico intentaba arrastrarla de vuelta a la rutina a la fuerza.
Y, poco a poco, lo ocurrido el fin de semana empezó a difuminarse.
No a desaparecer, pero sí a esconderse entre apuntes, exámenes y prisas.
El jueves por la tarde, Ana estaba tumbada boca abajo en la cama, grabando un vídeo para TikTok.
Repetía la misma frase una y otra vez, cambiando el ángulo, la sonrisa, la entonación.
Kasia, desde el escritorio, intentaba concentrarse en un texto subrayado, aunque la voz de Ana de fondo no ayudaba demasiado.
El móvil vibró entre las sábanas.
Ana lo cogió sin dejar de grabar, pero al escuchar la voz al otro lado, detuvo la grabación de inmediato.
—¡Ramón!
—exclamó, con un tono que hizo que Kasia levantara la cabeza al instante.
Aunque Ana hablaba con él, la intención era evidente: el mensaje iba dirigido a Kasia.
Ramón las invitaba a tomar algo el viernes por la tarde.
Pasaría a recogerlas en coche y podrían ir a un bar con música, desconectar un poco, reírse, respirar.
Ana no dejó ni un segundo de silencio.
—¡Sí, sí, claro!
—Por nosotras, perfecto —respondió con entusiasmo.
Kasia abrió la boca para intervenir, pero Ana ya estaba en modo portavoz oficial.
—Pero escucha —añadió Ana, bajando la voz con picardía—, invita también a algún amigo tuyo, ¿vale?
Que yo no pienso ir de sujeta velas para nadie —remató entre risas.
Kasia sintió cómo el calor le subía por el cuello hasta las mejillas.
Intentó parecer indiferente, pero su mano tembló ligeramente al pasar la página del cuaderno.
Ana colgó satisfecha, como si acabara de cerrar un trato importante.
—Bueno… —dijo, girándose hacia Kasia con una sonrisa que mezclaba travesura y triunfo—.
Mañana tenemos planazo.
Kasia intentó mantener la compostura; aun así, el corazón le latía más rápido de lo que quería admitir.
Había algo emocionante en la idea… y algo que la inquietaba sin saber por qué.
Ana se incorporó de golpe, como si acabara de recordar algo crucial.
—¡Ay, Dios!
—dijo llevándose las manos a la cabeza—.
¡Tengo que elegir ropa!
Y tú también, Kasia.
No me vengas mañana con cara de “no sabía que salíamos”.
Vamos a ir monísimas.
Kasia sonrió, aunque su mente estaba en otra parte.
En Ramón.
En el beso accidental.
En la frase que aún resonaba en algún rincón de su memoria.
Y aunque la semana había sido casi normal, ese “casi” seguía ahí, como un hilo invisible que no terminaba de soltarse.
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