ESCALOFRÍO - Capítulo 18
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18: Ecos antiguos 18: Ecos antiguos Kasia salió del despacho del profesor con una mezcla extraña de alivio y vértigo.
El primer semestre se le estaba haciendo cuesta arriba: demasiados apuntes, demasiados conceptos nuevos que parecían abrir puertas que ni sabía que existían.
Pero también había algo adictivo en todo aquello.
Palabras como cultura, identidad, parentesco, ritual, simbolismo o poder ya no eran simples términos académicos; eran lentes que le permitían mirar la realidad con una distancia crítica que antes no tenía.
Era como si el mundo se hubiese vuelto más complejo… y más transparente a la vez.
Por eso, cuando decidió acercarse al profesor de Antropología Social y Cultural, llevaba el corazón acelerado.
No sabía si estaba haciendo lo correcto al mostrarle el audio que Ramón había grabado, aquel en el que el chico, el que murió, le decía a Ana esas palabras que aún le erizaban la piel.
El profesor escuchó el audio sin interrumpirla, con los codos apoyados en la mesa y los dedos entrelazados bajo la barbilla.
Cuando terminó, no hizo ningún gesto dramático, pero sus ojos se habían afilado.
—Interesante —murmuró—.
Muy interesante.
Luego le pidió que se sentara y, con una calma que contrastaba con la tensión de Kasia, le dio varias indicaciones:
—Busca información sobre el mundo dacio antes de la romanización.
Y también sobre Mircea Eliade.
Fue uno de los grandes estudiosos de la religiosidad antigua y de las tradiciones de Europa del Este.
Te puede resultar… iluminador.
Ah, y Harry S.
L.
Shapiro.
No lo olvides.
Kasia anotó cada nombre con una concentración casi reverencial.
No quería perder ni una pista.
—Vas por buen camino —añadió el profesor, con una sonrisa breve pero sincera—.
Eres una buena alumna.
Sigue así.
Aquellas palabras la sorprendieron más de lo que esperaba.
No estaba acostumbrada a que la animaran.
Y menos aún a sentir que alguien veía en ella algo que ni ella misma tenía claro.
Salió del despacho con la libreta apretada contra el pecho.
El pasillo estaba silencioso, casi vacío.
Pero mientras caminaba, tuvo la sensación —esa sensación tan suya, tan persistente— de que algo se había puesto en marcha.
Algo que llevaba mucho tiempo dormido.
Y que ahora, por alguna razón, había despertado.
Mientras tanto en otro lugar del campo universitario, La biblioteca de la Facultad de Derecho tenía ese silencio denso que a Ramón siempre le había parecido casi sagrado.
Filas interminables de códigos, manuales, recopilaciones jurisprudenciales… un templo del orden, de la lógica, de lo demostrable.
Justo lo contrario de lo que llevaba días rondándole la cabeza.
Se sentó en una de las mesas largas, desplegó sus apuntes y abrió el portátil.
Tenía que avanzar con el trabajo sobre el Marco Jurídico Europeo, un análisis comparado de varios fallos del Tribunal de Justicia de la Unión Europea y su impacto en el derecho español.
Un tema que normalmente le habría encantado.
Pero hoy no lograba concentrarse.
Cada vez que intentaba leer una sentencia, la frase del audio volvía a él como un eco persistente.
Aquella voz quebrada, aquel mensaje dirigido a Ana justo antes de morir… y el presentimiento de Kasia.
Ese presentimiento lo tenía atrapado.
Hipnotizado, incluso.
Suspiró, cerró el portátil y se levantó.
Sabía perfectamente hacia dónde iba antes de admitirlo siquiera.
La sección de Europa del Este estaba en un rincón, casi escondido.
Libros de historia, etnografía, lenguas minoritarias, mitología… No era su terreno, pero algo en él lo empujaba allí, como si la respuesta a una pregunta que aún no sabía formular estuviera esperándolo entre esos lomos polvorientos.
Pasó los dedos por los títulos.
Cultos tracios.
Religiones arcaicas de los Cárpatos.
Nada de eso debería interesarle, y sin embargo…
Sacó un libro al azar.
Luego otro.
Luego un tercero.
Los apiló en la mesa, sin saber exactamente qué esperaba encontrar.
Mientras hojeaba el primer volumen, una frase subrayada en lápiz llamó su atención: “Los pueblos antiguos creían que ciertas palabras no eran solo sonidos, sino llaves.”
Ramón tragó saliva.
Llaves.
Como si alguien, en algún lugar, hubiese dejado una puerta entreabierta.
Y él acababa de poner la mano en el pomo.
Por otro lado, Ana no tenía ninguna intención de ir a clase.
Se despertó con la cabeza pesada, como si la noche le hubiera pasado por encima.
Mandó un mensaje rápido a una compañera:
—Tía, hoy no puedo con mi vida.
¿Me pasas luego los apuntes?
Te invito a lo que quieras.
La respuesta llegó enseguida, con un emoji de preocupación y otro de resignación.
Arreglado.
Después de un desayuno largo, se duchó, se vistió y bajó al campus.
No sabía muy bien qué buscaba.
Quizá distraerse.
Quizá no pensar en lo que había pasado.
Pero la tranquilidad duró poco.
El móvil vibró.
Número desconocido.
—¿Sí?
—¿Ana…?
—La voz era seria, institucional—.
La llamamos de la comisaría.
Necesitamos que venga a firmar la declaración sobre el accidente.
Ana se quedó quieta en mitad del camino, como si el aire se hubiera espesado a su alrededor.
El accidente.
La palabra le cayó encima como un peso frío.
—Claro… sí.
Voy ahora.
Colgó.
Y entonces, inevitablemente, pensó en Ramón.
Era el único abogado que conocía.
Y aunque todavía no sabía muy bien qué eran el uno para el otro, había algo en él que le transmitía seguridad.
Protección, incluso.
Estuvo a punto de llamarlo.
El dedo llegó a rozar su nombre en la pantalla.
Pero no lo hizo.
No quería parecer dependiente.
No quería que pensara que no podía manejar su propia vida.
Y, sobre todo, no quería arrastrarlo más a aquel asunto que ya de por sí era demasiado extraño.
Guardó el móvil en el bolsillo, respiró hondo y se dirigió hacia la salida del campus.
Mientras caminaba hacia la parada de autobús, el aire frío de la mañana le despejó un poco la mente.
Pero no lo suficiente.
El recuerdo de la fiesta volvió a ella como un fogonazo: las luces, la música, el mareo, la sensación de que algo no encajaba… y luego él.
El chico.
Su rostro pálido.
Sus palabras.
No quería recordarlo, pero su memoria no le daba tregua.
Se plantó frente al panel del transporte urbano, un mapa enorme lleno de líneas de colores que se cruzaban como venas.
Buscó la comisaría con el dedo, repasando nombres de calles que apenas conocía.
Tardó un poco en encontrarla, en un barrio al que nunca había ido.
—Perfecto… —murmuró, sin entusiasmo.
Mientras esperaba el autobús, el móvil le pesaba en el bolsillo.
La tentación de llamar a Ramón volvió a asomar, insistente.
Él sabría qué decir, cómo tranquilizarla, cómo explicarle qué significaba exactamente “firmar la declaración”.
Pero no lo hizo.
El autobús llegó con un siseo.
Ana subió, se sentó junto a la ventana y apoyó la frente en el cristal.
La ciudad pasaba a su lado, indiferente, mientras ella intentaba ordenar sus pensamientos.
En ese mismo instante, Kasia salió del edificio de Humanidades con la hoja donde había anotado los nombres del profesor bien sujeta entre los dedos.
Mircea Eliade.
Harry S.
L.
Shapiro.
Dacios antes de la romanización.
Cada palabra parecía más pesada que la anterior, como si no fueran simples referencias académicas, sino piezas de un rompecabezas que aún no sabía cómo encajar Kasia empujó la puerta de la biblioteca con el hombro, todavía con la hoja doblada entre los dedos.
Había decidido que no podía perder tiempo: cuanto antes empezara a buscar información, antes podría entender qué demonios estaba pasando.
El olor a papel viejo y silencio la envolvió de inmediato.
Caminó hacia la sección de antropología, pero algo —una intuición, un tirón leve en el estómago— la hizo desviarse hacia el área de historia y estudios culturales.
Y allí lo vio.
Ramón estaba sentado en una mesa, inclinado sobre un libro grueso con la portada desgastada.
No era un manual de derecho.
Era algo mucho más extraño: Leyendas y mitos de Europa del Este.
Tenía otros dos libros apilados a un lado, todos igual de antiguos, igual de fuera de lugar para un estudiante de derecho.
Kasia se quedó quieta unos segundos, observándolo.
Había algo en él… una tensión, una concentración casi obsesiva.
Como si estuviera buscando algo que no sabía nombrar.
Se acercó despacio.
—¿Ramón?
Él levantó la vista, sorprendido.
Y en ese instante, antes de que pudiera decir nada, su móvil vibró con insistencia.
Ramón frunció el ceño al ver el nombre en la pantalla.
—Es Ana —murmuró, más para sí que para Kasia.
Respondió.
—¿Ana?
¿Qué pasa?
Kasia no escuchaba la voz al otro lado, pero sí vio cómo el rostro de Ramón cambiaba.
Primero confusión.
Luego preocupación.
Luego una especie de incredulidad tensa.
—¿En la comisaría?
¿Cómo que no entiendes nada?
Vale, vale, tranquila.
No cuelgues.
Voy para allá.
Colgó y se quedó un segundo en silencio, respirando hondo, como si intentara ordenar demasiadas cosas a la vez.
Kasia dio un paso hacia él.
—¿Qué ha pasado?
Ramón cerró el libro con un golpe suave.
—Ana está en la comisaría.
La han llamado para firmar la declaración del accidente… pero dice que no entiende nada de lo que le están diciendo.
Está sola.
Kasia sintió un escalofrío.
No sabía por qué, pero algo en esa frase —no entiende nada— le sonó demasiado familiar.
—Vamos —dijo ella, sin pensarlo.
Ramón asintió, recogió sus cosas a toda prisa y se levantó.
Pero, se detuvo un instante frente a ella.
—Kasia… luego te cuento lo que he encontrado.
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