ESCALOFRÍO - Capítulo 19
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
19: El interrogatorio 19: El interrogatorio Ana estaba sentada en una silla metálica, demasiado fría para su gusto.
La sala de interrogatorios tenía ese blanco clínico que no tranquiliza a nadie.
Una mesa, dos sillas, una grabadora encendida y una carpeta gruesa delante de los policías.
La pareja de agentes; un hombre de unos cincuenta y una mujer más joven, con gesto firme, intentaba reconstruir lo ocurrido la noche de la fiesta.
—Ana, necesitamos que nos cuentes otra vez lo que recuerdas —dijo la agente—.
Paso por paso.
Ana tragó saliva.
Recordar era lo que menos quería hacer.
——Ya… ya se lo dije —Ana respiró hondo, intentando ordenar los recuerdos—.
Estábamos en la fiesta.
Había bebido, sí, pero… —se frotó las sienes, como si eso pudiera aclarar la niebla en su cabeza— no sé en qué momento me separé de mi amiga.
Estuve bailando con unos chicos, nada raro.
Hizo una pausa.
Los policías esperaron en silencio.
—Y luego… él.
El chico.
No sé cómo llegó hasta mí.
Hablaba raro, como si estuviera diciendo algo importante, pero no entendí nada.
No sé qué me dijo exactamente.
Todo pasó muy rápido.
Los agentes intercambiaron una mirada, pero no la interrumpieron.
—Recuerdo que discutió con otro chico —continuó Ana, con la voz temblorosa—.
Se empujaron.
Y de repente… lo tiró por el balcón.
El otro quedó medio colgado de la reja, intentando agarrarse, hasta que… cayó.
Ana tragó saliva.
La imagen le golpeó como un flash doloroso.
—Entonces el chico que había empujado al otro vino hacia mí, enfurecido.
No sé por qué.
No sé qué quería.
Yo… yo solo me defendí.
Se quedó en silencio, respirando rápido, como si acabara de revivirlo todo.
Los policías anotaban, atentos, sin perder detalle.
El policía mayor tomó la palabra.
—El informe toxicológico preliminar indica que diste positivo en alcohol.
Muy por encima de lo permitido.
Pero también necesitamos descartar otras sustancias.
Ana levantó la vista, desconcertada.
—¿Otras sustancias?
—Queremos que te sometas voluntariamente a una prueba antidrogas —explicó la agente—.
No estás detenida, ni acusada de nada.
Pero necesitamos saber si hay algo más en tu organismo.
Puede ayudarnos a entender por qué no recuerdas ciertos detalles.
Ana sintió un vuelco en el estómago.
—Yo no tomo nada —dijo, casi en un susurro—.
Nada.
Los policías intercambiaron una mirada.
—Pero a veces, en fiestas así, alguien puede… añadir cosas a las bebidas sin que te des cuenta.
—¿Creen que… que me drogaron?
—No lo sabemos —respondió el policía mayor—.
Por eso necesitamos la prueba.
Para ayudarte.
Para entender qué pasó realmente.
Ana apretó las manos sobre la mesa.
La cabeza le daba vueltas.
La voz del chico muerto resonó en su memoria como un eco lejano.
Y entonces, incapaz de contenerse más, sacó el móvil y marcó el número de Ramón.
Cuando él respondió, su voz sonó entrecortada, casi desesperada:
—Ramón… ven, por favor.
No entiendo nada…
En cuanto Ana pronunció la palabra abogado, los dos policías se miraron entre sí.
—Por supuesto, estás en tu derecho de llamar a quien consideres necesario —dijo, la agente con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
El policía mayor cerró la carpeta con un gesto medido.
—No estás detenida, Ana.
Solo queremos aclarar lo ocurrido.
Pero si prefieres que tu abogado esté presente, esperaremos.
Ana tragó saliva.
No había querido crear tensión.
Solo necesitaba escuchar una voz conocida.
—No… no es que quiera retrasar nada…
La agente asintió, pero su mirada se volvió más analítica, como si de pronto Ana hubiera pasado de ser una testigo a sospechosa.
—¿Es estudiante de derecho, verdad?
—preguntó la agente, como quien lanza una pregunta inocente que no lo es.
—Sí —respondió Ana.
—Bien —intervino el policía mayor—.
Entonces sabrá que estas pruebas son voluntarias.
Pero si se niega, tendremos que dejar constancia.
Y eso podría complicar las cosas más adelante.
Ana sintió un nudo en el estómago.
No quería parecer culpable de algo que ni siquiera entendía.
Miró su móvil, nerviosa.
Ramón no tardaría en llegar.
La agente se inclinó hacia ella, con un tono más suave.
—Ana… no estamos aquí para acusarte.
Queremos ayudarte a entender qué pasó esa noche.
Verás los amigos del muchacho que empujaste por el balcón, nos dijeron que no bebió alcohol y el forense lo ha ratificado por lo que no entendemos que pasó entre vosotros dos.
Ana bajó la mirada.
La frase que le dijo y que ahora apenas conseguía recordar no ayudaba en nada.
Entender qué pasó esa noche.
Ella también quería entenderlo.
Pero cada vez que intentaba recordar, la imagen del chico muerto volvía a ella como un fogonazo.Y su voz, y esa maldita frase.
La puerta se abrió de golpe.
Ana levantó la cabeza.
Y allí estaba Ramón, respirando agitado, con el abrigo aún medio puesto y los ojos encendidos de preocupación.
—Ana —dijo, acercándose a ella—.
Estoy aquí.
Los policías se incorporaron ligeramente, sorprendidos por la rapidez.
Y Ana, por primera vez desde que entró en esa sala blanca, sintió que podía respirar.
Ramón entró primero, detrás de él, casi pegada a su hombro, apareció Kasia.
Ana levantó la cabeza, aliviada al verlos.
Los policías, en cambio, se tensaron.
El agente mayor entrecerró los ojos al ver a Kasia.
La señaló con un gesto lento, deliberado.
—Tú.
Acércate un momento.
Kasia se quedó paralizada.
Ramón dio un paso instintivo hacia delante, como si quisiera interponerse.
—Ella no tiene nada que ver con esto —dijo él, con un tono firme que no había usado nunca delante de ellos.
El policía mayor no apartó la mirada de Kasia.
—Tenemos testigos —dijo, marcando cada palabra— que aseguran haberla visto discutir en dos ocasiones con el fallecido.
Ana abrió los ojos, sorprendida.
Ramón giró la cabeza hacia Kasia.
Kasia sintió cómo la sangre se le helaba.
—Yo… —balbuceó, mirando a Ramón como si buscara aire—.
No… no fue una discusión.
No así.
Yo solo…
Pero no pudo terminar la frase.
El policía mayor dio un paso hacia ella, intimidándola.
—Necesitamos escuchar tu versión.
Ahora.
Kasia tragó saliva.
Sus manos temblaban.
Miró a Ramón, desesperada.
Y Ramón, sin pensarlo, se colocó a su lado, como un escudo.
—Ella no va a decir ni una palabra sin que yo esté presente —dijo, con una calma que contrastaba con la tensión del ambiente—.
Y antes de que empiece a hablar, quiero saber exactamente qué dicen esos testigos y en qué contexto la vieron.
La agente joven intervino entonces, intentando suavizar la situación.
—No estamos acusando a nadie.
Solo queremos aclarar hechos.
Pero si ella estuvo en contacto con el fallecido, necesitamos saberlo.
Kasia cerró los ojos un instante y pareció revivir ese presentimiento que la había perseguido desde la fiesta.
Abrió los ojos.
Miró a Ramón.
Y con un hilo de voz dijo:
—Yo sí hablé con él.
Dos veces.
Pero no fue una discusión.
Me invitó a bailar y no quise, él se puso un poco pesado y me fui de la fiesta.
—Gracias por aclararlo —repitió la agente joven, intentando mantener la calma en la sala—.
No es raro que en una fiesta alguien insista más de la cuenta.
El policía mayor, en cambio, no suavizó nada.
Se cruzó de brazos, clavando los ojos en Kasia como si quisiera atravesarla.
—Así que te invitó a bailar —repitió, lento, midiendo cada sílaba—.
Y cuando te negaste, ¿se puso pesado?
Kasia asintió, nerviosa.
—Sí…
El policía mayor ladeó la cabeza, como si hubiera estado esperando justo esa respuesta para lanzar la siguiente.
—Seguiste divirtiéndote —continuó él, sin apartar la mirada—.
Y cuando volvió, la discusión subió de volumen.
Tanto que mandaste a tu amiga a que “le diera su merecido”.
Kasia abrió los ojos, desconcertada.
—¿Qué?
¡Eso no es verdad!
Pero el policía mayor siguió hablando, implacable:
—Ana subió a la planta de arriba.
Discutieron.
Y “accidentalmente” —hizo comillas en el aire con los dedos— lo empujó por el balcón, para que ya no molestase a nadie más.
Ana se quedó helada.
Ramón dio un paso adelante, indignado.
—Eso es una interpretación, no un hecho —dijo con voz firme—.
Y desde luego no es lo que ellas han declarado.
La agente joven intervino, intentando evitar que la tensión explotara.
—Son testimonios de terceros —explicó—.
Gente que estaba en la fiesta.
No estamos diciendo que sea cierto, solo que necesitamos contrastarlo.
Kasia negó con la cabeza, temblando.
—Yo no mandé a Ana a hacer nada —dijo, con la voz quebrada—.
¡Ni siquiera sabía que había subido arriba!
Yo… yo me fui porque él me incomodó.
Nada más.
Ana, desde su silla, sintió un nudo en la garganta.
—Yo subí porque necesitaba aire —dijo, mirando a los policías—.
No porque Kasia me dijera nada.
Y él vino detrás.
No sé por qué.
No sé qué quería.
Yo solo… me defendí.
El policía mayor golpeó la carpeta contra la mesa, no con violencia, pero sí con intención.
—Pues alguien está mintiendo —dijo, mirando a las dos chicas alternativamente—.
Y necesitamos saber quién.
Ramón se colocó entre ellas y la mesa, como un muro.
—Mis clientas no van a ser tratadas como sospechosas cuando ni siquiera han terminado de declarar —dijo, con una calma que era puro acero—.
Y desde luego no van a cargar con versiones distorsionadas de testigos que estaban borrachos o confundidos.
La agente joven respiró hondo, intentando recuperar el control.
—Vamos a hacer esto bien —dijo—.
Una declaración cada una.
Con calma.
Con él presente.
Y sin presiones.
Kasia miró a Ana.
Ana miró a Kasia.
Y en ese instante, ambas comprendieron que la versión que circulaba por ahí no solo era falsa…
sino peligrosa.
Porque alguien, en esa fiesta, estaba contando una historia distinta.
Una historia que las señalaba a ellas.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com