ESCALOFRÍO - Capítulo 20
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20: El peor lugar para una cita 20: El peor lugar para una cita Las luces blancas de la sala de interrogatorios eran demasiado frías y caían sobre las muchachas como si quisieran arrancarles la verdad a la fuerza.
El policía mayor las hacía repetir cada detalle una y otra vez, buscando contradicciones donde no las había.
Ramón, apoyado en la pared con los brazos cruzados, observaba.
No tenía aún el título, pero tres años de Derecho le habían enseñado a reconocer cuando un agente quería cerrar un caso rápido… y a costa de quien fuera.
La tensión crecía cada vez que una de las chicas dudaba, el policía mayor golpeaba la mesa con los nudillos, como si ese sonido pudiera ordenar sus pensamientos.
Preguntas, preguntas, preguntas…
La agente joven, en cambio, parecía más incómoda que hostil.
Cuando el policía insinuó por segunda vez que aquello podía ser homicidio involuntario, Ramón dio un paso adelante.
—Con todo respeto, agente —dijo con voz firme—, mis amigas ya han explicado lo ocurrido.
Repetirlo no va a cambiar los hechos.
Si quiere acusarlas de algo, necesitará pruebas, no suposiciones.
El mayor lo miró con una mezcla de fastidio y desafío.
Las chicas respiraron un poco más tranquilas.
No era aun abogado… pero en ese momento, Ramón era lo más parecido a un salvavidas.
La policía joven levantó la vista por primera vez.
—Quizá deberíamos esperar a que llegue el forense.
El informe preliminar no coincide del todo con… —se interrumpió al ver la mirada fulminante del mayor.
Ramón captó ese detalle.
Algo no cuadraba.
Algo que el mayor quería tapar… o acelerar.
Ramón no esperó a que el policía encontrara otra excusa para retenerlas.
Se inclinó sobre la mesa y habló con una firmeza que no admitía réplica.
—No pueden acusarlas de nada.
El interrogatorio ha terminado.
El agente mayor abrió la boca para protestar, pero Ramón ya había hecho un gesto claro a las chicas para que se levantaran.
Ana y Kasia lo siguieron casi de inmediato, como si ese simple movimiento les devolviera el control que les habían arrebatado.
La agente apartó la mirada, incómoda, pero no intentó detenerlos.
Al cruzar la puerta principal de la comisaría, el aire frío de la calle les golpeó como un recordatorio de que seguían vivas, libres…
Cuando llegaron al coche de Ramón, Ana no pudo contenerse.
Se lanzó a su cuello, abrazándolo con una mezcla de alivio, miedo y gratitud.
Él la sostuvo sin dudar, sintiendo cómo temblaba.
Kasia, más contenida pero igual de afectada, se quedó frente a él.
Sus ojos, húmedos, lo decían todo.
Movió los labios sin emitir sonido, articulando un gracias que solo él podía leer.
Ramón, aún con los brazos de Ana rodeándole el cuello, le devolvió el gesto a Kasia.
Sus labios formaron un tranquila, ya pasó, silencioso, íntimo, como si compartieran un lenguaje secreto que no necesitaba voz.
Por un momento, los tres quedaron así: Ana aferrada a él como si temiera que el mundo volviera a derrumbarse, Kasia observándolo con admiración, y Ramón sintiendo el peso de ambas… y la responsabilidad que acababa de asumir sin pensarlo.
Ramón condujo en silencio los primeros minutos, dejando que el motor y el traqueteo suave del coche hicieran de puente entre la tensión de la comisaría y el mundo real.
Cuando miró la hora en el móvil eran las14:23, se dio cuenta de que no habían comido nada desde la mañana.
El hambre les rugía por dentro, aunque ninguno lo había mencionado.
Ramón, las llevó a una cafetería modesta, de esas donde el olor a guiso casero se mezcla con el sonido de cubiertos y conversaciones rápidas.
La dueña, al verlo entrar, le dedicó una sonrisa cómplice y les señaló una mesa al fondo, algo apartada del bullicio.
Era su mesa de siempre.
Pidieron menú del día sin pensarlo demasiado.
Cuando llegaron los platos calientes, el ambiente se aflojó.
Mientras partía su filete, Ramón habló con calma, como si ordenara sus pensamientos en voz alta.
Los policías no tenían pruebas.
El interrogatorio había sido más presión que investigación.
El policía mayor parecía tener prisa por cerrar el caso… demasiado prisa.
—Puede que el chico —dijo Ramón bajando la voz— fuera hijo de alguien importante.
Y que estén presionando para encontrar un culpable rápido.
Vosotras erais las últimas que lo visteis… y eso les basta para intentar encajaros en la historia.
Ana dejó el tenedor a medio camino.
Kasia frunció el ceño, pensativa y rompió el silencio.
—Si fuéramos al funeral… —dijo, tanteando el terreno— podríamos averiguar quién era realmente.
Quiénes lo rodeaban.
Si había algo raro en su familia o en sus amigos.
Ana hizo una mueca.
—No me apetece nada ir a un funeral ahora mismo…
—A mí tampoco —admitió Ramón—.
Pero puede ser la única forma de entender por qué quieren culparos.
Kasia asintió, con esa mezcla de determinación y miedo que la hacía parecer más fuerte de lo que se sentía.
Ana suspiró, resignada.
Y, aunque sin ganas, entraron en la sala del funeral.
Esta se encontraba tan llena que el murmullo parecía un único zumbido grave, como si toda aquella gente compartiera el mismo suspiro contenido.
El olor a flores frescas, se mezclaba con el perfume caro de los asistentes.
Era evidente que la familia del muchacho pertenecía a un círculo social muy por encima del de cualquiera de ellos.
Una vez dentro, sus vestimentas de color se diluyeron entre los trajes oscuros de los asistentes.
No había nadie conocido… excepto una persona.
El policía que las había interrogado estaba allí, impecable, con un traje que parecía recién planchado.
Estaba dándo el pésame a la familia.
El padre del chico —un hombre corpulento, con rostro endurecido por la ira más que por el dolor— lo tomó del brazo y lo llevó a un rincón apartado.
Sus gestos eran tensos, rápidos, como si exigiera respuestas inmediatas.
El policía asentía, con la mandíbula apretada y puños cerrados.
Ramón observó la escena desde lejos, sin perder detalle.
Mientras tanto, Ana y Kasia se acercaron a la madre del fallecido.
La mujer estaba destrozada, sostenida por dos familiares que parecían temer que se desmoronara en cualquier momento.
Ana, inclinó la cabeza y murmuró un pésame sincero.
Kasia hizo lo mismo, con una delicadeza que contrastaba con su nerviosismo.
Pero justo cuando la madre levantó la vista hacia ellas, el policía mayor terminó su conversación con el padre y se giró.
Y sus ojos barrieron la sala.
Ana sintió un vuelco en el estómago.
Kasia se quedó helada.
Ramón, desde la distancia, vio el movimiento y supo que estaban a segundos de ser descubiertas.
El policía mayor frunció el ceño, como si algo en la multitud no encajara.
Sus ojos se detuvieron un instante en la zona donde estaban las chicas.
El policía mayor entrecerró los ojos, intentando enfocar entre la gente.
Ramón avanzó entre los asistentes, abriéndose paso con calma, pero con una urgencia contenida.
Sabía que si el mayor las reconocía allí, en ese contexto, podría interpretarlo como provocación… o peor, como una admisión de culpa.
La tensión era tan densa que parecía que el aire se había detenido.
Ramón tiró de ellas con la urgencia justa para no parecer que huían, pero sin darles tiempo a mirar atrás.
Cruzaron la puerta lateral del tanatorio y se encontraron de golpe en el aire frío del cementerio, un contraste brutal con el ambiente cargado de la sala.
Siguieron caminando casi por inercia, guiados solo por la necesidad de alejarse del policía mayor antes de que su mirada terminara de enfocar.
Cuando por fin se detuvieron, el silencio era absoluto.
Estaban en la zona vieja del cementerio, donde las lápidas de piedra se inclinaban como ancianos cansados y el musgo dibujaba mapas extraños sobre los nombres borrados por el tiempo.
Allí no había nadie más.
Solo ellos tres y el eco de sus propios latidos, que poco a poco volvían a un ritmo normal.
Ana fue la primera en romper el hechizo.
Primero soltó un suspiro.
Luego una risita.
Y de pronto, sin poder contenerse, estalló en carcajadas.
Era una risa nerviosa, liberadora, casi histérica.
Kasia la miró sorprendida… y luego empezó a reír también, doblándose por la mitad mientras se sujetaba el estómago.
Ramón intentó mantener la compostura, pero al verlas, al recordar la tensión del funeral, la mirada del policía, la huida improvisada… se dejó caer sentado sobre una lápida antigua y empezó a reírse también, con la cabeza entre las manos.
—¿Os dais cuenta…?
—logró decir Ana entre carcajadas—.
¡Nuestra cita de hoy… la hemos cambiado por un paseo por el cementerio!
Eso los remató.
Kasia se dejó caer de rodillas, llorando de la risa.
Ramón tuvo que apoyarse con las manos en la lápida para no caerse hacia atrás.
Ana se secaba las lágrimas mientras seguía riendo.
Era absurdo.
Era ridículo.
Era exactamente lo que necesitaban para soltar toda la tensión acumulada.
Cuando por fin pudieron respirar sin que les doliera el pecho, Ana se dejó caer al lado de Ramón y dijo, aún con la voz temblorosa:
—La próxima cita… por favor… deberiamos escoger un lugar un poco más alegre.
¿No os parece?
Kasia asintió, todavía con hipo de tanto reír.
Ramón, con una sonrisa cansada pero sincera, miró a ambas.
Y por un instante, allí, entre lápidas viejas y risas inesperadas, los tres sintieron que, pese a todo lo que estaba ocurriendo, entre ellos se estaba forjando una gran amistad.
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