Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

ESCALOFRÍO - Capítulo 21

  1. Inicio
  2. ESCALOFRÍO
  3. Capítulo 21 - 21 La cita
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

21: La cita 21: La cita Ramón llevó a las chicas a la residencia como si quisiera devolverles un pedazo de seguridad.

Subieron juntos en silencio.

Ana abrió la puerta de la habitación, pero antes de entrar se giró hacia ellos con una sonrisa traviesa.

—Os dejo… pero no os penséis que no voy a escuchar —dijo señalándose la oreja.

Kasia sonrió, divertida, y Ramón soltó una risa suave.

Ana entró y, como era de esperar, dejó la puerta entreabierta, pero Kasia la cerró con suavidad y se apoyó en la puerta un segundo, respirando hondo.

Luego se acercó a Ramón con una expresión sincera, vulnerable.

—Gracias… por todo lo de hoy —dijo en voz baja—.

No sé qué habría pasado sin ti.

Ramón negó con la cabeza, casi avergonzado por el reconocimiento.

—No podía permitir que abusaran de vosotras.

Kasia sonrió, esa sonrisa pequeña que le iluminaba los ojos.

—Aún no tienes el título… pero desde luego eres un gran abogado.

Aquello lo tocó más de lo que esperaba.

—Me alegra que lo pienses —respondió—.

Y… hablando de cosas pendientes… aún no hemos tenido nuestra cita.

Kasia parpadeó, sorprendida por el cambio de tono.

—¿Nuestra cita?

—Sí —dijo él, con una media sonrisa—.

Te espero abajo en una hora y media.

Lo justo para ir a mi apartamento, ducharme, cambiarme… y venir a recogerte.

Tomamos unas cervezas, hablamos y esta vez prometo no llevarte a un cementerio.

Kasia soltó una risa sincera.

—Me parece un buen plan.

Y se marchó, dejando a Kasia con una mezcla de nervios, ilusión y la sensación de que, por primera vez en todo el día, algo bueno estaba a punto de empezar.

Ramón salió de la residencia con el pulso todavía un poco acelerado.

Caminó hacia su coche con las manos en los bolsillos, dejando que el aire fresco de la tarde le despejara la mente.

El trayecto hasta su apartamento fue corto.

Mientras conducía, se sorprendió sonriendo solo.

Al llegar a su apartamento, abrió la puerta.

El habitáculo era pequeño, ordenado, casi minimalista.

Un lugar que hablaba de alguien que pasaba más tiempo estudiando que viviendo.

Se quitó la chaqueta, se miró en el espejo del pasillo y soltó una risa suave.

—Prometo no llevarte a un cementerio —repitió en voz baja, recordando su propia broma, que ahora le sonaba torpe.

Entró en el baño, abrió el grifo de la ducha y dejó que el vapor empezara a espesar el aire.

Se desvistió, ocupando su mente con Kasia: su sonrisa tímida, la forma en que había cerrado la puerta para hablar con él a solas, la sensación inesperada de sentirse visto por alguien que apenas conocía.

Pero entre esa calidez también se colaban sombras.

El policía, tan empeñado en culparlas; ese presentimiento que aún no lograba descifrar; aquella frase que se le había quedado clavada sin saber por qué.

Todo era extraño, demasiado extraño, y esa mezcla de intuición y desconcierto lo tenía atrapado.

Después de la ducha, eligió ropa sencilla pero cuidada: unos vaqueros oscuros, una camisa clara y una chaqueta que le daba un aire más adulto.

Se perfumó ligeramente, lo justo para que se notara solo cuando estuvieran cerca.

Miró el reloj.

Aún tenía tiempo.

Se sentó en el borde de la cama y se dejó caer en ella, mientras su mente trataba de descansar unos minutos.

Ramón llegó puntual.

Cuando la vio salir por la puerta de la residencia, el aire se le quedó atrapado en el pecho.

Aunque había pasado todo el día con ella, Kasia parecía otra.

No era un cambio radical, sino algo más sutil: una luz distinta en su mirada, una seguridad tímida en su forma de caminar, un cuidado especial en cada detalle.

Y aun así, seguía siendo ella, con esa mezcla de fragilidad y fuerza que lo había encandilado desde el primer instante.

Ramón la observó acercarse.

El vestido que llevaba no era el más elegante ni el más llamativo, pero en ella funcionaba.

Realzaba su figura delgada, quizá más de lo que a él le gustaba en general, pero en Kasia esa delicadeza tenía algo magnético.

Su cabello rubio caía en ondas suaves sobre los hombros, moviéndose con cada paso como si tuviera vida propia.

Sus ojos —ese azul cambiante que parecía transformarse según la luz— lo miraban con timidez.

Su piel clara, casi de mármol, contrastaba con el leve rubor que le subía a las mejillas al verlo.

Y sus labios… esos labios carnosos, dulces, que lo habían desarmado desde la primera vez que los vio en la fiesta y sobre todo cuando ella bajaba la mirada o se mordía el labio sin darse cuenta.

Cuando ella llegó a su lado, Ramón abrió la puerta del coche con una sonrisa que no tuvo que fingir.

—Hola… —murmuró, sin saber si debía inclinarse, abrazarlo o quedarse quieta.

Ramón no quiso dejarla en ese limbo.

Se inclinó un poco hacia ella, despacio, dándole tiempo para apartarse si quería.

Y le rozó los labios con los suyos.

Un contacto suave, breve, casi un susurro.

Kasia se quedó congelada un segundo.

Luego el color le subió a las mejillas tan rápido que parecía que se había encendido una luz bajo su piel.

Roja como un tomate.

Y preciosa.

Ramón sonrió, algo nervioso también.

—¿Te ha molestado?

—preguntó en voz baja.

Ella negó con la cabeza, aún sin poder hablar del todo, y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.

—No… es solo que… no sabía cómo teníamos que saludarnos.

¿Qué era lo normal?.

Ramón se apoyó suavemente en el marco de la puerta del coche y la miró con una ternura que no intentó ocultar.

—Lo normal será lo que nosotros decidamos.

Kasia bajó la mirada un instante, como si esas palabras le hubieran tocado algo muy profundo.

Luego respiró hondo y volvió a mirarlo.

—¿Dónde vamos?

—preguntó, intentando recuperar algo de control sobre sus nervios—.

Ana me dijo que hay un garito cerca del campus… con música, cócteles y algo para picar.

Por si nos entra hambre.

—Me parece perfecto.

Música, algo de comer… y tú.

Suena a una buena noche.

Y él deseaba, con una intensidad tranquila pero firme, que no terminara demasiado pronto.

La cervecería estaba a reventar, un hervidero de voces, risas y luces de neón que parpadeaban como si marcaran el ritmo del reguetón que retumbaba en las paredes.

Aun así, lograron hacerse con un hueco estrecho en mitad de la barra, lo justo para apoyarse y no perderse entre la multitud.

Ramón pidió dos cervezas antes de que ella pudiera sacar la cartera, y cuando el camarero las dejó frente a ellos, el sonido era tan ensordecedor que no les quedó otra que inclinarse, hablarse al oído, casi rozándose.

Entre sorbos y sonrisas, Kasia empezó a contarle cómo era su vida antes de llegar allí.

Ramón la escuchaba con una atención que no fingía, acercándose cada vez más para no perder ni una palabra.

Había algo en su voz que lo hipnotizaba, algo cálido y frágil a la vez.

Cuando terminaron la primera ronda, él levantó la mano para pedir otra, y luego otra más, como si cada cerveza les diera permiso para seguir desnudando historias.

La música seguía golpeando fuerte, pero entre ellos se había creado una burbuja:
Ella hablaba con las manos, animada.

Él la miraba como si quisiera memorizar cada gesto.

A veces se rozaban sin querer… o quizá sí queriendo.

La reacción de Kasia fue tan súbita que Ramón casi no llegó a procesarla: se quedó rígida, como si un escalofrío le hubiera recorrido la espalda de arriba abajo.

Él lo notó al instante; le rozó el brazo para llamar su atención, pero ella ya estaba girándose, buscando algo entre la multitud, como si una pieza invisible acabara de desencajarse del mundo.

Ramón la imitó sin saber qué buscaban exactamente, solo guiado por la tensión que ella desprendía.

Entonces, casi por instinto, la tomó del brazo y la apartó hacia un pequeño rincón entre dos columnas, un espacio estrecho pero lo bastante aislado para ver sin ser vistos.

Fue justo entonces cuando estalló el revuelo.

En la barra, el camarero —el mismo chico simpático que les había sonreído al servirles la primera ronda— saltó por encima del mostrador con un movimiento seco y desesperado.

En su mano brillaba el cuello roto de un botellín.

Antes de que nadie pudiera reaccionar, se lo clavó en el cuello a uno de los clientes que charlaban con un grupo de amigos.

La gente gritó, retrocedió, las copas cayeron al suelo.

La sangre salpicó la madera, las camisas, el espejo.

Y fue precisamente en ese espejo, el que cubría toda la pared tras la barra, donde Ramón y Kasia lo vieron todo reflejado: el gesto desencajado del camarero, el golpe, el caos inmediato.

En menos de un minuto, la noche cambió de forma brutal.

Alguien llamó a la policía.

Las luces se encendieron de golpe.

La música cesó.

La ambulancia llegó casi al mismo tiempo que los agentes, que pidieron calma, que nadie saliera, que se apartaran…

Ramón sintió la respiración acelerada de Kasia junto a él, y por un instante tuvo la certeza de que lo que acababa de ocurrir no era un simple arrebato ni una pelea de bar.

Había algo más.

Algo que ella había vuelto a sentir antes que nadie.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo