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ESCALOFRÍO - Capítulo 22

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22: ¿Otra vez vosotros?

22: ¿Otra vez vosotros?

El camarero ya no parecía una amenaza.

Dos agentes lo redujeron contra el suelo sin demasiada resistencia.

Él no forcejeaba, no gritaba.

Solo respiraba rápido, con los ojos muy abiertos, fijos en un punto que nadie más veía.

Le hablaban, le preguntaban su nombre, qué había pasado… pero no reaccionaba.

A pocos metros, los sanitarios presionaban el cuello del hombre.

La sangre seguía brotando entre sus dedos enguantados.

El murmullo del bar se había convertido en un silencio tenso, apenas roto por órdenes cortas y respiraciones agitadas.

Entonces llegó otro coche patrulla.

Las luces azules parpadearon contra las paredes y, cuando los dos agentes bajaron, Kasia se volvió hacia Ramón con un gesto de alarma.

—Son ellos —susurró.

La pareja de policías que los había interrogado por la mañana entró en el local.

El mayor avanzó primero, con esa forma suya de mirar que parecía registrar cada detalle.

Hizo un barrido lento por toda la sala, deteniéndose en cada rostro, en cada rincón.

Ramón contuvo la respiración.

Con tanta gente, quizá pasarían desapercibidos.

Pero no.

Los ojos del agente se clavaron justo donde estaban ellos.

Cuando llegó a su altura, ladeó la cabeza con una media sonrisa que no tenía nada de amable.

—Vaya… otra vez vosotros.

Curioso, ¿no?

El policía dio un paso y se plantó frente a Kasia, tan cerca que ella tuvo que echarse ligeramente hacia atrás.

Ramón vio cómo sus manos empezaban a temblar y cómo lo miraba de reojo, pidiéndole ayuda sin decir una palabra.

—¿Sabes qué ha pasado?

—preguntó el agente, sin apartar la vista de ella—.

¿Conoces al camarero o a la víctima?

Señaló con la barbilla hacia la barra, donde los sanitarios acababan de detenerse.

El hombre herido ya no respiraba.

Uno de los médicos negó con la cabeza y cubrió el cuerpo con una manta térmica.

Kasia tragó saliva, incapaz de responder.

Ramón dio un paso adelante, dispuesto a interponerse si hacía falta, pero el agente mayor lo miró de reojo, como si ya hubiera anticipado ese movimiento.

—Curioso que estéis aquí otra vez —añadió, con un tono que no dejaba claro si era sospecha, advertencia o simple constatación—.

La música ya estaba apagada.

El bar entero contenía la respiración.

Ramón se colocaba entre Kasia y el agente.

—De curioso nada —dijo, sin levantar la voz—.

Este bar está lleno de gente, está cerca del campus donde estudiamos y, que yo sepa, tomar unas cervezas y escuchar música no está prohibido aún.

Así que, como verá, el mundo está lleno de casualidades.

Nosotros también podríamos decir que en esta ciudad no hay más policías que ustedes dos… ¿no le parece?

El agente lo miró con una mueca que no suavizaba en absoluto la dureza de sus ojos.

Durante un segundo pareció calibrarlo, como si estuviera decidiendo si le molestaba más la respuesta o el hecho de que tuviera razón.

El agente se inclinó apenas hacia ellos.

—Procuren no marcharse aún —añadió, con un tono que no admitía réplica—.

Quizá necesite volver a preguntarles algo.

Kasia apretó el brazo de Ramón, buscando anclaje.

Él sintió cómo le temblaban los dedos.

Se sentaron en dos taburetes apartados.

Los agentes iban mesa por mesa tomando nombres y números de teléfono, asegurándose de que nadie se marchara sin quedar registrado como testigo.

El murmullo era bajo, tenso, como si el bar entero respirara con miedo.

Ramón tomó el rostro de Kasia entre sus manos, con suavidad.

—¿Estás bien?

—le preguntó—.

¿Esto… también lo sentiste?

Ella no habló.

Solo asintió, despacio, con los ojos muy abiertos.

Y ese gesto, más que cualquier palabra, le heló la sangre a Ramón.

Uno de los agentes se acercó al policía mayor y, llamándolo “teniente”, le informó de la situación mientras él supervisaba cada movimiento.

Ordenó que le hicieran pruebas de drogas al camarero, que seguía en un estado extraño, como si no terminara de volver en sí: no respondía, no parecía entender dónde estaba.

Mientras tanto, al alzar la vista hacia la parte superior de la barra.

En las esquinas del espejo había pequeñas cámaras de vigilancia, casi invisibles entre las luces y las botellas.

Señaló una con la barbilla.

—Quiero ver esas grabaciones.

Ahora.

Uno de los camareros los condujo por un pasillo estrecho, pasando junto a los aseos, hasta un despacho pequeño con olor a humedad y papeles viejos.

Allí, en una pantalla.

El vídeo era claro.

El camarero saltaba la barra con una rapidez.

El ataque era directo, sin provocación, sin palabras previas.

Un movimiento seco, brutal, inexplicable.

El teniente rebobinó unos segundos antes del ataque.

Y allí, vio a Kasia, la imagen era evidente: ella se tensaba, buscaba algo con la mirada.

El teniente entrecerró los ojos, pensativo.

Sin embargo, el salto del camarero era tan claro, tan contundente, que no podía inventar culpables donde no los había.

El agresor estaba ahí, grabado desde varios ángulos.

No había duda.

Pero la reacción de esa chica…
Se acercó a Kasia sin rodeos, le preguntó por ese gesto suyo justo antes de que el camarero saltara la barra.

Kasia dudó un instante, atrapada entre lo que había sentido y lo que podía admitir sin parecer una loca.

Ramón, atento a su gesto, negó muy suavemente con la cabeza, pidiéndole que no dijera nada comprometedor.

Ella respiró hondo, tragó saliva y, cuando por fin habló, su voz salió más firme de lo que esperaba.

—Solo… estábamos buscando una mesa libre —respondió.

El teniente la observó con detenimiento, como si quisiera atravesar la respuesta y llegar a lo que había detrás.

La mirada de Kasia se mantuvo, aunque sus dedos se entrelazaban nerviosos.

Ramón apoyó una mano en su espalda, un gesto discreto pero claro.

—La barra estaba muy llena —añadió él—.

Pensamos que estaríamos más cómodos en una mesa.

El teniente no dijo nada durante unos segundos.

Su expresión no mostraba si creía la explicación.

Finalmente, asintió con un leve movimiento de cabeza, aunque sus ojos seguían fijos en Kasia, como si algo en su reacción inicial no terminara de encajarle.

—Bien —murmuró—.

De momento, eso es todo.

Kasia y Ramón abandonaron enseguida el bar.

Aun así, no pudieron evitar girarse una y otra vez.

Sus miradas buscaban al camarero, intentando encontrar en su rostro algún rastro de lógica.

Pero él seguía allí, inmovilizado en el suelo, con la mirada perdida en un punto invisible, ajeno al caos que había provocado.

Al cruzar la puerta, el aire frío de la noche les golpeó la cara, pero no los despejó.

La imagen del ataque, el grito ahogado de la víctima, la sangre en el espejo… todo seguía vibrando dentro de ellos.

Ramón miró a Kasia.

Ella seguía pálida, con los labios apretados, como si aún escuchara algo que él no podía oír.

—Vámonos —murmuró él, más para protegerla que porque creyera que alejarse fuera a cambiar nada.

Mientras caminaban hacia el coche de Ramón.

Él avanzaba en silencio, repasando mentalmente cada detalle de lo ocurrido, intentando encajar piezas que no terminaban de tener forma.

A su lado, Kasia caminaba con pasos cortos y nerviosos, como si cada sombra pudiera esconder algo más.

Fue ella quien rompió el silencio.

—¿Crees que… traigo mala suerte?

—preguntó de pronto.

Ramón se detuvo en seco.

No esperaba esa pregunta.

—¿Qué?

No… no, ¿cómo puedes pensar eso?

—respondió, girándose hacia ella—.

Los accidentes pasan más de lo que creemos.

Y la gente… la gente está fatal de la cabeza, Kasia.

Parecen normales, son sociables, te dan los buenos días, las buenas noches, te preguntan qué tal estás, pero basta cualquier tontería para que estallen y cometan un acto atroz.

Pasa todos los días.

Intentó sonreír, quitarle hierro al asunto.

—Además, si no fuera así, ¿por qué crees que hay tantos abogados?

Si estas cosas no ocurrieran tan a menudo, ¿de qué viviríamos nosotros?

Pero Kasia no sonrió.

Simplemente lo miró… sin reír, sin alivio, sin nada que se pareciera a calma.

Como si sus palabras hubieran rebotado en un muro invisible.

Ramón se pasó una mano por la cara, arrepentido al instante.

—Perdona —murmuró—.

Ha sido un chiste muy malo.

Bueno, realmente malísimo.

No era el momento.

Ella asintió, pero no dijo nada.

Sus ojos seguían inquietos, como si aún sintiera algo que él no podía percibir.

Ramón abrió la puerta del coche y esperó a que Kasia subiera, encendió el motor, pero no arrancó.

Se volvió hacia ella.

—No deberías pensar eso —continuó él, retomando la conversación donde la habían dejado—.

No traes mala suerte.

No eres… un imán de tragedias.

Lo que ha pasado ahí dentro no tiene nada que ver contigo.

—Es que… —murmuró—.

Lo sentí, Ramón.

Antes de que pasara.

Igual que…
Se detuvo, mordiéndose el labio.

No quería seguir.

O no sabía cómo.

Ramón la observó un instante.

—Kasia —dijo él, con voz más suave—.

Que sientas que algo va mal no significa que seas responsable.

A veces… las personas perciben cosas.

Pero eso no te hace culpable de nada.

El viento se levantó de golpe.

Las ramas de los árboles se agitaron con un crujido seco, y un remolino de hojas cruzó la calle.

—Viento de tormenta —murmuró él.

Pero Kasia no respondió.

Se había quedado rígida, mirando hacia la oscuridad.

Y entonces ambos lo oyeron.

No fue un aullido del viento.

No fue un sonido arrastrado por casualidad.

Fue un susurro, que parecía venir de todas partes y de ninguna.

—Kasiaaaaa…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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