ESCALOFRÍO - Capítulo 23
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23: La tormenta 23: La tormenta Ramón se quedó helado.
Kasia abrió los ojos de par en par, llevándose una mano a la boca.
El viento volvió a soplar, más fuerte, como si quisiera borrar lo que acababan de escuchar, pero ya era tarde.
Aquella voz, si es que lo había sido, seguía vibrando en el aire, como un eco imposible.
—¿Lo has oído…?
—preguntó Kasia, con un hilo de voz.
Ramón no sabía qué contestar.
Estaba pálido como la luna, los labios entreabiertos, como si aún buscara una explicación racional que no llegaba.
No había nadie en la calle.
No había ventanas abiertas.
No había forma de que alguien hubiera dicho su nombre.
El viento volvió a rugir, pero esta vez no lograba ocultar la sensación de que algo o alguien los estaba observando desde la oscuridad.
Ninguno era capaz de hablar.
No estaban seguros de lo que habían escuchado.
No tenía sentido.
Nada de lo que había pasado esa noche tenía sentido.
Los relámpagos iluminaban la calle desierta, arrancando destellos blancos.
Los truenos aún estaban lejos, pero la tormenta se acercaba con rapidez, como si quisiera alcanzarlos antes de que escaparan.
Kasia respiró hondo, temblando.
—Tengo pánico a las tormentas —dijo en voz alta, casi como una confesión involuntaria.
Ramón reaccionó al fin.
Puso en marcha el vehículo y el motor rugió como un refugio.
Cerró los seguros de las puertas sin pensarlo.
Quería alejarla de esa calle, de ese viento, de esa voz.
Mientras se alejaban, un relámpago cayó tan cerca que iluminó la carretera como si fuera de día.
Y en ese destello, ambos lo vieron: una sombra en mitad del asfalto.
No era un reflejo.
No era una persona.
No tenía forma definida, pero tampoco era ausencia de luz.
Era… algo.
Algo que no debería estar allí.
Ramón no tuvo tiempo de frenar.
El coche atravesó la sombra como si fuera humo, pero en el instante en que lo hicieron, un frío inmenso les recorrió la espalda, subió por la columna y estalló en la nuca, como si una mano helada los hubiera tocado al mismo tiempo.
Kasia gritó.
Ramón apretó el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Y durante un segundo eterno, ninguno de los dos respiró.
Cuando el coche salió del otro lado, la sombra ya no estaba.
La carretera volvía a ser solo carretera.
Pero el frío seguía allí, clavado en sus huesos.
Ramón tragó saliva.
—¿Qué… ha sido eso?
Kasia no respondió.
Miraba por la ventanilla, con los ojos muy abiertos, como si temiera que la sombra volviera a aparecer.
La tormenta estalló sobre ellos.
Ramón decidió que irían directamente a su apartamento.
No quería que Kasia pasara un minuto más en la calle, con esa tormenta creciendo detrás de ellos como una bestia que despertaba.
Kasia se abrazaba a sí misma.
Cerraba los ojos a ratos, como si quisiera desaparecer dentro de ellos.
Temblaba sin control.
Las primeras gotas golpearon el parabrisas con un sonido seco, y enseguida los limpiaparabrisas comenzaron a moverse frenéticamente, marcando un ritmo inquietante contra la lluvia cada vez más intensa.
Ramón la miró de reojo.
No mejoraba.
Al contrario: se mecía en el asiento, adelante y atrás, como si intentara calmarse a sí misma.
Las lágrimas le resbalaban por la mejilla.
—Kasia… —susurró él, sin saber si debía tocarla o dejarla en su pequeño refugio de movimiento.
Ella no respondió.
Solo apretó los dientes cuando un trueno retumbó a lo lejos, profundo, como si la tormenta estuviera arrastrando cadenas por el cielo.
—Ya casi estamos —intentó tranquilizarla Ramón.
La lluvia se volvió más densa.
Y entonces ocurrió.
Un relámpago cayó tan cerca que el interior del coche se volvió blanco por un segundo.
Kasia soltó un gemido ahogado.
Ramón apretó el volante con tanta fuerza que sintió que podía partirlo y pisó el acelerador.
Ramón le dijo en voz baja, intentando sonar más tranquilo de lo que se sentía:
—Estamos llegando… En la próxima esquina está mi edificio.
Kasia no respondió.
Seguía abrazándose a sí misma, los ojos cerrados con fuerza, como si así pudiera contener el temblor que la recorría.
Los limpiaparabrisas se movían sin descanso, marcando un ritmo frenético que no ayudaba a calmar los nervios de ninguno de los dos.
Ramón pulsó el mando del garaje.
La puerta metálica comenzó a levantarse lentamente, dejando ver la rampa oscura que descendía hacia el interior del edificio.
El sonido de la tormenta quedó amortiguado en cuanto cruzaron el umbral, como si el garaje fuera un refugio improvisado contra el caos exterior.
Aparcó en su plaza habitual y apagó el motor.
Ramón se inclinó hacia ella y la abrazó con fuerza, sintiendo cómo seguía temblando.
Le colocó su chaqueta sobre los hombros, envolviéndola con cuidado.
—Vamos arriba —susurró.
Salieron del coche.
El eco de sus pasos resonó en el garaje casi vacío.
La tormenta rugía afuera, pero allí dentro sonaba lejana, como si perteneciera a otro mundo.
Kasia caminaba pegada a él, aferrándose a su brazo, respirando rápido.
Llegaron al ascensor.
Ramón pulsó el botón y las puertas se abrieron con un sonido metálico.
Subieron hasta la cuarta planta en un silencio tenso.
El pasillo estaba en penumbra, iluminado por luces suaves que parpadeaban ligeramente con cada trueno.
Recorrieron los pocos metros que los separaban del apartamento de Ramón.
Él buscó las llaves en el bolsillo, las manos aún frías por el susto y la sombra que habían atravesado en la carretera.
Cuando por fin abrió la puerta, un olor cálido y familiar salió a recibirlos.
Ramón encendió la luz del recibidor y dejó pasar a Kasia primero.
Ramón la guió con suavidad hasta el sofá, un sofá amplio y mullido que siempre había sido su refugio después de días largos.
Kasia se dejó caer casi sin fuerzas.
Seguía aferrando la chaqueta de Ramón con las manos tensas, como si soltarla pudiera hacer que el frío ese frío que habían sentido al atravesar la sombra volviera a atraparla.
Por un momento, Ramón se quedó de pie frente a ella, sin saber qué hacer.
La miró: los ojos rojos, el temblor constante, el vaivén leve de su cuerpo como si aún intentara calmarse.
Solo fueron unos segundos, pero a él le parecieron eternos.
Entonces tomó una decisión sencilla, casi instintiva: preparar algo caliente.
Algo que no fallaba nunca.
—Un colacao —murmuró para sí—.
Perfecto para estos momentos.
Y estaba claro que ambos necesitaban reconfortarse.
Ramón se dirigió a la cocina, encendió la luz y buscó el cazo.
El sonido del agua al caer rompió el silencio tenso del apartamento.
Mientras calentaba la leche, escuchaba de fondo la respiración entrecortada de Kasia, el roce de la tela cuando se movía en el sofá, el eco lejano de la tormenta golpeando las ventanas.
La lluvia había perdido algo de fuerza, pero seguía cayendo con insistencia, como si quisiera recordarles que no estaban a salvo del todo.
Ramón removió el colacao con cuidado, intentando que el gesto mecánico lo calmara también a él.
Pero su mente no dejaba de volver a la sombra en la carretera, al frío que los había atravesado, a la voz que había pronunciado el nombre de Kasia en plena calle vacía.
Cuando regresó al salón con las dos tazas humeantes, la encontró exactamente igual: abrazada a sí misma, los ojos cerrados, las lágrimas aún marcando un rastro brillante en sus mejillas.
Se sentó a su lado, sin decir nada, y le ofreció la taza.
Kasia la tomó con manos temblorosas, como si el calor pudiera devolverle algo de estabilidad.
—Gracias… —susurró, apenas audible.
Ramón asintió.
No sabía qué palabras podían servir en ese momento.
Tal vez ninguna.
Pero sí sabía que, pasara lo que pasara, no iba a dejarla sola.El remedio de Ramón empezó a notarse poco a poco.
El temblor de Kasia fue disminuyendo hasta convertirse en un leve estremecimiento.
La calefacción del apartamento envolvía el salón con un calor suave, casi protector, y ella, por fin, se quitó la chaqueta para dejarla a un lado, como si soltarla fuera también soltar un poco del terror que traía encima.
Dejó la taza sobre la mesa baja y se acurrucó junto a Ramón, encogiéndose como una niña pequeña que busca refugio en un abrazo conocido.
Él dejó también su taza y la rodeó con los brazos, acercándola a su pecho.
Sentirla allí, tan frágil y tan real, le removió algo profundo.
—Perdón… —susurró Kasia, sin levantar la mirada.
Ramón frunció el ceño, sorprendido.
—¿Perdón?
¿Por qué?
Ella respiró hondo, como si le costara decirlo.
—Por arruinar la cita.
Ramón soltó una risa suave, incrédula, y le levantó la barbilla con la mano para obligarla a mirarlo.
Sus ojos estaban aún húmedos, pero ya no temblaban.
—¿Arruinarla?
—repitió, acercándose un poco más—.
A ver, Kasia… te tengo en mi apartamento… yo diría que ha ido bastante bien, ¿no?
Lo dijo con una sonrisa ladeada, casi traviesa, intentando arrancarle aunque fuera un gesto de alivio.
Y antes de que ella pudiera responder, la besó en los labios: un beso cálido, lento, que no buscaba pasión sino calma, un recordatorio de que estaban vivos, juntos, a salvo… al menos por ahora.
Kasia cerró los ojos y se dejó llevar por ese instante, aferrándose a él como si fuera el único punto firme en una noche que había intentado tragársela.
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