ESCALOFRÍO - Capítulo 24
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24: Susurros 24: Susurros Ramón volvió a besarla, esta vez con una calma que contrastaba con el caos que rugía fuera.
Sus labios se movieron sobre los de ella con una suavidad que parecía casi un susurro.
Kasia respondió como si temiera romper algo frágil.
Pero poco a poco, su respiración cambió.
Sus dedos se aferraron a la camiseta de Ramón, acercándolo más, buscando en él un ancla, un refugio, un lugar donde el miedo no pudiera alcanzarla.
Ramón deslizó una mano por su mejilla, bajando lentamente por su cuello, sintiendo cómo la piel de ella se erizaba bajo su tacto.
No era un gesto apresurado, sino una caricia que parecía querer memorizarla.
Kasia inclinó la cabeza, dejando que sus labios rozaran la línea de su mandíbula, un roce leve, casi tembloroso, que hizo que Ramón cerrara los ojos un instante.
La tormenta golpeó con fuerza las ventanas, pero dentro del apartamento el mundo parecía haberse reducido a un espacio pequeño, cálido, íntimo.
Y ellos dos, respirando al mismo ritmo.
Kasia apoyó la frente en el pecho de Ramón, aún aferrada a él.
—No quiero estar sola esta noche —murmuró, con una sinceridad que le atravesó.
Ramón la abrazó más fuerte, apoyando la barbilla sobre su cabeza.
—No lo estarás —respondió, sin dudar.
Ella levantó la mirada.
Sus ojos ya no temblaban.
Había algo nuevo en ellos: una mezcla de vulnerabilidad y decisión.
—Ramón… —susurró, y en su voz había un rastro de algo que no era miedo.
Él la miró, intentando descifrarla, pero antes de que pudiera decir nada, un trueno estremeció el edificio.
Kasia se sobresaltó y se aferró a él con más fuerza, enterrando el rostro en su cuello.
Ramón la sostuvo, acariciándole la espalda con movimientos lentos, constantes, casi hipnóticos.
—Estoy aquí —repitió, esta vez más cerca de su oído.
Y mientras la tormenta seguía rugiendo afuera, algo más se movió en el apartamento.
Una corriente de aire helado que no debería existir.
Un murmullo que parecía deslizarse por las paredes, como si la sombra que habían atravesado en la carretera hubiera encontrado la forma de entrar con ellos.
Kasia se tensó de golpe.
Ramón miró a su alrededor, con la sensación inmediata de que algo no encajaba.
Una corriente de aire frío recorría el salón, un frío que no tenía ningún sentido allí dentro.
Giró la cabeza hacia Kasia: había empezado a temblar otra vez, encogida bajo la manta improvisada de sus propios brazos.
Sin pensarlo, Ramón fue hasta su dormitorio, abrió el armario y tomó una manta gruesa.
Volvió al salón y la colocó con cuidado sobre los hombros de Kasia.
Ella subió los pies al asiento y se acurrucó, como si quisiera desaparecer dentro de ella.
Mientras tanto, Ramón decidió comprobar las ventanas.
Recorrió el pasillo, revisando una por una, asegurándose de que estuvieran bien cerradas.
Pero al llegar a la cocina se detuvo en seco.
La ventana estaba abierta.
Frunció el ceño.
Aquello era extraño: esa ventana daba al patio interior del edificio y él nunca la dejaba abierta.
Se acercó despacio y se asomó.
La lluvia caía con violencia, los relámpagos iluminaban el cielo como cuchilladas de luz, y los truenos hacían vibrar los cristales de todo el apartamento.
Ramón cerró la ventana con un golpe firme… pero el frío no desapareció.
El pestillo encajó con un chasquido seco, pero el aire seguía igual de helado, como si la corriente no viniera de fuera, sino de algún lugar dentro del propio apartamento.
Ramón respiró hondo y regresó al salón.
Kasia lo observaba desde debajo de la manta, con los ojos muy abiertos.
—¿Estaba abierta…?
—preguntó ella, con un hilo de voz.
Ramón dudó un segundo antes de asentir.
—Sí.
Pero ya la cerré.
No pasa nada.
Él se sentó a su lado y le tomó la mano.
Estaba helada.
—Aquí no puede entrar nadie —intentó tranquilizarla.
Pero en cuanto terminó la frase, la luz del pasillo parpadeó.
Una vez.
Dos.
Tres.
Y en ese tercer parpadeo, Ramón vio algo.
Una forma.
Una silueta.
No definida, distorsionada… Era como un hueco en la luz, un vacío que absorbía el brillo en lugar de proyectarlo.
Kasia lo sintió tensarse y apretó su mano con fuerza.
La luz volvió a parpadear, esta vez más rápido, como si algo estuviera interfiriendo con ella.
El aire se volvió más frío, tan frío que Ramón vio su propio aliento al exhalar.
Y entonces lo escucharon.
Un sonido suave, casi imperceptible.
Como uñas arrastrándose muy despacio por la pared.
Kasia se encogió bajo la manta.
Ramón se levantó despacio, sin soltar su mano del todo, como si temiera romper un hilo invisible entre ellos.
Pero antes de que pudiera dar un paso hacia el pasillo, la luz se apagó por completo.
El apartamento quedó sumido en una oscuridad absoluta.
Y en esa oscuridad, una voz susurró algo.
Muy cerca de ramón
—Ella es mia…
El susurro fue tan suave que parecía deslizarse directamente dentro del oído, sin atravesar el aire.
Ramón se quedó paralizado.
Y entonces, antes de que cualquiera de los dos pudiera reaccionar, la luz volvió.
El salón recuperó su calidez tenue.
El pasillo estaba vacío.
No había nadie.
No había nada.
La corriente de frío había desaparecido como si nunca hubiera existido.
Ramón permaneció inmóvil, con la mirada fija en el pasillo.
No daba crédito a lo que había escuchado.
Aquello no podía ser real.
Un susurro tan claro… tan cerca… tan imposible.
Miró de reojo a Kasia.
Ella estaba encogida bajo la manta, temblando, pero parecía no haber oído las palabras.
Ramón tragó saliva.
Intentó convencerse de que todo tenía una explicación racional.
El cansancio.
Él no creía en lo sobrenatural.
Ni en espíritus.
Ni en brujería.
Ni en voces que surgían de la nada.
Tenía que ser su mente.
Respiró hondo, se obligó a moverse y regresó al sofá con Kasia.
Se sentó a su lado, intentando que su expresión no revelara el pánico que le recorría la espalda.
Kasia levantó la mirada.
—¿Qué ha pasado?
—preguntó.
Ramón se aclaró la garganta.
—Un apagón.
Nada más.
La tormenta está muy fuerte.
Ella asintió.
Se acercó más a él, buscando su calor bajo la manta.
Ramón la rodeó con un brazo, intentando transmitirle seguridad.
La manta se deslizó un poco cuando ella se acercó más, hasta que sus rodillas rozaron las de él.
Ramón la rodeó con el brazo, y Kasia apoyó la cabeza en su pecho, respirando de forma entrecortada.
Él podía sentir cada temblor, cada sobresalto que aún la recorría.
—Estás helada —murmuró, acercándola un poco más.
Kasia no respondió, pero sus dedos se aferraron a su pecho, como si temiera que él pudiera desvanecerse si lo soltaba.
Él bajó la mano por su espalda, despacio, en un gesto que buscaba calmarla… y también atraeerla más a él.
Dentro del apartamento el sonido se volvía lejano, amortiguado por la cercanía de sus cuerpos.
El calor que compartían contrastaba con el frío que había recorrido la casa minutos antes.
Kasia levantó la mirada, despacio, como si le costara separarse de su pecho.
Sus ojos buscaban perderse en los ojos color avellana que tenía al lado.
Ramón sintió cómo su respiración se aceleraba un poco.
No era miedo.
Era la forma en que ella lo miraba, tan cerca que podía sentir el roce suave de su aliento.
—Kasia… —susurró el, con una voz que parecía romperse y recomponerse al mismo tiempo.
Ella inclinó la cabeza hacia el, sin apartar la mirada.
No había prisa.
No había palabras necesarias.
Solo la cercanía, el calor, la tensión que vibraba entre ambos como un hilo invisible que alguien estiraba con suavidad.
Kasia cerró los ojos y se mordió el labio inferior, un gesto pequeño pero tan cargado de intención que a Ramón se le tensó el pecho.
Algo en él cedió.
O quizá se encendió.
Se inclinó y rozó sus labios con los de ella, primero despacio, como si pidiera permiso… y luego con más firmeza, guiándola, marcando un ritmo que ella siguió sin dudar.
Kasia exhaló contra su boca, temblando.
Las manos de Ramón se deslizaron por su espalda, buscando la cremallera del vestido casi sin darse cuenta.
Kasia se movió para facilitarle el gesto, acercándose más, dejando que sus cuerpos encajaran con una naturalidad que parecía inevitable.
Sus labios se apartaron de los de ella solo para descender por su cuello, dejando un rastro cálido que hizo que Kasia soltara un suspiro ahogado.
La manta que la cubría cayó al suelo de un movimiento brusco.
El calor entre ellos era demasiado intenso, demasiado vivo para esconderse bajo nada.
Kasia llevó las manos a la camiseta de Ramón y comenzó a deslizarla hacia arriba, mientras él seguía bajando la cremallera de su vestido, cada centímetro acompañado por la respiración acelerada de ambos.
El mundo exterior desapareció.
Solo existían ellos dos, el deseo que crecía como una llama alimentada por cada caricia, cada roce, cada respiración compartida.
Y entonces, justo cuando la camiseta de Ramón estaba a punto de caer al suelo y la cremallera del vestido llegó al final…
Y justo cuando sus labios sus cuerpos estaban a un suspiro de estallar, un golpe seco resonó en el pasillo.
Un golpe claro.
Kasia se aferró a Ramón de inmediato, enterrando el rostro en su cuello.
Ramón la sostuvo con fuerza, pero su mirada se clavó en la oscuridad del pasillo.
El aire volvió a enfriarse.
Muy lentamente.
Como si algo hubiera despertado otra vez.
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