ESCALOFRÍO - Capítulo 25
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25: Preocupados 25: Preocupados Aunque tanto Kasia como Ramón deseaban dejarse llevar y unir sus cuerpos aquella noche, los sobresaltos que habían vivido parecían conspirar para arruinar cualquier intento de intimidad.
Ambos lo sentían.
Y aunque la tensión entre ellos seguía vibrando en el aire, también entendían que no era el momento.
Con un suspiro frustrado, Kasia volvió a subir la cremallera de su vestido, mientras Ramón se ponía la parte de arriba del pijama.
Él le ofreció otra chaqueta de pijama para que durmiera más cómoda, y ella la aceptó con una mezcla de timidez y resignación.
Los dos estaban decepcionados con la decisión, pero también conscientes de que era lo más sensato.
La noche había sido demasiado extraña, demasiado intensa, demasiado… inquietante.
Ramón se acercó a ella y la besó en los labios, esta vez con una contención suave, casi protectora.
Kasia respondió con la misma delicadeza, como si ambos guardaran el deseo para un momento más seguro.
Se acostaron juntos en la cama de Ramón, cada uno buscando el calor del otro bajo las sábanas.
Kasia apoyó la cabeza en su pecho, y él rodeó sus hombros con el brazo, sintiendo cómo su respiración se iba calmando poco a poco.
La tormenta seguía rugiendo afuera, pero dentro del dormitorio, el silencio se volvió más profundo, más pesado… aunque por primera vez en toda la noche, no era un silencio amenazante, sino uno que invitaba al descanso.
Y así, agotados por el miedo, la tensión y la adrenalina, se quedaron dormidos.
Despertaron nueve horas más tarde, cuando sus estómagos rugían al unísono, reclamando atención.
Ramón abrió los ojos primero.
La luz que entraba por la ventana era suave, filtrada por las nubes que aún cubrían el cielo, aunque la tormenta ya había pasado.
Por un instante, no recordó nada de lo ocurrido.
Solo sintió el peso cálido de Kasia apoyada en su pecho, respirando tranquila.
Ramón tragó saliva y miró hacia la puerta del dormitorio.
Estaba entreabierta, exactamente como la habían dejado.
Nada parecía fuera de lugar.
Nada parecía… distinto.
Kasia se movió ligeramente, frotándose los ojos con la mano.
—Buenos días… —murmuró, con la voz ronca del sueño.
Ramón sonrió, acariciándole el cabello.
—Buenos días.
¿Has dormido bien?
Ella asintió, aunque su expresión mostraba una duda.
—Sí… creo que sí.
No recuerdo haber soñado nada raro.
Ramón dudó un segundo antes de responder.
—Me alegro.
Kasia se incorporó un poco, apoyándose en el codo, y lo miró con una mezcla de ternura y curiosidad.
—¿Y tú?
Ramón abrió la boca para contestar, pero en ese momento, un sonido los interrumpió.
Entonces un sonido creciente comenzó a llenar el silencio del dormitorio.
No era un golpe.
No era un susurro.
Era… música.
Un tono insistente, vibrante, completamente fuera de lugar después de tantas horas de tensión.
Kasia abrió los ojos de golpe y se incorporó como si la hubieran pinchado.
—¡Es mi móvil!
—exclamó, con una mezcla de alivio y sobresalto.
Saltó de la cama sin esperar respuesta y salió del dormitorio casi corriendo.
Ramón la siguió con la mirada, aún medio aturdido por el despertar abrupto y por el recuerdo de la noche anterior, que parecía más un sueño inquietante que algo real.
Kasia llegó al salón, rebuscó en su bolso con manos torpes y finalmente sacó el teléfono.
La pantalla iluminó su rostro.
—Ana —murmuró, antes de deslizar el dedo para contestar.
Se llevó el móvil al oído.
—¿Sí?… Ana, tranquila, estoy bien.
La voz de su amiga era tan fuerte que Ramón la escuchó desde la cama, incluso sin altavoz.
—¿Dónde estás?
¡Me tenías preocupada!
—gritaba Ana al otro lado.
Kasia cerró los ojos un instante, respirando hondo, como si necesitara procesar demasiadas cosas a la vez.
—Estoy en casa de Ramón —respondió, intentando sonar calmada—.
Ayer… se complicó todo.
Había tormenta y… —Miró a Ramón, que acababa de aparecer en la puerta del dormitorio, despeinado—.
Te lo explico luego, ¿vale?
Ana siguió hablando, pero Kasia se apartó un poco, caminando hacia la ventana del salón.
Ramón se quedó en el marco de la puerta, observándola.
Cuando colgó, Kasia dejó el móvil sobre la mesa y se pasó una mano por el rostro.
—Lo siento —dijo, sin mirarlo—.
No quería despertarte así.
Ramón se acercó despacio.
—No pasa nada.
Después de la noche que tuvimos, despertarme con música casi me parece un lujo.
Kasia soltó una risa suave, cansada.
Pero en cuanto levantó la mirada hacia él, algo cambió.
Sus ojos se encontraron, y por un instante, el recuerdo de la cercanía que habían compartido antes del golpe en el pasillo volvió a flotar entre ellos.
Pero también volvió el recuerdo del miedo.
Y del susurro.
Ramón tragó saliva.
—¿Tienes hambre?
—preguntó, intentando romper la tensión.
—Mucha —respondió ella, llevándose una mano al estómago—.
Creo que no he comido nada desde… —se detuvo—.
Desde…
Ramón asintió.
—Pues vamos a arreglar eso.
Pero justo cuando se dirigía a la cocina, el teléfono de Kasía volvió a sonar.
Ella se detuvo en seco.
Miró la pantalla y frunció el ceño: Clara.
No habían hablado desde que empezaron las clases.
Y, sinceramente, Kasia no tenía ninguna gana de hablar con ella en ese momento.
No después de la noche que habían pasado.
No con el estómago vacío.
No con esa sensación de que algo seguía acechando en los rincones del apartamento.
Dudó unos segundos, con el móvil vibrando en su mano.
—No… ahora no —murmuró.
Pulsó el botón lateral y silenció la llamada.
Luego dejó el teléfono encima de la mesa de la cocina, como si alejarlo físicamente pudiera alejar también la incomodidad que le provocaba.
Ramón, mientras tanto, había abierto ya varios cajones y puertas.
Su manera de moverse era casi terapéutica: ordenada, práctica, como si preparar el desayuno fuera una forma de recuperar el control de la situación.
—Voy a hacer un par de tortillas francesas —dijo, sin girarse—.
Y café con leche.
Y unas tostadas de tomate.
Algo sencillo, pero… —Se encogió de hombros—.
Creo que nos lo hemos ganado.
Kasia lo observó desde la puerta de la cocina.
Había algo reconfortante en verlo así, tan normal, tan cotidiano, después de todo lo que habían vivido.
La luz gris de la mañana entraba por la ventana, iluminando el desorden suave de la encimera: huevos, pan, tomates, la cafetera preparada.
Por un instante, la escena parecía casi… normal.
Casi.
Porque entonces, desde el salón, el móvil volvió a vibrar.
Una vez.
Dos.
Tres.
Pero esta vez no era una llamada.
Era un mensaje.
La pantalla se encendió sola, mostrando la notificación.
Kasia se acercó despacio, con un nudo en el estómago.
Tomó el móvil y leyó el mensaje de Clara.
Su rostro perdió color.
Ramón, al verla, dejó la sartén a un lado.
—¿Qué pasa?
Kasia levantó la mirada, con los ojos muy abiertos, la respiración entrecortada.
El móvil temblaba aún en su mano, como si insistiera en que leyera el mensaje otra vez.
—El mensaje dice… —tragó saliva, sintiendo cómo la garganta se le cerraba—: “Es urgente.
Necesito hablar contigo.
Le ha pasado algo a tu padre.”
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas, casi sólidas.
Ramón sintió cómo el ambiente cambiaba de golpe, como si el frío de la noche anterior hubiera regresado en un solo latido.
—Kasia… —murmuró, acercándose un paso.
Pero ella no lo escuchó.
O no pudo.
Sus ojos seguían clavados en la pantalla, como si esperara que las letras se reordenaran, que dijeran otra cosa, cualquier otra cosa.
Su mano empezó a temblar.
Primero, un poco.
Luego más.
—No… no puede ser —susurró, negando con la cabeza—.
Mi padre… ayer estaba bien.
Ayer… —Se llevó la mano libre a la frente—.
Ayer hablé con él antes de ir a clase.
Estaba bien.
Ramón se acercó despacio, como si temiera romperla con un movimiento brusco.
—Kasia, si Clara dice que es urgente… deberías llamarla.
Ella apretó los labios, intentando contener el temblor que le recorría el cuerpo.
La noche anterior había sido terrorífica, sí.
Habían visto cosas que no tenían explicación.
Habían sentido un frío imposible.
Pero nada, absolutamente nada, la había preparado para esto.
Porque esto sí era real.
Esto sí podía romperle la vida.
—No quiero… —murmuró, con la voz rota—.
No quiero escuchar lo que va a decir.
Ramón le tomó la mano con suavidad.
—Estoy contigo.
Llámala.
No estás sola.
Kasia cerró los ojos un instante, respirando hondo, intentando reunir fuerzas.
Cuando los abrió, había lágrimas acumulándose en sus pestañas.
—Vale… —susurró.
Marcó el número de Clara con dedos temblorosos.
El tono de llamada sonó una vez.
Dos.
Tres.
Ramón se quedó a su lado, sin soltarle la mano.
Finalmente, Clara respondió.
—¿Kasia?
—su voz sonaba agitada, como si llevara horas sin poder respirar—.
Gracias a Dios.
¿Dónde estabas?
Llevo toda la mañana intentando localizarte.
Kasia tragó saliva.
—Clara… ¿Qué ha pasado?
¿Qué le ha pasado a mi padre?
Hubo un silencio al otro lado.
Un silencio que no presagiaba nada bueno.
—Kasia… —La voz de Clara se quebró—.
Tu padre está en el hospital.
Lo encontraron esta madrugada.
No sabemos qué ha pasado exactamente, pero… —Respiró hondo— …está en la UCI.
Kasia sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Ramón la sostuvo antes de que pudiera caer.
—¿En qué hospital?
—preguntó él por ella, con voz firme.
Clara respondió de inmediato.
Kasia apenas escuchó.
Su mente estaba en blanco.
Solo una frase resonaba una y otra vez:
“Le ha pasado algo a tu padre.”
Y, por un instante, un pensamiento oscuro cruzó su mente como un relámpago:
¿Y si lo que los siguió anoche… no se había quedado solo con ellos?
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