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ESCALOFRÍO - Capítulo 26

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  3. Capítulo 26 - 26 Algo nos sigue
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26: Algo nos sigue…

26: Algo nos sigue…

Kasia no podía dejar de temblar.

Tenía que ir al hospital.

Tenía que ver a su padre.

Pero su cuerpo parecía no responderle.

Ramón, en cambio, se movía con una calma que solo se consigue cuando uno está a punto de desmoronarse, pero decide no hacerlo.

—Kasia, escucha —dijo con suavidad, sin levantar demasiado la voz—.

Respira.

Vamos a ir ahora mismo.

Ella asintió, aunque sus ojos seguían perdidos, como si aún estuviera atrapada en el mensaje.

Ramón abrió el armario de la cocina y sacó uno de los vasos herméticos que él usaba cuando se llevaba el café a la biblioteca.

Lo llenó con Colacao y leche caliente, cerró bien la tapa y lo dejó sobre la encimera.

—Tómatelo por el camino.

Te va a ayudar —murmuró.

Luego abrió el pan de molde y empezó a preparar un par de sándwiches.

Movía las manos rápido, casi mecánicamente, pero con una precisión que dejaba claro que lo hacía para ella, no por obligación.

Quería que tuviera algo sólido en el estómago, aunque fuera un bocado.

—Debería ducharme —susurró Kasia, apenas audible.

—Ve.

Yo me encargo de todo aquí.

Ella desapareció en el baño, y Ramón escuchó el agua caer.

El sonido tenía algo extraño: no relajaba, no calmaba.

Era como si la casa entera estuviera en tensión, esperando.

Mientras el agua corría, Ramón guardó los sándwiches en una bolsa y metió el vaso hermético en el bolsillo lateral de la mochila.

Luego se detuvo un segundo, apoyando las manos en la encimera.

La noche anterior volvió a su mente.

El suceso del bar.

Aquel policía.

La sombra en la carretera.

La sensación de ser observados.

Y ahora, el padre de Kasia en la UCI.

No quería pensarlo, pero la idea se le coló igual, como un susurro helado:
¿Y si no era una coincidencia?

Kasia salió del baño con el pelo aún húmedo, la respiración agitada y los ojos enrojecidos.

—Pasamos por el campus —dijo—.

No puedo ir con esta ropa.

—Claro.

—He preparado algo de comer.

No tienes que acabártelo, pero al menos intenta tomar un poco.

Kasia lo miró, y por un instante, la dureza en su expresión se quebró.

Asintió.

—Gracias.

Salieron del apartamento.

El pasillo estaba silencioso, demasiado silencioso para esa hora de la mañana.

Y mientras caminaban hacia el ascensor, Kasia sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

No era por el frío.

Era la sensación —leve, casi imperceptible— de que algo los seguía.

Otra vez.

El paso por el campus fue casi un borrón.

Cuando llegaron a la residencia, el pasillo estaba en silencio, como si todo el edificio contuviera la respiración.

Kasia abrió la puerta de su habitación con un gesto brusco.

Dentro, Ana dormía a medias, enredada entre las mantas, con el móvil aún encendido a un lado; se había quedado viendo una serie hasta tarde, como siempre.

Abrió un ojo cuando Kasia entró.

Kasia se quitó el vestido casi sin pensarlo, dejándolo caer sobre la silla.

El frío que llevaba clavado desde la llamada no se iba, así que buscó unos vaqueros y un jersey grueso de cuello alto que le cubriera hasta la barbilla.

—¿Otra vez te vas?

—murmuró Ana, arrastrando las palabras—.

¿No piensas contarme nada?

Kasia se detuvo un segundo.

No quería explicaciones, no ahora.

Pero Ana se preocupaba por ella, lo sabía.

Y si le decía la verdad, insistiría en acompañarla, y no quería sacarla de la cama ni arrastrarla a algo que ni ella misma entendía del todo.

—Solo… voy a dar una vuelta en coche —mintió suavemente—.

Cuando vuelva, te lo cuento, ¿vale?

Ana suspiró, medio rendida, medio dormida.

Le lanzó un besito al aire y se volvió a esconder bajo las mantas, como si el mundo pudiera esperar hasta mañana.

Kasia salió y cerró la puerta sin hacer ruido.

Salieron de la residencia y cruzaron el campus de vuelta al coche.

—El hospital más cercano a Valdepineda es el de Burgos.

Llegaremos en menos de una hora —dijo, intentando sonar práctico, estable.

Kasia se acomodó en el asiento.

Ramón le pasó el vaso hermético.

—Tómate un poco.

Te va a ayudar.

Ella lo sostuvo entre las manos, sintiendo el calor filtrarse por la tapa.

Ramón arrancó el coche.

Mientras se alejaban del campus, Kasia miró por la ventanilla.

Los edificios quedaban atrás, cada vez más pequeños.

Ramón dio una vuelta más alrededor del complejo hospitalario, frunciendo el ceño mientras escaneaba cada fila de coches.

Era domingo, y aquello parecía más un centro comercial que un hospital: vehículos entrando y saliendo, familias cargadas con flores, bolsas, chaquetas, niños que corrían sin entender la gravedad del lugar al que iban.

—Tiene que haber un hueco en algún sitio —murmuró, más para sí que para ella.

Ramón giró hacia otra calle lateral del hospital y, por fin, vio un coche maniobrando para salir.

—Ahí —dijo, con un alivio.

Esperó a que el vehículo se marchara y aparcó en cuanto tuvo espacio.

Apagó el motor y se volvió hacia ella.

—Vamos.

Kasia asintió, aunque el gesto le salió torpe, como si su cuerpo fuera un segundo más lento que su mente.

Bajaron del coche y caminaron deprisa hacia la entrada principal.

El viento les golpeó de frente, helado, arrastrando hojas secas que se arremolinaban en el suelo como pequeños fantasmas marrones.

Subieron los peldaños de dos en dos.

El interior del hospital los envolvió con un calor artificial y un olor a desinfectante que a Kasia le revolvió el estómago.

En recepción, Ramón se adelantó con paso firme.

—Buenos días.

Venimos a preguntar por un paciente, Mateo… Binder.

La mujer del mostrador tecleó el nombre con rapidez.

Frunció los labios, ladeó la cabeza y negó.

—No, aquí no aparece ningún Mateo Binder.

Ramón se giró hacia Kasia, desconcertado.

Ella respiró hondo.

—El apellido es Sánchez.

Mateo Sánchez —corrigió, acercándose un poco al mostrador.

Ramón levantó la vista hacia Kasia con una ceja arqueada.

—Entonces… ¿Binder qué es?

¿Un segundo apellido?

¿Un nombre compuesto?

—preguntó, sin malicia, pero con esa curiosidad automática de quien intenta cuadrar datos que no encajan.

Kasia sintió un pinchazo seco en el estómago.

No era el momento para aclarar nada, ni para justificar nombres, ni para abrir puertas que llevaba años manteniendo cerradas.

Ahora solo importaba encontrar a su padre.

—Es… complicado —murmuró, apenas audible.

Cuando Kasia levantó la vista, él la observaba con una mezcla de desconcierto y algo más difícil de definir.

Desde que había irrumpido en su vida, todo en ella parecía desafiar la monotonía que lo había acompañado durante meses.

Había algo en su forma de aparecer, de hablar, de ocultar y revelar a la vez, que lo mantenía en un estado de alerta extraño, casi eléctrico.

Cada paso que daba, cada frase que soltaba sin querer abría una nueva incógnita.

Y quizá era precisamente eso lo que lo atraía sin remedio: esa sensación de que Kasia era un enigma en movimiento, una historia que se desplegaba a su lado sin avisar.

Ramón no apartó la mirada.

Kasia, sin embargo, ya estaba enfocada en la recepcionista.

La recepcionista asintió.

—Aún no puedo darle información.

Está siendo atendido.

Kasia sintió un pinchazo en el pecho.

No sabía si era miedo o rabia o las dos cosas mezcladas.

En ese momento, su móvil vibró.

Era Clara.

—¿Dónde estás?

—preguntó la voz al otro lado, agitada.

—En recepción —respondió Kasia.

—Vale, sube a la sala de espera de la segunda planta.

Te vemos enseguida.

Kasia colgó y miró a Ramón.

—Vamos arriba.

El ascensor tardó demasiado en llegar.

Cuando por fin se abrieron las puertas, subieron en silencio.

Kasia se miró en el reflejo metálico: tenía los ojos rojos, las mejillas tensas, el pelo revuelto por el viento.

No se reconocía del todo.

Al llegar a la sala de espera, la vio.

Su madre estaba sentada en una de las sillas de plástico azul, encogida, con las manos entrelazadas como si sostuviera algo invisible que pudiera romperse.

Cuando levantó la vista y vio a Kasia, sus ojos se llenaron de un brillo húmedo que la hija sintió como un golpe.

—Mamá…
La mujer se levantó de golpe y la abrazó con una fuerza que no esperaba.

Kasia sintió el temblor en su cuerpo, un temblor que nunca antes había visto en ella.

—No sabemos nada todavía —dijo su madre, con la voz rota—.

Solo que lo están atendiendo.

No me dicen más.

Kasia tragó saliva.

No había palabras que pudieran sostener aquel momento.

Clara llegó a los pocos segundos, con el abrigo echado sobre lo que parecía un pijama.

Abrazó primero a Kasia y luego a su madre, como si quisiera envolverlas a ambas en un mismo gesto.

—He preguntado otra vez —dijo, intentando sonar tranquila—.

Avisarán en cuanto el médico pueda hablar con nosotras.

Ramón se quedó un paso atrás, respetuoso, sin invadir el espacio familiar.

Kasia se giró hacia él, tomó su mano con un gesto casi instintivo y lo acercó un poco.

—Él es Ramón —dijo, presentándolo a su madre y a Clara—.

Un…

amigo…

especial que me está ayudando.

La madre asintió con un agradecimiento silencioso.

Clara también, con una mirada rápida que lo evaluó y lo aceptó en un solo segundo.

Entonces Kasia se giró de golpe al escuchar su nombre, nítido, como si alguien se lo hubiera susurrado justo detrás.

Pero el pasillo estaba vacío.

Solo estaban ellos cuatro y nadie había hablado.

Un escalofrío le recorrió la espalda, tan rápido que casi le cortó la respiración.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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