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ESCALOFRÍO - Capítulo 27

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27: Advertencia 27: Advertencia Kasia aferró la mano de Ramón con tanta fuerza que casi le hizo daño, pero él no dijo nada.

Ella mantenía la vista fija en el final del pasillo, buscando alguna figura o movimiento que explicase la voz que la nombró.

Ramón la observaba de soslayo.

Ya conocía esa tensión en su respiración, la misma que aparecía cuando estaba a punto de percibir algo.

Pero esta vez Kasia parecía atrapada en sus propios pensamientos, centrada en su padre, ingresado en la UCI sin que nadie le hubiera explicado por qué.

Buscando respuestas, dirigió la mirada hacia su madre, que seguía junto a Clara, con los brazos cruzados y la vista perdida en el suelo.

—Mamá… —dijo Kasia—.

¿Qué pasó?

¿Por qué papá está así?

Su madre levantó la cabeza lentamente.

Tenía los ojos hinchados, como si hubiese llorado más de lo que quería admitir.

—Tu padre… —empezó, mientras buscaba un asiento—.

Como todas las mañanas, se levantó temprano para caminar.

Ya sabes que siempre vuelve antes de que yo me despierte.

Pero hoy… hoy no estaba.

Me pareció raro, pero pensé que quizá había decidido dar una vuelta más larga.

Hizo una pausa, apretando los labios.

—Cuando pasaron más de dos horas, me preocupé.

Salí a buscarlo.

Fui por el camino de siempre, hacia la entrada del bosque.

Y allí… —tragó saliva— Allí lo encontré.

Kasia sintió que el corazón se le encogía.

—Tumbado en el suelo, justo donde empieza el sendero.

Estaba pálido, como si hubiese visto algo que lo dejó sin aliento.

Y… —Su madre cerró los ojos un instante —había escrito algo en la arena con un dedo.

Una sola palabra.

Ramón dio un paso adelante, tenso.

—¿Qué palabra?

—”Déjalo” —respondió ella—.

Solo eso.

No sabemos qué significa.

No sabemos si intentaba avisarnos de algo… o de alguien.

—¿Y no había nadie más allí?

—preguntó Kasia, aunque ya intuía la respuesta.

—Nadie —dijo su madre—.

Ni huellas, ni señales de lucha, ni nada que explicara qué le pasó.

Solo él… y esas marcas extrañas en la tierra, como si algo hubiese sido arrastrado hacia el bosque.

Pero no había sangre.

No había nada lógico.

Kasia sintió un nudo en la garganta.

—Déjalo…

—Susurró, mirando a Ramón.

La sombra.

La voz que acababa de escuchar en el pasillo.

Todo empezaba a encajar de una forma que no quería aceptar.

Ramón la miró de reojo, pálido.

—Kasia… —murmuró.

No terminó la frase.

No hizo falta.

Porque en ese mismo instante, desde el fondo del pasillo, volvió a escucharse el susurro.

Más cercano.

—Kasiaaaa…
La madre no reaccionó.

No había oído nada.

Pero Kasia y Ramón sí.

Entonces, el aire se volvió más frío.

Casi helado.

Como si alguien hubiese abierto una puerta hacia un invierno que no pertenecía a este mundo.

Ramón también lo sintió.

Ese frío no era normal, no era el de una corriente de una ventana ni el del aire acondicionado.

Era el mismo frío que había notado en su apartamento la noche anterior, un frío que parecía atravesar el pecho, como si una mano helada le hubiese agarrado el corazón.

Sin pensarlo, Ramón atrajo a Kasia hacia su pecho y la rodeó con los brazos.

Ella se dejó envolver, escondiendo la cabeza entre sus brazos, temblando.

No sabía si temblaba por el frío o por el miedo.

Entonces las luces comenzaron a parpadear.

La madre de Kasia se incorporó de golpe.

—¿Qué pasa?

—preguntó con voz tensa.

Clara, que estaba junto a la ventana, frunció el ceño.

—¿Estáis bien?

Estáis… muy pálidos.

Ramón abrió la boca para responder, pero no tuvo tiempo.

El parpadeo se volvió frenético, casi rabioso, como si las bombillas estuvieran a punto de estallar o como si algo invisible tirara de la electricidad con uñas y dientes.

—¿Pero qué…?

—murmuró Clara, llevándose una mano al pecho—.

—¡Qué…!

¿Qué está pasando?

Kasia apretó los ojos con fuerza, hundida contra Ramón, aferrándose a su camiseta como si temiera que el suelo fuese a abrirse bajo sus pies.

Las luces parecían rugir.

No era un sonido real, pero la vibración en el aire era tan intensa que casi podía escucharse, como un zumbido grave que nacía de las paredes.

Y de pronto, todo se detuvo.

El parpadeo.

El zumbido.

El frío.

Todo desapareció en el mismo instante en que Ramón soltó a Kasia, aunque solo fue un segundo, un gesto mínimo para mirarla a los ojos y asegurarse de que estaba bien.

Ese segundo bastó.

Porque en cuanto dejó de tocarla, el aire volvió a su temperatura normal, como si nada hubiese pasado.

Ramón sintió un vuelco en el estómago.

No era casualidad.

Algo en su interior —una intuición primitiva, casi animal— le gritaba que aquello que aún no sabían nombrar, creía que Kasia le pertenecía.

Como si la hubiese marcado.

Como si la hubiese elegido.

Y ese pensamiento le llevaba rondando la cabeza desde la noche anterior, desde que vio aquella sombra en la carretera.

Cada vez que se acercaba a Kasia, algo ocurría: un ruido extraño, un apagón, un susurro, un frío imposible.

Era como si esa presencia reaccionara a él.

Como si lo advirtiera o desafiara.

Ramón tragó saliva, sin apartar la mirada de Kasia.

Ella también lo miraba, con los ojos muy abiertos, como si supiera exactamente lo que él estaba pensando, aunque ninguno de los dos dijo nada.

Ramón se pasó una mano por el pelo, intentando disimular el temblor que aún le recorría el cuerpo.

Elena, la madre de Kasia, se había vuelto a sentar.

Intentaba aparentar calma, pero sus manos delataban la verdad: los dedos se entrelazaban y desenlazaban sin descanso, como si buscasen algo a lo que aferrarse.

Clara, por su parte, intentaba mantener una postura tranquila, aunque sus ojos se movían nerviosos de un lado a otro, siguiendo cada destello del techo hasta que finalizó su movimiento.

Todos parecían necesitar un respiro.

—Voy a la cafetería —dijo Ramón, forzando una sonrisa—.

¿Queréis algo?

Un café, un bocadillo… o lo que sea.

La madre de Kasia asintió con un gesto cansado.

—Un café estaría bien… gracias, Ramón.

Clara levantó la mano sin mirarlo, con los ojos clavados en el suelo.

—Lo mismo para mí —murmuró.

Ramón aprovechó el momento.

—Kasia, ven conmigo.

¿Me ayudas?

Ella entendió al instante que no era una excusa.

Una forma de alejarse de los demás para poder hablar.

Caminaron por el pasillo del hospital.

El sonido de los pasos resonaba en el suelo pulido, y cada eco parecía seguirlos un poco más de lo normal.

Cuando estuvieron lo suficientemente lejos, Ramón se detuvo junto a una máquina expendedora apagada.

Nadie pasaba por allí.

Y entonces, sin planearlo, los dos hablaron a la vez.

—¿Lo has oído?

¿Has sentido lo mismo que yo?

—dijo Kasia.

—Eso no era normal —soltó Ramón.

Se quedaron mirándose, respirando rápido, como si hubieran corrido.

—Ramón… —empezó Kasia, con la voz quebrada—.

Cada vez que estás cerca de mí… pasa algo.

—Lo sé —respondió él, sin apartar la mirada—.

Y no es casualidad.

Ese frío… ese susurro… las luces… todo ocurre cuando estoy contigo.

Como si… como si algo reaccionara a mi presencia.

Kasia tragó saliva.

—¿Qué crees que es…

eso?

—No sé qué es —admitió—.

Pero sí sé una cosa: no quiere que esté contigo.

Es como si me odiara.

Kasia dio un paso hacia él, temblando.

—¿Y si tiene que ver con mi padre?

¿Y si lo que le pasó con esos chicos… fue por mi culpa?

Ramón negó de inmediato, con una firmeza que no sentía del todo.

—No digas eso.

No tienes la culpa de nada —respondió Ramón con una firmeza que no sentía del todo, pero que necesitaba transmitirle a Kasia—.

Pero debemos averiguar qué es para…
Se detuvo.

Sus ojos se movieron de un lado a otro del pasillo, como si esperara ver una sombra deslizándose por las paredes blancas del hospital.

Cada rincón parecía más oscuro de lo normal; cada reflejo en el suelo pulido parecía esconder un movimiento que desaparecía al mirarlo directamente.

Kasia contuvo la respiración.

Sabía lo que Ramón estaba a punto de decir.

Ramón tragó saliva, sintiendo cómo un escalofrío le recorría la columna.

Finalmente, lo dijo.

—…acabar con ello.

Kasia se llevó una mano a la boca, con los ojos muy abiertos.

—No sabemos si se puede… —Kasia no terminó la frase.

No quería imaginar lo que implicaba “acabar” con algo que no era humano.

Ramón apretó los puños.

—Precisamente por eso tenemos que investigar, descubrir qué pretende e ir un paso por delante.

No podemos seguir esperando a que vuelva a aparecer.

—Ramón… —susurró—.

¿Y si… si se enfada y mata a alguien más?

Ramón la miró con una mezcla de miedo.

—Ya está enfadado, Kasia.

Desde la noche de la carretera.

Desde que nos vio juntos.

Cada vez que me acerco a ti, reacciona.

Kasia sintió cómo las lágrimas le caían por la mejilla sin poder detenerlas.

Era miedo.

Miedo a perder a quienes ama.

—Entonces… —dijo ella, apenas audible—.

¿Qué hacemos?

Ramón dio un paso más cerca, pero esta vez con cautela, como si temiera que la presencia volviera a manifestarse.

Y entonces, como si la oscuridad misma respondiera a sus palabras, una corriente helada recorrió el pasillo, apagando por un segundo las luces del extremo.

Solo un segundo.

Pero suficiente para que ambos sintieran que no estaban solos.

Ramón respiró hondo.

—Sea lo que sea… —dijo en voz baja— no vamos a dejar que te toque otra vez.

Kasia abrió la boca para contestar, pero en ese instante, las luces volvieron a parpadear, como un latido eléctrico.

Era otro aviso.

Otra advertencia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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