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ESCALOFRÍO - Capítulo 28

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28: Una ventaja…

28: Una ventaja…

Por un instante, el pasillo pareció más silencioso.

Ramón y Kasia avanzaron hacia la cafetería sin decir palabra, separados por unos pasos y por todo lo que ya no podían permitirse mostrar.

A partir de ahora tendrían que ser más cautos, más inteligentes, aunque eso implicara enterrar lo que sentían.

De regreso a la sala de espera, con los cafés para Elena y Clara en las manos, Ramón rompió el silencio sin mirarla.

—Binder… ¿Qué significa?

¿Es un segundo nombre, un apellido?

Quiero saberlo todo sobre ti.

Tal vez así podamos empezar a entender qué es esa cosa que te sigue.

—Es mi apellido… o al menos eso es lo que siempre me dijeron.

Elena y Mateo me sacaron de un orfanato en Rumanía cuando era muy pequeña.

No recuerdo casi nada de antes, como si alguien hubiera arrancado páginas enteras de mi vida.

Me contaron que mi familia murió en un accidente brutal, chocaron de frente contra un camión en plena tormenta.

Fue tan violento que apenas pudieron identificar los cuerpos.

Desde entonces, las tormentas me paralizan.

No es solo miedo… es como si algo dentro de mí despertara al escuchar los truenos.

En casa nunca hablamos del tema.

Nunca.

Cada vez que intentaba preguntar, Elena cambiaba de conversación y Mateo se ponía tenso, como si temiera que yo recordara algo que no debería.

Durante años tuve pesadillas.

A veces despertaba con la sensación de que alguien me observaba en la oscuridad.

Pero ahora, tengo la impresión de que esas pesadillas no eran solo producto de mi mente.

Hay algo en mi pasado que no encaja, Ramón.

Algo que no me han contado.

Y creo que lo que me persigue… viene de allí.

Cuando llegaron a la sala donde deberían estar Elena y Clara, la encontraron completamente vacía.

El silencio era tan inesperado que ambos se detuvieron en seco, intercambiando una mirada cargada de preocupación.

Entonces, una puerta lateral se abrió y Clara apareció apresurada, con el gesto tenso.

—Chicos, estamos aquí —dijo, haciéndoles una señal para que se acercaran—.

Han subido a Mateo.

Está consciente, aunque sigue dormido.

No hemos podido hablar con él todavía.

—El médico nos ha dicho que está mejorando —continuó—.

Ha tenido muchísima suerte de que Elena lo encontrara a tiempo.

Fue un ataque al corazón.

Ramón estuvo a punto de apartarse para dejar pasar a Kasia, pero recordó demasiado tarde que no debía rozarla.

Se detuvo en seco y retrocedió un paso, lo justo para que ella pudiera cruzar la puerta sin que sus brazos o sus hombros se encontraran.

El gesto fue mínimo, casi imperceptible, pero cargado de una tensión que no pasó desapercibida.

Clara, que venía unos pasos detrás, lo vio todo.

Frunció ligeramente el ceño, confundida por aquella distancia repentina entre ellos.

Para ella, parecía un gesto frío, casi hostil, como si hubieran discutido antes de llegar.

Se acercó a Kasia con cautela, inclinando un poco la cabeza.

—¿Todo bien entre vosotros?

—preguntó, con esa mezcla de curiosidad y preocupación.

Kasia respondió con un hilo de voz:
—Sí… bien…
Lo dijo para Clara, pero el susurro que dirigió a Ramón fue distinto, casi imperceptible.

Él la miró de reojo, sin acercarse, manteniendo esa distancia que ahora era necesaria, casi obligatoria.

—Si Clara lo ha notado… —murmuró él, apenas moviendo los labios—, esa cosa también lo habrá hecho.

Y eso nos da un respiro.

Sus palabras flotaron entre ellos como un secreto compartido, uno que ninguno podía permitirse romper.

Kasia asintió muy levemente, consciente de que cada gesto, cada mirada podían ser observados.

Por un instante, la distancia entre ellos no fue solo física: fue una estrategia, una protección para ellos y para todos los que rodeaban a Kasia.

Por la tarde, Mateo por fin comenzó a mostrar signos claros de mejoría.

Sus párpados temblaban, su respiración se volvía más estable y aunque aún no estaba del todo consciente, era evidente que su cuerpo luchaba por volver.

Aquello alivió un poco la tensión que llevaba horas acumulándose en el ambiente.

Mientras pasaba el tiempo, Kasia tomó una decisión: se quedaría unos días en Valdepineda, en casa, hasta asegurarse de que su padre se recuperaba por completo.

Elena intentó convencerla de que no perdiera clases en la facultad, pero Kasia insistió en que solo pediría los apuntes un par de días.

A finales de semana volvería.

No era una huida, ni un abandono: era necesidad.

Necesitaba estar cerca de su familia, sentir que podía protegerlos… aunque no supiera de qué exactamente.

Tras hablar con el médico, les explicaron que Mateo debía permanecer ingresado un par de días más.

Querían hacerle pruebas adicionales, descartar complicaciones, observar cómo evolucionaba su corazón.

Después, si todo seguía bien, le darían el alta.

Elena respiró hondo por primera vez en horas.

Ramón, que había permanecido en silencio mientras escuchaban al médico, se acercó a Kasia cuando quedaron unos pasos atrás.

—Entonces… —dijo en voz baja, sin mirarla directamente— tú te quedas aquí unos días.

Ella asintió.

Él continuó, con calma, intentando no mostrar preocupación:
—Yo retomaré la investigación.

La frase del móvil sigue ahí, y no pienso dejarla pasar.

Si encontramos su origen, quizá entendamos algo.

Kasia tragó saliva.

Sabía que él tenía razón, pero también sabía que separarse era un riesgo… y a la vez una oportunidad.

Ramón lo dijo antes de que ella pudiera pensarlo demasiado:
—Si esa cosa ve que estamos separados, puede que se calme.

Puede que deje de atacar.

Al menos durante un tiempo.

Sus palabras quedaron suspendidas entre ellos, cargadas de un significado que ninguno se atrevía a nombrar en voz alta: que la distancia no solo era una estrategia… sino una forma de protegerse mutuamente.

Kasia bajó la mirada.

No quería alejarse de Ramón, pero tampoco podía permitir que nadie más saliera herido.

Ramón reprimió el impulso de tocarla.

Quería rozarle la mejilla, tomarle la mano, besarla hasta que todo lo demás dejara de existir.

Pero se obligó a contenerse.

Apretó los puños, clavó la mirada en el suelo y respiró hondo, como si así pudiera sujetar el deseo que amenazaba con romperle la voz.

—Te quiero —susurró, apenas moviendo los labios, como si temiera que incluso el aire pudiera delatarlo—.

Y voy a encontrar la forma de que estemos juntos.

Kasia levantó la mano hacia él, temblorosa, buscando su rostro… pero se detuvo a unos centímetros.

Un gemido ahogado escapó de su garganta, cargado de frustración, de necesidad, de miedo.

—Ramón… yo también te quiero —dijo con la voz rota—.

Pero no sé si voy a poder vivir así.

No sé si podré soportar esta distancia.

Esta… condena.

Siento que si cedo, aunque sea un segundo, esa cosa va a ganar.

Él levantó la mirada, y por un instante sus ojos se encontraron con una intensidad que casi dolía.

Había deseo, sí, pero también una determinación feroz, casi desesperada.

—Desde que no nos tocamos… no ha vuelto a manifestarse —murmuró, como si estuviera pensando en voz alta sin poder evitarlo.

Kasia frunció el ceño, confundida, pero él continuó, hilando la idea con una claridad inquietante:
—Quizá solo pueda ver nuestros movimientos.

No escucharnos.

Si reaccionara también a lo que sentimos o decimos… ahora mismo habría hecho algo.

Habría bajado la temperatura, parpadeado las luces… lo que sea.

Pero no ha pasado nada.

Nada.

Ella abrió los ojos, sorprendida, como si una puerta invisible se abriera ante ellos.

—¿Quieres decir que…?

Ramón dio un paso mínimo hacia ella, apenas un suspiro de distancia, suficiente para que el corazón de Kasia se acelerara… pero no lo bastante como para tentar al peligro.

—Quiero decir que tenemos una ventaja, Kasia—respondió con un mínimo destello de alegría en su voz.

Kasia sintió que el aire entre ellos vibraba, cargado de algo que era amor, deseo… y también amenaza.

Una tensión eléctrica que parecía capaz de encender o apagar el mundo.

Él sostuvo su mirada, sin tocarla, sin moverse, pero con una intensidad que casi quemaba.

—¡Tenemos una ventaja!

—Casi gritó Kasia, atenta a cualquier sonido procedente del pasillo.

Pero pasillo estaba en silencio.

Un silencio espeso, expectante, como si las paredes contuvieran el aliento.

—Ramón… —susurró ella, con la voz hecha un hilo— si de verdad tenemos una ventaja… aunque sea mínima… entonces no quiero desperdiciarla.

Él levantó la mirada y la intensidad de sus ojos la atravesó como un latido.

No la tocó, pero su presencia era tan fuerte que Kasia sintió que el mundo se estrechaba alrededor de ellos.

—No sabes cuánto deseo abrazarte ahora mismo —confesó él, con una sinceridad que casi dolía—.

Pero si mantenernos separados nos da tiempo… si nos da una oportunidad…
Kasia cerró los ojos un instante, como si sus palabras la golpearan en un lugar vulnerable.

Cuando los abrió, había algo nuevo en su mirada: determinación… y un deseo que ardía bajo la superficie.

—No quiero que te alejes de mí —dijo, apenas audible—.

No quiero que esa cosa decida cuándo puedo sentirte cerca.

No quiero que nos robe esto.

Ramón dio un paso más, quedando a solo unos centímetros.

No la tocó.

No se atrevió.

Pero su voz bajó hasta convertirse en un murmullo íntimo, casi un roce en la piel.

—No puede oírnos —dijo—.

Y mientras no nos toquemos… no reacciona.

Eso significa que lo que decimos aquí… lo que sentimos… es solo nuestro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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