ESCALOFRÍO - Capítulo 29
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29: Nuestro código 29: Nuestro código Kasia abandonó la habitación.
Sabía que Ramón la seguiría.
Tenían que comprobar el alcance de su teoría.
Cuando estaban lo suficientemente alejados de la habitación en la que su padre se encontraba ingresado.
Kasia giró y se colocó frente a Ramón.
—Entonces… —susurró— déjame escucharte.
Aunque no pueda tocarte… déjame sentirte así.
Ramón tragó saliva, luchando contra el impulso de acortar la distancia.
Su voz salió ronca, cargada de todo lo que había estado conteniendo.
—Te quiero más de lo que debería —admitió—.
Y si pudiera… si no hubiera nada acechando… te abrazaría ahora mismo y no te soltaría jamás.
Kasia respiró hondo, temblando.
—Ramón…
—Pero no lo haré —continuó él—.
Porque quiero que estemos a salvo.
Y si esta distancia es lo único que nos protege… entonces la soportaré.
Aunque me queme por dentro.
Ella sintió que las lágrimas amenazaban con caer, se mordió el labio inferior como si pudiese detenerlas.
Se quedó frente a él, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo sin tocarlo.
—No quiero que te vayas —dijo.
Ramón negó suavemente con la cabeza.
—Aunque no pueda tocarte… estoy contigo.
Aquí —señaló su pecho— y aquí —señaló su sien—.
Y eso, no puede quitárnoslo.
Kasia dejó la mano quieta sobre su mejilla.
Ramón no se movió, pero su respiración se volvió más profunda, más consciente.
Entonces…
volvió a ocurrir.
—¿Lo sentiste?
—murmuró ella, apenas un hilo de voz.
Ramón asintió, sin apartar la mirada.
—Fue como… un chispazo.
Un temblor de luz.
Kasia retiró lentamente la mano y la luz dejó de temblar.
—Podemos crear nuestro propio código secreto —susurró, con una suavidad que le erizó la piel—.
Cuando diga “Eres imposible”, en realidad estaré diciéndote todo lo contrario.
Será nuestra manera de querernos sin que esa cosa lo note.
La respiración de Kasia se detuvo un instante.
Alzó la mirada hacia él, y en sus ojos apareció una luz que llevaba días apagada.
No era solo la idea… era la forma en que él se la ofrecía, como si estuviera tendiéndole la mano a través de un abismo que ninguno de los dos había elegido.
—Ramón… —murmuró, apenas audible.
Él no la tocó, pero la cercanía bastó para que ella sintiera el calor de lo que no podían permitirse.
Ese pequeño código, esa frase disfrazada, se convirtió de pronto en una promesa: una forma de seguir unidos, de desafiar la distancia que los separaba incluso cuando estaban frente a frente.
Kasia dejó escapar un suspiro tembloroso.
Por primera vez en mucho tiempo, la esperanza no dolía.
Kasia y Ramón regresaron al pasillo principal, mientras buscaban esas frases que disfrazasen sus sentimientos ante esa presencia oscura.
Así que, cuando se cruzaron frente a las enfermeras, Ramón elevó la voz de repente.
—¡Te dije que no volvieras a hacer eso!
—exclamó.
Kasia respondió al instante, entrando en el juego.
—¿Y tú quién eres para decirme lo que puedo o no puedo hacer?
Pero mientras hablaba, sus ojos brillaban con algo completamente distinto.
Ramón lo notó.
Y supo que era el momento.
—Eres imposible —gruñó él, dando un paso hacia ella como si fuera a recriminarle algo más grave—.
Me tienes loco.
Kasia alzó la barbilla, desafiante.
—Pues acostúmbrate.
Porque tú también eres imposible.
Ramón bajó la voz apenas un susurro, lo justo para que nadie más lo oyera.
—Te quiero.
Kasia sintió el impacto como un latido extra en el pecho.
Pero no podía dejar que se notara.
Así que bufó, teatral.
—¿Eso es todo lo que tienes?
—dijo en voz alta, cruzándose de brazos.
Y luego, sin mover los labios, sin que su expresión cambiara, dejó escapar un murmullo que solo Ramón pudo escuchar.
—Y yo a ti.
Ramón fingió exasperación, llevándose una mano a la frente.
—No sé por qué sigo intentando hablar contigo —protestó, elevando el tono para la audiencia involuntaria.
Pero mientras lo decía, inclinó apenas la cabeza hacia ella, como si fuera un gesto de frustración… aunque en realidad era una caricia invisible.
—Porque no puedes evitarlo —respondió Kasia, con un toque de burla perfectamente ensayado.
Y en voz baja, casi imperceptible:
—Porque me necesitas tanto como yo a ti.
Ramón tuvo que apartar la mirada para que la máscara no se rompiera.
Si ese algo les observaba, solo vería dos personas discutiendo.
Nada más.
Pero entre ellos, bajo la superficie, había un lenguaje nuevo.
Un refugio secreto.
Un lugar donde podían amarse sin ser descubiertos.
Decidieron poner a prueba su teatro.
Tenían que saber si eran capaces de engañar a la madre de Kasia… y a Clara.
Si podían engañarlas a ellas, quizá también podrían engañarlo a eso.
La puerta de la habitación de Mateo se abrió con un chirrido suave.
Clara salió primero.
Elena la siguió.
Ramón estaba apoyado en la pared del pasillo.
Kasia se apartó de él.
El papel exigía distancia.
Ramón actuó primero.
—¿Así que te quedas en Valdepineda?
—soltó, elevando la voz.
Clara y Elena se tensaron.
—¿Y qué problema tienes tú?
—respondió Kasia, cruzándose de brazos con brusquedad.
Ramón reconoció el gesto: Quédate conmigo.
Dio un paso hacia ella, rápido, casi agresivo.
Kasia descifró el mensaje oculto: No te vayas.
—El problema —continuó él, con un tono afilado— es que siempre haces lo que te da la gana.
Kasia alzó la barbilla, desafiante.
Ese gesto decía: Confío en ti.
Sigue.
—Pues sí —respondió ella—.
Y voy a seguir haciéndolo.
Entonces ocurrió.
Un susurro helado recorrió el pasillo.
Primero, leve.
Luego más intenso.
Clara se frotó los brazos.
—¿Soy yo o hace un frío horrible aquí?
Elena frunció el ceño.
—La calefacción debe haberse estropeado otra vez…
Pero Kasia y Ramón sabían que no era la calefacción.
El aire se volvió tan gélido que las luces parpadearon.
La cosa estaba allí.
Observándolos.
Buscando grietas.
Ramón señaló a Kasia con un gesto brusco.
—¿Y qué esperas que haga yo mientras tú te quedas aquí?
—preguntó, casi gritándole.
Kasia cerró los ojos un instante.
—No necesito que me vigiles —respondió.
Ramón entendió el mensaje oculto: Nos está mirando.
No te acerques.
El frío aumentó.
Un escalofrío recorrió el pasillo, enredándose entre sus cuerpos como una segunda piel.
Clara retrocedió.
—¿Habéis notado eso?
Esto no es normal…
Elena exhaló un vaho blanco.
—Esto es imposible… estamos dentro de un hospital.
Ramón apretó los labios.
Kasia lo miró y, en ese instante, él leyó lo que ella no podía decir:
Ojalá tus labios estuvieran sobre los míos.
—Claro que no me necesitas —dijo él, con un tono casi cruel—.
Tú no necesitas a nadie.
Ella escuchó lo que realmente significaba: Te necesito más de lo que admito.
Kasia respondió con la misma moneda.
—Y tú no eres tan importante como crees.
Pero lo que quería decir era: Eres lo más importante.
El frío se volvió insoportable.
Las luces parpadearon otra vez.
La cosa estaba tan cerca que Kasia sintió un zumbido en los oídos y un escalofrío ascendiendo por su espalda, serpenteando entre las vértebras, obligándola a estirarse.
Ramón golpeó la pared con dos dedos, como si perdiera la paciencia.
Pero Kasia sabía lo que significaba: Estoy contigo.
Ella se ajustó la manga.
Ramón descifró el mensaje: Necesito tu abrazo.
La cosa pareció detenerse.
Como si buscara una fisura en su actuación.
Kasia sintió que le faltaba el aire.
Ramón, un hormigueo en los dedos.
Pero siguieron firmes.
—Haz lo que quieras —repitió Ramón, dándose la vuelta.
Kasia también se giró, sincronizada con él.
Sus cuerpos gritaban en silencio: No quiero alejarme.
Entonces, el frío se retiró.
Lento.
Desconfiado.
Como un animal que no encuentra lo que esperaba.
Clara suspiró al sentir el aire templarse de nuevo.
—Bueno… sea lo que sea, parece que ya pasó.
Kasia y Ramón no dijeron nada.
No podían.
El silencio que quedó tras la retirada del frío era espeso, casi pegajoso.
Clara y Elena se miraron entre ellas, desconcertadas.
Cuando habían llegado, Kasia y Ramón parecían inseparables… y ahora aquello había parecido un enfado de enamorados, uno de esos que estallan sin aviso y dejan un reguero de tensión en el aire.
Clara ladeó la cabeza, observando a Kasia con una mezcla de preocupación y curiosidad.
—¿Estáis bien?
—preguntó, aunque su tono dejaba claro que no esperaba una respuesta sincera.
Kasia tragó saliva.
Tenía que seguir fingiendo.
—Perfectamente —respondió, con una frialdad que no sentía.
Ramón no la miró, pero su mandíbula se tensó.
Ese gesto decía: No estás perfectamente.
Ojalá pudiera acercarme.
Clara dio un paso hacia Kasia, bajando la voz.
Elena cruzó los brazos, mirando a Ramón con una mezcla de reproche y sospecha.
—No deberíais discutir así aquí.
Mateo está a unos metros.
Ramón bajó la mirada, como si estuviera avergonzado.
Pero Kasia supo que ese gesto significaba: Lo sé.
Y me duele más de lo que imaginas.
Clara suspiró, intentando suavizar el ambiente.
—Bueno… supongo que todos estamos tensos.
Ha sido un día largo.
Ramón se apartó de la pared, despacio.
No la miró, pero su voz, aunque áspera, llevaba un matiz que solo ella podía descifrar.
—Voy a dar una vuelta.
Necesito aire.
Kasia sintió un pinchazo en el pecho.
Quería detenerlo.
Quería decirle que no se fuera.
Ramón pasó junto a Clara y Elena sin detenerse.
Cuando estuvo lo bastante lejos, Kasia sintió cómo el aire volvía a su temperatura normal, como si la cosa se hubiera ido con él… o como si lo siguiera.
Clara se acercó un poco más a Kasia.
—¿Seguro que estás bien?
—insistió.
Kasia respiró hondo.
Tenía que mentir.
Tenía que protegerlos.
—Sí —dijo, con una sonrisa que no llegó a los ojos—.
Solo… cosas nuestras.
Elena arqueó una ceja.
—Cosas vuestras —repitió, como si probara el sabor de esas palabras.
Kasia no respondió.
No podía.
Porque en su mente, solo había un pensamiento:
Si esto sigue así, no sé cuánto tiempo podremos mantener el teatro… ni cuánto tardará en darse cuenta de que lo estamos engañando.
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