Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

ESCALOFRÍO - Capítulo 30

  1. Inicio
  2. ESCALOFRÍO
  3. Capítulo 30 - 30 Huecos en mi memoria
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

30: Huecos en mi memoria 30: Huecos en mi memoria Ramón avanzaba por la autovía rumbo a Salamanca con los dedos aferrados al volante, tan tensos que parecían fundirse con el cuero.

El asfalto se extendía ante él como una lengua interminable de gris apagado, pero su atención no estaba en la carretera.

Su mente viajaba en otra dirección.

Hacia ella.

No lograba comprender cómo Kasia había irrumpido en su vida con tanta fuerza, sin pedir permiso.

Había entrado en su corazón como un incendio silencioso, y ahora que se alejaba de ella, sentía el vacío abrasarle por dentro.

La echaba de menos con una intensidad que le resultaba absurda.

Dolorosa.

Como si hubieran pasado semanas desde la última vez que la vio, no apenas unas horas.

En más de una ocasión, su mano se deslizó hacia el móvil apoyado en el asiento del copiloto.

Su pulgar rozó la pantalla, tentado por la idea de escuchar su voz, aunque fuera un instante.

Pero se obligó a apartarlo.

No podía llamarla.

No mientras aquello siguiera acechándolos, atento a cada palabra, a cada gesto, a cada emoción que pudiera delatarlos.

Inspiró hondo, intentando despejar la presión que le oprimía el pecho, y se obligó a centrarse en lo que sí podía hacer.

Tenía que averiguar qué significaba la frase que el muchacho había pronunciado antes de que Ana lo empujara por el balcón.

Tenía que buscar conexiones antiguas, historias olvidadas, supersticiones, mitos, cualquier pista que le permitiera entender qué era exactamente lo que los estaba persiguiendo.

El retrovisor le devolvió su propio reflejo: ojos cansados, mandíbula apretada, ojeras marcadas.

Y algo más.

Algo que no esperaba ver en sí mismo.

Miedo.

—No voy a dejar que te toque —susurró, apenas audible, como si pronunciara un juramento.

El sonido se perdió en el interior del coche, pero él lo sintió vibrar en su pecho.

Apretó el volante y siguió conduciendo.

Mientras tanto, Kasia y Clara regresaban de Valdepineda.

Volvían con una bolsa de aseo para Elena, que había decidido quedarse junto a Mateo.

El coche avanzaba por la carretera secundaria.

Clara conducía con el ceño ligeramente fruncido, concentrada en la carretera, aunque la curiosidad le chispeaba en los ojos.

No tardó en romper el silencio.

—A ver, Kasia… —empezó con un tono que anunciaba interrogatorio—.

¿Qué demonios pasó con ese chico?

Cuando llegamos estabais pegados como imanes y luego… aquello.

Kasia apoyó la frente en la ventanilla fría.

El paisaje se desdibujaba en líneas borrosas, pero su mente seguía atrapada en el pasillo del hospital, en el aire helado que les había mordido la piel, en la mirada de Ramón, en su voz disfrazada de enfado.

—No fue nada —respondió.

Clara soltó una risa breve, incrédula.

—¿Nada?

Venga ya.

Parecíais una pareja discutiendo por celos.

¿Quién es ese muchacho para ti?

¿Desde cuándo lo conoces?

¿A qué se dedica?

¿Has conocido a su familia?

Las preguntas cayeron una tras otra, como una lluvia insistente.

Pero Kasia apenas las escuchaba.

Su mente estaba en otro lugar.

En un recuerdo que nunca había podido atrapar del todo.

—Clara… —interrumpió, con una seriedad que hizo que la otra frenara su avalancha de palabras—.

¿Tú sabes algo del accidente?

Clara parpadeó, desconcertada.

—¿Qué accidente?

—El de mis padres.

Mis padres biológicos —aclaró Kasia, sin apartar la vista de la carretera—.

Siempre me han dicho que fue un accidente de coche.

Pero nunca me han contado nada más.

Nunca.

Y ya no soy una niña.

Tengo derecho a saber qué pasó.

Clara tragó saliva, incómoda.

No esperaba ese giro.

No quería ese giro.

—Kasia… yo… no sé si debería…
—Mis padres evitan el tema —insistió ella, con un temblor en la voz que no era de tristeza, sino de frustración contenida—.

Cada vez que pregunto, cambian de conversación.

O me dicen que no es el momento.

Pero nunca lo es.

Nunca.

Clara apretó el volante, los nudillos tensos.

—No sé mucho —admitió al fin, con un suspiro resignado.

Kasia giró la cabeza lentamente, clavando los ojos en ella.

—Algo sabrás…

Mi madre te cuenta todo.

Clara respiró hondo, como si se preparara para abrir una puerta que llevaba años cerrada.

—Solo saben lo que les dijeron en el orfanato donde te encontraron.

Tú estabas con ellos cuando ocurrió todo.

Por eso tus pesadillas de niña.

Por eso ese pánico irracional a las tormentas.

Lo pasado, pasado está, Kasia.

No hay por qué remover lo que está muerto.

Un escalofrío recorrió la espalda de Kasia.

Porque eso no estaba muerto.

Nunca lo había estado.

—Clara… por favor —susurró—.

Necesito saber qué pasó realmente.

Clara abrió la boca para responder.

Pero en ese instante, el móvil de Kasia vibró.

Un mensaje.

De Ramón.

Solo una frase.

“Eres imposible.”
El corazón de Kasia dio un vuelco.

Porque entendió el verdadero significado oculto tras esas palabras.

“Te quiero.”
Clara alcanzó a ver el móvil vibrando en el regazo de Kasia.

La pantalla se iluminó lo suficiente como para que leyera el nombre del remitente.

—¿Es el chico?

—preguntó con una mezcla de picardía y sorpresa—.

¿Estáis haciendo las paces?

Kasia bloqueó el teléfono con un movimiento rápido, casi instintivo.

—No —mintió sin pestañear—.

Es una amiga.

Tengo que llamarla para que me coja los apuntes de estos días.

Clara arqueó una ceja, claramente sin creérselo del todo, pero no insistió.

El silencio se instaló entre ambas, un silencio espeso que las acompañó durante varios kilómetros.

Solo el sonido del motor y el viento colándose por las rendijas del coche llenaban el espacio.

Kasia apretó los dedos contra sus rodillas.

El mensaje de Ramón seguía latiendo en su mente como un susurro cálido.

Pero no podía permitirse pensar en eso ahora.

Había otra verdad que necesitaba desenterrar.

— Necesito que me cuentes todo lo que Elena y Mateo saben sobre mis padres biológicos.

Todo lo que te hayan dicho.

No quiero más medias verdades…

Por favor.

Clara respiró hondo, como si hubiera estado esperando que esa pregunta regresara, pero deseando que no lo hiciera.

—Kasia, no sé si es buena idea…
—Lo es para mí —insistió, ahogando un sollozo—.

No recuerdo la cara de mi madre biológica.

Nada.

Es como si mis recuerdos estuvieran… borrados.

Como si los viera a través de un cristal distorsionado, empañado.

Sé que existieron, pero no puedo alcanzarlos.

Clara aflojó un poco la presión sobre el volante, como si las palabras de Kasia la hubieran desarmado.

—Eso es normal después de un trauma tan grande…
—A veces recuerdo cosas sueltas… como si fueran flashes.

Trozos de una vida que no sé si es mía o si me la he inventado para llenar el vacío.

Clara la miró de reojo, preocupada.

—¿Qué cosas recuerdas?

Kasia tragó saliva, buscando dentro de sí esos pedazos sueltos que la perseguían desde niña.

—Recuerdo jugar con mi muñeca —dijo en voz baja—.

La que tengo escondida en mi maleta.

No sé por qué la guardo así… como si fuera algo prohibido.

Pero no puedo deshacerme de ella.

Clara no dijo nada.

Kasia continuó, como si una compuerta se hubiera abierto dentro de ella.

—A veces veo un patio trasero.

No sé si era grande o pequeño, pero había tierra y un columpio viejo.

También recuerdo mi habitación… Me costaba subir los escalones de madera porque siempre crujían, como si se quejaran de mi peso.

Sus ojos se perdieron en el horizonte.

—Y había una chimenea —añadió, casi en un susurro—.

Mi padre me decía que no debía tocarla si no quería quemarme.

Recuerdo su voz… pero no su rostro.

Es como si lo escuchara desde muy lejos.

Clara tragó saliva, visiblemente afectada.

—Kasia…
—Necesito saber qué pasó —insistió ella, con una mezcla de angustia y determinación—.

No puedo seguir viviendo con estos huecos.

No puedo seguir sintiendo que algo me persigue desde entonces… algo que no sé nombrar.

Clara redujo la velocidad casi sin darse cuenta, como si el peso de lo que estaba a punto de decirle obligara al coche a avanzar con más cautela.

Sus dedos se aferraron al volante, y durante unos segundos solo se escuchó el motor y el viento golpeando los cristales.

—Está bien —murmuró al fin—.

Te contaré lo que sé.

Pero prométeme algo antes.

Kasia la miró, tensa, expectante.

—Lo que quieras.

Clara tragó saliva, como si las palabras le costaran.

—No puedes decirle a Elena ni a Mateo que he sido yo quien te lo contó.

Me metería en un lío enorme—hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—.

Ellos creen que están protegiéndote.

Y si se enteran de que yo he abierto la boca, se sentirán traicionados.

Kasia frunció el ceño.

—Pero son mis padres.

Tengo derecho a saber…
—Lo sé —la interrumpió Clara—.

Y estoy de acuerdo contigo.

Pero entiende que… ya no somos unos críos.

Tenemos muchos años encima.

Y cualquier disgusto fuerte podría pasarles factura.

Sobre todo a Mateo, después de lo que le pasó hace unos días.

Ese amago de ataque al corazón no fue ninguna tontería.

Otro susto así… podría ser fatal.

Kasia sintió un nudo en la garganta.

No quería hacerles daño.

Pero tampoco podía seguir viviendo en la oscuridad.

—No diré nada —prometió, con una firmeza que sorprendió incluso a Clara.

La mujer asintió, aunque su expresión seguía cargada de preocupación.

—Bien… porque si esto sale mal, podría romper una amistad de toda la vida.

Y no quiero perderlos.

El silencio volvió a instalarse entre ellas, pero esta vez no era incómodo.

Era denso, lleno de cosas que estaban a punto de salir a la luz.

Kasia respiró hondo, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza, anticipando una verdad que llevaba toda la vida esperando… y temiendo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo