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ESCALOFRÍO - Capítulo 31

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31: Lo que nadie quiere contar 31: Lo que nadie quiere contar Clara mantuvo la vista fija en la carretera, aunque sus ojos parecían mirar mucho más lejos, como si rebuscaran en un pasado que no le pertenecía del todo.

Bajó aún más la velocidad, hasta rozar el límite mínimo, y soltó un suspiro que llevaba años guardado.

—Kasia… —empezó con voz baja—.

Lo que voy a contarte no puede salir de aquí.

De verdad.

Ni una palabra.

Ni una insinuación.

Si Elena o Mateo se enteran de que he sido yo quien te lo dijo… no me lo perdonarían jamás.

Kasia sintió un vuelco en el estómago.

—Clara, yo…Te lo prometo.

Clara respiró hondo, como si esa promesa le diera permiso para abrir una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada.

—Tu madre me contó que cuando fueron al orfanato —comenzó—, lo hicieron porque ya habían perdido la esperanza de tener un bebé propio.

Barajaron otras posibilidades como la fecundación in vitro, pero el tratamiento era demasiado costoso y las probabilidades de éxito eran muy bajas, dado que Elena ya estaba con los primeros síntomas de la menopausia, así que decidieron adoptar.

Alguien les habló de ese orfanato, uno pequeño, casi escondido, y decidieron probar suerte.

Kasia escuchaba sin parpadear.

—Tú no eras una de las más pequeñas —continuó Clara—.

Y aun así… destacabas.

No por hablar, porque casi no decías palabra.

Era por tus ojos.

Mateo siempre dice que cuando te vio por primera vez, estabas abrazada a tu muñeca como si fuera tu vida entera.

Tenías esa mezcla de fragilidad y… no sé… algo que no sabía describir.

Algo que les atrapó.

Kasia bajó la mirada, recordando la muñeca escondida en su maleta.

—Había otras parejas interesadas en ti —añadió Clara—.

Pero… se echaron atrás.

Mateo me contó que les dabas miedo.

No porque hicieras nada malo, sino porque… había algo en ti que no entendían.

Algo que la directora del orfanato —una monja muy estricta— no ayudó a suavizar precisamente.

Kasia sintió un escalofrío.

—¿Qué dijo?

—preguntó en un susurro.

Clara apretó los labios antes de responder.

—Que tardarías mucho en adaptarte a un hogar.

Que habías visto al diablo en persona… y que eso no te dejaría vivir en paz.

Kasia sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

—¿Qué… qué significa eso?

Clara tragó saliva.

—Significa que fuiste la única superviviente de una masacre.

El mundo pareció detenerse.

El coche, el paisaje, el tiempo… todo quedó suspendido.

—Tu tío —continuó Clara, con voz temblorosa—.

Se volvió loco una noche de tormenta.

Cogió un hacha y… os atacó.

A todos.

A tus padres.

A tus hermanos.

A cualquiera que intentara detenerlo.

Fue…horrible.

La policía dijo que nunca habían visto nada igual.

Kasia sintió un mareo, como si el coche se inclinara.

—No… —susurró.

—Dicen que era imposible —siguió Clara—.

Que un hombre tan bueno, tan querido por todos, hubiera cometido semejante atrocidad.

Nadie lo entendió.

Nadie.

Y aún hoy… no hay explicación.

Kasia apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas.

—¿Y yo?

—preguntó con un hilo de voz—.

¿Cómo… cómo sobreviví?

Clara negó despacio.

—Nadie lo sabe.

Te encontraron escondida en un pozo seco.

No tenías ni un rasguño.

Ni uno.

Era como si… algo te hubiera protegido.

O como si él no hubiera podido tocarte.

Kasia sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Un escalofrío demasiado parecido al que había sentido en el hospital.

—La monja les aconsejó a tus padres que inventaran lo del accidente —añadió Clara—.

Dijo que sería más fácil de explicar si algún día empezabas a recordar.

Que la verdad… era demasiado cruel para una niña tan pequeña.

Kasia cerró los ojos.

Y en la oscuridad, vio un destello.

Un trueno.

Gritos.

Una hacha cayendo.

Y ella, escondida, temblando, empapada.

Abrió los ojos de golpe, jadeando.

Clara la miró con preocupación.

—Kasia… ¿estás bien?

Pero Kasia no respondió.

Porque en ese instante, lo comprendió.

El frío, las sombras, la sensación de ser observada.

La presencia que la seguía desde niña.

Un eco de aquella noche.

El resto del camino transcurrió envuelto en un silencio denso, casi irrespirable.

Kasia no apartaba la mirada del cristal, aunque no veía realmente el paisaje.

Su mente estaba sumergida en un torbellino de imágenes rotas, fragmentos que no sabía si eran recuerdos o simples sombras.

Hermanos.

La palabra le golpeó el pecho como un puñetazo.

No recordaba tener hermanos.

No recordaba sus voces, sus risas, sus manos pequeñas junto a las suyas.

Y, aun así, una tristeza profunda comenzó a expandirse dentro de ella, como una marea oscura que subía sin control.

Clara la observaba de reojo cada pocos segundos.

Veía cómo Kasia se frotaba los brazos, como si intentara contener un frío que no venía del aire acondicionado.

Veía cómo su respiración se volvía irregular.

Veía cómo sus ojos se perdían en un punto inexistente.

—Kasia… —murmuró, intentando sonar suave, casi maternal—.

¿Estás bien?

Pero la pregunta se estrelló contra un muro.

Kasia no respondió.

Ni siquiera pareció escucharla.

Estaba demasiado ocupada intentando reconstruir un pasado que se le escapaba entre los dedos.

Demasiado ocupada intentando recordar rostros que su memoria había borrado, por entender por qué una parte de ella sabía que Clara no estaba mintiendo… aunque su mente se negara a aceptar la verdad.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas sin que ella lo notara.

Primero una.

Luego otra.

Y después un hilo constante que caía silencioso, como si su cuerpo llorara por recuerdos que su mente aún no podía sostener.

Clara apretó los labios, impotente.

No sabía si debía hablar o callar.

No sabía si debía consolarla o dejarla procesar.

Solo sabía que Kasia estaba rompiéndose por dentro.

Cuando por fin entraron en el parking del hospital, Clara maniobró despacio, con una delicadeza que no solía tener.

Aparcó en una de las plazas más cercanas a la puerta principal y apagó el motor.

El silencio que siguió fue aún más pesado.

Clara se volvió hacia ella, girando el cuerpo entero en el asiento.

Sus ojos estaban llenos de preocupación, pero también de culpa.

Como si temiera haber abierto una herida que nunca debió tocar.

—Por favor… —dijo con voz temblorosa—.

Dime que estás bien.

Kasia parpadeó, como si despertara de un sueño profundo.

Se llevó una mano a la mejilla, sorprendida al sentirla húmeda.

Miró a Clara, pero sus ojos estaban perdidos, como si aún estuviera viendo algo que no pertenecía al presente.

Intentó hablar.

Intentó decir algo.

Pero su garganta estaba cerrada.

Porque en su interior, una verdad comenzaba a tomar forma.

Una verdad que llevaba toda la vida enterrada.

Una verdad que ahora, por fin, empezaba a despertar.

Kasia no respondió a la pregunta de Clara.

No podía.

El nudo en su garganta era tan grande que apenas podía respirar.

Clara, al verla temblar, extendió el brazo y la rodeó con cuidado, como si temiera que Kasia pudiera romperse con un gesto brusco.

Al principio, Kasia permaneció rígida, como si su cuerpo no supiera cómo reaccionar.

Pero en cuanto sintió el calor del abrazo, algo dentro de ella cedió.

Y entonces ocurrió.

Primero fueron pequeños sollozos, tímidos, casi vergonzosos, como si su cuerpo dudara de si tenía permiso para llorar.

Pero en cuestión de segundos, la contención se rompió.

Un llanto profundo, desgarrador, brotó de su pecho.

Un llanto que llevaba años esperando salir.

Un llanto que no pertenecía solo a la Kasia adulta, sino también a la niña que había sobrevivido a algo que no podía comprender.

Clara la sostuvo con fuerza, acariciándole la espalda, murmurando palabras que Kasia no alcanzaba a oír.

La dejó llorar.

La dejó vaciarse.

La dejó romperse sin juzgarla.

Cuando por fin las lágrimas comenzaron a agotarse, Kasia se quedó quieta, respirando entrecortadamente, con la mirada perdida en algún punto del salpicadero.

Sus ojos estaban hinchados, las mejillas húmedas, y su cuerpo parecía más pequeño, como si el llanto hubiera drenado parte de su energía.

Poco a poco, se incorporó, limpiándose la cara con el dorso de la mano.

Clara la observaba con una mezcla de ternura y culpa.

—No debería habértelo contado —susurró, arrepentida—.

No así.

No ahora.

Kasia negó despacio, aunque aún no podía hablar.

No era culpa de Clara.

Era culpa de la verdad.

De una verdad que llevaba demasiado tiempo enterrada.

—Por favor… dime que estás bien —pidió, con una voz que se quebró al final.

Kasia abrió la boca, pero no salió sonido alguno.

Solo un suspiro tembloroso.

Clara entendió.

—Está bien —dijo, tomando una decisión rápida—.

No podemos subir así.

No quiero que Elena ni Mateo te vean en este estado.

Se preocuparían demasiado… y Mateo no está para sustos.

Sin esperar respuesta, salió del coche y rodeó el vehículo para abrir la puerta del copiloto.

Kasia la dejó ayudarla a bajar y fueron directamente a la cafetería.

El olor a café recién hecho y bollería caliente las envolvió al entrar, un contraste cálido con el frío emocional que aún aferraba a Kasia.

—Vamos a sentarnos un momento —dijo Clara, guiándola hacia una mesa apartada—.

Respira.

Tómate tu tiempo.

Cuando estés lista… subimos juntas.

Clara regresó a la mesa con dos cafés humeantes y un par de donuts.

Al ver el móvil entre las manos de Kasia, no dijo nada.

Solo dejó la taza y el bollo frente a ella y se sentó despacio, como si temiera romper algo frágil.

Kasia volvió a mirar la pantalla del móvil.

El mensaje seguía allí, sencillo, casi inocente.

“Eres imposible.”
Pero para ella era el “Te quiero” camuflado que necesitaba en ese momento.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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