ESCALOFRÍO - Capítulo 32
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
32: Verdades a medias 32: Verdades a medias Tras dos días interminables en el hospital, por fin les dieron el alta a Mateo.
Las pruebas habían descartado complicaciones graves, aunque el susto seguía latiendo en el ambiente como un eco persistente.
Kasia empujaba la silla de ruedas donde Mateo iba sentado, envuelto en una manta que el hospital les había prestado.
El aire frío de la entrada les golpeó de lleno cuando cruzaron las puertas automáticas.
Clara ya estaba allí, con el coche aparcado justo frente a la salida, intermitentes encendidos, el motor en marcha para mantener la calefacción.
—Vamos, subid despacio —dijo ella, bajando para ayudar.
Entre las tres acomodaron a Mateo en el asiento trasero.
Él protestó un poco, más por orgullo que por dolor, pero terminó dejándose hacer.
Kasia cerró la puerta con suavidad y ocupó el asiento del copiloto para que sus padres fuesen más amplios en la parte trasera del viejo vehículo.
El trayecto hacia Valdepineda comenzó en un silencio extraño, casi solemne.
Kasia miraba por la ventanilla.
Clara conducía con las manos tensas en el volante.
Mateo respiraba hondo, como si cada bocanada de aire fuera un recordatorio de que seguía vivo.
A mitad de camino, el móvil de Kasia vibró.
Era Ana.
Kasia había estado informándola por WhatsApp, pero Ana era Ana: necesitaba escuchar su voz para quedarse tranquila.
—¿Sí?
—¿Cómo va todo?
—preguntó Ana, sin preámbulos.
Su voz sonaba preocupada, pero también cargada de ese cariño y alegría que siempre la desarmaba.
—Ya vamos de vuelta —respondió Kasia—.
Le han dado el alta.
Está… cansado, pero bien.
Desde el asiento trasero, Mateo levantó una mano, como si quisiera saludar a través del teléfono.
—Dile que estoy hecho un toro —murmuró.
Kasia sonrió por primera vez en días.
—Lo has oído, ¿no?
—dijo ella.
Ana soltó una risa suave.
—Sí, sí… un toro.
Pero que no se crea que se libra de cuidarse.
—Kasia, si necesitas que vaya, voy.
Kasia tragó saliva.
Miró por el retrovisor.
Vio a sus padres con los ojos cerrados.
Dormidos.
Vio a Clara concentrada en la carretera, con el ceño fruncido.
Y sintió, por primera vez desde el ataque, que el mundo dejaba de tambalearse un poco.
—Lo sé.
Por cierto… —Kasia bajó la voz, como si Mateo pudiera oírla desde el asiento trasero, aunque estaba profundamente dormido—.
¿Has visto estos días a Ramón?
Ana soltó un suspiro exagerado.
—No, que va.
Está…
desaparecido.
Supongo que estará estudiando.
Ya sabes, es un empollón…
que está buenísimo.
Kasia se mordió el labio, mirando por la ventanilla, y se quedó en silencio.
Un silencio que Ana detectó al instante.
—Kasia… —su tono cambió, más suave—.
¿Hay algo que quieras contarme?
Kasia apoyó la frente en el cristal.
Los árboles pasaban borrosos.
El cielo estaba gris.
Y dentro de ella, algo se removió.
—No lo sé —susurró—.
No sé qué está pasando con Ramón.
Ni conmigo.
Ni con nada.
Ana no insistió.
Kasia cerró los ojos un instante.
—Gracias por llamar, Ana.
—Ya, no hay de qué.
Kasia, tengo que colgar.
Esta noche hablamos, vale.
Te echo de menos.
Esto es muy aburrido sin ti.
Colgó.
Clara la miró de reojo.
—¿Todo bien?
Kasia asintió.
—Sí.
Ana solo quería saber cómo estaba papá.
Clara sonrió.
—Parece muy maja esa chica.
Se preocupa por ti.
Me gusta.
Las luces de Valdepineda empezaban a aparecer a lo lejos, pequeñas y cálidas.
Cuando Ana colgó la llamada con Kasia, dejó escapar un suspiro largo, como si soltara un peso que llevaba horas apretándole el pecho.
Guardó el móvil en el bolso y miró de reojo al chico que conducía a su lado.
Ramón mantenía la vista fija en la carretera, los nudillos tensos sobre el volante.
No parecía el mismo chico que días atrás.
Había algo distinto en él.
Algo oscuro.
Algo que no quería contar.
—Bueno… —dijo Ana, girándose hacia él—.
Ya puedes hablar.
Ramón no apartó la vista del asfalto.
—¿Hablar de qué?
—De lo que ha pasado entre tú y Kasia —respondió ella sin rodeos—.
Porque no soy tonta, Ramón.
Y Kasia está rara.
Muy rara.
Y tú… tú estás peor.
Ramón tragó saliva.
El silencio se volvió espeso dentro del coche.
—¿No te ha contado nada ella?
—No.
Por eso mismo te lo pregunto a ti —insistió Ana—.
Porque si espero a que ella me lo cuente, me puedo morir sentada.
Ramón apretó el volante con más fuerza.
—Hubo… un incidente —empezó, con la voz baja—.
En el bar que nos recomendaste aquella noche.
Ana arqueó una ceja.
—¿Qué tipo de incidente?
Ramón respiró hondo, como si las palabras le costaran.
—El camarero… saltó por encima de la barra y mató a un cliente.
Delante de nosotros.
Ana abrió los ojos de par en par.
—¿Cómo que lo mató?
¿Así, sin más?
—Fue como si algo lo hubiera poseído.
Como si no fuera él.
Como si… —se detuvo, mordiéndose el labio.
No quiere contarle todo a Ana; podría ponerla en peligro.
Pero tampoco quiere que se entere por la policía, y es muy probable que el incidente salga a la luz.
Ana lo observó en silencio unos segundos.
Había algo en su mirada que no encajaba.
Algo que ella tampoco estaba diciendo.
—Ramón —dijo despacio—.
¿Qué más pasó?
Él negó con la cabeza.
—Nada.
—Mentira —replicó ella sin dudar—.
Te conozco.
Y tú no te pones así por un asesinato.
Bueno, sí, pero… no así.
Hay algo más.
Algo que no quieres decirme.
Ramón tragó saliva.
Sus ojos se oscurecieron.
—No pasó nada más.
No te preocupes.
—¿Por qué será que no te creo?
Ramón cerró los ojos un instante, resignado.
—Kasia pasó la noche en mi apartamento —dijo al fin, eligiendo cuidadosamente qué parte contar—.
Estaba asustada por la tormenta y los dos seguíamos nerviosos por lo que ocurrió en el pub.
Me la llevé a casa para que se calmara, pero… no pasó nada entre nosotros.
Y no sé en qué punto estamos ahora.
Es solo eso.
Ana mantuvo la mirada fija en el parabrisas unos segundos.
Luego habló.
—Ramón… —su voz era un hilo tenso—.
¿Estás enamorado de Kasia?
El mundo pareció detenerse un instante.
Ramón levantó la cabeza despacio, como si la pregunta lo hubiera atravesado.
Sus ojos se encontraron con los de ella, y en ese contacto había algo desnudo, algo que no intentó ocultar.
—Por supuesto —dijo.
No hubo titubeo.
No hubo duda.
Solo verdad.
Ana sintió cómo el aire se le atascaba en el pecho.
Ramón continuó, sin apartar la mirada, como si necesitara que ella entendiera cada palabra.
—No lo tenía pensado.
No entraba en mis planes.
Yo… —se pasó una mano por el pelo, nervioso—.
Yo quería terminar la carrera, hacer las prácticas en un buen despacho y ya más adelante… ya habría tiempo para enamorarme.
Pero Kasia… —sonrió, una sonrisa pequeña, casi incrédula—.
Kasia entró en mi vida sin pedir permiso.
Y ahora no puedo dejar de pensar en ella.
Ana sintió cómo algo dentro de ella se rompía con un sonido que solo ella escuchó.
Aun así, sonrió.
Una sonrisa suave, perfectamente colocada, como una máscara que se ajusta sola.
—Me alegro por ti —dijo, y su voz sonó cálida, casi alegre.
Pero por dentro… por dentro era un torbellino.
Ramón no lo notó.
O no quiso notarlo.
Seguía hablando, con esa mezcla de timidez y emoción que lo hacía parecer más joven, más vulnerable, más él.
Ana lo observó de reojo.
Y mientras él hablaba de Kasia, ella pensó en estos últimos tres días: en cómo él la había mirado alguna vez sin darse cuenta, en cómo la había escuchado con atención, en cómo se había preocupado por ella.
Pensó en lo fácil que era estar a su lado.
En lo bien que la hacía sentir.
Pensó en lo guapo que era cuando sonreía.
En lo amable que es.
En lo mucho que había deseado, aunque fuera un poco, que él la viera como ve a Kasia.
Y ahora lo tenía delante, confesando que su corazón ya tenía nombre.
Kasia.
La palabra le dolió más de lo que esperaba.
—De verdad —repitió Ana, esta vez más despacio—.
Me alegro.
Ramón le dedicó una mirada agradecida, cálida, limpia.
Una mirada que, sin querer, la atravesó.
Ella sostuvo la sonrisa.
Pero sus ojos… sus ojos tenían un brillo distinto.
No de lágrimas, sino de aceptación.
De derrota silenciosa.
Afuera, la lluvia empezaba a golpear el cristal, como si acompañara el momento.
Dentro del coche, el silencio se volvió íntimo, casi incómodo.
Ramón suspiró, relajándose un poco, como si haberse sincerado lo hubiera liberado.
Ana, en cambio, sintió que algo dentro de ella se cerraba despacio.
Como una puerta que se apaga sin hacer ruido.
Y en ese instante, mientras él miraba hacia adelante sin sospechar nada, ella comprendió que había perdido una batalla que nunca llegó a luchar.
Ana apoyó una mano en el brazo de Ramón.
Un gesto breve, casi automático, pero cargado de algo que él no alcanzó a ver.
Su mente, que un segundo antes estaba perdida en lo que podría haber sido, volvió de golpe al presente.
—Vamos a entrar ahí —dijo, señalando la comisaría que se alzaba al fondo—.
Y… ¿qué cuento que no haya contado ya, Ramón?
¿Qué quieren de mí?
Ramón no respondió de inmediato.
Su mandíbula estaba tensa y cuando por fin habló, lo hizo con un susurro.
—Buscan un culpable a toda costa.
Ana respiró hondo.
Ramón la cogió de la mano y le susurró al oído: —Tú, no vas a ser el chivo expiatorio.Vamos —dijo él, abriendo la puerta.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com