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ESCALOFRÍO - Capítulo 33

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  3. Capítulo 33 - 33 El hogar y la sospecha
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33: El hogar y la sospecha 33: El hogar y la sospecha La vuelta a casa, a Valdepineda, resultó ser un auténtico baño de cariño para todos.

Apenas el coche se detuvo frente a la casa de Elena, los vecinos comenzaron a aparecer como si alguien hubiera dado la señal.

Primero una pareja mayor, luego dos niños que corrían con la noticia, después media calle.

En cuestión de minutos, Mateo estaba rodeado.

—¡Pero mírale, si está hecho un campeón!

—¡Qué susto nos diste, jodío!

—Toma, te he traído unos pastelitos, recién hechos.

Mateo, encantado con tanta atención, se dejaba querer sin oponer resistencia.

Sonreía, asentía, aceptaba cada dulce que le ponían en las manos.

Parecía disfrutar cada segundo de aquel recibimiento.

Kasia tampoco pasó desapercibida.

—Madre mía, hija, estás guapísima, Kasia, qué alegría verte.

—¿Cuándo has vuelto?

¡Si pareces otra!

Ella sonreía con timidez, algo abrumada por tanto afecto, pero agradecida.

Dentro de la casa, Elena recibía visitas sin parar.

Clara, viendo que Elena empezaba a saturarse, se quedó a su lado un rato más.

Elena le lanzó una mirada agradecida, de esas que dicen más que cualquier palabra.

Mateo seguía siendo el centro de atención.

Cada vez que alguien nuevo entraba, él levantaba la cabeza con una sonrisa que iluminaba la habitación.

Le encantaba.

Le hacía sentir importante, querido, protegido.

Kasia se escabulló en cuanto pudo y tomó una ducha larga, dejando que el agua caliente arrastrara el cansancio, el miedo y los dos días interminables en el hospital.

Cuando salió, con el pelo húmedo y la piel enrojecida por el vapor, sintió por primera vez que estaba realmente en casa.

Clara se marchó poco después.

Elena insistió en que se quedara a comer, pero ella negó con una sonrisa cansada.

—Necesitáis descansar todos —dijo—.

Tú también, Elena.

Ya me pasaré más tarde a ver cómo sigue el enfermo.

Y se fue, cerrando la puerta con ese cuidado que solo tienen quienes quieren de verdad.

La casa quedó en silencio.

Kasia no se dio cuenta de cuánto había echado de menos su cama hasta que se dejó caer sobre ella.

Se amoldó a ella con una facilidad que casi dolía.

Respiró hondo.

El olor a su cuarto, a su ropa, a su vida, la envolvió.

Y entonces, sin aviso, sin resistencia, el cansancio la alcanzó de golpe y se quedó dormida en cuestión de segundos.

Como si el mundo, por fin, le diera permiso para descansar.

Mientras tanto, en Salamanca, la sala de interrogatorios.

Ana tenía las manos entrelazadas sobre la mesa metálica.

Ramón, a su lado, intentaba mantener la calma.

El teniente hojeaba su libreta con parsimonia, disfrutando del silencio incómodo.

—Teniente —intervino Ramón, incapaz de contenerse más—, ¿tienen nuevas pistas o información?

Porque si no es así, no veo por qué Ana tiene que repetir lo mismo otra vez.

El teniente levantó la vista con una lentitud calculada.

Sus ojos se clavaron en Ramón como si lo estuviera evaluando.

—Sí, de hecho —dijo, dejando caer la libreta sobre la mesa—.

Tenemos un video donde se ve a tu amiga —miró a Ana con intención— discutiendo minutos antes con el muchacho que empujó.

Ramón giró la cabeza hacia ella, buscando una negación inmediata.

El teniente continuó, disfrutando del efecto que provocaba.

—Se oye decirle a la víctima que le daría un puñetazo tan fuerte que le borraría del mapa.

Ana abrió los ojos, incrédula.

—¡Eso no es así!

—exclamó—.

Bueno… Era… era una forma de hablar.

El teniente ladeó la cabeza, como si analizara cada matiz.

—Claro —respondió con una sonrisa que no llegó a los ojos—.

Una forma de hablar.

Pero luego lo empujaste por el balcón y ahora está muerto.

Así que quizá tu “forma de hablar” sí era una amenaza a tener en cuenta.

Ana sintió cómo la indignación le subía por la garganta.

—¡Él me atacó!

—replicó, golpeando la mesa con la palma.

El teniente no parpadeó.

—No lo veo tan claro.

Ramón se inclinó hacia adelante, interponiéndose verbalmente entre ambos.

—Teniente, hubo muchos testigos cuando ese muchacho atacó a Ana y puede considerarse que actuó en defensa propia.

El teniente lo miró con una mezcla de fastidio y burla, entrecerró los ojos, como si evaluara la sinceridad de esa frase.

Luego se recostó en la silla, cruzando los brazos.

—Este caso está lejos de cerrarse.

Y si encontramos que la señorita Ana tenía motivos para querer ver muerto a ese muchacho… bueno, eso cambia las cosas.

Ramón apretó los puños bajo la mesa.

El teniente volvió a abrir la libreta, como si nada hubiera pasado.

—Ahora, señorita —dijo, sin levantar la vista—.

Empecemos otra vez.

Ana tragó saliva.

Ramón le rozó la mano con los dedos, un gesto rápido, casi invisible, pero suficiente para que ella respirara hondo.

El teniente estaba a punto de retomar la primera pregunta cuando se detuvo, como si algo se le hubiera encendido de pronto en la cabeza.

Cerró la libreta con un golpe seco y entrecerró los ojos.

—Antes de continuar… —dijo, apoyando los codos sobre la mesa—.

¿Dónde está la otra muchacha?

Ana parpadeó.

—¿Qué otra muchacha?

El teniente ladeó la cabeza, molesto.

—La rubia.

Siempre van juntas.

Me sorprende que hoy no esté aquí, sentada a vuestro lado, como de costumbre.

Ana abrió la boca para responder, pero Ramón se adelantó.

—Tuvo que volver a su pueblo —explicó, con un tono firme pero contenido—.

Su padre sufrió un ataque al corazón.

El teniente se quedó quieto un segundo.

Luego sonrió.

Una sonrisa torcida, desagradable, que no tenía nada de compasiva.

—Vaya —dijo, como si la noticia le resultara más interesante que trágica—.

Espero que haya sobrevivido.

Ana frunció el ceño.

Ramón lo miró fijamente, sin entender a dónde quería llegar.

El teniente se reclinó en la silla, cruzando los brazos con una calma que resultaba casi provocadora.

—Porque últimamente —continuó, con un tono sarcástico que heló el aire— vuestra amiga parece empeñada en rodearse de muertos.

Ana sintió cómo la sangre le subía a la cara.

—¡Oiga!

—exclamó, golpeando la mesa con la palma—.

¡Eso está totalmente fuera de lugar!

El teniente no se inmutó.

Ni un parpadeo.

Ni un gesto de disculpa.

—Lo que está fuera de lugar —respondió con frialdad— es que dos chicas tan jóvenes estén presentes en dos incidentes graves en tan poco tiempo.

Y que una de ellas desaparezca justo cuando necesitamos respuestas.

Ramón dio un paso adelante, figurado y literal.

Se inclinó hacia la mesa, apoyando las manos con firmeza.

—Teniente, Kasia no ha desaparecido.

Está con su familia.

Y usted lo sabe.

No tiene nada que ver con esto.

El teniente lo miró como si evaluara cada palabra, cada gesto, cada respiración.

—Eso ya lo veremos —dijo finalmente, abriendo de nuevo la libreta—.

Pero le aseguro algo, muchacho: si su amiga vuelve a aparecer en el mismo lugar que un cadáver… no voy a ser tan comprensivo.

Ana sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Ramón apretó los dientes, conteniéndose.

El teniente pasó la página con un gesto lento, casi teatral.

—Bien, ahora sí.

Desde el principio.

Y esta vez, no quiero que se deje nada en el tintero.

Ana respiró hondo.

Ramón la miró de reojo, intentando transmitirle calma.

Pero el ambiente en la sala había cambiado.

Y los tres lo sabían.

Tras dos horas repitiendo lo mismo una y otra vez, el teniente finalmente dejó marchar a Ana.

Cerró la carpeta con un chasquido seco y la miró con esa mezcla de advertencia y falsa cordialidad que ya empezaba a resultarle insoportable.

—Puede irse —dijo—.

Pero por su bien, no abandone la ciudad.

No respondió.

No quería darle el gusto.

El teniente se giró entonces hacia Ramón, que ya se había levantado de la silla.

—Y usted —añadió, señalándolo con la barbilla—.

Me gustaría volver a hablar con la otra muchacha… Kasia.

Hay dos casos en los que ha estado presente.

Dos.

Y eso no es casualidad.

Ramón apretó los dientes, pero mantuvo la voz firme.

—Cuando regrese de su pueblo, vendrá conmigo.

Se lo aseguro.

El teniente sonrió, pero no había nada amable en esa sonrisa.

—Eso espero.

Salieron de la sala sin mirar atrás.

Cuando llegaron al coche, Ana se detuvo de golpe.

Ramón ya estaba buscando las llaves en el bolsillo cuando sintió que ella se giraba hacia él.

—Ramón… —su voz apenas era un susurro, tembloroso, frágil—.

¿Crees que tienen algo contra mí?

Él me atacó.

Yo… yo no quería que pasara nada.

Ramón levantó la mirada.

—Ana, tranquila —dijo, intentando sonar firme.

—Respira.

No tienen caso.

Solo está intentando presionar, justificar su trabajo.

Ana bajó la mirada, mordiéndose el labio con fuerza, como si quisiera evitar que el miedo se le escapara por la boca.

Ramón dio un paso hacia ella, más cerca, y asintió despacio.

—No estás sola en esto —añadió, con una suavidad que no había usado en toda la tarde.

Ana levantó la vista.

Sus ojos brillaban y antes de que Ramón pudiera reaccionar, ella se inclinó hacia él y le dio un beso muy corto en los labios.

Un roce.

Un impulso.

Un agradecimiento desesperado.

—Gracias, Ramón —susurró, aún cerca de él—.

No sé qué haría sin tu ayuda.

Ramón se quedó completamente quieto.

No se lo esperaba.

No sabía cómo procesarlo.

Su cerebro tardó un segundo en volver a arrancar.

—Yo… —parpadeó, retrocediendo apenas—.

Te llevo a tu residencia.

Fue lo único que consiguió decir.

Ana asintió, respirando hondo, como si el beso hubiera sido un desahogo más que una declaración.

Y mientras ella subía, él se quedó un instante mirando el volante, intentando ordenar lo que acababa de pasar… y lo que significaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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