ESCALOFRÍO - Capítulo 34
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34: Un respiro en la penumbra 34: Un respiro en la penumbra Kasia se despertó al final de la tarde, cuando el cielo ya estaba completamente oscuro.
Durante un instante no supo dónde estaba; la habitación estaba en penumbra, tibia, silenciosa.
Luego reconoció el olor familiar de su almohada, la suavidad de sus sábanas y el peso agradable de su propio edredón.
Había dormido horas sin darse cuenta.
Desde abajo llegaba el sonido de la televisión.
Un concurso de los que le encantaban a Mateo, con risas enlatadas y una música demasiado animada para la hora que era.
Aquello la hizo sonreír sin querer.
Se incorporó despacio, aún algo aturdida, y bajó las escaleras.
En la cocina, Elena calentaba algo en una olla.
El aroma llenaba la casa: guiso casero, pan recién hecho y ese toque dulce que solo los vecinos de Valdepineda sabían preparar.
Habían dejado tanta comida al llegar que la encimera parecía un pequeño banquete improvisado.
Cuando Elena la vio aparecer, dejó la cuchara a un lado.
—¿Tienes hambre, cariño?
Kasia abrió la boca para responder, pero su estómago se adelantó con un gruñido tan claro que ambas se echaron a reír.
—Vale, vale —dijo Elena, divertida—.
Creo que eso es un sí.
Kasia se acercó a la mesa, sintiendo cómo el calor del hogar la envolvía por completo.
Después de todo lo que había pasado, después del hospital, del miedo, de la incertidumbre… estar allí, con su madre, con Mateo riéndose en el salón, con comida caliente esperándola, le pareció casi un milagro.
Y por primera vez en días, sintió que podía respirar de verdad.
Cuando terminaron de cenar, Kasia y Elena recogieron la mesa juntas.
Los platos aún estaban tibios, y el olor del guiso que los vecinos habían traído seguía flotando en la cocina.
Era un ambiente cálido, doméstico, casi reparador.
Pero Kasia tenía la mirada perdida.
Mientras secaba un vaso, respiró hondo.
—Mamá… —dijo de pronto—.
¿Puedo preguntarte algo?
Elena se giró hacia ella, intrigada.
Tenía un paño en la mano y el ceño ligeramente fruncido.
—Claro, hija.
¿Qué pasa?
Kasia dudó un segundo.
Luego soltó la pregunta como si le pesara.
—¿Cómo se llamaba la ciudad donde nací?
La de verdad.
Elena se quedó completamente quieta.
El paño dejó de moverse.
Sus ojos se abrieron apenas, sorprendidos, desconcertados.
No entendía por qué Kasia preguntaba eso.
No ahora.
No después de tantos años.
—¿La ciudad…?
—repitió, intentando ganar tiempo.
Kasia asintió, sin apartar la mirada.
Elena sintió un vuelco en el estómago.
Para sí misma, pensó:
¿Por qué pregunta esto?
¿Ha empezado a recordar?
¿O alguien le ha dicho algo?
Porque esa pregunta no era inocente.
No era casual.
No era una curiosidad pasajera.
Era una grieta.
Una grieta peligrosa.
—Kasia… —empezó Elena, con la voz más suave de lo que pretendía—.
¿Por qué quieres saber eso ahora?
Kasia bajó la mirada hacia el vaso que tenía entre las manos.
Lo giró despacio, como si buscara respuestas en el cristal.
—No sé —susurró—.
Solo… me vino a la cabeza.
Elena la observó con atención.
Cada gesto.
Cada silencio.
Cada sombra en su expresión.
Y aunque intentó sonreír, su corazón latía demasiado rápido.
Porque esa pregunta, tan simple en apariencia, podía significar que el pasado que había intentado enterrar… estaba empezando a llamar a la puerta.
Elena estaba guardando los últimos platos cuando, aún con el paño en la mano, volvió a hablar.
—Naciste en Rumanía —dijo al fin, con un hilo de voz que intentaba sonar natural—.
En Cluj‑Napoca.
Las palabras salieron despacio, como si cada una pesara más de lo que debería.
Kasia levantó la mirada.
Elena evitó sus ojos durante un segundo demasiado largo.
—Cluj‑Napoca… —repitió Kasia, probando el nombre en la boca, como si fuera algo ajeno y familiar al mismo tiempo.
Elena asintió, pero su gesto era tenso, rígido.
—Sí.
Es una ciudad grande, bonita… muy cultural.
—Intentó sonreír, pero la sonrisa no le llegó a los ojos—.
Allí naciste.
Kasia dejó el vaso sobre la encimera.
Sus dedos temblaron apenas.
—¿Y por qué nunca hablamos de eso?
—preguntó, sin acusación, solo con una curiosidad que parecía venir de un lugar profundo.
Elena sintió un pinchazo en el pecho.
¿Por qué ahora?
¿Qué ha despertado esto?
Respiró hondo, intentando mantener la calma.
—Porque eras muy pequeña cuando vinimos —respondió, eligiendo cada palabra con cuidado.
Elena la observó con atención.
La forma en que Kasia apretaba los labios.
La sombra de confusión en sus ojos.
Ese gesto que hacía cuando intentaba recordar algo que no estaba del todo ahí.
Y sintió un miedo antiguo, uno que creía enterrado.
—Si quieres saber más, puedo contarte —dijo al fin—.
Pero mejor otro día.
¿Vale?.
Kasia asintió.
Cuando terminó de recoger la cocina, Kasia subió a su habitación.
Encendió el portátil y, sin pensarlo demasiado, escribió Cluj‑Napoca en el buscador.
Mientras la pantalla cargaba los resultados, su móvil vibró sobre la mesa.
Era Ramón.
Un mensaje tímido, casi torpe:
—Hola.
Kasia dejó de mirar el ordenador.
Su atención se volcó por completo en la pantalla del móvil.
Sonrió sin darse cuenta.
—Hola, respondió.
A los pocos segundos, llegó otro mensaje.
—Te echo de menos.
¿Qué haces?.
Kasia sintió un calor suave en el pecho.
—Echándote también de menos.
—Escribió ella y él enseguida, como si hubiera estado esperando su respuesta;
— Me encantaría estar a tu lado ahora mismo.
Kasia se quedó quieta un instante.
Desde que Ramón se había ido de Valdepineda, no había sentido ni un solo escalofrío.
Ni uno.
Y eso, para ella, significaba algo.
Sin pensarlo demasiado, pulsó el icono de videollamada.
El móvil sonó una vez.
Dos.
Tres.
Por un momento creyó que no iba a contestar.
Que quizá lo había pillado en mal momento.
Que quizá él también estaba dudando.
Pero entonces la pantalla cambió.
Ramón apareció al otro lado, con el pelo algo revuelto y la expresión sorprendida, como si no esperara que ella diera ese paso.
Durante un segundo pareció no saber qué decir.
Hasta que vio la mirada de Kasia.
Y entonces, sin poder evitarlo, una sonrisa se le dibujó en el rostro.
Una sonrisa cálida, sincera, de esas que no se pueden fingir.
—Hola —dijo él, con una voz que sonaba más suave que en sus mensajes.
Kasia sintió, como si por fin pudiera respirar.
Ramón fue el primero en romper el silencio de la videollamada.
Se acomodó un poco, como si quisiera verse mejor para ella, y preguntó con una sonrisa suave:
—¿Qué tal tu día?.
Kasia dejó escapar una risa pequeña.
—Largo —respondió—.
Muy largo.
Dormí casi toda la tarde.
Ramón asintió, mirándola con una ternura que no intentó ocultar.
—Te hacía falta.
Se te nota en la cara que por fin has descansado un poco.
Kasia apoyó la mejilla en la mano, observándolo a través de la pantalla.
La luz cálida de su habitación hacía que sus ojos se vieran más claros, más tranquilos.
—¿Y tú?
—preguntó ella—.
¿Cómo ha sido tu día?
Ramón soltó una risa breve, sin humor.
—Complicado.
Pero… —la miró de nuevo, y su expresión cambió— ahora mismo está siendo mejor.
Kasia sintió un cosquilleo en el pecho.
No era un escalofrío.
No era miedo.
Era otra cosa.
Algo que la hacía sentirse ligera.
—Me alegra —susurró.
Ramón bajó la mirada un segundo, como si dudara de si decir lo siguiente.
—No sabes cuánto necesitaba verte.
Kasia tragó saliva.
No esperaba que él fuera tan directo.
Y sin embargo, no le molestaba.
Al contrario.
—Yo también —admitió—.
Ha sido un día raro.
Y… no sé.
Verte me calma.
Ramón levantó la vista, sorprendido por la sinceridad de sus palabras.
—Entonces seguiré aquí un rato —dijo, con esa sonrisa que solo le salía cuando hablaba con ella.
Kasia se acomodó mejor en la cama, dejando el portátil a un lado.
La pantalla del móvil iluminaba su rostro, y por primera vez en días, no sentía el peso del miedo sobre los hombros.
Solo a Ramón.
Solo su voz.
Solo esa conexión que ninguno de los dos sabía explicar del todo.
Kasia bajó un poco la mirada, como si necesitara reunir valor antes de hablar.
—Me he enterado de cosas de mi pasado —dijo de pronto.
Las palabras empezaron a salir deprisa, atropelladas.
—Kasia —la interrumpió él, con suavidad pero firme—.
Espera.
Ella se quedó congelada, con la respiración entrecortada.
Ramón negó despacio con la cabeza.
—No, ahora.
No hoy.
—Su voz era cálida, casi un susurro—.
Sé que tienes mucho que contarme.
Y yo también tengo cosas que decirte… cosas que he averiguado.
Pero no quiero hablar de eso esta noche.
Kasia frunció el ceño, confundida.
—¿Entonces… de qué quieres hablar?
Ramón sonrió.
—De cosas normales.
De ti.
De mí.
De… nosotros, supongo.
—Se pasó una mano por el pelo, nervioso—.
Quiero saber cuándo vuelves.
Quiero saber cómo estás de verdad.
Quiero… —se detuvo un segundo, como si dudara en decirlo—.
Quiero besar tus labios.
Y oler tu pelo.
Y tenerte cerca.
Kasia sintió que el aire se le atascaba en el pecho.
Algo cálido, profundo, que le recorría el cuerpo como una corriente suave.
—Ramón… —susurró.
Él la miró a través de la pantalla, y por un instante pareció que el mundo se reducía a esa videollamada, a sus dos rostros iluminados por la luz tenue de sus habitaciones.
—Hoy solo quiero eso —añadió él—.
Hablar contigo.
Escucharte.
Sentirte cerca aunque estés lejos.
Kasia apoyó la espalda en la cabecera de la cama, dejando que la tensión del día se deshiciera poco a poco.
—Entonces hablemos —dijo, con una sonrisa que le salió sin esfuerzo—.
Estoy aquí.
Y Ramón, al otro lado, sonrió también.
Una sonrisa que no había mostrado en todo el día.
Una sonrisa que era solo para ella.
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