ESCALOFRÍO - Capítulo 35
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Capítulo 35: Susurros y latidos
Ramón y Kasia hablaron durante horas, hasta que el cansancio se mezcló con sus voces. Ella le contó cómo había sido el regreso a casa y, móvil en mano, le hizo un pequeño recorrido por su habitación, deteniéndose en los detalles que conformaban su mundo: el marco del espejo lleno de fotos con sus padres, con Clara, con antiguos compañeros del colegio; imágenes de cuando era niña y alguna en la que aparecía recibiendo un premio de geografía.
Ramón, por su parte, le enseñó su famoso colacao —el mismo que le había preparado a ella más de una vez— y confesó que aquella noche lo necesitaba más que nunca. Ninguno mencionó sensaciones, ni ecos del pasado, ni tampoco habló él de que habían pasado casi toda la tarde en la comisaría. Ya habría tiempo para eso. Esa llamada era solo para ellos dos.
Kasia le comentó que probablemente el viernes volvería al campus. Ramón se ofreció a ir a Valdepineda a recogerla, pero tras un silencio en el que ambos midieron lo que implicaba ese encuentro, ella respondió que era mejor verse allí, no fuera a ser que ese “algo” lo impidiera. Y entonces ese algo se adueñó de la conversación.
—¿Has tenido más presentimientos? —preguntó él.
—No, está todo tranquilo —respondió ella—. ¿Y tú?
—No. No creo que esté conmigo. Para él no soy importante… —hizo una pausa—. A no ser que te toque.
Kasia se acomodó en la cama, abrazando la almohada como si necesitara algo que la anclara. La luz tenue de su habitación le dibujaba sombras suaves en el rostro.
—Ramón… —dijo al fin—. ¿Cómo se supone que debemos actuar cuando nos veamos?
Él tardó un momento en responder. Miraba la pantalla, pero parecía estar mirando mucho más lejos.
—Tendremos que guardar las apariencias —contestó con voz baja—. Fingir que solo somos amigos. Si ese ser sigue rondando, no podemos darle motivos para fijarse en nadie más.
Kasia apretó los labios, frustrada.
—Lo entiendo… pero me va a costar muchísimo estar a tu lado y no poder abrazarte. Ni siquiera rozarte.
Ramón dejó escapar un suspiro que casi sonó a derrota.
—Créeme, para mí tampoco va a ser fácil. —Se frotó la frente, agotado—. Pero hasta que sepamos cómo neutralizarlo, no tenemos otra opción. Si se alimenta de emociones intensas, de vínculos… mejor no darle nada.
Ella asintió despacio, aunque la tristeza se le escapó en la mirada. Durante unos segundos ninguno habló. Solo se escuchaba la respiración cansada de ambos por el teléfono.
—¿Y con Ana qué hacemos? —preguntó él de repente—. ¿Se lo contamos?
Kasia abrió los ojos, sorprendida. Había olvidado por completo a Ana en medio de todo aquello.
—Es verdad… —murmuró—. No podemos decirle nada. Podría ponerse en peligro, aunque no sea de forma directa. Ya sabes que a ese ser no le importa arrastrar a cualquiera a sus muertes.
Ramón asintió, aunque por dentro sintió un nudo extraño. La imagen del beso de Ana al salir de la comisaría le atravesó la memoria. Recordaba perfectamente cómo Ana se había inclinado hacia él, con los ojos brillantes por la tensión del día, y cómo él se había quedado quieto, sin saber si apartarse, corresponder o simplemente desaparecer.
No quería mencionarlo. No quería que Kasia pensara que le había gustado… aunque tampoco podía negar que el gesto no le había resultado del todo desagradable. Pero no era lo que él quería. No era lo que buscaba. Y, sobre todo, no era lo que sentía.
Se pasó una mano por la cara, intentando borrar la sensación. No quería que Kasia lo notara, no quería que leyera en su expresión algo que no existía. Prefirió callar. Guardar ese recuerdo en un rincón oscuro de su mente.
—Mejor mantenerla al margen —dijo al fin, procurando que su voz sonara firme—. Cuanto menos sepa, más segura estará.
Kasia lo observó desde la pantalla, ladeando la cabeza, como si intentara leer algo más allá de sus palabras. Ramón sostuvo la mirada, pero sintió un leve temblor en el estómago. No sabía si era culpa, miedo… o algo más complicado.
—Entonces… —dijo ella, rompiendo la tensión—. El viernes nos vemos. Pero como si nada.
—Como si nada —repitió él, aunque la frase le supo amarga.
Ella sonrió con tristeza, una sonrisa que no llegó a los ojos.
—Ojalá pudiera ser de otra manera.
Ramón tragó saliva. Había tantas cosas que quería decirle, tantas que prefería callar.
—Ya lo será —respondió, sin estar seguro de creerlo—. Cuando todo esto acabe, lo será.
Kasia cerró los ojos un instante, como si necesitara aferrarse a esa promesa. Cuando los abrió, había en ellos una mezcla de esperanza y miedo.
—Entonces aguantaré —susurró—. Por ti. Por nosotros.
Ramón sintió que algo se le encogía en el pecho. Y aunque no podía tocarla, ni abrazarla, ni siquiera decirle lo que realmente quería, se quedó ahí, mirándola, sosteniendo ese silencio que para ambos significaba mucho más que cualquier palabra.
El viernes amaneció frío, con ese cielo pálido que anuncia despedidas. Tras abrazar a sus padres y prometerles que en dos semanas estaría de vuelta, Kasia salió de casa con la mochila al hombro. Sus padres, como siempre, habían aprovechado para llenarla de embutidos y quesos de la zona, “por si en Salamanca no encuentras nada decente”, había dicho su madre entre risas nerviosas.
Clara la esperaba en el coche. El trayecto hasta Burgos se hizo más corto de lo que Kasia habría querido. Miraba por la ventanilla, intentando memorizar cada curva, cada campo, cada sombra conocida. A mitad de camino, le envió un mensaje a Ramón: “Llego a las 17:40. ¿Puedes recogerme en la estación de autobuses?” Él respondió casi al instante: “Allí estaré.”
Ese simple mensaje le aceleró el pulso.
En el asiento del copiloto, Kasia respiró hondo y se giró hacia Clara.
—Prométeme que me avisarás si pasa cualquier cosa con mi padre. Cualquier recaída, cualquier tontería. No quiero enterarme tarde.
Clara soltó un bufido cariñoso.
—Te lo prometo, pesada. Si estornuda raro, te mando un audio.
Kasia sonrió, aunque los ojos se le humedecieron.
—Gracias por traerme hasta Burgos… y por estar siempre ahí.
Clara frenó en un semáforo y la miró con esa mezcla de firmeza y ternura que solo ella sabía combinar.
—Y tú prométeme que te vas a cuidar.
El autobús ya esperaba en la dársena cuando llegaron. Clara la ayudó a bajar la mochila y la abrazó con fuerza, como si quisiera retenerla un segundo más.
—Llama cuando llegues —dijo.
—Lo haré.
Kasia subió al autobús, buscó un asiento junto a la ventana y, mientras el vehículo arrancaba, vio a Clara despedirse agitando los brazos. Tres horas y media la separaban de Salamanca… y de Ramón.
El pensamiento la reconfortó.
Acomodó la cabeza en el cristal frío y cerró los ojos, intentando ordenar todo lo que sentía. El reencuentro, las apariencias que tendrían que mantener, el peligro que seguía acechando, la promesa de actuar como si nada… y, por debajo de todo eso, un deseo silencioso que no sabía cómo contener.
Kasia abrió los ojos de golpe. Durante un instante no supo dónde estaba. El interior del autobús se extendía ante ella completamente vacío, como si alguien hubiera borrado a todos los pasajeros de un plumazo. Ni siquiera el conductor ocupaba su asiento.
El silencio era tan denso que parecía tener peso.
Un escalofrío le recorrió la espalda, subiendo como una serpiente helada hasta estallarle en la nuca. Intentó incorporarse, pero las piernas le temblaban. Un gemido involuntario se escapó de su garganta. El frío empezó a treparle por los pies, lento, invasivo, como si algo invisible estuviera reclamando su cuerpo.
Entonces lo oyó.
Un susurro pegado a su oído, húmedo, casi infantil.
—Kasiaaaa… te he echado de menooooos…
El sonido le atravesó el pecho como un cuchillo. Se giró bruscamente, buscando una figura, una sombra, cualquier cosa. Pero no había nada. Solo el pasillo vacío, las cortinas inmóviles, la luz mortecina filtrándose por las ventanas.
Y justo cuando el pánico empezaba a cerrarle la garganta…
Despertó.
Esta vez de verdad.
El corazón le golpeaba las costillas con violencia. Tenía la frente empapada en sudor y la camiseta pegada a la piel. Tardó unos segundos en entender que seguía en el autobús, que no estaba sola, que aquello había sido una pesadilla… o algo demasiado parecido.
Miró a su alrededor, respirando entrecortadamente. El vehículo estaba detenido en un área de servicio junto a una cafetería. La mayoría de los pasajeros habían bajado: algunos tomaban café, otros hacían cola en los aseos. Un par de personas seguían dentro, una dormida con la cabeza apoyada en la ventana, otra revisando su móvil sin levantar la vista.
Todo parecía normal. Demasiado normal.
Kasia tragó saliva. No sabía si lo había soñado o si ese susurro había sido real. La sensación de frío seguía pegada a sus tobillos, como un recuerdo físico imposible de sacudirse.
Necesitaba aire.
Se levantó con torpeza, bajó los escalones del autobús y salió al exterior. El viento frío de la tarde le golpeó la cara, pero lo agradeció. Respiró hondo, intentando llenar los pulmones, aunque la sensación de ahogo seguía ahí, como si algo invisible aún la rodeara.
Se abrazó a sí misma, temblando.
El viaje no estaba siendo tan tranquilo como esperaba. Y lo peor era que no sabía si aquello había sido solo un sueño… o un aviso.
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