ESCALOFRÍO - Capítulo 36
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 36: Hola
Kasia inspiró hondo. Una, dos, tres veces. El viento arrastraba olor a gasolina y a café recién hecho. Todo normal.
El área de servicio estaba tranquila. Un par de coches aparcados, un camión cisterna, un matrimonio discutiendo en voz baja junto a la puerta de la cafetería. El mundo seguía su curso, ajeno a la punzada helada que aún le subía por los tobillos.
Kasia se frotó los brazos, intentando entrar en calor. No funcionó.
Miró hacia el autobús. Desde fuera parecía inofensivo, un vehículo cualquiera detenido en mitad de un viaje rutinario.
Se obligó a caminar hacia la cafetería. La puerta automática se abrió con un zumbido suave. El olor a café caliente la envolvió de inmediato, una mezcla de tostado y vapor que debería haberle reconfortado. No lo hizo. El frío seguía ahí, pegado a su piel como una sombra húmeda, como si hubiera cruzado la puerta con ella.
Se acercó a la barra. La camarera le dedicó una sonrisa amable.
—¿Todo bien? —preguntó mientras pasaba un paño por una taza recién lavada.
Kasia abrió la boca para responder, pero la voz no le salió. Era como si algo le hubiera cerrado la garganta desde dentro. La mujer frunció el ceño, preocupada.
—Estás muy pálida. ¿Quieres tomar algo? ¿Una manzanilla quizá?
Kasia asintió sin pensarlo. La camarera se giró para preparar la infusión y, en ese instante, Kasia sintió un aliento frío en la nuca. No era viento. No era una corriente de aire. Era demasiado real, demasiado cercano, demasiado humano.
Se quedó rígida, con los dedos clavados en el borde de la barra. El corazón le dio un vuelco tan fuerte que casi le dolió.
El vaso chocó suavemente contra la barra cuando la camarera volvió.
—Ahí tienes, cuidado que quema.
Kasia tomó la cucharilla con manos temblorosas, retiró la bolsita de la infusión y agarró el vaso como si necesitara anclarse a algo caliente, algo vivo. El calor del cristal no le llegó a la piel. O quizá sí, pero el frío que llevaba encima era más fuerte.
Levantó la vista hacia el ventanal que tenía enfrente. Necesitaba ver el autobús. Necesitaba asegurarse de que seguía ahí, de que no se iría sin ella, de que no quedaría atrapada en aquel lugar con… lo que fuera que la había seguido desde el sueño.
Entonces los vio.
Dos figuras discutiendo junto al autobús. Una pareja. Los reconoció enseguida: se sentaban dos asientos por delante de ella. Durante el viaje habían estado tan acaramelados que casi resultaba empalagoso. Ahora, sin embargo, sus gestos eran bruscos, tensos, como si algo invisible los hubiera desgarrado por dentro.
La mujer tenía los brazos cruzados y la mirada clavada en el suelo. El hombre gesticulaba con desesperación, como si intentara explicarse sin encontrar las palabras. La escena era tan discordante que Kasia sintió un escalofrío distinto, uno que no venía del sueño ni del susurro, sino de la realidad misma.
Algo estaba cambiando.
No solo en ella.
En todo.
El vapor de la manzanilla subió hacia su rostro, pero no logró calentarla.
Cuando Kasia regresó al autobús, la pareja ya había subido. Desde fuera no había podido ver en qué punto había terminado su discusión, pero algo en la forma en que la mujer se había llevado las manos a la cara le había dejado un mal presentimiento.
Subió los escalones. El interior del vehículo estaba en silencio, apenas roto por el murmullo lejano de la calefacción. Pasó junto a los asientos donde solía ver a la pareja: solo estaba la mujer, sentada rígida, mirando por la ventana con los ojos vidriosos. Ni siquiera parpadeó cuando Kasia pasó a su lado.
El hombre no estaba allí.
Kasia frunció el ceño, desconcertada, y continuó avanzando hacia su asiento. Entonces lo vio.
El hombre estaba sentado justo al lado del suyo.
Levantó la vista hacia ella con una expresión que intentaba parecer tranquila, pero que tenía algo tenso, algo que no encajaba del todo. Kasia se detuvo, sorprendida. Él se levantó enseguida para dejarla pasar.
—Hola. Espero que no te importe que me siente a tu lado —dijo, con una voz demasiado suave para lo que acababa de ver fuera—. Hemos discutido y… no tengo otro asiento al que ir.
Kasia parpadeó, intentando procesarlo. En circunstancias normales, aquello no habría sido extraño, pero después de lo que había vivido en la cafetería, después del sueño, después del susurro… su mente le mandó una pequeña señal, pero no lo suficientemente alarmante como para negarse.
—No me importa —respondió, obligándose a sonreír un poco—. Puedes sentarte ahí.
Él asintió, agradecido, y se acomodó a su lado justo cuando el autobús arrancaba. El motor vibró bajo sus pies y el vehículo comenzó a avanzar por la carretera, alejándose del área de servicio. Kasia apoyó la cabeza en el respaldo, intentando relajarse.
Pasaron varios metros en silencio. El paisaje grisáceo se deslizaba por la ventana. El hombre respiraba hondo, como si estuviera reuniendo valor.
—Te preguntarás qué nos ha pasado —dijo de pronto, sin mirarla—. O por qué hemos discutido, ¿no?
Kasia giró la cabeza hacia él, sorprendida por la pregunta directa.
—Pues… —empezó a decir, pero no llegó a terminar la frase.
Él ya estaba hablando.
El hombre respiró hondo antes de hablar, como si necesitara reunir valor para poner en palabras algo que llevaba demasiado tiempo masticando por dentro. Kasia lo observó de reojo mientras él buscaba la frase adecuada. Tendría más o menos su edad, quizá tres años mayor. Era alto, bastante más que ella, con hombros anchos y un rostro que, por un instante, le recordó a Ramón: la misma mandíbula marcada, la misma expresión cansada en los ojos, como si la vida les hubiera pasado por encima antes de tiempo. Ese parecido le provocó un pequeño vuelco en el estómago, aunque no supo decir por qué.
—Habíamos decidido vivir en la ciudad —empezó él, sin mirarla—. Yo iba a trabajar en la cafetería de un amigo. Me prometió un puesto fijo, algo estable, ¿sabes? Lo suficiente para alquilar un piso y empezar una vida juntos.
—Pero ella… —continuó, apretando las manos sobre las rodillas—. Ella no quiere que trabaje en hostelería. Dice que es un horario horrible, que no nos veríamos, que estaría siempre cansado. Pero yo ya lo tenía planeado. Ya estaba todo hablado. No entiendo por qué ahora se niega de esa forma.
Kasia lo escuchaba en silencio. El autobús avanzaba por la carretera, el paisaje grisáceo deslizándose por la ventana como una película antigua. El hombre seguía hablando, atrapado en su propia historia.
—Ella también tenía un trabajo apalabrado —añadió—. En una tienda de ropa. Y ahora me echa en cara que no nos veríamos… apenas. Como si fuera culpa mía. Como si yo no estuviera intentando… —se interrumpió, tragando saliva—. Intentando que todo salga bien.
Kasia no sabía qué decir. No quería involucrarse demasiado, pero tampoco quería parecer fría. Así que recurrió a frases ya hechas.
—Claro… tienes razón —murmuró—. Lo primero es el trabajo. Siento que hayáis discutido. Seguro que es algo pasajero. Ya verás.
Él asintió, mirando al frente, con los ojos fijos en un punto indeterminado del pasillo, como si estuviera escuchando algo que Kasia no podía oír.
Los demás pasajeros conversaban en voz baja o dormían sin preocuparse por nada. Todo parecía normal. Entonces el hombre posó su mano en el brazo de Kasia.
Fue un contacto breve, casi suave, pero ella lo sintió como un golpe eléctrico. Se giró hacia él, extrañada. Él la miraba fijamente. Sus ojos parecían devorarla, como si quisiera memorizar cada detalle de su rostro, como si algo dentro de él la reconociera de un modo que no tenía sentido.
Kasia tembló. No pudo evitarlo.
Él lo notó al instante.
—¿Tienes frío? —preguntó, inclinándose un poco hacia ella—. Te dejo mi chaqueta.
—No —respondió Kasia demasiado rápido, casi atropellada—. No te preocupes. Tengo mi abrigo aquí.
Señaló el abrigo que reposaba sobre sus piernas, como si necesitara demostrarlo físicamente. Él retiró la mano despacio, pero no apartó la mirada.
—Perdona —dijo entonces, con un tono que intentaba sonar amable—. No me he presentado. Me he puesto a contarte mis problemas directamente… lo siento. Me llamo Ramón. ¿Y tú?
—Kasia —respondió ella, intentando que su voz no sonara tan tensa como se sentía por dentro.
—Ah… Kasia —repitió él, saboreando el nombre como si le resultara familiar—. Me gusta tu nombre.
Ella no supo qué contestar. Él sonrió apenas, una sonrisa pequeña, contenida, que no llegaba a los ojos.
—Mira, toma —añadió, sacando algo del bolsillo interior de su chaqueta—. Te dejo una tarjeta del sitio en el que trabajaré. Por si un día te pasas y te invito a algo… por aguantarme la charla.
Kasia cogió la tarjeta sin mirarla y la guardó en su bolso con un gesto automático. No quería parecer descortés, pero tampoco quería prolongar el contacto. Había algo en él que la inquietaba. Quizá era el parecido con Ramón —su Ramón—, ese eco extraño que le había golpeado el pecho al verlo por primera vez. O quizá era la forma en que la miraba, como si supiera algo que ella no sabía.
El autobús siguió avanzando por la carretera, el motor vibrando bajo sus pies. Afuera, el paisaje gris se deslizaba sin prisa. Dentro, el aire parecía haberse vuelto más denso, más pesado.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com