ESCALOFRÍO - Capítulo 7
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7: El Campus 7: El Campus Una vez que Kasia se tranquilizó, llamó por teléfono a sus padres para calmarlos.
—Kasia, hija, nos has dado un susto terrible.
Nos llamaste y luego no respondías.
¿Qué ha pasado?
¿Estás bien?
—Preguntó su madre, nerviosa y con un evidente tono de preocupación.
—Sí, esta todo bien.—Mintió Kasia.
—Solo quería pediros que, cuando lleguéis, me aviséis para saber que habéis llegado bien a casa.
—Claro, mi niña, en cuanto pisemos Valdepineda.
Un beso.
Llámanos todos los días.
Tu padre te manda otro beso.
Kasia colgó la llamada y se quedó mirando unos segundos, mientras se oscurecía la pantalla.
Después, levantó la vista y observó con curiosidad cada rincón de su nuevo cuarto.
La habitación olía a madera envejecida y a un calor reciente, casi forzado, como si los radiadores hubieran despertado después de demasiado tiempo dormidos.
No era un olor desagradable, pero sí ajeno, como si el aire mismo perteneciera a otra vida.
En Valdepineda, su cuarto tenía un aroma reconocible, casi íntimo: los libros usados que acumulaba en la mesilla, la mezcla de canela y vainilla que su madre encendía en pequeñas velas los fines de semana, y ese soplo constante de aire a pino que entraba por la ventana.
Aquí, en cambio, todo parecía impregnado de un pasado que no le pertenecía.
La madera crujía con un lamento antiguo, como si guardara historias que nadie había pedido escuchar.
Los muebles, aunque funcionales, mostraban marcas de uso: esquinas desgastadas, barniz levantado, cajones que no encajaban del todo.
Incluso las cortinas, de un color indefinido entre beige y gris, parecían haber perdido cualquier intención de ser bonitas.
Había algo ligeramente torcido en la forma en que colgaban, como si alguien las hubiera colocado con prisa o sin ganas.
Kasia avanzó unos pasos, dejando que sus dedos rozaran el borde del escritorio.
La superficie estaba tibia por la calefacción, pero bajo esa calidez había una textura áspera, casi rugosa.
Le dio la impresión de que el mueble había sido trasladado demasiadas veces, arrastrado por manos distintas, colocado en habitaciones que no recordaba.
Todo en ese lugar tenía una vida anterior, y ella era solo la siguiente en ocuparlo.
Mientras respiraba hondo, intentando acostumbrarse, sintió una punzada de nostalgia inesperada, cada olor, cada sombra, cada objeto parecía exigirle un esfuerzo de adaptación.
Y aunque no había nada explícitamente hostil en la habitación, había una especie de resistencia silenciosa, como si el espacio se negara a recibirla del todo.
Kasia dejó su maleta junto a la cama que le habían asignado.
El sonido de las ruedas golpeando el suelo resonó demasiado fuerte para su gusto, como si el edificio entero se enterara de que había llegado.
Se agachó para abrirla y, mientras sacaba la ropa doblada por su madre con una precisión casi militar, sintió un nudo en el estómago.
El espejo del armario le devolvió una imagen que no terminaba de reconocer.
Parecía una versión más pequeña de sí misma, como si la ciudad la hubiera encogido un poco.
Cuando estaba guardando los últimos libros, escuchó a su compañera de cuarto, Ana: —Espera que quite de ahí mi maleta.
Kasia se giró de inmediato.
Ana se levantó con desgana de la cama dónde estaba tumbada y apartándola de su camino, se agachó para sacar de la parte baja del armario una maleta roja que parecía haber sobrevivido a varias guerras.
Ana, tenía el pelo recogido en un moño desordenado y llevaba unos auriculares enormes colgando del cuello.
—Ah —dijo Kasia, sonriendo con un gesto rápido—.
¿Es este tu armario?, pensé que era el mío, ¿no?
Ana asintió, algo torpe.
—Sí… es el tuyo.
Me dijeron que iba a estar sola en la habitación, por eso coloqué la maleta vacía en ese armario.
No sabía que tú ibas a venir.
Ana arrastró su vieja maleta hasta apoyarla con un golpe seco en un rincón, al lado de su armario.
Kasia miró alrededor, evaluando la habitación con ojos no acostumbrados a los cambios.
—Bueno, no está mal.
He visto cuevas más pequeñas —comentó, Ana y luego añadió—.
¿Necesitas ayuda con algo?
Kasia negó con la cabeza, aunque agradeció el gesto.
Ana parecía moverse con naturalidad, como si cambiar de ciudad o de habitación fuera algo que hacía cada dos semanas.
Kasia la observó mientras la chica colocaba en una estantería una taza con un dibujo de un gato y un montón de cables que parecían pertenecer a aparatos distintos.
Mientras Kasia colocaba su última prenda en el cajón, pensó que quizá no sería tan difícil acostumbrarse a este nuevo lugar.
Aunque el campus fuera enorme, aunque la ciudad la intimidara, aunque el mundo pareciera moverse demasiado rápido… al menos no estaría sola.
Cuando terminó de colocar sus cosas, decidió conocer un poco los alrededores.
La residencia, por dentro, tenía esa mezcla incómoda entre lo institucional y lo doméstico: paredes pintadas en un beige apagado que parecía absorber la luz, suelos de linóleo que devolvían un eco suave a cada paso, y un olor persistente a detergente barato mezclado con humedad antigua.
Los pasillos eran estrechos, demasiado largos para la cantidad de puertas que albergaban, como si el edificio hubiera sido estirado más allá de su intención original.
El pasillo de Kasia era el más silencioso de todos.
Un corredor recto, casi asfixiante, que terminaba en una puerta de cristal esmerilado: la oficina de la secretaría.
Desde allí, la secretaria controlaba horarios, llaves, quejas, y también, aunque nadie lo decía en voz alta, los movimientos de cada residente.
La luz del fluorescente sobre esa puerta parpadeaba a veces, como si algo en el cableado se resistiera a permanecer estable.
Cuando Kasia caminó hacia el final del pasillo, el aire cambió.
No era un cambio físico, sino esa sensación visceral que se instala en el estómago cuando uno se acerca a un lugar donde ocurrió algo que no debería haber ocurrido.
Recordó el momento en que creyó ver una sombra deslizarse por ese mismo tramo del pasillo.
Una sombra que no correspondía a ninguna figura humana.
A medida que avanzaba, su respiración se volvió más superficial.
El silencio parecía tensarse, como si el edificio contuviera el aliento con ella.
Cada paso resonaba más fuerte de lo que debería.
Y cuando llegó al punto exacto donde había visto aquella sombra, sintió un tirón interno, una punzada de frío que le recorrió la columna.
No era miedo simple; era una mezcla de reconocimiento y rechazo, como si algo en ese lugar la estuviera observando desde detrás de la pared, esperando que ella recordara algo que aún no sabía que había olvidado.
La puerta de la secretaría estaba a solo unos metros, pero en ese instante, el pasillo se le hizo interminable.
De pronto, giró sobre sí misma y se dirigió las escaleras, no quería pensar en ello, ahora no era el momento… No sabía muy bien qué esperaba del campus de la Universidad de Salamanca, pero desde luego no era esto.
Venir de Valdepineda, donde las casas parecían repetirse, donde el silencio era tan normal como el frío, donde cada cara era conocida desde siempre, hacía que cualquier cosa nueva brillara con una intensidad casi incómoda.
Y Salamanca… Salamanca brillaba demasiado.
La Facultad de Geografía e Historia se alzaba ante ella como un edificio que no solo pertenecía a otra ciudad, sino a otro siglo.
La piedra dorada, esa arenisca que parecía absorber la luz y devolverla en un tono cálido, la dejó sin palabras.
En Valdepineda, las fachadas eran grises, prácticas, sin pretensiones.
Aquí, en cambio, cada bloque de piedra parecía tallado con la intención de impresionar.
El claustro interior la descolocó aún más.
El eco de los pasos, el murmullo de los estudiantes, el olor a libros viejos mezclado con el aire frío que entraba por los arcos… todo le resultaba tan extraño que casi tenía que recordarse que no estaba en un museo, sino en su nueva facultad.
Los estudiantes la desconcertaban todavía más que la arquitectura.
Había chicos con abrigos largos y bufandas enormes, chicas con carpetas llenas de pegatinas, grupos que hablaban de congresos, de Erasmus, de autores que apenas había oído nombrar.
En su localidad, la gente hablaba de cosechas, de turnos, de vecinos.
Aquí hablaban de tesis, de seminarios, de arqueología experimental.
Cada vez que alguien pasaba a su lado con paso decidido, sentía que debía apartarse, como si todos supieran exactamente a dónde iban menos ella.
Y aun así, había algo en ese caos ordenado que la atraía.
El bullicio, las risas, las discusiones acaloradas sobre historia medieval o antropología… era un ruido distinto al que conocía.
Un ruido que prometía movimiento, descubrimiento, vida.
Cuando levantó la vista hacia la fachada principal, con sus relieves gastados por los siglos, sintió una mezcla extraña entre vértigo y emoción.
Allí, en ese edificio que parecía observarla desde lo alto, iba a pasar los próximos años.
Allí iba a aprender cosas que en Valdepineda solo existían en los libros que ella devoraba en la casa de Clara.
Y por primera vez desde que llegó al campus, Kasia quiso pensar que quizás, solo quizás ese escalofrío que había sentido antes no era una advertencia.
Si no el comienzo de algo nuevo.
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