ESCALOFRÍO - Capítulo 8
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8: Ana 8: Ana Kasia recogió su horario en el campus y lo desplegó allí mismo, en mitad del bullicio.
A simple vista, aquel mosaico de asignaturas, códigos y aulas dispersas por distintos edificios le resultó abrumador.
Cada clase en un lugar distinto, cada profesor con un nombre que no le decía nada.
Para cualquiera sería solo cuestión de organizarse, pero para ella… era otra cosa.
Había crecido en una aldea diminuta, con apenas tres profesores que se repartían todas las materias.
Allí todo era cercano, casi familiar: las aulas pequeñas, las voces conocidas, la sensación de que alguien siempre estaba pendiente de ti.
Ahora, en cambio, se veía rodeada de auditorios enormes, pasillos interminables y grupos de estudiantes que parecían saber exactamente adónde iban.
Los profesores, tan lejanos y ocupados, apenas levantaban la vista de sus listas.
Y Kasia, con el horario temblando entre los dedos, sintió que aquel nuevo mundo se le hacía demasiado grande, como si cada paso exigiera un valor que aún no sabía si tenía.
Por suerte, a su lado se encontraba Ana, su compañera de cuarto, que no tardó ni un segundo en tomarla de la mano y arrastrarla por los pasillos.
En un abrir y cerrar de ojos ya estaban recorriendo todas las aulas en las que estudiarían juntas y, cómo no, aprovechando para echar un vistazo a los alumnos más guapos del campus.
Kasia se dejaba llevar entre risas, fascinada por cada aula enorme que descubrían; mientras ella se quedaba embobada observando el espacio, la luz y el tamaño de las clases, Ana hacía exactamente lo mismo… pero con los chicos que pasaban por allí.
La mezcla era extraña y reconfortante: una explorando el nuevo mundo académico, la otra evaluando el paisaje humano.
Y, de algún modo, esa combinación hacía que todo pareciera un poco menos intimidante.
Según ha ido observando Kasia, Ana tiene una presencia que llena cualquier habitación, incluso antes de abrir la boca.
Parece un año, quizá dos, más joven que ella, y aun así se mueve con una seguridad que desarma.
Le contó que también viene de un pueblo, aunque más cercano a Salamanca que la aldea remota donde creció Kasia.
Pero, pese a ese origen común, son casi opuestas.
Ana lleva encima una mezcla de independencia precoz y desparpajo natural que solo poseen quienes han aprendido a valerse por sí mismos desde muy temprano.
Camina como si el mundo fuera un escenario que ya conoce: cualquier espacio, por viejo o estrecho que sea, parece adaptarse a ella y no al revés.
Es morena, de ojos oscuros y vivaces, siempre alerta a lo que pueda resultar interesante, divertido o mínimamente útil.
Su humor roza el sarcasmo, un filo rápido que emplea tanto para defenderse como para arrancar una sonrisa.
Pero Kasia también ha notado ese gesto de fastidio que le cruza la cara cuando la obligan a hacer algo que no quiere: madrugar, asistir a una clase que la aburre o seguir una norma que no entiende.
Las mañanas son su enemigo natural; las clases, un trámite que soporta con la paciencia justa.
Mientras pasean por el campus, Ana se sincera sin demasiados rodeos.
Eligió Historia del Arte porque la nota no le alcanzó para lo que realmente quería estudiar: Veterinaria.
Esa frustración se le nota en la postura, en la forma en que arrastra los libros o en los suspiros que suelta cada vez que mencionan un trabajo obligatorio.
No es mala estudiante, pero tampoco una apasionada.
Su energía está en otra parte: en la gente, en las noches largas, en la música alta, en los chicos que conoce en las fiestas universitarias y en esa sensación de libertad que persigue como si fuera un derecho adquirido.
Aun así, pese a su aparente desgana por compartir habitación, las dos se llevan sorprendentemente bien.
Kasia sabe que Ana la vio al principio como alguien rara: demasiado callada, demasiado observadora, demasiado distinta.
Pero aun así le dio un voto de confianza.
En el fondo, Ana era de esas personas que se adaptan rápido, que buscan la chispa en cada situación y que, sin proponérselo, arrastran a los demás a su propio ritmo.
Una tarde de esa misma semana, Ana estaba sentada en su cama, con una pierna doblada y el móvil apoyado en el muslo, cuando Kasia volvió a entrar en la habitación.
La luz del atardecer caía de lado, iluminando el desorden habitual de Ana: libros abiertos, una sudadera tirada en el suelo, un paquete de galletas a medio terminar.
—Bueno —dijo Ana sin levantar del todo la vista, como si llevara un rato ensayando ese tono casual.
Kasia se quedó quieta un segundo, esperando la continuación.
Ana dejó el móvil a un lado, respiró hondo y sonrió con esa mezcla de picardía y determinación que ya empezaba a resultarle familiar.
—El sábado hay una fiesta —anunció, como quien comunica algo inevitable—.
Una hermandad de por aquí celebra el inicio de las clases.
Lo he visto en el tablón de la residencia.
Va a ir todo el mundo.
Kasia frunció el ceño, incómoda.
—No creo que sea para mí… —murmuró, dejando la mochila en su silla.
Ana chasqueó la lengua, divertida.
—Ay, por favor.
No me vengas con eso.
Es fin de semana, es la primera fiesta, y no pienso ir sola.
Además, te vendrá bien despejarte un poco.
Conocer gente.
Ver cómo se mueve la universidad de verdad.
—No sé… —insistió Kasia, sintiendo cómo se le encogía el estómago ante la idea de música alta, desconocidos y ese caos social que tanto la intimidaba.
Ana se levantó de la cama con un salto y se plantó delante de ella, manos en la cintura.
—Kasia, cariño, si no te saco yo de esta habitación, te vas a convertir en un mueble.
Y no pienso convivir con un mueble más.
Así que te vienes y punto.
La contundencia de Ana tenía algo de broma y algo de verdad.
Kasia lo sabía.
Y, aunque su primera reacción fue negarse, notó cómo la resistencia se le aflojaba.
Ana tenía esa habilidad: empujar sin parecer que empuja, convencer sin dar espacio a la duda.
—Está bien… —cedió al fin, casi en un suspiro.
Ana sonrió triunfante.
—Sabía que dirías que sí.
Mañana te pongo guapa.
Y no te preocupes —añadió guiñándole un ojo—, yo me encargo del resto.
Kasia no sabía si eso debía tranquilizarla o preocuparla, pero la sonrisa de Ana era contagiosa.
La tarde siguiente, la habitación parecía más pequeña de lo habitual.
Los armarios estaban abiertos de par en par, Ana había sacado prendas, dejándolas caer sobre la cama como si estuviera preparando un ritual.
—A ver, señorita —dijo, sosteniendo una falda negra con cuadros marrones, contra la luz—.
El sábado no podemos aparecer con pinta de pueblerinas.
Nos tenemos que poner guapas.
Muy guapas.
Kasia, que acababa de dejar sus apuntes sobre el escritorio, la miró con una mezcla de sorpresa y resignación.
—Yo… no tengo mucha ropa para fiestas —admitió, sintiendo un leve rubor en las mejillas.
Ana soltó un bufido dramático.
—Ya lo estoy viendo, cielo.
Por eso vamos a ir de compras.
Nada loco, solo lo básico para no parecer recién salidas de una excursión escolar.
Kasia abrió los ojos, alarmada.
—Pero no puedo gastar mucho.
De verdad.
No quiero meterme en líos con el dinero.
Ana se giró hacia ella con una sonrisa que mezclaba picardía y pragmatismo.
—Tranquila.
No vamos a dejarnos un riñón.
Y además… siempre podemos buscar un curro de tardes.
Hay mil cosas: cafeterías, tiendas, bibliotecas.
Unas horitas a la semana y listo.
Así nos sacamos un dinerito extra.
—¿Para fiestas?
—preguntó Kasia, entre incrédula y divertida.
—Para lo que haga falta —respondió Ana, guiñándole un ojo—.
Pero sí, principalmente para fiestas.
Kasia no pudo evitar reírse.
Había algo en la seguridad de Ana que la desarmaba, como si todo lo que a ella le parecía complicado, Ana lo redujera a un simple “ya veremos”.
—Está bien —cedió Kasia—.
Pero de verdad, algo sencillo.
No quiero gastar más de lo necesario.
—Perfecto —dijo Ana, ya cogiendo su bolso—.
Sencillo, elegante y barato.
Mi especialidad.
Las chicas salieron juntas de la habitación, el aire fresco del pasillo les golpeó al salir, y Ana ya iba un paso por delante, hablando de tiendas, de colores que favorecen a cualquiera y de cómo en Salamanca la gente se arreglaba como si fueran a un desfile cada fin de semana.
Mientras bajaban las escaleras, Kasia la seguía en silencio, escuchando ese torrente de palabras que parecía no agotarse nunca.
En el último tramo de escaleras, Kasia se detuvo un instante, observando la espalda de su nueva amiga y pensando que había llegado a la universidad con miedo a no encajar, y ahora, en cambio, de todas las compañeras de habitación posibles, de todas las personas que podría haberle tocado… había tenido una suerte inmensa con Ana.
Al cruzar la puerta de la residencia, Ana se giró hacia ella con una sonrisa amplia.
—Venga, princesa rural.
A ver si encontramos algo que te haga justicia.
Kasia puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar sonreír, sin imaginar que aquel momento, tan inocente en apariencia, poco a poco sería el primer paso hacia algo que aún no sabía nombrar.
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