ÉTER:La orden de los shikanzei - Capítulo 11
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11: Donde Arde el Fénix 11: Donde Arde el Fénix “Una Orden no es solo un campo de batalla.
Es el lugar donde aprendes por qué sigues luchando.” ⸻ La sede de la Orden del Fénix Carmesí no dormía.
Aun entrada la tarde, el lugar estaba lleno de actividad: Shikanzei entrenando en plataformas abiertas, otros limpiando armas imbuidas en Éter, algunos discutiendo estrategias junto a mapas marcados con cicatrices de batallas pasadas.
El aire vibraba con energía viva, no caótica, sino controlada.
Akio lo notó de inmediato.
No era un cuartel frío.
Era un hogar… para quienes ya habían sobrevivido demasiado.
—Viven aquí —murmuró, observando cómo varios Shikanzei conversaban mientras compartían comida simple, riendo con una naturalidad que contrastaba con las cicatrices visibles en sus cuerpos.
—Claro —respondió Mira—.
Las sedes de las Órdenes son eso.
Vida cotidiana… hasta que deja de serlo.
Renji sonrió de lado.
—Prefiero esto a las aulas.
Los tres avanzaron con cautela.
No eran observados con hostilidad, pero sí con curiosidad.
La mayoría de los presentes irradiaban experiencia; sus Éteres estaban calmados, densos, como brasas contenidas.
Eran pocos.
Muy pocos.
Y eso decía más que cualquier discurso.
⸻ —¡Ey!
Ustedes deben ser los nuevos.
Una voz nerviosa los sacó de sus pensamientos.
Un chico de su edad, con postura rígida y mirada inquieta, se acercó casi tropezando.
—H-Hoshino Lark —se presentó—.
Novato también… bueno, más o menos.
—Renji —respondió este—.
¿Más o menos?
—Sigo vivo —dijo Hoshino, encogiéndose de hombros—.
Eso aquí ya cuenta.
Una joven de mirada analítica se acercó detrás de él, observándolos como si ya los estuviera midiendo en combate.
—Reina Vols —dijo—.
Uso armas de Éter.
Precisión, no fuerza.
—Mira —respondió ella—.
Apoyo… supongo.
—Aquí todos apoyan algo —intervino una voz grave.
Un hombre corpulento, cubierto de cicatrices, apoyó un brazo en una columna rota.
—Boran Kess.
No intenten impresionarme —dijo—.
Prefiero que sobrevivan.
—Dagan Holt —añadió otro, estirándose tras una sesión de entrenamiento—.
Si Renji es el impulsivo, ya me cae bien.
Renji sonrió peligrosamente.
—Todavía no me conoces.
—Eso dicen todos.
Más allá, Selene Arkwright observaba desde una altura, controlando el terreno con pequeños hilos de Éter apenas visibles.
No habló, pero asintió en silencio.
Akio lo entendió.
Todos allí eran llamativos, distintos, marcados por algo que no se enseñaba en las aulas.
⸻ Un cambio en el ambiente recorrió la sede como una brisa silenciosa.
Akio lo sintió primero.
El Éter… se tensó.
—Formación —ordenó una voz firme.
El Instructor Kaien Ryuuga avanzó con paso tranquilo, seguido por dos presencias mucho más densas.
—El Instructor —susurró Hoshino—.
Autoridad directa.
Kaien los observó con severidad medida.
—Bienvenidos oficialmente a la Orden del Fénix Carmesí —dijo—.
Aquí se entrena, se vive… y se muere.
En ese orden.
Detrás de él, un hombre alto dio un paso al frente.
—Seiran Valcor, Comandante —se presentó—.
Mi función es simple: que esta Orden siga existiendo.
Si el Capitán cae… yo tomo su lugar.
No había arrogancia en su voz.
Solo certeza.
Y entonces… Desde lo alto de una pasarela, apoyado despreocupadamente en la baranda, apareció él.
Joven.
Demasiado joven para la presión que emanaba.
—¿Así que estos son los famosos transferidos?
El Capitán Raizen Kurohane descendió con calma.
Su Éter era intimidante, sí, pero no agresivo.
Era como una tormenta que eligió no caer… todavía.
—Relájense —añadió con una sonrisa ladeada—.
No muerdo.
Mucho.
Algunos Shikanzei rieron suavemente.
—Soy Raizen —continuó—.
Ascendí rápido.
A algunos no les gustó.
Problema de ellos.
Su mirada se posó en Akio.
—Aquí no buscamos héroes —dijo—.
Buscamos Shikanzei que sepan cuándo avanzar… y cuándo resistir.
Se cruzó de brazos.
—Somos pocos porque no cualquiera llega hasta aquí.
La mayoría son experimentados.
Ustedes están aquí por talento.
Hizo una pausa.
—No lo desperdicien.
⸻ Más tarde, mientras el sol caía y el Fénix Carmesí se teñía de naranja y rojo, Akio observó a sus nuevos compañeros entrenar, reír, discutir y volver a entrenar.
No eran máquinas.
Eran personas… que seguían en pie.
Recordó las palabras de Takeru en los días de cadete: “El Éter no te hace Shikanzei.
Te vuelve uno cuando decides quedarte, incluso sabiendo lo que cuesta.” Akio apretó el emblema en su pecho.
Aquí comenzaba algo distinto.
No el poder.
No la guerra.
Sino el lugar donde, día a día, aprenderían a cargar con el fuego.
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