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ÉTER:La orden de los shikanzei - Capítulo 16

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  3. Capítulo 16 - 16 El peso de avanzar
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16: El peso de avanzar 16: El peso de avanzar “Avanzar no siempre significa volverte más fuerte.

A veces significa aprender cuánto estás dispuesto a cargar.” La misión había terminado.

No fue gloriosa ni desastrosa, pero sí suficiente para dejar claro algo: ahora estaban solos.

Por primera vez desde su ascenso, Akio, Renji y Mira habían actuado sin supervisión directa, tomando decisiones reales, cargando con las consecuencias.

De regreso en la base del Fénix Carmesí, el cansancio era evidente.

Algunos Shikanzei descansaban apoyados en las paredes del patio, otros reían con alivio, comentando errores y aciertos.

Hoshino Lark hablaba nervioso, gesticulando más de lo necesario; Reina Vols limpiaba con precisión quirúrgica sus armas de Éter, ignorando el ruido; Dagan Holt bebía agua en silencio, observando a los más jóvenes con mirada crítica; Selene Arkwright enrollaba lentamente sus hilos de Éter, perdida en sus propios cálculos.

Mira suspiró y se sentó en uno de los escalones de piedra.

Estaba agotada, pero satisfecha.

Había tomado decisiones difíciles y había funcionado.

Aun así, su mente ya analizaba lo que pudo hacer mejor.

Renji, en cambio, no hablaba.

Miraba de reojo a Akio.

Akio estaba de pie, sosteniendo su katana nueva.

No era ostentosa.

Su hoja era simple, gastada por el uso, pero el Éter que respondía a ella era distinto.

Más estable.

Más honesto.

—Oye… —dijo finalmente Renji—.

¿Esa katana…?

Reina alzó la vista por primera vez.

—No es estándar —añadió—.

Se nota en el flujo de Éter.

Akio dudó un segundo antes de responder.

—Me la dio el capitán —dijo—.

Era suya… cuando era novato.

Hubo un silencio breve, pesado.

—¿El capitán Raizen… te dio su katana?

—preguntó Hoshino, incrédulo.

—Sí.

Renji apretó la mandíbula.

No dijo nada más.

Mientras los demás se retiraban a descansar, Akio no fue a su habitación.

Se quedó en el campo de entrenamiento.

Una y otra vez, blandía la katana, respirando hondo, recordando cada corrección, cada palabra del capitán.

—No fuerces el Éter.

Déjalo existir primero.

Akio cerró los ojos.

Esta vez, no intentó expandir su poder.

Lo concentró.

Sintió el Éter fluir hacia la hoja y, con esfuerzo extremo, materializó un elemento natural.

El rayo apareció.

No fue una explosión.

Fue un filamento violento, inestable, recorriendo la katana.

El impacto recorrió su cuerpo y lo obligó a retroceder de rodillas, jadeando.

—Todavía es demasiado pronto —dijo una voz tranquila.

Akio levantó la vista.

El capitán Raizen Kurohane estaba allí.

—Pero… funcionó —respondió Akio, con una sonrisa cansada.

Raizen se acercó y observó la katana.

—Funcionó porque casi te rompe desde dentro —corrigió—.

Pero vas por el camino correcto.

Apoyó una mano en su hombro.

—No te detengas.

Akio asintió, con los ojos brillando.

A unos metros de allí, Renji observaba la escena.

Y algo le ardió en el pecho.

Se dio la vuelta y comenzó a entrenar solo, golpeando el aire, una y otra vez, con rabia contenida.

El fuego aparecía, desaparecía, indisciplinado.

—Otra vez… —murmuró—.

Más fuerte.

—Así solo te estás cansando.

Renji se giró de golpe.

Un hombre alto lo observaba con calma.

Su presencia no aplastaba, pero pesaba.

Llevaba una capa con un emblema dorado.

—¿Quién es usted?

—preguntó Renji, sin bajar la guardia.

—Alguien que ya se equivocó demasiadas veces —respondió el hombre—.

Y que ve que tú estás a punto de hacer lo mismo.

Se acercó.

—Tu fuego nace rápido, pero se dispersa igual de rápido.

No lo controles con rabia.

Colocó una mano firme sobre su hombro.

—Condensa primero.

Haz que el fuego gire dentro de ti.

Renji obedeció.

El calor apareció, más denso, más pesado.

—Ese es el inicio —dijo el hombre—.

Todo lo demás nace de aquí.

Renji respiró hondo.

—¿Quién es usted… en realidad?

El hombre sonrió apenas.

—Ardan Kaelros.

Capitán de la Orden del León Dorado.

Renji abrió los ojos.

—¿Un capitán…?

—No soy un prodigio —continuó Ardan—.

Llegué aquí a base de errores y esfuerzo.

Por eso reconozco a alguien que tiene fuego… pero aún no sabe cargarlo.

Dio un paso atrás.

—Si algún día decides dejar el Fénix Carmesí, el León Dorado siempre necesita gente que no se rinda.

Renji apretó los puños.

—No lo dejaré —dijo—.

Pero… gracias.

Ardan asintió y se alejó.

Renji se quedó solo, respirando con dificultad, mirando el suelo.

A lo lejos, Akio seguía entrenando bajo la mirada del capitán Raizen.

Y por primera vez, Renji sintió algo más que admiración.

Sintió celos.

“Ser Shikanzei no es solo enfrentarse a enemigos.

Es aprender a enfrentarte a ti mismo… y aun así permanecer de pie.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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