EtherSoul: Misterios de Akuaris - Capítulo 3
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3: BAJAR LAS MANOS 3: BAJAR LAS MANOS Ramón acaba de impactar contra una estantería llena de libros, derribándola en el proceso.
—Sagrada Arboleda, mis bolas —dijo, mientras se levantaba, acción que no duró mucho, ya que su oponente le propinó un veloz golpe descendente que lo regresó al piso.
En el subterráneo de la misma localización —la biblioteca municipal de Pradero— se encontraba Martín Marlowe, huyendo de un grupo de hombres vestidos con uniformes de oficiales de la Sagrada Arboleda, que ya se hallaban gravemente dañados.
—¡Qué oficiales tan extraños!
—dijo, deteniéndose ante una puerta de metal cerrada con llave.
Sus perseguidores se detuvieron brevemente al escucharlo alzar la voz.
Sin darle mucha importancia, continuaron su avance.
No parecen reaccionar ante nada.
No escuchan razones.
Aparte, se ven muy pálidos.
[Explosión magnificada] Martín convocó con un rápido movimiento de su brazo una explosión frente a él, que frenó a sus perseguidores y los envió volando hacia atrás, chamuscando la parte frontal de sus vestimentas.
Son increíblemente veloces, y esta es la tercera explosión que les impacta.
Se quedan unos diez segundos en el suelo y se levantan como si nada.
Empezó a resolver su cubo de Rubik con una mano.
No me va a dar tiempo de volar esta puta puerta, y tampoco tengo la fuerza ni el tiempo para correr y que no me alcancen.
De los diez falsos caballeros que lo perseguían, solo ocho empezaron a levantarse.
Los otros dos fueron neutralizados con éxito.
Mínimo se pueden morir.
Martín tomó un respiro, entrecerró los ojos y guardó su cubo de Rubik en el bolso.
Me va a tomar más tiempo armar otro conjuro ofensivo, pero irme a las manos es mi única opción.
Al abrir por completo los ojos, sus enemigos ya estaban a escasa distancia.
Martín elevó los brazos y separó levemente las piernas, adoptando una postura de combate aprendida del boxeo callejero.
Una hora antes, Martín y Ramón llegaban con tranquilidad a la biblioteca.
—¿No podemos seguir golpeando infieles?
—preguntó Ramón, algo fastidiado.
Martín lo ignoró y tomó la delantera, entrando al establecimiento.
Era una biblioteca grande, con tres pisos y montones de estanterías llenas de libros, además de una zona con computadoras.
El lugar se encontraba casi vacío, a excepción de uno que otro lector y la recepcionista, una mujer joven, de contextura delgada y cabello negro.
—Disculpe…
—Martín miró la etiqueta en la camisa de la mujer; en ella estaba escrito el nombre “Mariana”—.
Señorita Mariana, buenas tardes.
Separé el espacio del subterráneo para una investigación.
—¿Su documento de identificación?
—la mujer se limitó a extender la mano.
Martín entregó su cédula.
Instantes después, la mujer le devolvió una llave.
Ramón entró al lugar justo cuando esto ocurría.
—Bueno, Ramón, yo iré a los archivos a revisar.
Recuerda: céntrate en los libros que…
—…que contengan el número sesenta y siete —contestó Ramón, irritado.
Sin mediar más palabras, se separaron.
Ramón comenzó a explorar la biblioteca, empezando por las secciones de libros de historia.
Buscaba y clasificaba según el año de salida, específicamente el 2067.
Media hora después, Ramón ya se encontraba sentado en un escritorio, con una montaña de libros a su lado y las manos en la cabeza.
—Nada de esto tiene que ver con nada —se estiró y se levantó.
Estaba en el primer piso, que tenía un agujero en el centro por el cual se podía ver perfectamente la planta baja.
Se acercó al barandal y reposó los brazos sobre el mismo, suspirando con frustración.
Espero que Martín esté teniendo más suerte, pensó, mientras jugaba con una bala de los cartuchos de repuesto que guardaba en los bolsillos internos de su chaqueta.
Martín llegó al subterráneo bajando por el ascensor, con un beep sonando al llegar.
El lugar había sido recientemente modernizado: desde el olor a ambientador hasta el fresco que se sentía debido a la ventilación.
La habitación a la que había llegado tenía una pantalla con teclado y ratón conectados.
Era un acceso a la base de datos del archivo.
Esto está mucho mejor que la última vez que tuve que venir a buscar algo, pensó, y empezó su investigación.
—Hay la posibilidad de que no necesariamente estemos hablando del año sesenta y siete, sino de algo más…
Media hora después, Martín ya había anotado varias cosas en su libreta y solicitado algunos documentos.
Solo le quedaba esperar a que bajara un encargado con las llaves de la sala de archivos en físico.
Algo me dice que lo mejor será continuar el análisis desde otra ubicación.
El aburrimiento de Ramón fue prontamente interrumpido por la ruidosa entrada de un grupo de once personas, todas uniformadas como oficiales de la Sagrada Arboleda.
El joven se escondió rápidamente, agachándose y observando lo que pasaba en la planta baja a través del barandal.
—¡Atención!
La Sagrada Arboleda solicita evacuar el edificio, ya que un terrorista se encuentra en las instalaciones y planea ejecutar un atentado —anunció el hombre que lideraba a los uniformados.
Rápidamente, tanto la recepcionista como los pocos civiles que estaban ahí salieron corriendo del lugar.
¿Se refiere a nosotros?
—pensó Ramón, ya que no había visto entrar a nadie más a la biblioteca, y todos los que estaban ya habían salido.
Además, había algo extraño en los supuestos oficiales: solo uno de ellos mostraba un lenguaje corporal firme y expresivo.
El resto permanecía perfectamente formado detrás de él, prácticamente inmóvil.
Da igual.
Tengo que avisar a Martín.
Ramón sacó su celular y envió rápidamente un mensaje.
«Supuestos chapas entraron.
Asnt: terrorismo.» El mensaje se envió, pero no se confirmaba que Martín lo hubiese recibido.
Mierda, no ha de tener señal.
Los hombres empezaron a dirigirse al ascensor que bajaba al subterráneo.
— Según el registro, el objetivo entró acompañado.
Ustedes neutralícenlo.
Yo buscaré al acompañante.
— El líder del escuadrón se quitó el casco, revelando su apariencia: un joven de pelo rojo teñido, ojos verde esmeralda y, su característica más prominente, las cicatrices que cubrían su cuerpo, ya visibles incluso en su rostro.
Los diez “soldados” entraron al ascensor.
Mierda, tengo que salir de aquí.
Ramón empezó a gatear hacia una de las ventanas del edificio, esperando poder salir por ahí.
Ese tipo definitivamente es un impostor.
—¿A dónde ibas?
— Justo antes de que Ramón alcanzara la ventana, una patada impactó en toda su costilla derecha, disparándolo con fuerza contra la pared.
Ramón no pudo contestar, se estaba tapando la boca mientras sostenía su estómago con fuerza.
—¿Te dolió?
— el pelirrojo alzó su brazo, preparando un golpe aún más fuerte.
— A ver, aguanta est— [Aliento Elemental: Onda de Choque] Ramón destapó la boca e interrumpió el ataque con una potente ventisca que hizo retroceder al pelirrojo un par de metros.
—Imagino que te cagaste de miedo y por eso enviaste a tus ratas contra Martín —dijo Ramón, retrocediendo aún más hasta ponerse detrás de una estantería, la cual pateó con todas sus fuerzas para que cayera encima de su enemigo.
—Estabas gateando para escaparte —el pelirrojo golpeó la estantería, partiéndola en dos, evitando que le cayera encima.
Se movió a gran velocidad, acortando la distancia en un instante y propinándole otro golpe a Ramón, el cual a duras penas logró cubrirse con los brazos.
¿Qué mierda tiene en los brazos este tipo?
Detener ese golpe se sintió como si me hubiesen pegado con un bate de acero…
y mi barrera está activa.
Ramón apretó los dientes para aguantar, pero rápidamente le sacaron el aire con un golpe ascendente al estómago, seguido de una patada al rostro, otra en la espalda, un puñetazo en la mejilla, un rodillazo en el abdomen, un codazo al lateral de la cabeza, otra patada a la cara…
Verga, es demasiado rápido.
Golpe en la costilla, ascendente al estómago, patada al rostro, golpe en la espalda, puñetazo en la mejilla, rodillazo en la panza…
Tiene un patrón.
[Aliento Elemental: Agujas a Presión] Reuniendo toda su adrenalina y leyendo el siguiente movimiento de su oponente, Ramón fue capaz de esquivar.
Sin pensarlo, sopló tres corrientes perforantes de viento, todas impactaron…
pero no surtieron efecto alguno más allá de detener brevemente los movimientos de su enemigo.
[Aliento Elemental: Impulso Vendaval] Ramón sopló hacia abajo y salió volando para colocarse sobre una de las estanterías.
Su oponente lo siguió con un veloz salto, pero Ramón se dejó caer de espaldas desde lo alto, orientando su boca hacia el suelo y luego…
[Aliento Elemental: Impulso Vendaval] Volvió a soplar, impulsándose hacia arriba y hacia su oponente, atravesando la estantería y propinándole, en el aire, una patada al pecho.
Rápidamente volvió a soplar ligeramente para ajustar su posición, agarrando al enemigo del cabello y cerrando las piernas alrededor de su torso como pudo, para luego soplar de nuevo, esta vez llevándolos al centro del edificio, justo encima del vacío que conectaba con la planta baja.
[Aliento Elemental: Impulso Vendaval] El impulso, sumado a la gravedad, los aceleró hacia el suelo.
El “falso caballero” recibió todo el impacto, ya que Ramón lo usó como colchón.
Aun así, no salió ileso: su oponente lo había estado golpeando las piernas como podía durante la caída, y cada golpe se sentía como un martillazo.
—Y considérate suertudo de que no tengo cómo matarte —dijo, levantándose con esfuerzo y caminando, sin pensar, hacia el ascensor.
[Resonadores]: La técnica del pelirrojo en cuestión.
Al llenar las cavidades óseas de su cuerpo con vibraciones en ciertas frecuencias, estimula su cuerpo, aumentando dramáticamente sus capacidades musculares.
Esto, combinado con su barrera, reduce significativamente el daño por impacto.
El pelirrojo se levantó con velocidad y precisión, y le propinó una patada que mandó a Ramón volando contra otra estantería, derrumbándola también.
—Pegas muy suave.
Déjame te enseño.
—Sagrada Arboleda, mis bolas —murmuró Ramón mientras intentaba levantarse.
Pero recibió otro golpe que lo envió de vuelta al suelo.
—Quédate quieto —dijo su enemigo, empezando a golpearlo repetidamente.
Ramón no podía hacer más que intentar cubrirse el rostro con los brazos.
Apenas sentía la protección de su barrera.
Logró atrapar uno de los puños con sus brazos, lo que resultó en un golpe directo a su cara, seguido de otro con aún más saña.
Pero aprovechó: respiró profundamente y giró la cara, acercando su boca a la del enemigo, esquivando el siguiente golpe.
[Aliento Elemental: Lanzallamas] Una potente e incandescente llamarada salió disparada desde la boca de Ramón, acertando a quemarropa al pelirrojo, quien por puro instinto se lanzó hacia atrás.
Ramón aprovechó la cegadora luz del fuego para acercarse lo más rápido posible.
Aun con todo, puedo notar que no le hice mucho daño…
Las barreras disipan muy bien el fuego.
Buscó en el bolsillo interno de su chaqueta, sacó una bala y se la metió rápidamente a la boca, colocándola entre los dientes.
Pero también sé que el calor debilita la estructura de las barreras.
Ramón inhaló todo el aire que pudo por la nariz.
[Aliento Elemental: Impulso Vendaval Ignitado] Usando la fuerza del Impulso Vendaval —pensada para levantar su cuerpo varios metros—, Ramón expulsó la bala a gran velocidad.
Añadió una chispa, encendiendo la pólvora dentro de ella.
Esto la aceleró directo hacia la cabeza de su oponente.
La bala impactó en plena frente.
El enemigo arqueó su cuerpo hacia atrás, casi cayendo, pero alcanzó a sostenerse con una mano.
No tardaron en escucharse el quejido de dolor…
y ver la sangre.
Aun así, intentó levantarse.
Ramón inhaló y apretó los dientes.
Tomó la mesa de metal de la recepción por una pata, dejó caer lo que había encima y gritó: —¡¡EY!!
El pelirrojo alzó la mirada para verlo a los ojos y lanzó su cuerpo hacia él.
[Aliento Elemental: Lanzallamas] Ramón arrastró la mesa por el piso, haciéndola rechinar mientras rociaba a su enemigo con fuego.
El pelirrojo se alejó rápidamente, cegado nuevamente.
Ramón volvió a inhalar, soltando un leve quejido.
Ya tres semanas con esta mierda, y aún duele…
pero al menos…
[Aliento Elemental: Ventisca Polar] Liberó una poderosa y helada ráfaga sobre su oponente, que no entendió bien la intención.
Se acercó de nuevo y le metió un puñetazo a Ramón en la cara.
—Pegas muy suave —replicó Ramón, arqueando su cuerpo para alzar la mesa de metal con todas sus fuerzas.
El pelirrojo quiso continuar golpeando, pero algo iba mal: su cuerpo no se movía con la misma rapidez.
Se sentía adormecido.
—Déjame y te enseño —dijo Ramón, y le bateó la cabeza con la mesa, casi tirándosela encima.
El pelirrojo finalmente cayó al suelo, quieto y sangrante.
Lo bueno es que es “fácil” disipar una barrera.
Solo necesitas cambiar la temperatura drásticamente.
No sé qué técnica estaba usando en su cuerpo, pero parece que también se le empezaron a acalambrar todos los músculos.
Ramón alzó la mesa nuevamente y la dejó caer sobre él.
No le dedicó más tiempo: corrió directo al ascensor.
Ojalá no encontrarte muerto, Martín.
¡Muéranse de una puta vez!
—Martín golpeaba a los mismos “soldados” que lo habían estado persiguiendo, pero ya no le quedaba mucha fuerza.
Realmente no había pasado más de un minuto desde que se encontró con la puerta que no podía abrir.
Estas cosas no se cansan, tienen una fuerza impresionante y tampoco parecen siquiera pensantes.
[Laceración de Plasma] Martín movió su brazo en línea horizontal, creando un torrente cortante de viento que luego ionizó, calentando el aire comprimido y generando plasma.
El ataque cauterizó las heridas que causó al enemigo.
Con esto, logró hacer caer a uno, que no volvió a levantarse.
El resto, pese a las quemaduras, siguió abalanzándose sobre él.
Continuó devolviendo golpes y recibiéndolos.
Su barrera es mucho más fuerte que cualquier otra convencional, capaz incluso de detener las balas de la pistola de Ramón.
Era normal que aguantara tanto, pero…
Estas cosas no son humanas.
Esta es la fuerza de un vampiro entrenado…
pero es más que eso.
¿Qué son?
No son vampiros.
Eso es seguro.
Los golpes seguían cayendo y empezaban a cobrar factura.
Pasó otro minuto que, para Martín, fue una eternidad.
Un pensamiento extraño, para él, cruzó su cabeza: Espero que Ramón haya logrado huir…
Se escuchó un beep proveniente del fondo del pasillo.
[Aliento Elemental: Impulso Vendaval] La cabeza de una de las criaturas giró casi 180 grados al recibir una veloz patada de Ramón, que había llegado impulsado a toda velocidad.
El cuerpo cayó seco al piso.
Las demás se detuvieron de inmediato, observando a Ramón.
—No tienen barreras…
Martín —dijo Ramón, extendiéndole la mano sin quitar la vista de los enemigos.
Martín metió la mano en su bolso, sacó la pistola de Ramón y se la entregó.
En ese instante, las criaturas tomaron acción: se abalanzaron sobre Ramón a gran velocidad.
Ramón inhaló, tomó la pistola con firmeza y se echó al suelo, deslizándose, para luego soplar: [Aliento Elemental: Onda de Choque] La horda impactó contra el techo, pero se adhirieron al mismo desplegando garras metálicas desde sus brazos.
Volvieron a lanzarse contra Ramón.
Mientras se deslizaba, ya había recargado su arma.
Parado con firmeza, disparó a una en la cabeza.
Cayó en seco.
Luego usó Impulso Vendaval para apartarse.
Las seis bestias impactaron contra el suelo.
Ramón disparó a dos más.
También quedaron inmóviles.
Las cuatro restantes se lanzaron sobre él.
Ramón inhaló profundamente, pero al intentar exhalar, sintió un agudo dolor en la garganta.
Por entrenamiento, detuvo la técnica, pero eso lo obligó a lanzarse mal hacia un lado para esquivar.
Las criaturas aprovecharon: una lo golpeó en el rostro, otra le rasguñó el pecho, la tercera iba a patearlo, pero…
[Martillo Magnético] Las cuatro criaturas vieron sus extremidades superiores dislocarse violentamente hacia atrás por una fuerte atracción magnética generada por Martín hacia las vigas de metal ocultas en los muros.
Ramón aprovechó y disparó cuatro veces más.
Una bala por criatura.
Todas cayeron.
—Martín…
¿Qué mierda…?
—preguntó el joven, tomándose el pecho e intentando calmar su respiración.
Observó a los “soldados” que ya habían sido abatidos antes de su llegada.
Por si acaso, disparó una bala en la cabeza de cada uno.
—Sabes lo mismo que yo —dijo Martín, dejándose caer al suelo, apoyando la espalda contra la pared.
Ramón hizo lo mismo, a su lado.
—No podemos quedarnos mucho tiempo aquí.
Arriba estaba el que los lideraba.
Logré vencerlo de milagro —dijo Ramón, intentando levantarse.
Pero la adrenalina se había ido, y el dolor volvía con fuerza.
—¿Ese sí hablaba?
—preguntó Martín.
—¿Estos no?
—No.
Solo atacaban.
No se desmayan, no se cansan…
definitivamente no son humanos.
—…¿Serán zombis?
—No seas idiota —Martín se levantó y se acercó al cadáver de una de las criaturas—.
Son parecidos a los vampiros…
pero modificados.
— Se quedó en silencio unos segundos.
—¿Experimentación con humanos?
Eso suena a ciencia ficción…
—El de arriba sí habló, pero no dijo mucho.
Tenemos que ir a interrogarlo.
— Ramón finalmente tomó fuerzas y se levantó.
—Esta gente no está sola.
Subir ya no es opción.
Tenemos que salir por otro lado —dijo Martín, mirando la puerta de metal que no había podido abrir antes—.
Voy a volarla.
Lleva directo al desagüe de la zona centro de Pradero.
—Miró a Ramón—.
Me sé mover por ahí.
Con el cielo púrpura y la noche casi completamente asentada, Ramón y Martín llegaron al hostal.
Cada uno fue a su habitación en silencio.
Se ducharon y luego salieron al patio interno, sin nada para cenar.
—¿No crees que tengamos problemas por esto?
—dijo Ramón, rompiendo el hielo.
—No.
Yo me encargaré de cubrir nuestras espaldas sobre nuestra presencia ahí hoy —Martín abrió su cuaderno de notas.
— El problema es que ya saben que nos estamos metiendo en esto.
Colocó la mano sobre su rostro y cerró los ojos.
—Vamos a tener que bajar el perfil…
—¿Qué conseguiste?
—Parece que el número sesenta y siete no necesariamente tiene que ver con un año.
Tengo la teoría de que se refiere a la existencia —o más bien, la práctica ausencia— de una unidad militar de antes de la independencia de Akuaris —Martín se echó hacia atrás en la silla y suspiró—.
Pero son conjeturas.
—¿Por qué confiar en esa idea?
—Por la fuente —respondió Martín justo cuando su celular empezó a sonar.
Lo sacó del bolsillo, sonrió al ver quién llamaba y respondió.
—¿Mathew?
Dije algo, pero no lo recuerdo.
Una cama de hospital, las luces blancas y el ambiente esteril, normales para alguien como yo.
No ¿Qué?
¿Qué hago aquí?.
Tomé aliento y me desperté agitado, abrí bien los ojos pensando que veía una ilusión.
Esto no es el cielo, fue lo primero que pensé.
A lo mejor estoy en el infierno, eso fue lo que siguió a ese pensamiento.
Pero no, era la tierra, la misma sensación de todo el rato, pero distinta, mi piel se sentía extraña, hacía menos frío que de costumbre, me picaba la cara.
Me levanté confundido, me sentía ligero, tanto que aturdía, tan fuerte que sentía torpeza y debilidad.
Al intentar tomar un vaso de agua apreté demasiado el vaso y lo rompí, era uno desechable, pero nunca había estado tan fuera de control de mi cuerpo.
Sentí espasmos, movimientos que quería hacer pero que no eran míos, no eran mis ideas.
Corrí al baño, abrí la puerta con desesperación que parecía un coraje torpe, al prender la luz y mirarme al espejo me saludé.
Pensé que era otra persona, pero era yo, ese era mi reflejo.
¿Quién es este?
se parece a mi, pero claramente no soy yo, a mi nunca me había crecido un pelo de barba, sin embargo ahora tenía pelo en el pecho y una barba desarreglada.
Los doctores entraron preocupados, agotados de haber estado corriendo, al verme de pie sin problema, en el baño, se miraron entre ellos, asombrados.
— ¿Mathew Por un segundo no reconocí mi nombre.
Ya recuerdo lo que dije.
GRITÉ.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Dael_Dead Mathew confirma lo dicho en el epilogo de Paracelso y hace su aparición.
¿Qué tendra que ver en la trama y a donde nos llevara este nuevo “el” que es ahora?
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com