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EtherSoul: Misterios de Akuaris - Capítulo 22

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Capítulo 22: “HEIRLOOM”

Miércoles 12 de julio de 2084. 7:30 pm. Novaroma, Provincia de Artis – Paloma. Residencia Dannvar.

Un salón amplio, donde cabe todo el perímetro de una casa promedio. Un salón ornamentado, de varios pilares, estatuas y decoraciones, una mezcla bastarda entre arquitectura romana y victoriana, el mejunje de ideas de nobleza más básico del mundo. Iluminación perfecta de colores amarillentos, mezclados entre montones de velas aromáticas y varios focos encendidos de forma innecesaria, como hay ether ¿Quién piensa en las facturas de la electricidad?

Decoraciones florales y vegetales para llenar los vacíos donde ya no tiene sentido colocar luces, muebles que solamente usan en secreto los empleados cuando les toca quedarse a limpiar la residencia y regar las plantas durante los viajes de Cristina Dannvar. Un escenario lleno de clase pero carente de buen gusto. La música suena en equipos de sonido decorados y recubiertos para mezclarse en la ‘escena’. Música “clásica” que solo cumple un rol performativo.

En medio de la sala, una mesa redonda y de tamaño medio, y en tres puntos del círculo que forma, separados por distancias iguales, tres sillas ocupadas por: Daniela Grecco, Gabriela Rojas Grecco, y Cristina Dannvar.

De pie, al lado de la puerta por la que fueron escoltadas las invitadas, Geovanny De Grecco, cuya armadura brillaba por el reflejo de las muchas luces de aquella ‘pequeña’ sección de la residencia Dannvar.

— ¿Qué tal las cosas en la universidad, Gabriela? — preguntó Cristina, que mientras atendía a las personas que ella misma invitó, trabajaba escribiendo en una libreta de finanzas, solo volteando a verlas por instantes cuando tenía que tomar un sorbo de café.

Gabriela bebió de una lata de energizante que traía a la mano.

— Todo bien, este último periodo han entrado bastantes Miles de la caballería a la carrera de Etherlogía. Todos buscando mejorar para llegar a ser Legionarius.

— Hmm. — Cristina asintió levemente.

— ¡Qué bonito que nuestra caballería se esté esforzando tan!— Daniela había empezado a hablar con emoción.

— Oí que estuviste entrenando a Martin Marlowe. — Comentó Cristina, interrumpiendo a Daniela. Le sostuvo la mirada a Gabriela.

— El hace poco trabajó en algo con nuestro primo Aracelio y el chico Haakon… — Bajó su mirada nuevamente.

— Me puedo imaginar por qué quiso educarse un poco.

Gabriela tomó un sorbo más profundo de su energizante. Miró de reojo a Geovanny, frunciendo el ceño.

— Es un hombre con ambición. Seguro quiere aumentar su probabilidad de trabajar con Aracelio. — dijo, mientras ocultaba su rostro tras la lata de bebida.

— ¿Por qué la curiosidad?

Cristina paró de escribir y se empezó a revisar las uñas.

— Es un hombre interesante. ¿De dónde se conocen?

Gabriela dejó su energizante sobre la mesa y sonrió con nerviosismo.

— No puede ser, Cris, ¿Será que finalmente quieres conseguir marido?

Cristina se encogió de hombros.

— No le recomendaría un hombre así ni a mi peor enemiga, menos a tí. Pero he de decir que ambos tienen cosas en común… — Gabriela volvió a beber.

— De una forma sádica, he de decir.

Cristina fulminó con su mirada a Gabriela. Luego dirigió sus ojos rápidamente a Daniela. Tomó un sorbo de café y sonrió.

— Gabi, cuántas veces tengo que pedirte que dejes de buscarme marido. Mi hermano también me jode con lo mismo. — Se la veía más relajada ahora. Hizo un ademán con su mano, extendiendo sus dedos momentáneamente en dirección a Daniela.

Daniela asintió levemente, sin perder su rostro pasivamente sonriente.

Geovanny se retiró de la habitación.

Viernes 14 de julio de 2084. 9:31 am. Akuaris. Ciudad de Nueva Caracas, Provincia de Nueva Caracas. Casa de Martin Marlowe.

Martin estaba desayunando, solo, con un plato de revoltillo de huevos (con mucha pimienta) sobre el mesón, junto a una taza de café a medias. Apoyado contra la puerta del patio trasero, estaba un bastón, distinto al que él usaba siempre, parecía más un palo de madera arrancado de un árbol, su punta superior era robusta, gruesa, despuntada y poco práctica, y la parte inferior terminaba en una punta algo afilada. De cierto modo, daba la imagen de ser un verdadero bastón de mago. Medía aproximadamente 1,8 metros.

Martín observó este artefacto de reojo, mientras tomaba un bocado de comida. Dirigió su mirada nuevamente hacia el comedor de su casa. La luz estaba apagada, solo le iluminaba el resplandor de la mañana a través de la ventana en su cocina, ubicada en la pared que da al “patio trasero”.

Disculpa por poner esto en riesgo, Johan. Pensó, mientras se acababa su café, había estado un rato para comerse lo que se preparó. Disoció con bastante fuerza. Pero en este momento lo necesito. Martín tomó el bastón y empezó a caminar hacia la salida de su hogar.

Martín pasó en el Jeep por el edificio del centro de la ciudad donde estaba su oficina. En la planta baja del mismo había un local de comida, ahí estaba sentado en una de las sillas de afuera Ramón, que había pasado la noche en la oficina, con un pequeño recipiente con salchipapa.

— ¡Oye, nos vamos ya! — Le gritó Martín a su pupilo desde el carro, mientras sacaba el brazo haciéndole una seña. Ramón comió una papa más y cerró el recipiente, lo guardó en una funda y se dirigió hacia el carro.

Al entrar al vehículo, el joven se quedó perplejo con el objeto que había en el asiento trasero, un bastón de madera que parecía un palo arrancado de un árbol.

— ¿Qué es eso?

— Lo que vine a buscar acá a Nueva Caracas. — Martín arrancó el vehículo.

— ¿Un palo? — preguntó, dejando de mirar el bastón y centrándose en el camino adelante.

— Es una reliquia familiar, creo que si te lo comenté de camino acá. — contestó Martín.

— Parece una rama arrancada de un árbol.

— Pues si quieres creer que es eso, adelante.

Ramón suspiró pesadamente.

— Entonces ¿Qué es?

Martín negó con la cabeza.

— No me creerías si te lo dijera.

— ¿A este punto? Honestamente te digo, sobreestimas demasiado mi incredulidad.

Martín suspiró pesadamente.

— Es un bastón “mágico” de varios años antes de cristo que viene del otro lado del mundo y tiene la habilidad de potenciar la magia destructiva desde uno de sus extremos y la magia curativa desde el otro.

Ramón mantuvo silencio durante diez segundos.

— Mira si no me querías decir bastaba con ser directo.

— ¿Ves? no me crees.

— ¿Estabas hablando en serio?

— Sí. — contestó Martín en seco.

— ¿Por qué no lo has estado usando? — dijo Ramón, con una sonora confusión en su voz.

— Por que se me da horrible, el lado que potencia desestabiliza mi magia, y el lado que cura apenas me sirve, yo no sé tanto de medicina, apenas se configurar habilidades de curación… — Martín se pasó la mano por la cara brevemente, intentando calmarse.

— Pero no me queda de otra, las cosas están muy peligrosas ahora último…

— Déjame usarlo a mí. Seguro el lado destructivo te desarma porque tu forma de hacer magia es muy ordenada. — contestó Ramón.

— Aunque quisiera no podría. El bastón está ligado a la sangre Marlowe. Nadie que no sea de mi familia puede usarlo.

Ramón se mantuvo en silencio un minuto entero, mirando a Martín, estupefacto.

— ¿Qué? ¡Deja de mirarme! — Exclamó Martín.

— No te estoy mintiendo, sé que suena extraño, pero este no es el único artefacto así que hay en el mundo. En Aurum hay otro, que es un Arpa… Pero es un secreto de estado…

— Está bien, está bien. Nunca te había visto tan nervioso.

— Es temporal. Sacar esta cosa de la casa me puede costar muchísimo, pero honestamente tal vez me cueste más no darlo todo. — Martín respiró hondo e intentó aligerar su tensión.

Lunes 17 de julio de 2084. 4:52 pm. Akuaris. Terra Nova, Nueva Caracas. Frontera con la provincia de Lagos.

El atardecer se empieza a hacer lentamente presente. Una escena del crimen decora el suelo de un barrio en la periferia de Terra Nova, frente a un local familiar de hamburguesas. Un hombre de unos 23 años. Piel morena, cabello negro largo, encoletado. Vestido con zapatos deportivos negros, un jean azul oscuro, una bividí y un abrigo gris. Causa probable de muerte: dos cortes en ambos lados del cuello y una herida perforante en el plexo solar. Cerca de él, dos fundas con tarrinas pequeñas, todas con comida que posiblemente llevaba a su casa.

Martín cerró su libreta y dirigió su mirada a Ramón, y luego a dos caballeros de la sagrada arboleda que habían llegado casi al mismo tiempo que él a la escena.

— ¿Usted qué cree? — preguntó uno de los oficiales de la sagrada arboleda, un poco nervioso, con una de sus manos en su mentón.

— Parece la labor de un sicario. Esto es claramente un crimen en represalia. ¿Tú qué dices, Ramón? — contestó Martín.

— No parece ser una ejecución de mafia común. Usualmente los dejan más desfigurados porque están desesperados de asegurarse de matarlo. A este lo mató un profesional de verdad. — Ramón se acercó un poco más al cadáver, para poder ver más de cerca las heridas en el cuello.

— Le recomiendo que se retire.

Una mano cubierta por un guante negro de cuero presionó el pecho de Ramón y lo empujó de forma gentil, pero con una presión agresiva, hacia atrás, alejándolo del cadáver. Ramón por instinto llevó su mano a la pistola pero Martín le detuvo tomándole del hombro.

— Hola, Carlos, cuánto tiempo. — dijo Martín, al ver al hombre que había llegado.

— Estábamos de pasada y decidimos apoyar con este problema.

Carlos era un hombre de cabello negro liso y largo (atado en cola de caballo). Delgado, alto (1.92), piel pálida, ojos ligeramente rasgados. Vestía todo de negro con estilo militar, placas de acero recubiertas de cuero en el pecho. Una capa negra con el símbolo de la Sagrada Arboleda le llegaba hasta las rodillas.

— Muy bien, Marlowe. Agradecemos — dijo, sarcásticamente — su trabajo, pero lamento decir que no se permiten aficionados, las autoridades de Nueva Caracas nos encargaremos de este caso.

Martín le sostuvo la mirada a Carlos, y esbozó una ligera sonrisa.

— Vice-General Primado De la Cruz, lo siento, es que este caso nos — resaltó, mirando de reojo un instante a su pupilo — ha llamado enormemente la atención.

Carlos dejó de mirar a Martín y caminó hacia el cadáver, agachándose para verlo por su propia cuenta.

— Tu entusiasmo es irrelevante, retírate, sabes que no me pesa la mano para hacer que te vayas a la fuerza.

— Vamos, ‘Vice’, no me subestime. — Martín cortó la distancia con Carlos y se agachó levemente apoyándose de su bastón, dejando su cabeza solo ligeramente por encima de la del oficial.

— Usted sabe que yo soy un buen investigador y que sé muchas cosas. — Su tono de voz guardaba ciertas sutilezas.

Carlos, aún agachado, dio un pequeño paso, acercándose más a Martín. Colocó su mano sobre el hombro del pelirrojo y lo obligó a agacharse aún más, causándole un gran dolor en su área en recuperación y casi haciéndole perder control del bastón.

— Hazlo. — Empezó a susurrar al oído de Martín. — Rata. Atrévete ¿Te crees que puedes extorsionar a alguien? ¿Si soy todo lo que piensas, entonces no crees que soy capaz de rodar la cabeza de un par de sapos? — dejó de susurrar y volvió a fijarse en el cadáver, esta vez solo hablando en voz baja.

— Martín. Se bien que eres un áurico de un apellido importante, pero también debes cuidar tu reputación ¿Por qué una familia pelearía por una rata?

Martín se alejó forzosamente de Carlos, apenas pudiendo sacar su mano de encima de su hombro. Luego, con esfuerzo y con ayuda de su bastón, empezó a levantarse.

— Tranquilo, señor De la Cruz, no es necesario ponerse personal… — Martín soltó una risa confianzuda.

— No creo que a doña Carmen le guste tener que lidiar con otro caso de brutalidad policial. Teniendo en cuenta la situación en Gato.

Carlos apretó los dientes y dejó caer su cabeza intentando aguantar la rabia.

— Rata.

— ¡Ey! ¡Ey! Calma.

Se acercó un hombre de metro ochenta, cabello negro ondulado, piel ligeramente morena, encamisado, vestido con una gabardina impermeable color gris, botas de cuero negras, y lo mas destacable, una alabarda atada a la espalda con ayuda de un arnés (que hacia un hueco en la gabardina). Aquel sujeto particular volteó a ver a Martín, juzgándolo con sus iris rojos y sus pupilas rectas verticales. Era un vampiro.

— Pero miren quien está aquí, el número uno en pedir favores por mensaje y dejar de contestar cuando consigue lo que quiere. Tan maleducado que ni siquiera saluda.

— James… — dijo pesadamente Martín, que ya había terminado de levantarse.

— ¡Ves, ni siquiera un hola! — Exclamó James, mientras volteaba a ver a Carlos, que se había levantado.

— Carlos, compañero. — El vampiro sacó un papel de una bolsa que llevaba atada al costado de su arnés. Lo colocó frente al rostro del caballero.

— Estoy contratado para trabajar en esta investigación, ya lo aprobó la General Primado Franco.

Carlos se quedó quieto un instante, estupefacto, leyendo el documento que James le presentó, suspiró pesadamente, pero luego se calmó, volvió a ver a Martín.

— No es ni tan malo trabajar contigo, Ferguson, tienes olfato para estas cosas. Ya escuchaste, Marlowe, ya hay investigador, larg— suspiró con fuerza — Retírate.

— Mis notas son mías. — Martín empezó a caminar en dirección a su Jeep, indicando a Ramón que le siga.

— Deberías dejar de tomarlas en voz alta Marlowe, los caballeros que estaban contigo ya me prepararon un informe. — Contestó Carlos, mientras revisaba algo en su celular.

Ya en el carro, tanto Martín como Ramón se empezaron a dirigir al lugar donde se estaban quedando.

— ¿Qué será que tiene la sagrada arboleda contigo que prefieren trabajar con un vampiro antes que contigo? — preguntó Ramón, mientras mantenía la cabeza apoyada a la ventana.

— Nueva Caracas tiene mucha corrupción, especialmente acá me tienen odio por ser un investigador. — contestó Martín, manteniendo su mirada en el camino.

— Aja… — Ramón se encogió de hombros.

Martín exhalo con fuerza.

— Quizá también tenga que ver con que mi ética de trabajo es considerada cuestionable y se han metido en algunos problemas legales. — admitió.

— Pero a ese hijo de puta de Carlos nunca le he caído bien. No entiendo con qué cara me dice rata sabiendo toda la mierda que tiene encima la General Primado de Nueva Caracas.

— Está bastante dividida la Sagrada Arboleda. Por un lado hay gente como Ryan y por el otro si he visto mucha corrupción. — dijo Ramón, recordando sus encuentros con los caballeros.

— Aunque definitivamente son más “gente” que lo que he visto de la Caballería Novaromana.

— Ah no, esos si son payasos. — contestó al instante Martín.

— Acá pues, es complicado, es un país enorme, y con las bendiciones de Einhart muchos de los caballeros se han vuelto sobrehumanos. Es difícil controlar algo así, pero creo que hay cierta fe en lo que les da poder, que los mantiene unidos pese a todo.

— En otras cosas, parece que no podremos hacer mucho por acá en Terra Nova. ¿Cuál es el siguiente plan? — preguntó Ramón, volteando a ver finalmente a Martín.

— Vamos a adentrarnos en Lagos nuevamente, voy a contratar al investigador que me recomendó Gianluca. Ahora viene tu valor en todo esto también.

— ¿Eh? ¿A qué te refieres con mi valor? ¿No te he salvado ya unas cuantas veces? — contestó Ramón, ligeramente indignado.

— Me refiero a tu conocimiento de Lagos. Yo sé muchísimo, pero nunca pude hablar con Daemon ni con Fausto, ¿Para quien trabajaban ustedes?

— Según Daemon, para nuestra propia riqueza. En realidad me enteré por Fausto que éramos manejados, como el resto, por la mafia. Nosotros trabajábamos en Sendero, por lo que nunca contactamos mucho con las bandas de la ciudad de Lagos. — Ramón se quedó en silencio unos segundos, reflexionando.

— Viéndolo de forma sincera, nunca hubo un potencial real ahí, nosotros solo éramos una molestia en la frontera con la jurisdicción de Valencia para que tuvieran algo con que distraerse, y seguramente ahora hay otra distracción más. Eso era algo en lo que ese viejo siempre tuvo razón.

— ¿Quien? — preguntó Martín.

— Mi abuelo, Marcos. El fue un pandillero de Lagos ciudad, no era demasiado conocido, pero era duro. Durante la emancipación se unió al frente de Akuaris, y luego cuando se formó la sagrada arboleda solo pidió el favor de poder salir de Lagos, yo tenía como 3 años de nacido. Imagino que quería que mi padre me criara en un mejor lugar.

— ¿Y que era en lo que siempre tuvo Razón?

— Qué la mafia de verdad nunca es grandilocuente, el poder siempre está oculto y es más malicioso que la malicia misma… Nunca lo vi así, no sé, supongo que cuando murió solo me quedé con las historias de robos…

— Tenía razón tu abuelo. Creo que lo has visto, con todo ese tema de los Homunculos. Le faltó tal vez agregar que no importa si miras…

— Si miras arriba o abajo, en ambos lados están los enemigos. Mi abuelo no era idiota, el sabia que no se estaba uniendo a “los buenos” en la emancipación, solamente se unió a lo que le convenia más… — Ramón se puso la mano en la frente y se acarició la nariz con el dedo anular.

— Estoy tratando de recordar una de las historias…

Martín se quedó viéndolo de reojo en silencio. Con razón sus padres estaban tan decepcionados, con todo lo que su abuelo había hecho para sacarlos de esa vida.

Ramón miró directamente a Martín.

— Recordé. Se donde podemos empezar esta investigación. Ahí mi abuelo conoció a un tipo que está directamente relacionado con una de las bandas más peligrosas de Lagos. Siempre se negó a decirme el nombre, pero quizá sean “Los Reyes”.

— Muy bien. — Martín sonrió. — Entonces, ¿Dónde es?

Miércoles 19 de julio de 2084. 9:37 pm. Akuaris. Ciudad de Lagos, Provincia de Lagos. Bar “la flecha”

Un bar casi totalmente a oscuras, con luces violetas, y un segundo piso lleno de habitaciones. Cada tantos metros, mujeres hermosas en poca ropa bailando a hombres de aspecto horripilante. No era un bar, era un prostíbulo. La música era únicamente dembow del más marginal, producido en una cabina de una casa donde la cama ya ocuparía un cuarto del perímetro, pero de alguna manera, ni Martín ni Ramón podían dejar de agitar ligeramente la cabeza.

El dúo estaba sentado en una mesa en la esquina del bar, solo el pelirrojo tenía una botella de cerveza encima. Ramón tenía una mirada seria, estaba viendo hacia todos lados.

Martín se levantó.

— Voy al baño.

— Pregunta dond— Ramón se quedó en silencio al ver que Martín caminaba con demasiada confianza.

— ¿Cómo sabes dónde está?

— Je. — Rió nervioso el pelirrojo.

— ¡Martín, cuánto tiempo! — Una mujer de pelo corto y negro con mechones rojo oscuro, vestida con un vestido rojo ceñido a la piel, ligeramente transparente, se acercó a Martín y le tocó el hombro. Sus uñas largas acariciaron con delicadeza el cuello del hombre.

— Je.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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