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EtherSoul: Misterios de Akuaris - Capítulo 4

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4: POST MORTEM 4: POST MORTEM — Mathew?

— Perdón, andaba disociando.

— Contestó, mientras se arreglaba el pelo viéndose en el espejo retrovisor.

Mathew era un joven de pelo castaño y ondulado, con ligeras trazas de tinte rojo.

Su contextura era delgada y tonificada.

Vestía una camisa remangada, un pantalón de tela y un bolso de cuero.

Martin, Ramón y Mathew se encontraban en el jeep.

Habían tomado el camino diurno y principal hacia Cañar, específicamente a un lugar donde Mathew ya había estado: Cabriles.

— Algo que aun no me queda claro, sí lo que pasó fue en medio del bosque ¿Por qué vamos al asentamiento?

— preguntó Martín, nuevamente.

— ¿No has recibido información?

Hay denuncias de rasguños grandes en los árboles de los alrededores.

Martin alzó la mirada con un semblante confundido.

— Oh.

— Sacó su libreta y le echó un ojo rápido a una de las hojas de la parte posterior.

— Tienes razón…

qué vergüenza, he estado distraído con un caso grande.

Ramón se encontraba mirando la carretera desde el asiento de atrás, apoyado contra la ventana.

— ¿Y tu crees que esos rasguños son del licántropo?

— preguntó fríamente.

— No podría asegurarlo, pero me cansé de investigar el tema de lejos.

— Contestó Mathew, con la voz algo atrapada.

— Aunque no lo sea, los reportes también incluyen ataques.

Alguien tiene que hacer algo.

Ramón arqueo una ceja y se encogió de hombros.

— Algo haremos.

La carretera acabó y el grupo llegó a Cabriles.

Martín estacionó el jeep en un parqueadero supervisado cerca de la entrada al pueblo.

El lugar tenía un ambiente encendido, se escuchaba música de los distintos locales de comida.

Mathew caminaba más lento de lo usual, observando el ambiente con extrañeza.

— ¿Algún tipo de nostalgia macabra, Orfei?

— preguntó Martín.

— ¿Qué le pasó a este lugar?

— Había cierta frustración en la voz del joven.

— Se que ha sido un año…

pero…

Martin frunció el ceño.

— ¿No oíste del proyecto de regeneración urbana?

Desp— — Si oí.

Por eso no me impresionó que la carretera ya no fuese un matadero.

Pero no pensé que harían tantos cambios al pueblo.

— El estado de este lugar cuando viniste hace un año era bastante triste.

No entiendo lo negativo.

— Contestó al joven, algo confundido por el tono frustrado de Mathew.

— No todo cambio en apariencia positivo es siempre para bien.

Ramón se frotó los ojos, se acercó a Mathew y le dio un par de palmadas en el hombro.

— ¿Este debate avanzará tu investigación?

— El joven tomó la delantera.

— Hagamos valioso tu dinero.

Martín cerró los ojos momentáneamente y se encogió de hombros.

— Deberías darle su valor al debate, fortalece la lógica.

— Comentó mientras aceleraba su paso.

— Pero tienes razón.

Mathew alzó las cejas, asintió y avanzó junto al dúo.

— ¿De verdad te importa?

— Susurró Martín a su aprendiz, en tono burlón.

— No realmente.

— Contestó secamente, mientras se sobaba el rostro y la frente, con su ceño casi fruncido.

Caminando por la calle que bordeaba los límites de la localidad, el grupo ya había identificado, profundo en el bosque, unos cuantos árboles con rasguños enormes.

Finalmente, llegaron a una entrada oficial al bosque, con una oficina de guardabosques colocada cerca.

Casualmente, un grupo de turistas liderado por un hombre uniformado se encontraban conversando cerca de la oficina.

— Si, la verdad es que es una bestia muy poderosa, pero tranquilidad, señores, no tendría ninguna posibilidad de sobrevivir si siquiera pusiese un pie en Cabriles.

— Comentaba el uniformado, con un tono de voz seguro y alegre.

— Yo no estaría tan seguro de eso.

— Interrumpió Mathew, acercándose a la conversación.

— Oh…

No parece ser de por aquí.

¿Está interesado en embarcar un viaje para descubrir los misterios del malvado hombre lobo de Cabriles?

— Aquel hombre ignoró totalmente el comentario de Mathew.

Antes que Mathew tuviese la idea de contestar, Martin lo tomó del hombro y movió ligeramente hacia atrás.

— Buenas tardes, soy Martin Marlowe, investigador privado.

Estoy reabriendo el caso del año pasado sobre el licántropo.

— Dijo mientras levantaba su saco y mostraba un sobre sellado.

El hombre vio a los turistas y les sonrió condescendientemente.

— Disculpen pero les tendré que pedir que se retiren, esto es un tema importante sobre la seguridad de Cabriles y una ayuda a la posible derrota de este temible hombre lobo…

— Al escuchar esto, los turistas se despidieron un poco a regañadientes y se fueron sin hacer mucho más problema.

— Acompáñenme.

— Dijo con una entonación totalmente distinta, más neutra y desanimada, mientras se dirigía a la oficina.

— Antes de cualquier tipo de incentivo, quiero que me digas que sabes.

— dijo Martin, mientras se sentaba en una de las sillas de la oficina.

Aquel hombre se sentó en la de su escritorio, y le miró.

— Intentar mentirle es inutil.

— Contestó el guardabosques.

— Siendo directos, el hombre lobo no existe, o al menos no como lo promocionamos.

Se conoce el caso del ataque de hace un año cerca de la localidad, pero no ha vuelto a aparecer.

Mathew dio un paso al frente.

— ¿Alguna explicación a los rasguños en los árboles?

El hombre se quedó en silencio y apartó la mirada con vergüenza.

— Los tallamos nosotros.

Mathew frunció el ceño y empezó a caminar inspeccionando la oficina con la mirada.

— Estás soltando muy fácilmente la información.

De esto depende tu negocio, no le veo sentido.

— La reputación de Martin le precede.

— Contestó el interrogado.

— Y también sé que no le conviene ganar confianza popular sapeando, por la confianza que podría perder de sus verdaderos clientes potenciales.

— Bostezó.

— Estás faroleando.

— añadió Ramón desde el otro lado de la habitación.

Martin le dirigió una mirada y levantó las cejas.

Ramón suspiró.

— Al menos así suena.

El hombre desvió su mirada momentáneamente y se llevó el pulgar a la boca, empezando a masticar un poco su uña.

— Puedes preguntarle a cualquier autoridad de este lugar si no me crees.

Todos los que estamos un poco implicados en los servicios de Cabriles lo sabemos.

— ¿Oficiales de la sagrada arboleda?

— preguntó Mathew mirando de reojo al interrogado.

— Ellos son los que más lo saben.

— Contestó el hombre, poniendo sus ojos en blanco.

— ¿Cuánto tiempo más piensan…?

— Mathew se tapó el rostro con una mano y luego soltó un soplido fuerte.

— Da igual.

— Se retiró de la oficina silenciosamente.

— Miren, yo entiendo que hubo víctimas en el tema.

— Añadió el guardabosques mirando a Martin y a Ramón.

— Pero es una oportunidad de economía turística toda esta historia.

Arruinando nuestro negocio no se va a recuperar ninguna vida.

Ramón soltó una risa forzada y salió también del lugar.

Martín lo miró y luego volteó a ver al investigado, fijándose en la etiqueta en su uniforme.

— Mira Agustin, yo entiendo, pero ese chico que estaba ahí es una de las víctimas del año pasado.

No te lo tomes personal.

— Sacó cincuenta lises del sobre y los puso sobre la mesa.

— Por las molestias.

— Martin asintió y se retiró de la oficina.

Afuera, Mathew se encontraba irritado teniendo una conversación con Ramón.

— O sea que ellos murieron y están estos imbéciles lucrando.

— Dijo Mathew, mientras zapateaba con su pierna derecha.

Ramón agachó la cabeza volteando a ver a Martin salir de la oficina, rebotó ligeramente la misma y luego volvió a ver a Mathew, suspirando.

— Es una mierda.

Honestamente si fuera por mí yo lo contaría.

— En mi caso, por mí, yo voy a extender la verdad.

— Replicó Mathew inclinándose hacia Ramón y poniéndose el puño en el pecho.

Martin se acercó rápidamente.

— No saltemos a conclusiones, primero comprobemos preguntando a quienes dice.

— Su tono era sereno, pero su puño escondido atrás de su espalda temblaba de lo fuerte que lo apretaba.

Ramón sonrió levemente y Mathew se limitó a respirar para calmarse.

— Tienes razón…

— Empezó a caminar en dirección a Martin.

— Pero no se te ocurra intentar detener mi intención de decir la verdad al terminar con la investigación.

— Le dijo, al pasar al lado de él, para luego rebasarlo.

— Continuemos.

El grupo pasó por las periferias de Cabriles, preguntando a cuánto oficial encontraban, a veces hablando también con civiles, la respuesta siempre era la misma: de parte de las autoridades, en secreto decían que tal hombre lobo no existía, de parte de los civiles, no lo habían visto, pero creían en su existencia por los rasguños en los árboles.

Algunas personas sí que decían haber avistado movimiento extraño en los bosques, pero llegados a este punto podría tratarse del desarrollo de una histeria colectiva.

— Creo que no es ético permitir que la gente se ande creyendo supersticiones…

— Dijo Mathew.

El grupo se encontraba en un establecimiento de comida rápida llamado Don Sazón parte de una cadena nacional.

El local se encontraba cerca de la periferia, ya era de noche.

Ramón miró a Martín.

— No quiero que pienses mal…

— Seré directo Mathew, creo que tenemos que continuar la investigación.

— Interrumpió Martin, mirando fijamente a Mathew.

Mathew dejó salir una mueca de disgusto.

— Ustedes lo que no quieren es perder clientela.

— Observó a Martín.

— Pero lamentablemente, justo este caso está por encima de cualquier favor que te deba.

— Se levantó de la mesa.

— A parte esto tamb— Martin se levantó también.

— No tengo esas intenciones.

— Replicó con firmeza.

Ramón miró a ambos y agitó las palmas hacia abajo, indicándoles que se calmen y se sienten.

Ambos lo miraron, suspiraron y asintieron, sentándose nuevamente.

— Lo que quiero decir…

— Continuó Martin, bajando la voz.

— Es que de verdad algo aquí no me está cuadrando.

Tenías razón cuando llegamos, el pueblo es demasiado distinto.

— Este local es prueba de ello, pero…

— Mathew apoyó su codo en la mesa y dejó descansar su frente sobre su palma.

— No es algo que podamos asumir.

— Y por eso lo vamos a investigar.

— Interrumpió Ramón.

— Así sea nos encontremos al hijueputa lobo en ese bosque.

Mathew esbozó una sonrisa.

— Lo dices tan a la ligera.

— Esa cosa acabó con un estudiante de Actual York, un directivo de Actual York y una soldado con bendición de Einhart.

— añadió Martín.

— No sobreestimes mi fuerza, Ramón.

— No.

— Mathew volvió a su semblante serio.

— Si me encuentro a esa cosa la mataré, podría ser lo mejor que me pase.

Martín con incredulidad volteó a ver rápidamente a Mathew.

— Solo ha sido un año, Orfei.

— Inclinó su torso hacia él.

— No quiero subestimar tu fuerza.

Seguro todo lo que pasó te ha llevado a mejorar tu uso del Ether.

— Suspiró y relajó su cuerpo, recostándose contra el espaldar de la silla.

— Pero esa cosa debió ser estupidamen— Martín se detuvo al ver que Mathew temblaba ligeramente.

Mathew comenzó a hablar entre dientes — Créeme que se por que digo lo que digo.

— Tenía ambos codos apoyados contra la mesa y apoyaba su cabeza en sus manos, tapando su rostro.

— Se que te llamaron para allá, pero eso no es garantía.

— El tono de Martin era más serio de lo usual.

Mathew arrastró sus manos sobre su cara hacia abajo, revelando sus ojos para luego soltar un —Ja— y soltar sus manos, agachando su cabeza.

— No proyectes tus miedos sobre mí.

— Dijo, mientras alzaba la mirada.

Algo raro había con él, claramente Mathew estaba sentado ahí, y su apariencia física era la misma, pero detrás de sus ojos había algo más.

La piel del chico estaba erizada.

Ramón miraba la situación desde otro punto de vista, para el Mathew estaba portándose un poco ridículo.

La tensión no le llegaría hasta que, al tocar con su mano la parte metálica de la silla donde estaba sentado, sintió una descarga de corriente.

— Yo considero que si tu crees que puedes, le demos un intento.

— Dijo, mientras tomaba aire discretamente y acercaba su mano a su Desert Eagle, que estaba escondida en un bolsillo de chaqueta, rodeada con papel aluminio.

Mathew alzó la cara y vio directamente a Martin y a Ramón, su piel se relajó y sus ojos se entrecerraron, su cabeza se soltó un segundo dando una cabeceada, pero rápidamente se volvió a poner firme.

— Disculpen, tengo algo de sueño.

— Se pasó las manos por la cara.

— Creo que podemos hacerle algo de frente a esa cosa, estoy seguro.

De todas formas puede también no existir.

Martin y Ramón suspiraron aliviados, aunque Martin fue evidente, en cambio Ramón lo disimuló soltando un tosido.

— Nos iremos al primer signo de peligro, el Jeep debería ser suficientemente rápido mientras no tengamos un contacto directo.

— Dijo Martín, mientras se levantaba de la mesa y llamaba a un encargado del local agitando la mano.

— La cuenta.

Mathew se levantó y entregó sesenta y siete lises a Martín, luego empezó a dirigirse a la puerta.

— Nos vemos mañana.

— El chico salió del local, algo cabizbajo.

— El ambiente estaba eléctrico.

— dijo Martín a Ramón mientras pagaba la cuenta.

— También te diste cuenta entonces.

— Contestó el chico mientras se estiraba.

— Y no era todo.

— Martin firmó el recibo y empezó a dirigirse a la puerta del local.

— Durante ese momento, no parecía él.

Ramón inclinó la cabeza mientras seguía a Martín afuera del local.

— Yo pensé que era más una forma de amenazarnos / demostrarnos que es “fuerte”.

— Mathew no da esa impresión.

— Pues bueno, nunca terminas de conocer a la gente.

— Ya afuera del local, Ramon sacó una cajeta de cigarrillos y se prendió uno.

— Cuando llevas tantos años como yo tratando a gente, puedes notar esas máscaras que se ponen, saber cuando alguien es un inocente o es un idiota que pone buena cara.

— Dijo mientras sacaba de su saco una caja negra con bordes dorados, que al abrirla contenía tres puros.

Tomó uno, lo encendió y empezó a fumarlo.

— No es lo que dijo, es como lo dijo, su mirada, su uso del Ether.

Lo que sea que asomó ahí…

— Martín dejó de hablar por unos segundos, exhaló pesadamente.

— Simplemente quédate con que no es de extrañar.

Digamos que ha pasado por cosas fuertes.

El estrés postraumático a veces juega malas pasadas.

— Supongo que me queda de tarea lo que de verdad estás pensando.

— Ramón le pegó otra calada al cigarrillo y empezó a caminar en dirección al bosque.

— Pero esto…

— Sí, pero al menos ya estás aprendiendo algunas mañas.

— Acompañó a Ramón en su camino al bosque.

Ambos se adentraron no demasiado, si miraban hacia atrás todavía podían percibir la iluminación artificial del pueblo, que daba un ligero pero insuficiente brillo al bosque.

Martin le pasó a Ramón una linterna.

Al momento que Ramón la prende y empieza a apuntar con ella, se topan con un árbol rasguñado, Martín saca su cámara y toma una foto de cerca.

— ¡Ja!

— Ramón pasó sus manos a través de los rasguños en los árboles.

— Talladas mis bolas.

Martin no contestó, se quedó en silencio y se acercó, estuvo unos buenos tres minutos callado, analizando con detenimiento la “herida” del árbol.

— Y…

— Ramón bostezó.

— Efectivamente, talladas mis bolas.

— Dijo Martín, finalmente.

— Pero es algo muy distinto a lo que crees.

— ¿Qué es?

— Ramón se acercó a Martín e intentó ver desde su punto de vista, agachándose ligeramente.

— ¿No te recuerda a algo de lo de hace unos días?

— Preguntó Martin, mientras empezaba a caminar regresó a Cabriles con algo de prisa.

Ramón se quedó pensando, apagó la linterna y alcanzó a Martín.

El dúo llegó finalmente al hotel, habían estado en silencio todo el camino, contemplando la vida nocturna del lugar, como si no les preocupara nada lo que ocurre en el bosque, parecía la prueba perfecta de que todo esto era una mentira turística.

Ambos se dirigieron a su habitación.

Al Martin llegar a la suya, colgó su saco, bostezó y se sentó en la cama.

Contempló sus zapatos con pereza al menos unos dos minutos y luego se los sacó sin más, tirandolos por ahí.

Había sido un día cansado.

Alguien empezó a tocar su puerta con fuerza, Martín tomó su cubo de Rubik del saco y se acercó corriendo, abrió la puerta.

Ramón estaba ahí sin camiseta y con un pantalón largo de pijama de color beige.

— ¡Ya entendí!

— Se apoyó contra la pared del pasillo.

Miró a Martín con los ojos bien abiertos.

— Mierda…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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