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FALLEN GODS (DIOSES CAIDOS) - Capítulo 10

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  3. Capítulo 10 - 10 CAPITULO 3 PARTE 4 Sombra sobre Joktldar
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10: CAPITULO #3 PARTE 4: Sombra sobre Joktldar 10: CAPITULO #3 PARTE 4: Sombra sobre Joktldar Loki se acercó a la sacerdotisa con paso firme, aunque por dentro todavía sentía el ligero nerviosismo de estar bajo su severa mirada.

La mujer, de cabello canoso y ojos penetrantes, sostenía su largo bastón adornado con runas antiguas.

Loki respiró hondo antes de hablar.

—Estoy listo —dijo, intentando proyectar confianza mientras la observaba expectante.

Sin previo aviso, la sacerdotisa levantó su bastón y, con un movimiento rápido, le dio un golpe directo en la cabeza.

El sonido seco del impacto resonó en la sala, y Loki retrocedió un paso, llevándose las manos a la cabeza, claramente sorprendido.

—¡Ah!

¿Pero qué…?

—se quejó Loki, con un gesto de dolor en el rostro—.

¿Y eso por qué fue?

La sacerdotisa lo miró con frialdad, inclinando ligeramente la cabeza.

—Para que no se te haga costumbre hacer esperar a la gente, príncipe —respondió con su tono habitual, tan afilado como una espada bien afilada.

Loki, aún masajeando su cabeza con una mueca exagerada, miró de reojo a la sacerdotisa, intentando contener su queja, pero finalmente soltó un resoplido, entre el dolor y la resignación.

—Ya entendí, ya entendí…

—murmuró, como si intentara calmarla antes de que decidiera golpearlo otra vez.

Con su mano todavía en la cabeza, Loki hizo una pequeña reverencia forzada, y su expresión se tornó casi cómica, sus ojos entrecerrados de dolor y su postura encorvada, haciendo evidente que, aunque dolido, intentaba no hacer más enfadar a la sacerdotisa.

La sacerdotisa soltó un pequeño bufido, claramente no impresionada por su intento de ser gracioso, pero continuó con su tarea.

Loki, sin embargo, seguía murmurando por lo bajo, asegurándose de no volver a llegar tarde en el futuro, mientras intentaba mantener la dignidad que acababa de perder en cuestión de segundos.

Loki, todavía frotándose la cabeza con una expresión de leve molestia, respiró hondo y se paró frente a la sacerdotisa con la mayor dignidad que pudo reunir en ese momento.

Sabía que el ensayo de los juramentos era crucial para su futuro como rey, y a pesar del dolor, no podía permitirse cometer errores.

La sacerdotisa levantó su bastón, ahora en una postura más solemne, y habló con voz grave.

—Loki, hijo de Laufey, príncipe de Jotunheim, pronto serás coronado como nuestro rey.

Es tu deber jurar lealtad y compromiso con este reino, con su gente y con sus antiguos pactos.

Recitarás los juramentos ancestrales que tus antepasados han pronunciado, y con ellos, sellarás tu destino como gobernante.

¿Estás listo para hacer estos juramentos?

Loki, asintiendo con seriedad, adoptó una postura firme, preparado para recitar las palabras que lo unirían eternamente a Jotunheim.

—Estoy listo —dijo, con una voz clara y decidida.

La sacerdotisa comenzó, y Loki repitió las palabras tras ella, cada frase cargada de solemnidad y significado: —Juro, por las montañas heladas que nos protegen, que defenderé a Jotunheim contra todo enemigo, ya sea visto o no visto, conocido o desconocido.

—Juro —repitió Loki—, por las montañas heladas que nos protegen, que defenderé a Jotunheim contra todo enemigo, ya sea visto o no visto, conocido o desconocido.

—Juro, por los vientos que azotan nuestras tierras, que seré justo en mi gobierno, que mis decisiones serán sabias y mis juicios imparciales.

—Juro, por los vientos que azotan nuestras tierras, que seré justo en mi gobierno, que mis decisiones serán sabias y mis juicios imparciales.

La sacerdotisa lo miró de reojo, viendo que Loki mantenía su tono serio y solemne.

—Juro, por el hielo que cubre nuestras tierras, que no buscaré la guerra, pero estaré preparado para ella.

Protegeré a mi pueblo con cada gota de mi fuerza, con la astucia de mis pensamientos y la valentía de mi corazón.

Loki, repitiendo una vez más, sintió cómo estas palabras resonaban dentro de él: —Juro, por el hielo que cubre nuestras tierras, que no buscaré la guerra, pero estaré preparado para ella.

Protegeré a mi pueblo con cada gota de mi fuerza, con la astucia de mis pensamientos y la valentía de mi corazón.

La sacerdotisa continuó, su voz firme y ceremoniosa.

—Juro, por el espíritu de nuestros ancestros, que no me dejaré tentar por el poder, que mis acciones serán en favor de Jotunheim y no por mi gloria personal.

Loki repitió, bajando ligeramente la voz, casi reflexivo: —Juro, por el espíritu de nuestros ancestros, que no me dejaré tentar por el poder, que mis acciones serán en favor de Jotunheim y no por mi gloria personal.

La sacerdotisa bajó su bastón, mirando a Loki a los ojos.

—Con estos juramentos, sellas tu destino como rey de Jotunheim.

Recuerda siempre tus promesas y los ojos de aquellos que confían en ti.

Loki, con un profundo respeto, inclinó la cabeza.

—Así lo haré —dijo, con total sinceridad.

La sacerdotisa, satisfecha con su desempeño, asintió levemente, marcando el fin del ensayo.

—Estás listo —dijo ella—.

Pero recuerda, Loki, los juramentos no son solo palabras.

Son las cadenas invisibles que te unen a tu pueblo y tu destino.

Asegúrate de no romperlas.

Loki asintió una vez más, consciente de la importancia de cada palabra que había pronunciado.

Loki se acercó a su madre con una expresión tranquila, aunque aún algo inquieto por el ensayo.

Sabía lo importante que era para ella, no solo como reina madre, sino como alguien que había visto a su esposo gobernar con sabiduría y fuerza.

—¿Qué tal lo hice, madre?

—preguntó, tratando de ocultar cualquier duda en su voz.

Laufey lo miró con una sonrisa que mezclaba orgullo y alivio.

Había observado el ensayo desde la distancia, y aunque su hijo tenía un estilo diferente al de su padre, estaba segura de que tenía lo necesario para llevar la corona de Jotunheim.

—Lo hiciste bastante bien —respondió ella, con una calidez en su voz que no solía mostrar con frecuencia—.

Estoy convencida de que serás un buen rey, Loki.

No solo por lo que has dicho hoy, sino por lo que he visto en ti desde que eras un niño.

Tienes la inteligencia, la astucia y, aunque lo niegues, un corazón fuerte.

Loki, sorprendido por la sinceridad de su madre, bajó la mirada un momento, procesando sus palabras.

No estaba acostumbrado a recibir tantos elogios de ella, especialmente en un momento tan crucial.

—Gracias, madre.

Eso significa mucho para mí —dijo con una leve sonrisa, aunque en el fondo sabía que el verdadero desafío aún estaba por venir.

Laufey le puso una mano en el hombro, transmitiéndole apoyo y confianza.

—Tu padre estaría orgulloso —añadió—.

Y yo lo estoy también.

Pero recuerda, Loki, ser rey no significa solo gobernar.

Significa proteger, guiar y, a veces, tomar decisiones difíciles que no todos entenderán.

Pero confío en que estarás a la altura.

Loki asintió, sintiendo una mezcla de nerviosismo y determinación.

—Haré todo lo posible para no defraudarlos —murmuró, más para sí mismo que para ella.

Laufey lo miró con firmeza, pero con el afecto de una madre que, a pesar de su severidad, siempre había querido lo mejor para su hijo.

—No tengo ninguna duda de eso, Loki.

Loki, con una leve sonrisa de satisfacción tras el comentario de su madre sobre su desempeño, miró hacia la multitud que aún se dispersaba lentamente.

Sus ojos recorrieron los rostros hasta que se detuvieron en uno en particular: Angrboda.

Ella estaba allí, de pie entre los espectadores, con esa serenidad característica que siempre le llamaba la atención.

Al notar que Loki la había visto, le dedicó una suave sonrisa y levantó la mano para saludarlo, el gesto sutil pero cargado de significado.

Loki, sin poder evitarlo, sintió un leve calor en sus mejillas.

Se volvió rápidamente hacia su madre y, con un intento de parecer natural, dijo: —Madre, ¿me disculpas un momento?

Laufey, quien ya había notado la situación, arqueó una ceja y le dio una mirada divertida.

Con un tono que mezclaba complicidad y picardía, le respondió: —Adelante, hijo.

Después de todo, un rey también necesita una reina.

Loki abrió los ojos con sorpresa y un rubor evidente en sus mejillas.

Con un gesto nervioso, soltó un exasperado: —¡Mamá!

Laufey soltó una suave carcajada, disfrutando del momento.

Loki, intentando recuperar la compostura, se despidió rápidamente y caminó hacia donde estaba Angrboda, aunque con el paso algo más acelerado de lo que hubiera querido.

Angrboda era una joven de una belleza intrigante, con una piel tan blanca como la nieve de las montañas de Jotunheim, que contrastaba con su largo cabello oscuro, negro como la noche sin estrellas.

Sus ojos, de un color profundo y misterioso, siempre parecían observar más allá de lo que otros veían, lo que la hacía aún más fascinante para Loki.

Había una elegancia natural en la forma en que se movía, como si cada paso fuera medido y seguro, pero también una fortaleza que Loki siempre había admirado.

Cuando Loki se acercó a ella, ambos intercambiaron una mirada cálida antes de saludarse.

—Angrboda —dijo Loki con una sonrisa sincera—.

Hace tiempo que no te veía.

Ella le devolvió la sonrisa, un gesto que iluminó su rostro y parecía derretir la distancia que el tiempo había creado entre ellos.

—He estado ocupada —respondió con su voz suave pero firme—.

Atendiendo a los heridos de la batalla en Midgard.

Me ha mantenido bastante ocupada estos últimos meses.

Loki asintió, apreciando la dedicación en sus palabras.

Le agradaba esa parte de ella, el compromiso que tenía con su deber, pero sobre todo la pureza con la que se entregaba a ayudar a los demás.

—Me alegra verte de nuevo —dijo Loki, y en su voz se notaba la genuina emoción que sentía al tenerla de nuevo cerca.

Angrboda sonrió nuevamente, un gesto leve, pero que parecía decir mucho más de lo que las palabras podían expresar.

Loki y Angrboda comenzaron a caminar juntos, alejándose un poco del bullicio.

Había una tranquilidad en el ambiente que les permitía hablar sin interrupciones.

Aunque al principio sus palabras eran casuales, poco a poco la conversación fue tomando un tono más íntimo, como si el tiempo que habían pasado separados los hubiera llenado de cosas que querían compartir el uno con el otro.

—Así que, ¿cómo fue atender a los heridos de la batalla de Midgard?

—preguntó Loki, buscando con curiosidad en los ojos de Angrboda.

—Difícil, como siempre —respondió ella, bajando un poco la mirada, recordando lo que había vivido—.

Cada vez que ayudaba, sentia la misma mezcla de emociones.

Hay tanta vida en ellos, pero también tanto sufrimiento.

A veces me pregunto si algún día esas guerras acabarán.

Loki asintió, comprendiendo la carga que eso debía representar para ella.

—Debe ser agotador.

No solo físicamente, sino emocionalmente.

Ver tanto dolor…

Angrboda lo miró de reojo, con una leve sonrisa en los labios.

—Lo es.

Pero siempre hay momentos que me recuerdan por qué lo hago.

Cuando alguien sana, cuando alguien puede regresar a su hogar…

Eso me llena de una paz que pocas cosas me dan.

Loki sonrió, admirando la fortaleza y el corazón de Angrboda.

Había algo en ella que lo hacía sentir más conectado con el mundo, como si ella pudiera ver una luz donde otros solo verían sombras.

—Te envidio en ese sentido —dijo Loki con suavidad—.

A veces, siento que todo lo que hago es luchar.

Prepararme para una guerra que ni siquiera estoy seguro de cuándo llegará.

Tú, en cambio, traes alivio y esperanza.

Angrboda lo miró con atención, notando la vulnerabilidad en sus palabras.

—Loki, no te subestimes.

Tú también traes esperanza, de una forma distinta.

El hecho de que estés dispuesto a proteger a tu pueblo, de que tomes el peso de ser un rey…

No es algo fácil.

No cualquiera lo haría.

—Pero no lo hago solo por ellos —admitió Loki, mirando al suelo por un momento—.

A veces me pregunto si solo estoy buscando la aprobación de mi padre, si realmente estoy haciendo esto por el pueblo o por mí mismo.

Angrboda se detuvo y lo miró con intensidad, su rostro reflejaba empatía y comprensión.

—Todos buscamos aprobación de alguien en algún momento.

Pero lo que importa es lo que haces con eso.

Tú tienes la oportunidad de hacer algo grande, algo que impactará a todos en Jotunheim, y más allá.

Incluso si alguna parte de ti busca la validación de tu padre, eso no cambia el hecho de que eres alguien en quien todos confiarán.

Y confían por una razón.

Loki levantó la mirada, sintiendo el peso de sus palabras.

—Siempre has tenido esa capacidad de ver las cosas con tanta claridad, Angrboda.

A veces me pregunto cómo logras mantenerte tan centrada.

Ella sonrió, divertida.

—No es tan fácil como parece.

También tengo mis momentos de duda.

Pero he aprendido que no puedo dejar que me consuman.

Hay demasiadas cosas importantes por las que luchar, y demasiada gente que depende de mí.

Loki la observó en silencio por un momento, como si la viera bajo una nueva luz.

Había algo en su forma de ser que lo hacía querer ser mejor, no solo para él, sino para los demás.

—Sabes…

—comenzó Loki, tomando una respiración profunda—.

Me haces sentir que, tal vez, puedo ser ese rey que todos esperan.

No sé cómo explicarlo, pero cuando hablo contigo, las cosas parecen más…

posibles.

Angrboda lo miró con una expresión suave, sus ojos reflejaban un afecto sincero.

—Eso es porque siempre has tenido el potencial, Loki.

Solo necesitas creer en ti tanto como los demás lo hacen.

Loki sintió que esas palabras resonaban en lo más profundo de su ser.

Había algo genuino en la forma en que Angrboda lo veía, no como el hijo del rey o el futuro gobernante, sino como él mismo.

—Gracias —dijo Loki finalmente, su voz más suave—.

A veces, creo que eres la única persona que realmente me entiende.

Angrboda se acercó un poco más, su sonrisa era cálida, pero sus ojos guardaban una chispa de complicidad.

—Tal vez sea porque compartimos algo más que palabras, Loki.

Tal vez sea porque, en el fondo, nos parecemos más de lo que crees.

Loki la miró sorprendido por la intensidad de sus palabras, pero al mismo tiempo sintió una conexión más profunda.

Había algo en ese momento que parecía unirlos de una manera que no necesitaba ser explicada.

—Tal vez tengas razón —dijo Loki, sonriendo ligeramente—.

Y espero que sigas estando aquí, cuando más lo necesite.

Angrboda le devolvió la sonrisa, con un toque de picardía.

—Siempre lo estaré, Loki.

Siempre.

Ambos continuaron caminando, pero el aire entre ellos había cambiado.

Lo que había comenzado como una conversación casual, ahora se sentía como un paso más hacia algo más profundo.

Un vínculo que, aunque no se dijera en palabras, estaba creciendo entre ellos.

El crepitar del fuego apenas lograba calentar la pequeña cabaña donde Odín, debilitado, descansaba sobre un lecho de pieles gruesas.

Su cuerpo, antes imponente, ahora estaba visiblemente desgastado.

Las batallas recientes, los conflictos constantes y el peso de la responsabilidad habían erosionado su fuerza.

Cerró los ojos brevemente, tratando de recuperar un poco de energía mientras escuchaba las ráfagas del viento exterior.

De pronto, la puerta se abrió de golpe, dejando entrar una ráfaga de aire frío.

Thor y Balder entraron con prisa, sus rostros marcados por una preocupación evidente.

Odín los vio acercarse, pero algo en la expresión de ambos le indicó que faltaba alguien.

—¿Dónde está Tyr?

—preguntó Odín, enderezándose con dificultad, su voz débil pero cargada de autoridad.

Thor apretó los puños y miró brevemente a Balder, buscando apoyo antes de hablar.

Sus hombros estaban tensos, y la dureza de su mirada contrastaba con el tono de culpa en su voz.

—Padre…

Tyr tuvo otro ataque —respondió Thor con pesar—.

Se volvió salvaje.

Estaba bien, pero de repente…

nos atacó.

No pudimos detenerlo, y luego se marchó.

No sabemos adónde fue.

Odín suspiró profundamente, el cansancio en sus huesos intensificándose con la noticia.

La situación de Tyr no era nueva, pero parecía estar empeorando con el tiempo.

Sabía que su hijo era uno de los guerreros más fieros, pero esa furia descontrolada lo estaba llevando a un punto crítico.

—¿Y ustedes?

—preguntó Odín, su voz reflejando una preocupación genuina—.

¿Salieron heridos?

Balder, que había estado en silencio, dio un paso al frente y respondió con calma.

—Estamos bien, padre.

Pero creo que Tyr necesita tiempo.

Dejarlo solo podría ser lo mejor por ahora.

Forzarlo a regresar solo podría agravar las cosas.

Odín, aún débil, intentó sentarse mejor, pero su cuerpo no le respondía como quería.

La presión de los recientes enfrentamientos le pesaba, pero sabía que no podían ignorar lo que estaba sucediendo con Tyr.

—No, Balder —respondió Odín con un tono firme pero agotado—.

No podemos dejarlo solo.

Lo que lleva dentro lo consume.

Podría perderse en esa oscuridad si no lo detenemos a tiempo.

Thor, que había permanecido en silencio, frunció el ceño.

Sabía que su padre tenía razón, pero la idea de enfrentarse nuevamente a su hermano, ahora transformado en una bestia incontrolable, lo inquietaba.

—¿Y si no quiere ser encontrado?

—preguntó Balder, aún dudoso—.

Tal vez lo mejor sea darle espacio.

Odín lo miró con intensidad, comprendiendo su preocupación, pero sabiendo que el riesgo era demasiado alto para dejarlo en soledad.

Tyr necesitaba ayuda, incluso si no lo aceptaba.

—Escúchenme —dijo Odín, tomando aire con esfuerzo—, no podemos permitir que esta ira lo destruya.

Thor, Balder…

encuentren a su hermano y tráiganlo de vuelta.

Thor intercambió una mirada con Balder, y ambos sabían que no había otra opción.

Sin más palabras, asintieron.

—Lo encontraremos, padre —dijo Thor con determinación—.

Te lo prometemos.

Balder, aún preocupado, también asintió en silencio.

Ambos se volvieron hacia la puerta y salieron, dejando a Odín recostado nuevamente.

Cerró los ojos, sintiendo el peso de la situación que estaba fuera de su control.

Sabía que sus hijos eran fuertes, pero el conflicto que se avecinaba iba más allá de cualquier simple batalla.

Tyr caminaba sin rumbo fijo por las calles de Joktldar, su mente nublada por la reciente crisis de furia.

El ambiente en el pueblo era tranquilo, con casas de madera y caminos de piedra que reflejaban la calma habitual del lugar.

Sin embargo, Tyr no notaba nada de esto; sus pensamientos estaban atrapados en el caos interno que lo había llevado a comportarse de manera salvaje.

Finalmente, sus pasos lo llevaron a una taberna modesta en el borde del pueblo.

La luz tenue y el murmullo de la conversación que emanaba del interior le ofrecieron una distracción bien recibida.

Tyr empujó la puerta, y el aroma a madera vieja y alcohol se le vino encima como una cálida bienvenida.

Dentro, el bullicio de los aldeanos y viajeros contrastaba con el estado sombrío de Tyr.

No buscaba interacción; solo deseaba perderse en la multitud y en el efecto embriagador del alcohol.

Se dirigió directamente a una mesa, donde el tabernero, un hombre corpulento y de apariencia bonachona, lo observó con curiosidad.

—¿Qué te sirvo?

—preguntó el tabernero, tratando de no parecer demasiado intrusivo.

—Lo más fuerte que tengas —respondió Tyr con voz rasposa y vacilante.

El tabernero asintió, sin hacer preguntas.

Sirvió una bebida oscura y espesa en una jarra de madera, y se la pasó a Tyr, quien tomó un largo trago.

La sensación ardiente del alcohol descendió por su garganta, brindándole un breve respiro del torbellino en su mente.

Tyr se sentó en un banco cercano a la barra y comenzó a beber en silencio.

Observaba la taberna con una expresión distante, el ruido y las conversaciones a su alrededor se desvanecían mientras su mente seguía atormentada por el reciente ataque de furia.

La bebida le ofreció un consuelo temporal, aunque sabía que no podía escapar de sus propios demonios internos para siempre.

En la taberna, algunos aldeanos lo reconocieron y murmuraron en voz baja.

Tyr, el gran guerrero, estaba en el corazón de Joktldar, pero en ese momento, él buscaba desesperadamente alejarse de la atención.

Solo quería sumergirse en el olvido que la bebida podía ofrecerle, aunque solo fuera por unas pocas horas.

Sabía que no podría evitar enfrentarse a lo que lo atormentaba indefinidamente.

Eventualmente, tendría que volver a enfrentar la furia dentro de él, pero por ahora, se aferraba a la tranquilidad momentánea que le proporcionaba su jarra de alcohol.

Loki y Angrboda llegaron al bar, riendo juntos.

La atmósfera era cálida, llena de voces y el sonido de copas chocando.

Loki empujó suavemente la puerta de madera, abriéndola mientras seguía conversando con Angrboda, quien se reía de uno de sus comentarios sarcásticos.

—No puedo creer que hayas hecho esperar a la sacerdotisa —bromeó Angrboda, mirándolo con sus ojos brillantes—.

¡Eso te pasa por jugar con fuego!

—Literalmente —respondió Loki con una sonrisa astuta, pero su atención se desvió cuando notó una figura familiar en una mesa.

Era Tyr, sentado solo, con una jarra de hidromiel entre sus manos.

Loki detuvo su andar por un segundo, sorprendido de ver a su compañero allí.

No lo veía desde hace rato, y se dio cuenta rápidamente de que algo andaba mal.

—Espera un momento, lo conozco —murmuró Loki a Angrboda, inclinando la cabeza hacia Tyr—.

Vamos a saludarlo.

Angrboda asintió mientras Loki se acercaba al guerrero solitario.

Tyr estaba inclinado hacia adelante, concentrado en la espuma de su bebida, apenas levantando la vista cuando sintió la presencia de Loki.

—¡Tyr!

—exclamó Loki, con su tono animado habitual—.

¡Qué sorpresa encontrarte aquí!

Pensé que habrías preferido algo más…

tranquilo.

Tyr levantó la vista lentamente, dándose cuenta de la presencia de Loki y su acompañante.

Su rostro permaneció serio, pero inclinó la cabeza en reconocimiento.

—Loki…

—respondió con su voz grave, sin mucho ánimo—.

Sólo necesitaba despejarme.

—Bueno, pues este es un buen lugar para eso —respondió Loki, tomando asiento junto a él—.

Por cierto, déjame presentarte a Angrboda.

Angrboda se acercó con una sonrisa amable, inclinando la cabeza en señal de respeto.

—Es un honor, señor Tyr —dijo ella, siempre educada y consciente de la naturaleza seria de Tyr—.

He oído mucho sobre usted.

Tyr, siendo reservado como siempre, simplemente asintió, mostrando un mínimo gesto de cortesía.

—Igualmente —murmuró Tyr, levantando su jarra brevemente como saludo, pero sin añadir mucho más.

Angrboda, percibiendo el ambiente algo tenso, les sonrió a ambos.

—Si me disculpan, voy al baño un momento —anunció antes de alejarse.

Loki la siguió con la mirada mientras se dirigía al fondo del bar, y luego volvió su atención a Tyr.

Había algo inquietante en su viejo compañero, algo que lo hacía ver más distante de lo habitual.

—Pareces…

más sombrío de lo habitual —comentó Loki, bajando el tono de su voz—.

¿Qué sucede?

Tyr no respondió de inmediato, en lugar de eso tomó un sorbo de su hidromiel, sus ojos fijos en algún punto distante.

—Es complicado, Loki —respondió finalmente, su tono pesado—.

Cosas que preferiría no discutir ahora.

Loki, aunque curioso, decidió no presionar.

Sabía que Tyr solo hablaba de lo que le pesaba cuando realmente estaba listo.

Pero la sensación de que algo estaba profundamente mal no se le iba de la mente.

—Bueno, no voy a insistir —dijo Loki, alzando las manos en señal de rendición—.

Pero si necesitas hablar, ya sabes dónde encontrarme.

Mientras tanto, al menos intenta disfrutar la bebida.

Tyr asintió, sin mucho entusiasmo, mientras Loki lo observaba de reojo, preguntándose qué podría estar carcomiendo al guerrero.

En lo alto de una colina, envuelta en la oscuridad de la noche, una figura solitaria se alzaba, observando con frialdad el tranquilo pueblo de Joktldar.

La sombra era apenas perceptible entre las tinieblas, pero sus ojos…

sus ojos eran dos llamas ardientes que rompían la negrura, llameando con una intensidad que transmitía pura maldad.

La figura misteriosa exhaló un susurro cargado de ominoso significado, con una voz tan profunda y aterradora que resonó como un eco en la vasta noche.

—Y así empieza todo…

Girando lentamente sobre sus talones, alzó su mano, envuelta en llamas negras.

Las llamas retorcidas destellaron por un instante, iluminando brevemente su rostro.

Era un rostro joven, sorprendentemente joven, pero con un aura antigua y divina, como si alguna vez hubiera sido más que humano, quizás celestial, pero ahora distorsionado por la oscuridad.

Los rasgos divinos aún persistían, pero estaban profundamente corrompidos por algo más oscuro y vil.

Con un gesto decidido, el ser abrió un portal en el aire frente a él.

El portal se expandió, desgarrando la realidad misma, y al otro lado, todo parecía estar en llamas.

Un paisaje infernal de destrucción y caos se extendía más allá, como un reino de fuego, desolación y muerte.

Desde ese abismo, emergieron criaturas monstruosas, envueltas en llamas, con cuerpos retorcidos y deformados, sus bocas goteando con llamas líquidas, sus rugidos resonando como el tronar de mil tormentas.

La figura, sin inmutarse, miró a las bestias con frialdad antes de dar su única orden: —Hagan correr la sangre.

Las criaturas rugieron al unísono, el sonido estremecedor rompió la calma del lugar como un rugido de tormenta.

Con una rapidez y ferocidad inimaginable, descendieron por la colina, corriendo a toda velocidad en dirección al pueblo.

El suelo vibraba bajo sus pasos, y las llamas que rodeaban sus cuerpos iluminaban la noche mientras avanzaban hacia su objetivo: Joktldar.

El destino del tranquilo pueblo pende ahora de un hilo, mientras las fuerzas oscuras de un poder desconocido se lanzaban a su destrucción.

Desde la colina, la figura permanecía impasible, observando el caos que estaba a punto de desatarse.

Una sombra entre las sombras, controlando los hilos del destino, comenzando lo que sería solo el primer paso en una tormenta de violencia y destrucción.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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