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FALLEN GODS (DIOSES CAIDOS) - Capítulo 11

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Capítulo 11: CAPITULO #3 PARTE 5: Cuando el Infierno Cruzo el Bosque

Loki y Tyr sentados en la mesa en la esquina de la cantina, lejos del bullicio principal. Aunque el ambiente a su alrededor estaba animado, con guerreros bebiendo y cantando, una cierta tensión llenaba el aire entre ellos. Loki trataba de mantener una conversación ligera, buscando aliviar el ambiente sombrío que parecía rodear a Tyr.

—Sabes, nunca he entendido por qué te gustan estos lugares tan… ruidosos —comentó Loki, haciendo un gesto hacia la sala llena de voces y risas—. Yo prefiero el silencio de mis propios pensamientos… aunque, claro, a veces puede ser un caos.

Tyr, que estaba observando el vaivén de las luces de las velas en la mesa, levantó la mirada hacia Loki con una expresión que mezclaba curiosidad y desdén.

—Entonces, ¿por qué estás aquí? —preguntó Tyr, su voz cargada de una mezcla de escepticismo y sorpresa.

Loki se quedó pensativo por un momento, como si la pregunta le hubiera sorprendido. Miró alrededor, tomando en cuenta el bullicio de la cantina y el contraste con su habitual preferencia por la soledad.

—Buena pregunta —dijo finalmente Loki, con una sonrisa que no logró ocultar del todo la incomodidad—. A veces, es necesario salir de la rutina. El caos externo puede ayudar a distraer del caos interno, ¿sabes? Además, nunca se sabe qué o a quién se puede encontrar en estos lugares.

Tyr dejó su vaso sobre la mesa, mirándolo con una mezcla de escepticismo y reflexión. Parecía que la respuesta de Loki, aunque ligera, había resonado en él de alguna manera. Loki notó el cambio en la actitud de Tyr y decidió continuar en ese tono más reflexivo.

—No te estoy pidiendo que confíes en mí de inmediato —añadió Loki con una sonrisa leve—. Pero una buena charla nunca ha matado a nadie… bueno, al menos no que yo recuerde.

Tyr asintió lentamente, y aunque su expresión seguía siendo seria, parecía estar un poco más relajado. Loki observó el cambio, sintiendo que estaba logrando acercarse un poco más a su reservado compañero.

—No estoy aquí por las risas ni la compañía, Loki —dijo Tyr con voz grave—. Solo necesito un momento de paz. Aunque últimamente parece que ni eso puedo tener.

Loki asintió, respetando el espacio de Tyr, pero se sintió aliviado de que al menos hubiera hablado. Sabía que con Tyr todo era lento, pero cualquier palabra era una victoria.

—Bueno, eso es algo que todos necesitamos de vez en cuando —respondió Loki con calma—. Un respiro de todo el caos…

Loki y Tyr estaban sentados en una mesa de la cantina, rodeados por el bullicio del lugar. Loki, decidido a iniciar una conversación amena, comenzó de manera casual.

—Entonces, Tyr, ¿cómo te va en tu estadía por aquí? —preguntó Loki, dando un sorbo a su bebida.

Tyr levantó la vista de su vaso y respondió con un tono neutral.

—Es diferente a lo que estoy acostumbrado. No estoy mucho en sitios como este.

Loki sonrió, notando el tono reservado de Tyr.

—Sí, este lugar tiene su propio estilo. Aunque no es nada lujoso, a veces puede ser acogedor. ¿No crees?

Tyr asintió, aunque su expresión seguía siendo seria.

—Puede ser. No es lo que esperaría de un lugar como este, pero es… tolerable.

Loki intentó aligerar el ambiente con un comentario más casual.

—¿Te gusta la comida? A veces, lo mejor que puedes hacer es probar algo nuevo, incluso si es solo para ver qué tal.

Tyr miró su plato y luego a Loki.

—La comida está bien. No suelo quejarme de la comida mientras sea comestible.

Loki rió suavemente.

—No te culpo. A veces, es solo cuestión de sobrellevarlo. ¿Tienes algún plato favorito? Quizá podrías darme algunas recomendaciones.

Tyr se encogió de hombros.

—No tengo muchos favoritos. Generalmente, como lo que está disponible.

—¡Eso suena muy práctico! —dijo Loki, animado—. A veces, lo más sencillo es lo mejor. Aunque, si alguna vez tienes curiosidad, podría intentar cocinar algo para ti. No soy un gran chef, pero disfruto la cocina.

Tyr levantó una ceja, mostrando un leve interés.

—¿Cocinas? Eso es… inesperado. ¿Qué sueles preparar?

—De todo un poco. —Loki se inclinó hacia adelante—. Desde guisos hasta algunos postres. No siempre sale perfecto, pero me divierte.

Tyr asintió lentamente.

—Eso suena… interesante. Aunque, no soy muy diestro en la cocina. Prefiero mantenerme en lo básico.

Loki se acomodó en su silla, aún intentando mantener la conversación ligera.

—¡No te preocupes! No todo el mundo tiene que ser un experto en cocina. A veces, solo disfrutar de una comida bien hecha es suficiente.

Tyr asintió de nuevo, esta vez con una ligera sonrisa.

—Sí, supongo que sí. Al menos la comida aquí es aceptable.

Loki sonrió, contento de ver un pequeño cambio en la actitud de Tyr.

—Así que, ¿has tenido la oportunidad de explorar el pueblo? No es grande, pero tiene su encanto.

Tyr observó alrededor antes de responder.

—He recorrido algunas áreas. No es tan diferente a otros lugares, pero tiene su propia atmósfera.

Loki inclinó su vaso en señal de brindis.

—¡A eso! A encontrar el encanto en los lugares inesperados.

Tyr levantó su vaso con una pequeña sonrisa.

—Salud.

Loki continuó charlando sobre temas ligeros, como el clima y algunos eventos menores en el pueblo, mientras Tyr respondía de manera reservada pero con una apertura sutil. La conversación seguía siendo amable, con Tyr manteniéndose en su carácter reservado pero mostrando lentamente una mayor comodidad.

La conversación entre Loki y Tyr continuó en un tono más relajado. Loki había empezado a hablar sobre algunas de las peculiaridades del pueblo y el clima cambiante, mientras Tyr escuchaba y respondía con breves comentarios.

De repente, Tyr se inclinó un poco hacia adelante, mostrando un interés genuino.

—Oye, Loki, el otro día te vi entrenando. Fue impresionante ver cómo te las arreglabas con esas técnicas. A pesar de que no eres el más poderoso, lograste rivalizar con el poder aterrador de Nictofer.

Loki levantó una ceja, sorprendido.

—¿Tú estuviste allí? No noté tu presencia.

Tyr asintió, su expresión manteniéndose en su tono reservado.

—Sí, estuve observando desde una distancia. Vi lo que eres capaz de hacer y me impresionó. ¿Qué te motiva a esforzarte tanto, especialmente sabiendo lo que te enfrentas?

Loki se quedó en silencio por un momento, sopesando la pregunta. Luego, comenzó a hablar, su voz cargada de reflexión.

—Bueno, no es solo una cuestión de habilidad. Para mí, se trata de proteger a quienes me importan y enfrentar los desafíos que se presentan. Mi entrenamiento no es solo para mí; es para asegurarme de que puedo defender a los que me rodean y mantener a salvo a aquellos a quienes aprecio.

Tyr lo miró con una mezcla de curiosidad y respeto.

—Entiendo. Entonces, no se trata solo de poder, sino de proteger a los tuyos. Eso tiene sentido. Pero aún así, entrenar con tanta intensidad… ¿no es agotador?

Loki asintió, sus ojos reflejando la seriedad de su respuesta.

—Sí, es agotador. A veces me pregunto si estoy haciendo lo correcto. Pero luego pienso en las personas que dependen de mí y en los desafíos que enfrentamos. Es una forma de prepararme para lo peor, para estar listo cuando el momento llegue.

Tyr tomó un sorbo de su bebida, evaluando la respuesta de Loki.

—Es un enfoque admirable. No todos tienen la determinación de hacer lo que haces. Muchos simplemente se conformarían con lo que tienen y no se arriesgarían a enfrentarse a lo desconocido.

Loki sonrió ligeramente, reconociendo la observación.

—Es cierto. Pero, a veces, el esfuerzo vale la pena. Cuando ves el impacto positivo que puedes tener, eso te da una razón para seguir adelante.

Tyr lo miró con un leve brillo de comprensión en sus ojos.

—Eso es algo en lo que puedes estar orgulloso. No todos tienen el coraje de seguir adelante, incluso cuando las probabilidades están en contra.

Loki se inclinó hacia adelante, su interés en la conversación claramente despierto.

—Y tú, Tyr, ¿qué te mueve a ti? Sabemos que eres un gran guerrero y que has pasado por mucho. ¿Qué es lo que te impulsa a seguir adelante, a pesar de tus propios desafíos?

Tyr se quedó en silencio por un momento, su mirada fija en el vaso frente a él. Finalmente, habló con una voz más suave de lo habitual.

—Para mí, es una cuestión de honor y responsabilidad. He visto la devastación y el caos que pueden surgir de la falta de preparación. Mi deber es proteger lo que puedo y enfrentar a los que amenazan con destruirlo. No siempre es fácil, pero es lo que siento que debo hacer.

Loki asintió, mostrando comprensión.

—Entonces, también te esfuerzas para proteger a los demás. Eso es algo que respeto. Es un camino difícil, pero parece que ambos entendemos el peso de nuestras responsabilidades.

Tyr asintió lentamente, con una ligera sonrisa en sus labios.

—Sí, parece que sí. A veces, es útil hablar con alguien que entiende esa perspectiva. Aunque, debo admitir, que me sorprende lo mucho que has revelado.

Loki se encogió de hombros, con una sonrisa amistosa.

—No hay problema. Es bueno tener una conversación sincera de vez en cuando. A veces, ayuda a ver las cosas desde una nueva perspectiva.

La conversación continuó de manera más relajada, con ambos personajes compartiendo detalles personales menores y fortaleciendo su vínculo. Aunque Tyr seguía siendo reservado, había una nueva capa de camaradería que se estaba desarrollando entre él y Loki.

Cuando Angerboda regresó del baño, se unió a la mesa y se rió con Loki de las bromas que estaba contando. Loki miró a Tyr con una chispa en sus ojos, una idea traviesa comenzando a gestarse.

—¿Sabes qué sería divertido? —preguntó Loki con una sonrisa amplia—. ¿Qué te parece una competencia de fuerza? Solo para pasar el rato.

Tyr levantó una ceja, sorprendido por la propuesta repentina. —¿Una competencia de fuerza? ¿De qué estás hablando?

—Una competencia de vencidas —explicó Loki, animado—. Solo para ver quién de nosotros tiene más fuerza. ¿Te animas?

Tyr miró a Loki con una mezcla de incredulidad y diversión. —¿Crees que realmente podrías competir contra mí? No sería justo. Si lo hiciera, acabaría rompiéndote el brazo.

Angerboda, al escuchar la conversación, frunció el ceño y le dio un ligero codazo a Loki. —No empieces, Loki. No quiero ver a nadie herido.

Loki rió y se levantó de la mesa, sacudiendo las manos con energía. —Vamos, no te preocupes. Solo será por diversión.

Tyr, al ver la determinación en los ojos de Loki y sintiendo la atmósfera juguetona de la cantina, decidió aceptar el reto. —Está bien, está bien. Acepto. Pero no digas que no te advertí.

Con la decisión tomada, Loki y Tyr se dirigieron al centro de la cantina, donde colocaron una mesa resistente para la competencia. Los demás clientes, intrigados por el evento, comenzaron a reunirse alrededor, creando un círculo expectante.

Angerboda, observando con una mezcla de preocupación y diversión, se situó cerca de la mesa para animar a ambos participantes.

Ambos hombres se posicionaron en la mesa, con los codos apoyados y las manos entrelazadas en el centro. Angerboda se encargó de ser la árbitra, y al dar la señal, la competencia comenzó.

Loki y Tyr comenzaron a empujar con fuerza, sus músculos tensos y sus rostros concentrados. La competencia fue intensa, con Loki esforzándose al máximo y Tyr mostrando una sorprendente reserva de fuerza. La mesa se movía ligeramente con el esfuerzo, y el bar se llenó de murmullos y vítores mientras los espectadores observaban con interés.

Loki estaba visiblemente esforzado, con el rostro enrojecido y el sudor brillando en su frente. Tyr, a pesar de mantener una expresión seria, mostraba un pequeño atisbo de sonrisa en sus labios, disfrutando del desafío y de la compañía.

Después de varios minutos de intensa lucha, Tyr, con un último esfuerzo, logró dominar la mano de Loki. La cantina estalló en vítores y aplausos mientras Tyr mantenía su brazo en una posición victoriosa.

—¡No estuvo mal para alguien que no es un dios! —dijo Tyr, extendiendo una mano para estrechar la de Loki, quien se levantó, sonriendo con cansancio.

—No fue tan mal después de todo —respondió Loki, tomando la mano de Tyr en un apretón firme—. La próxima vez, te prometo que ganaré.

Angerboda se acercó y les dio una palmadita en la espalda a ambos. —Buen trabajo a los dos. ¿No fue una excelente manera de romper el hielo?

Tyr asintió con una sonrisa contenida y se sentó de nuevo, mientras Loki se unía a él en la mesa. Ambos hombres estaban claramente más relajados y amistosos después de la competencia. La noche continuó con una atmósfera de camaradería y risas, fortaleciendo el vínculo entre Loki y Tyr, mientras Angerboda observaba satisfecha y feliz de ver a sus amigos disfrutar y conectar más profundamente.

El viento helado cortaba la oscuridad de la noche en las afueras de Joktldar, cuando un centinela, en lo alto de la muralla, entrecerró los ojos al ver una luz extraña moviéndose a través del bosque. Su inquietud creció rápidamente cuando notó que la luz no era una sola, sino múltiples formas que emergían entre los árboles, moviéndose rápido, casi sobrenaturalmente.

—¡Atentos! —gritó con voz ronca, alertando a los demás.

Los centinelas en la muralla respondieron de inmediato, tensando sus arcos y dirigiendo sus miradas hacia el bosque. Lo que vieron los dejó sin aliento: figuras envueltas en llamas, corriendo con una velocidad aterradora. Eran criaturas distorsionadas, sus cuerpos oscilando entre el fuego y la sombra, haciéndolas parecer aún más imponentes.

—¡Apunten! —gritó el líder.

Las cuerdas de los arcos se tensaron al máximo mientras los centinelas intentaban controlar sus nervios. El aire alrededor comenzaba a vibrar con el calor que emanaba de las criaturas, que parecían surgir de las entrañas mismas del infierno.

—¡Fuego!

Las flechas cortaron el aire como una lluvia mortal. Los primeros proyectiles impactaron en sus blancos, haciendo caer a varias de las criaturas. Una de ellas, perforada en el pecho, se desplomó soltando un rugido ahogado mientras su cuerpo ardía hasta convertirse en cenizas. Otras fueron alcanzadas en la cabeza, explotando en un chorro de sangre negra que chisporroteaba en el suelo.

Pero no todas cayeron. A pesar del aluvión de flechas, las criaturas seguían avanzando, algunas arrancándose los proyectiles de sus cuerpos como si no fueran más que molestos insectos. Los centinelas se miraron unos a otros, sus expresiones de horror comenzando a invadir sus rostros.

—¿Qué demonios son esas cosas? —gritó uno de los guardias, con el miedo palpable en su voz.

Otro, manteniendo su arco firme mientras disparaba sin descanso, respondió sin apartar la mirada:

—¡Parecen gigantes de fuego!

—¡No puede ser! —refutó un tercero, retrocediendo un paso mientras disparaba—. ¿Qué diablos hacen los habitantes de Muspelheim en Jotunheim?

Las criaturas, ahora más cercanas, revelaban formas aún más espeluznantes: bestias de tamaño humanoide, con piel llameante y ojos rojos como brasas. Su apariencia infernal las hacía parecer mucho más grandes y terribles en medio de la noche. Con cada paso que daban, el suelo se llenaba de cenizas y fuego, y sus gruñidos resonaban como el rugir de un volcán.

El caos se apoderó de los centinelas mientras las criaturas se acercaban más y más. Una de ellas llegó a la base de la muralla, y con un golpe brutal de su brazo llameante, derribó a un guardia desde lo alto. El cuerpo del centinela cayó al suelo, envuelto en fuego antes de ser devorado por las llamas.

El pánico comenzó a crecer. Las órdenes se entremezclaban con los gritos de horror. Las bestias golpeaban la muralla de madera, sus manos de fuego dejando marcas abrasadoras a cada impacto. Una de las criaturas lanzó una llamarada, derritiendo parte de la defensa antes de abalanzarse sobre un guardia, despedazándolo en segundos.

—¡A las armas! —gritó el líder, desenvainando su espada mientras las criaturas finalmente cruzaban la muralla rota y se lanzaban hacia el interior del pueblo.

Joktldar estaba bajo ataque. El aire se llenó de humo y cenizas, mientras las criaturas incendiaban todo a su paso. Los centinelas, desesperados, intentaban contener la invasión, pero la fuerza y el frenesí de las criaturas parecía insuperable. La sangre corría, las llamas lo consumían todo, y la noche se convirtió en un infierno de fuego y caos.

La batalla había alcanzado un nivel de ferocidad que nadie en Joktldar había presenciado antes. Los centinelas, con el sudor empapando sus frentes y la adrenalina corriendo por sus venas, luchaban con todas sus fuerzas. Pero, por si la situación no fuera lo suficientemente desesperada, una de las criaturas emergió de la oscuridad del bosque. Era una figura monstruosa, de tres metros de altura, robusta como un gigante. Sus ojos brillaban con un intenso fulgor rojo, y en su mano empuñaba un martillo llameante que crepitaba con un calor abrasador.

Tres centinelas se agruparon, alineando sus arcos mientras conjuraban ráfagas de hielo, lanzando sus hechizos con la esperanza de detener a la bestia antes de que fuera demasiado tarde. Sin embargo, al impactar, el hielo se derretía instantáneamente al tocar la piel de la criatura, el vapor ascendiendo como una cortina de niebla en el aire caliente. La criatura alzó su martillo, y con un movimiento imponente, lo dejó caer con una fuerza devastadora sobre uno de los centinelas, aplastándolo contra el suelo. El sonido del impacto resonó como un trueno, y los fragmentos de armadura volaron en todas direcciones, dejando al centinela hecho un espanto, su vida extinguida en un instante.

Los otros centinelas, ahora aterrados, decidieron actuar. Con determinación, conjuraron lanzas de hielo y las arrojaron con precisión al robusto cuerpo de la criatura. Esta vez, el hielo logró perforar su carne, causando que la criatura emitiera un rugido ensordecedor de dolor. Pero su furia no conocía límites; con su martillo todavía en alto, giró y golpeó a dos centinelas de un solo movimiento, enviándolos volando por los aires como si fueran simples hojas secas. Sus cuerpos se estrellaron contra el suelo, y el eco de su caída resonó a través de la colina.

Fue entonces cuando el capitán, un guerrero experimentado, alzó la mirada, su mente funcionando a toda velocidad. Concentrando su energía, conjuró una ráfaga de hielo más poderosa, un torrente de magia que se disparó hacia la criatura. El impacto fue devastador; el hielo cubrió su torso y la criatura gritó con furia al sentir el daño que le causaban. Sin embargo, el calor que emanaba de su cuerpo comenzaba a derretir el hielo a su alrededor, creando charcos de agua que se evaporaban al instante.

La batalla seguía en una espiral de caos, mientras los centinelas luchaban con todo lo que tenían para detener al monstruo, sabiendo que la supervivencia de Joktldar dependía de sus esfuerzos.

La batalla continuaba con un furor inigualable. El capitán, un guerrero con años de experiencia, se erguía en medio del caos, su mirada fija y decidida. Mientras dos de las criaturas se abalanzaban hacia él, su corazón latía con fuerza, pero su mente estaba clara.

La primera criatura, con su rostro retorcido por la ira, levantó su espada en un intento de golpearlo. Con movimientos ágiles, el capitán esquivó el ataque, sintiendo el aire caliente que dejaba la espada al pasar. Sin perder tiempo, se agachó y tomó una flecha del suelo, apuntando con precisión.

—¡Por Jötunheim! —gritó, mientras clavaba la flecha con una fuerza devastadora en la cabeza de la criatura, que cayó sin vida al instante. Sin dejar que la victoria le nublara el juicio, conjuró una pequeña daga de hielo, su mano firme y segura. La segunda criatura, que avanzaba con un rugido ensordecedor, no tuvo oportunidad de reaccionar.

Con un rápido movimiento, cortó el cuello de la criatura, el hielo desgarrando la carne con una precisión mortal. La criatura cayó al suelo, dejando un charco de sangre oscura en el terreno nevado.

El capitán, respirando pesadamente, miró a su alrededor, consciente de que la batalla aún no había terminado. Aunque había logrado vencer a sus oponentes, sabía que las fuerzas enemigas eran implacables, y que lo peor estaba por venir. La tensión en el aire era palpable, y los gritos de sus compañeros resonaban en su mente, recordándole la urgencia de proteger Jötunheim.

El gigante lanzó su martillo con una fuerza brutal, y el capitán apenas logró esquivar el primer golpe, sintiendo el aire cortado rozar su piel. El segundo ataque fue aún más feroz, pero el capitán se movió ágilmente, evadiendo el martillo por un pelo. Sin embargo, en un golpe lleno de furia, la criatura clavó su martillo en el suelo con tal fuerza que quedó atrapado entre las rocas y el hielo.

Aprovechando ese instante, el capitán corrió hacia el martillo, saltó y escaló por el mango con velocidad y precisión. La criatura intentó liberarse, pero era demasiado tarde. Con un movimiento rápido, el capitán conjuró una lanza de hielo brillante y, con todas sus fuerzas, la clavó en la cabeza del gigante. Un grito desgarrador resonó en todo el campo de batalla mientras la criatura se tambaleaba, su cuerpo temblando de dolor.

A pesar de la lanza incrustada en su cabeza, la criatura gigante seguía en pie, tambaleándose, pero claramente aún con vida. Con un rugido gutural, extendió su enorme mano, atrapando al capitán con fuerza. Sin darle tiempo para reaccionar, lo levantó y lo lanzó violentamente al suelo. El impacto fue brutal; el capitán sintió cómo el dolor se extendía por todo su cuerpo, y por un momento, el aire le faltó.

Aturdido y con la visión borrosa, miró hacia arriba, viendo cómo la criatura se mantenía de pie, con la lanza aún sobresaliendo de su cráneo. Con el rostro contorsionado por la frustración y la rabia, el capitán apretó los dientes y, golpeando el suelo con su puño, gritó desesperado:

—¡¿Por qué carajos no se muere?!

Los centinelas seguían luchando ferozmente contra las criaturas, aunque la brutalidad de estas empezaba a cobrar su precio. Uno de los centinelas, espada en mano, fue atrapado por una de las monstruosidades de fuego. La criatura lo levantó con facilidad, como si fuera un juguete, y sin vacilar, estampó su rostro contra el suelo con una fuerza descomunal. El crujido de los huesos resonó en el aire, pero lo peor aún estaba por venir. El calor que irradiaba el cuerpo ardiente de la criatura era tan intenso que la piel del centinela empezó a derretirse al contacto con el suelo. Su rostro se deformaba y goteaba en una masa de carne y hueso quemado, dejando un rastro oscuro y grotesco de lo que alguna vez fue un Jotnar.

A unos metros de distancia, otro centinela intentaba conjurar un hechizo, pero antes de poder terminar, una bola de fuego rugiente salió disparada de una de las criaturas, impactando directamente en su cabeza. El sonido sordo del impacto fue seguido por un estallido breve, y su cráneo quedó reducido a cenizas en cuestión de segundos. Su cuerpo sin cabeza colapsó al suelo, mientras el humo de la carne carbonizada flotaba en el aire.

Los hombres del capitán, conscientes de que el líder estaba malherido, rodearon a la gigantesca criatura en un intento desesperado por mantenerla a raya. Desde tres direcciones, se movían rápidamente, atacando con sus lanzas y espadas de hielo, y esquivando los golpes poderosos del monstruo. Cada vez que la criatura lanzaba un martillazo, el suelo temblaba bajo sus pies, pero los centinelas lograban eludir los ataques con movimientos ágiles.

—¡Manténganlo ocupado!— gritó uno de los centinelas mientras se lanzaba hacia la bestia, clavando su espada en un costado, solo para ser sacudido por un golpe del martillo que casi lo desarma. Otro centinela conjuró una ráfaga de hielo que impactó en la espalda del monstruo, pero solo sirvió para enfurecerlo aún más.

Poco a poco, la situación comenzó a deteriorarse. La criatura, aunque herida, avanzaba con paso firme, obligando a los centinelas a retroceder lentamente. Sus ataques se volvieron más erráticos, y aunque intentaban mantener la formación, se daban cuenta de que la fuerza descomunal de la criatura los superaba. La criatura alzaba su martillo, cada vez más rápida, y los hombres empezaban a perder terreno.

—¡No podemos contenerlo por mucho más tiempo!— exclamó uno, con el sudor y la fatiga evidentes en su rostro.

La criatura, con una furia inhumana, lanzó un rugido que resonó en todo el campo de batalla. De repente, tomó a uno de los centinelas desprevenido, agarrándolo por la cabeza con una mano gigante y callosa. El soldado intentó forcejear, sus manos temblando mientras golpeaba desesperadamente el brazo de la criatura, pero fue en vano.

Con un movimiento brutal, la criatura cerró su puño, y el crujido de los huesos al romperse resonó con un sonido espeluznante. La carne se desgarró bajo la presión descomunal, y la cabeza del centinela fue aplastada como si fuera un frágil cascarón. La sangre brotó violentamente, esparciéndose por todos lados, salpicando a los otros centinelas cercanos que observaban con horror. Fragmentos de hueso y cerebro cayeron al suelo, mientras el cuerpo inerte del centinela se desplomaba sin vida.

El ambiente se tornó aún más tenso, y los centinelas retrocedieron momentáneamente, viendo de cerca lo brutal que era su enemigo.

El capitán, con el cuerpo adolorido y las costillas probablemente fracturadas, luchaba por mantenerse de pie. Cada respiración le quemaba el pecho, pero al ver a sus hombres acorralados y a punto de sucumbir, la adrenalina lo impulsó a levantarse. Un frío gélido emanaba de sus manos cuando conjuró un hechizo envolviendo sus puños en hielo sólido, lo suficientemente fuerte como para soportar el calor abrasador de las criaturas.

Con un grito de pura determinación, se lanzó hacia el caos. Su primer golpe fue directo a la mandíbula de una de las criaturas, cuyo rostro estalló en fragmentos de carne y hueso congelado. La criatura cayó al suelo con un crujido seco, y el capitán no perdió el ritmo. Giró sobre su eje y, con una ráfaga de golpes brutales, destruyó las piernas de otra criatura que intentaba atacarlo desde su flanco. Con un grito animal, la derribó, aplastando su cráneo con un puñetazo final.

El sonido del combate se mezclaba con el crepitar del fuego y el chocar de las espadas. Los centinelas retrocedían, superados por las criaturas, pero el capitán avanzaba con furia. Golpeó a una criatura en el estómago, el impacto creó una onda de choque que hizo temblar el aire a su alrededor. La criatura gruñó, pero el capitán no cedió. Le siguió con un puñetazo ascendente al pecho que atravesó el calor infernal, congelando sus entrañas.

El sudor se evaporaba de su frente cuando finalmente llegó a la criatura gigante. El monstruo rugió y blandió su martillo, pero el capitán esquivó por puro instinto, rodando por el suelo justo a tiempo. Se levantó con la velocidad de un rayo y golpeó la rodilla del gigante, quebrando el hielo sobre sus manos con la fuerza del impacto. El gigante tambaleó, pero aún no caía. El capitán aprovechó el momento y escaló por su costado, esquivando las furiosas manotadas del gigante, hasta llegar a su cabeza. Con ambas manos envueltas en hielo, le asestó un golpe devastador en el rostro, rompiendo la mandíbula del monstruo.

El gigante, ahora ciego de un ojo y con el rostro deformado por el ataque, emitió un grito aterrador, tambaleándose mientras trataba de mantenerse en pie.

La criatura, completamente enardecida por la batalla, lanzó su mano para atrapar al capitán. Justo en el último segundo, uno de sus hombres lo empujó con fuerza, apartándolo del peligro inminente. El capitán apenas tuvo tiempo de reaccionar, cuando vio a su valiente centinela ser atrapado por la bestia.

La criatura, sosteniéndolo de la pierna, lo levantó como si fuera un muñeco de trapo y lo azotó contra el suelo con una fuerza aterradora. El impacto fue tan brutal que la cabeza del centinela estalló en una explosión grotesca de sangre y tejido, con fragmentos de hueso volando por el aire. La sangre empapó el suelo, y el cuerpo destrozado del centinela quedó inerte.

El capitán, quien había sido salvado por un sacrificio tan atroz, miró horrorizado la escena. El crujido del cuerpo destrozándose y la violencia de la muerte de su compañero dejaron una marca imborrable en su mente.

El horror que había invadido al capitán se transformó en pura furia. Con un grito desgarrador, conjuró una enorme estaca de hielo, brillante y letal. Sin pensarlo dos veces, cargó directamente hacia la criatura. Esta, al girar con rabia, apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando el capitán, con todas sus fuerzas, clavó la estaca en su pecho. El impacto fue violento, y el hielo penetró en la carne ardiente de la criatura, haciendo que soltase un rugido de dolor desgarrador.

La criatura forcejeaba, tratando de sacar la estaca de su cuerpo, pero el capitán, con una mirada feroz y decidida, se mantuvo firme. Sus compañeros, viendo la oportunidad, comenzaron a disparar flechas hacia la bestia, cubriéndola de proyectiles que se clavaban en su piel incandescente. Flechas tras flechas se incrustaban en su cuerpo, pero la criatura, en su agonía y furia, logró alzar una pierna gigantesca y, con una patada devastadora, impactó directamente al capitán.

El golpe fue tan brutal que el capitán salió despedido como un muñeco, volando por el aire, y fue lanzado fuera de la muralla. El impacto con el suelo fue demoledor, rompiendo su cuerpo al caer pesadamente, dejándolo gravemente herido, inmóvil y respirando con dificultad mientras la batalla seguía rugiendo a su alrededor.

La criatura, enfurecida y decidida a terminar con el capitán, descendió de la muralla con pasos pesados y resonantes. Aún con el cuerpo lleno de flechas y las heridas sangrantes, avanzaba con un propósito implacable. Un centinela, con una valentía desesperada, se interpuso en su camino. Sin detenerse, la bestia levantó su martillo en llamas y lo dejó caer con una fuerza aterradora. El impacto destrozó por completo al centinela, esparciendo sus restos por el suelo.

Desde lo alto de la muralla, dos centinelas restantes, conscientes de la desesperación de la situación, reunieron toda la energía que pudieron. Cubrieron sus cuerpos con una gruesa capa de hielo, endureciendo su piel para resistir el calor abrasador de la criatura. Con un grito de guerra, saltaron desde lo alto de la muralla directamente a la espalda de la bestia, hundiendo sus armas repetidamente en su piel ardiente. La criatura rugió de dolor, moviéndose violentamente en un intento de quitárselos de encima.

Logró tomar a uno de los centinelas con una mano, y con una fuerza descomunal lo azotó contra el suelo. El cuerpo del desafortunado guerrero quedó completamente hecho puré, fragmentado y sin vida. Sin embargo, el otro centinela, con una tenacidad feroz, no se detuvo. Siguió apuñalando a la criatura, golpe tras golpe, haciendo que la sangre incandescente brotara de sus heridas.

El capitán, viendo la escena a través de su dolor, supo que esta era su última oportunidad. Con las pocas fuerzas que le quedaban, conjuró una última estaca de hielo, más larga y gruesa que cualquier otra que hubiera creado antes. Su cuerpo temblaba, pero su voluntad permanecía firme. Corrió hacia la criatura, con una determinación imparable, y justo cuando la bestia giró su cabeza, el capitán, en un último y heroico esfuerzo, le atravesó la boca con la estaca, empujándola hasta que el hielo penetró su cráneo.

La criatura dejó escapar un último rugido agonizante, antes de desplomarse pesadamente en el suelo. La estaca sobresalía de su cabeza, su cuerpo yacía inerte, y la batalla, al fin, terminó con la caída de este coloso.

El centinela se apresuró, arrodillándose junto al capitán herido, ayudándolo a ponerse de pie con esfuerzo.

—Ganamos, capitán… —dijo con un tono de alivio, aunque aún jadeaba por la intensidad de la batalla—. Pero… ¿qué demonios hacían esas cosas aquí?

El capitán, claramente preocupado, observaba el campo de batalla con una mirada perdida, sus heridas visibles, pero no tanto como la preocupación en su rostro.

—Algo anda mal… —respondió con la voz cargada de incertidumbre.

—¿Qué sucede, capitán? —preguntó el centinela, frunciendo el ceño.

—Esto… —el capitán hizo una pausa, mirando hacia el horizonte—. Esto ya lo había visto antes, en batalla…

Los centinelas, aún jadeantes tras la brutal batalla, voltearon en dirección al bosque. De entre las sombras y los árboles retorcidos, emergió una figura imponente que hizo que el aire mismo pareciera congelarse de terror. La criatura que avanzaba hacia ellos no era de este mundo. Cada paso resonaba con un eco oscuro que parecía provenir de las profundidades del inframundo.

Era una figura demoníaca, alta y poderosa, envuelta en una armadura que parecía hecha de huesos afilados y retorcidos, como si la misma muerte hubiese forjado esa abominación. La armadura estaba agrietada, y desde esas grietas brotaba un brillo rojo intenso, como si el fuego infernal quemara desde dentro, irradiando una sensación de peligro inminente.

Su rostro, mitad esqueleto y mitad demonio, mostraba cuernos grandes y retorcidos que se alzaban imponentes desde su cabeza. Ojos rojos y brillantes observaban a los centinelas con malevolencia, sus miradas perforaban el alma de aquellos que aún estaban de pie. Su sonrisa macabra exhibía dientes afilados como dagas, y su boca parecía disfrutar del sufrimiento que provocaba. El cabello plateado y largo flotaba en el aire, como si una energía oscura lo agitara con vida propia.

Chocaban las cadenas oscuras que colgaban de su armadura, arrastrándose por el suelo, resonando como el eco de las almas condenadas. En su torso, profundas heridas abiertas dejaban al descubierto una energía maligna que latía desde su interior, un resplandor rojo que sugería una corrupción inhumana, una criatura que ya no podía ser considerada viva.

En sus manos huesudas y llenas de cicatrices, empuñaba una guadaña gigante, tan macabra como él mismo. La hoja, brillante con un tono rojo oscuro, parecía sedienta de sangre, como si cada corte alimentara la monstruosidad con más energía. El mango de la guadaña estaba cubierto de espinas y detalles retorcidos, casi como si el arma misma estuviera viva, retorciéndose bajo su poder.

El capitán y los centinelas, a pesar de sus heridas y agotamiento, sintieron que la verdadera batalla apenas comenzaba.

El demonio, imponente y temible, avanzó con su presencia dominando el campo de batalla. Detrás de él, emergió un ejército aún más numeroso de monstruos de fuego, cada uno más aterrador que los anteriores. El capitán, herido y agotado, observó el panorama sombrío que se extendía frente a él. La resignación se apoderó de su rostro mientras murmuraba con un suspiro:

—Carajo…

Era un reconocimiento silencioso de la futilidad de la situación, como si aceptara que el destino ya estaba escrito. El demonio avanzó, alzando su guadaña mientras sus ojos brillaban con una malicia inhumana. Se detuvo y con una voz grave y resonante se dirigió a sus tropas, cada palabra impregnada de autoridad infernal:

—Traiganme la runa donde está aprisionado Nictofer. Y también quiero al rey, con vida. Hagan lo que quieran con los demás.

Los monstruos rugieron con una mezcla de furia y entusiasmo, ansiosos por desatar la carnicería prometida. Los pocos centinelas que quedaban, maltrechos pero decididos, se agruparon y alzaron sus armas, preparándose para una última resistencia. Sabían que sus posibilidades eran escasas, pero preferían caer peleando que rendirse sin luchar.

El demonio, sin inmutarse por su determinación, comenzó a reunir una oscura energía en su mano. Una esfera de poder maligno creció entre sus dedos, pulsando con una fuerza destructiva inconmensurable. El capitán, al ver la energía oscura acumulándose, gritó con desesperación:

—¡Al suelo!

Era una advertencia que llegó demasiado tarde para la mayoría. La bola de energía oscura fue lanzada con un estruendo ensordecedor hacia la muralla. Al impactar, la explosión fue devastadora: la muralla no solo se desmoronó en pedazos, sino que el oscuro poder desintegró a los centinelas que quedaban allí. Gritos ahogados se desvanecieron en el aire mientras todo a su alrededor quedaba reducido a cenizas.

El impacto fue tan devastador que incluso el capitán, a pesar de haberse lanzado al suelo para protegerse, no pudo escapar del alcance destructivo de la energía oscura. Sintió el calor abrasador y la fuerza avasallante de la explosión atravesar su cuerpo, como si cada partícula de su ser fuera arrasada por una marea de oscuridad. El tiempo pareció detenerse por un instante mientras su visión se desvanecía.

Sus últimos pensamientos fueron de frustración y pesar por no haber podido proteger a su gente, por no haber podido evitar la masacre. Su cuerpo era consumido por la energía oscura. En su último suspiro, aceptó su destino, uniéndose a los caídos mientras el campo de batalla se sumía en la devastación total.

La figura demoníaca observó con indiferencia la destrucción que había causado, mientras sus monstruos rugían de satisfacción. La resistencia había sido eliminada por completo.

La oscuridad se cernía sobre Joktldar como una sombra implacable. Los ecos de la batalla resonaban en el aire, pero el pueblo estaba silenciado por la desesperación y el horror. Las murallas, antes símbolo de resistencia, ahora eran escombros, y los pocos supervivientes se encontraban desolados y desmoralizados, temiendo por el futuro de su hogar.

A medida que el ejército de criaturas infernales se acercaba, la figura del demonio se erguía como un faro de malevolencia, ansiosa por cumplir su objetivo. La sensación de vulnerabilidad y fatalidad se apoderó de los habitantes, mientras la esperanza se desvanecía como el último rayo de sol en un horizonte sombrío. Sin más defensas y con la sombra de la destrucción acechando, Joktldar se preparaba para enfrentar su destino, temiendo lo que el amanecer traería consigo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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