FALLEN GODS (DIOSES CAIDOS) - Capítulo 12
- Inicio
- FALLEN GODS (DIOSES CAIDOS)
- Capítulo 12 - 12 CAPITULO 4 PARTE 1 Fuego y Hielo
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
12: CAPITULO #4 PARTE 1: Fuego y Hielo 12: CAPITULO #4 PARTE 1: Fuego y Hielo Las criaturas surgieron del bosque como un torrente de pesadilla, una marea oscura que arrasaba con todo a su paso.
El eco de sus gritos resonaba en el aire, un sonido desgarrador que helaba la sangre de quienes aún se atrevían a enfrentarlas.
En cuestión de minutos, Joktldar se convirtió en un infierno desatado.
Los monstruos, deformes y llenos de rabia, se abalanzaban sobre la población indefensa.
Sus garras afiladas desgarraban carne y hueso con facilidad, dejando un rastro de cuerpos destrozados.
Un hombre fue levantado por el cuello, sus pies apenas rozando el suelo, antes de ser lanzado contra una pared con un golpe sordo.
El impacto resonó como un trueno, y la sangre salpicó las piedras, tiñendo el paisaje con un rojo oscuro y espeso.
Una madre, aterrorizada, intentó proteger a su hijo, pero una criatura con escamas humeantes le propinó un zancada brutal, haciendo que su cuerpo cayera al suelo con un crujido escalofriante.
Su rostro, en un último intento de proteger a su pequeño, fue desfigurado por un golpe que hizo estallar su cabeza como una sandía.
La sangre y los restos volaron por el aire, dejando a su hijo en estado de shock, sin comprender la realidad de la muerte que lo rodeaba.
Las criaturas no mostraban piedad.
Un grupo de mujeres que intentaba escapar se encontró con un monstruo de llamas que rugió con placer, dejando un rastro de cenizas mientras desataba un torrente de fuego.
Las llamas abrazaron a las desdichadas, devorando su piel y dejando solo gritos de horror en el aire.
La piel se crispó y burbujeó, y los gritos se convirtieron en un silencio asfixiante, mientras caían al suelo, carbonizadas y sin vida.
Los centinelas de Joktldar, aunque pocos, intentaban resistir.
Sin embargo, sus esfuerzos eran en vano.
Uno de ellos, alzado con su espada, fue abordado por una criatura de tres cabezas que, en un movimiento sincronizado, devoró su cuerpo en un festín grotesco.
Las cabezas giraban como serpientes, cada una compitiendo por un bocado del guerrero, desgarrando la carne y dejando solo huesos despojados.
El horror se multiplicaba mientras los monstruos seguían avanzando, destruyendo todo a su paso.
Las calles de Joktldar, una vez llenas de vida y esperanza, se convirtieron en un campo de muerte y desesperación.
El eco de la masacre reverberaba en cada rincón, y el miedo se instaló en el corazón de los pocos que quedaban con vida, mientras contemplaban cómo su hogar se desmoronaba en la anarquía.
Los guerreros de Joktldar, conscientes de la inminente catástrofe que se cernía sobre ellos, se agruparon en la plaza central, donde una mezcla de determinación y desesperación llenaba el aire.
Con sus armaduras resplandecientes y las armas en mano, se prepararon para lo que sería una de las batallas más feroces de sus vidas.
Los rostros, marcados por el miedo, estaban decididos a defender su hogar hasta el último aliento.
Los jinetes de la guardia, con sus caballos de batalla, formaron una línea en la entrada del pueblo.
Cada uno llevaba consigo la fuerza ancestral de Joktldar, un símbolo de resistencia y valor.
La tierra temblaba bajo el peso de sus pasos, mientras los guerreros afilaban sus espadas y preparaban sus arcos, la tensión palpable en cada respiración.
El sonido ensordecedor de la batalla comenzó a alzarse, un murmullo que crecía como un tormenta.
Los monstruos, insaciables en su voracidad, continuaban su asalto, arrasando con todo lo que encontraban en su camino.
Con un rugido aterrador, un centinela se lanzó al ataque, su espada brillando al sol mientras cortaba el aire, encontrando el cuello de un monstruo.
La criatura cayó al suelo, su sangre negra y viscosa brotando como un río oscuro, pero no había tiempo para celebrar.
La marea de enemigos era interminable.
Los arqueros, posicionados en las murallas, comenzaron a disparar sus flechas con precisión mortal, sus proyectiles surcando el cielo como un enjambre de avispas.
Las flechas se clavaban en los cuerpos de las criaturas, haciendo que retrocedieran momentáneamente, pero la ira de los monstruos solo se intensificaba.
Un guerrero gritó en la batalla, alzando su hacha hacia el cielo y lanzándose hacia el grupo más cercano de monstruos, su grito resonando como un llamado a las armas.
En un movimiento contundente, descabelló a una criatura, la cabeza cayendo al suelo con un golpe seco, mientras la sangre brotaba como un manantial.
El sonido del acero chocando contra el cuero y la carne resonaba en los oídos de los guerreros.
El aire se llenaba con el hedor de la sangre y el fuego, un recordatorio constante de la brutalidad del combate.
Cada guerrero luchaba con una ferocidad alimentada por la desesperación.
Un grupo de ellos se encontró rodeado por un monstruo de fuego; su piel brillaba como el sol, y en un instante, uno de los hombres fue consumido por las llamas, su grito de agonía cortando la atmósfera.
Sin embargo, sus compañeros no se detuvieron; arremetieron con sus espadas, tratando de salvar a los suyos, empujando a la bestia con cada golpe.
El combate se tornaba cada vez más caótico.
Los guerreros, cubiertos de sudor y sangre, avanzaban en la batalla, sus rostros endurecidos por el dolor y la pérdida.
Un guerrero, con el brazo roto pero aún sosteniendo su espada, embestía contra un monstruo que le había arrebatado a su hermano, atacando con una fuerza casi sobrenatural que solo podía provenir de la venganza.
En medio de la masacre, los centinelas de Joktldar se enfrentaron con valentía a la ola imparable de criaturas, sabiendo que no solo luchaban por sus vidas, sino por el futuro de su hogar.
Cada uno de ellos era un bastión de resistencia, una chispa de esperanza en un mar de destrucción.
A pesar de la desesperación, a pesar del horror, no cedieron, no retrocedieron.
En sus corazones ardía una llama que ni siquiera el fuego de los monstruos podía apagar.
La batalla se intensificó a medida que más guerreros se unían a la lucha, formando un frente unido.
Sus gritos y alaridos de guerra se mezclaban con los rugidos de las criaturas, creando una sinfonía aterradora de vida y muerte.
A cada paso, a cada golpe, el destino de Joktldar pendía de un hilo, y la lucha por la supervivencia apenas comenzaba.
Loki, Angrboda y Tyr salieron de la cantina alertados por el sonido ensordecedor de la explosión de la muralla y el caos de la batalla.
Lo que vieron al salir los dejó momentáneamente congelados.
Joktldar, su hogar, estaba sumido en una masacre.
Hombres, mujeres y niños corrían aterrorizados mientras las criaturas sembraban destrucción a su paso.
La sangre y el fuego llenaban el aire, el hedor a muerte era sofocante.
Un grupo de criaturas avanzaba hacia una familia indefensa.
Sin perder un segundo, Loki conjuró un par de dagas brillantes en sus manos.
Con un movimiento rápido y preciso, las lanzó hacia las bestias que se acercaban.
Las dagas cortaron el aire como si fueran extensiones de su voluntad, incrustándose en los cráneos de dos criaturas al frente.
Cuando las otras intentaron avanzar, Loki extendió la mano, invocando de nuevo las dagas que, como si tuvieran vida propia, volvieron a él a una velocidad vertiginosa, atravesando las gargantas de las criaturas restantes antes de regresar a sus manos.
—¿Están bien?
—preguntó Loki con urgencia a la familia, quienes solo pudieron asentir temblorosos.
Pero no había tiempo para relajarse.
Loki notó que un gran grupo de criaturas venía a toda velocidad hacia ellos.
Los rugidos llenaban el aire, y los monstruos avanzaban con un odio descomunal.
Loki no dudó en gritar a las personas aterradas a su alrededor.
—¡Pónganse detrás de nosotros!
Angrboda, viendo la amenaza inminente, alzó las manos.
Con un grito de concentración, levantó un campo de energía azul que se extendió frente a ellos, bloqueando el avance de las bestias.
Las criaturas chocaron contra el muro de energía con furia salvaje, sus golpes resonaban como tambores de guerra, pero el muro resistía… por ahora.
—¡Salgan del pueblo rápido!
¡Pónganse a salvo!
—gritó Loki, volviendo a conjurar sus dagas, preparándose para el inevitable momento en que el muro cayera.
Las personas a su alrededor estaban paralizadas por el terror, incapaces de moverse.
Los ojos de Angrboda mostraban la creciente presión que estaba soportando.
El sudor perlaba su frente mientras las criaturas continuaban golpeando brutalmente el campo de fuerza.
—¡Dense prisa!
—gritó Angrboda, su voz impregnada de desesperación—.
¡Son demasiados!
¡No podré contenerlos mucho tiempo!
Las criaturas no dejaban de atacar, sus garras arañaban el muro con una fuerza bestial, creando grietas en la barrera.
Loki, con una mirada de determinación, lanzó sus dagas una vez más, atravesando a varias de las criaturas que se acercaban peligrosamente al campo.
Las dagas rebotaron en los cuerpos, para luego regresar a él con un destello afilado.
Mientras tanto, Tyr, con sus dos hachas en mano, se colocó al lado de Loki, listo para lanzarse a la batalla.
Los rugidos de las criaturas aumentaron en intensidad, y Tyr golpeó el suelo con el filo de una de sus hachas, dejando una pequeña marca en la tierra, como si fuera un aviso de lo que estaba por venir.
—¡Vamos, muévanse!
—gritó Loki con furia, viendo que el tiempo se agotaba.
Tyr apretó con más fuerza las empuñaduras de sus hachas, sus ojos ardiendo con una mezcla de rabia y determinación, listo para desatar el caos cuando las criaturas finalmente rompieran la barrera de Angrboda.
Tyr, viendo la desesperación y la falta de reacción de las personas, se adelantó sin cuartel, con una mirada feroz en su rostro.
Con voz profunda y áspera, gritó: —¡¿Qué demonios hacen todavía aquí?!
¡Muevan esos malditos culos de una vez!
—señaló las criaturas que seguían golpeando salvajemente el muro de Angrboda—.
¡Si no quieren ser despedazados o calcinados como cerdos asados, entonces váyanse de aquí ahora mismo!
¡O mueran en lo que cambian de opinión!
El impacto de sus palabras fue inmediato.
Los aldeanos, todavía temblando de terror, empezaron a reaccionar.
Algunos, con los ojos abiertos de par en par, comenzaron a moverse, arrastrando a los más rezagados, mientras Tyr volvía a encarar la horda con una expresión decidida, sus hachas listas para el combate.
Loki y Angrboda compartieron una mirada.
Aunque no hubieran sido tan directos, no podían negar que las palabras de Tyr finalmente habían sacudido a las personas, empujándolas a moverse para salvar sus vidas.
Las personas comenzaron a movilizarse con prisa, alejándose del caos mientras el escudo de Angrboda se mantenía firme pero con grietas que lo recorrían como venas de luz azul.
Angrboda, jadeante por el esfuerzo, luchaba por mantenerlo, pero sabía que estaba a punto de ceder.
Loki, observando la situación, se le acercó rápidamente.
—Tienes que ponerte a salvo —le dijo, sus ojos urgentes.
—¡No!
—replicó Angrboda, sacudiendo la cabeza—.
Quiero quedarme y ayudarte.
No puedo dejarte aquí.
Loki la miró con seriedad, su rostro endurecido por la batalla.
—Alguien tiene que proteger a los que huyen, por si alguna de estas cosas va tras ellos.
—Le señaló a los aldeanos que corrían aterrorizados—.
Tú eres la única que puede hacerlo.
No tienen a nadie más.
Angrboda dudó, mirando el muro azul que temblaba bajo los golpes constantes de las criaturas.
Sabía que en cuanto lo desactivara, las bestias arremeterían sin piedad.
—Cuando desactive el escudo, van a atacarnos de inmediato —advirtió, sus ojos llenos de preocupación.
Tyr, que no había apartado la mirada de las criaturas, apretó sus hachas y, con una voz llena de una brutal determinación, intervino.
—Déjalos venir.
No va a pasar ninguno.
Angrboda lo observó por un momento, insegura, pero luego sus ojos se dirigieron nuevamente a Loki, su voz temblando mientras decía: —Por favor, no mueras.
Con una última mirada de despedida, Angrboda se alejó, y el escudo azul parpadeó antes de desaparecer completamente.
No pasó ni un segundo antes de que una de las criaturas más grandes lanzara un rugido y se abalanzara hacia Angrboda, con sus colmillos brillando bajo el fuego.
Pero Tyr, con unos reflejos impecables, lanzó una de sus hachas, que voló en un arco preciso y se clavó en la cabeza de la criatura con un golpe sordo.
La bestia cayó al suelo, su cuerpo aún retorciéndose mientras Angrboda miraba con alivio y sorpresa a Tyr.
—No vas a tocarla —murmuró Tyr, sus ojos volviendo a enfocarse en las demás criaturas que se acercaban.
La verdadera batalla estaba por comenzar.
La batalla comenzó con una explosión de violencia cuando las criaturas se lanzaron hacia Tyr y Loki, rugiendo como bestias desatadas.
Los dos guerreros, sin necesidad de palabras, se prepararon para el impacto.
Tyr, con sus dos hachas en mano, adoptó una postura agresiva, mientras que Loki se movía ágilmente, girando sus dagas con destreza.
Tyr fue el primero en atacar, dando un grito de guerra mientras sus hachas cortaban el aire.
Sabía que no podía tocar directamente a las criaturas envueltas en llamas, así que empleó una técnica más calculada, lanzando una de sus hachas contra la pierna de una bestia que avanzaba hacia él.
El filo del arma giró en el aire y se incrustó en la carne ardiente de la criatura, lo que la hizo tambalearse.
Sin perder tiempo, Tyr corrió hacia ella y, con un salto, levantó la otra hacha sobre su cabeza y la hundió en el cráneo, atravesando la piel y el hueso, mientras la criatura soltaba un grito de agonía antes de desplomarse.
A su lado, Loki se movía con la agilidad de una sombra, sus dos dagas cortando a través del aire con una precisión letal.
Cada vez que lanzaba una de sus armas, las hojas se incrustaban en los puntos más vulnerables de las criaturas.
Una daga atravesó el ojo de una bestia, mientras otra perforó el costado de otra que avanzaba con ferocidad.
Pero lo más sorprendente era cómo, con un simple gesto de su mano, las dagas volvían a aparecer en sus manos, listas para ser lanzadas de nuevo.
Una criatura particularmente grande y feroz, más alta que las demás, avanzó hacia Loki con sus garras brillando con fuego.
Loki lanzó ambas dagas simultáneamente, clavándolas en los hombros de la bestia, lo que la hizo rugir de dolor y furia.
Mientras la criatura tambaleaba, Tyr apareció por el flanco y lanzó su segunda hacha directo a su cabeza, haciendo que la bestia cayera pesadamente al suelo, aún chisporroteando con sus llamas.
—¡No están siendo tan difíciles!
—gritó Tyr, cortando la cabeza de otra criatura mientras esquivaba sus ataques.
—No cantes victoria tan rápido —replicó Loki con una sonrisa ladina, sus ojos brillando mientras invocaba nuevamente sus dagas y las lanzaba a los puntos débiles de las criaturas, cortando tendones y arterias con precisión quirúrgica.
Una bestia intentó abalanzarse sobre Loki desde su espalda, pero Tyr, con sus reflejos en alerta máxima, lanzó un hachazo directo al cráneo de la criatura, partiéndolo en dos con un sonido húmedo y desgarrador.
Las llamas que cubrían su cuerpo chisporrotearon antes de apagarse cuando el cuerpo se desplomó.
El campo de batalla era una mezcla de caos, fuego y sangre, mientras Tyr y Loki luchaban codo a codo.
Tyr aplastaba a las criaturas con golpes implacables, cada hachazo llenando el aire con el sonido del hueso al romperse.
Loki, por su parte, se deslizaba entre los ataques con una velocidad casi sobrehumana, sus dagas surcando el aire como extensiones de su propia voluntad.
Cada movimiento de ambos era calculado y letal, adaptándose a la amenaza ardiente de las criaturas que no podían ser tocadas directamente.
A pesar de su destreza, las criaturas seguían viniendo en oleadas interminables, pero Loki y Tyr no mostraban señales de detenerse, moviéndose como un equipo perfectamente sincronizado, entre el fuego y el hielo, desatando una masacre en las filas enemigas.
Una de las criaturas, viendo una oportunidad, lanzó una bola de fuego directo al brazo de Tyr.
La esfera ígnea impactó con fuerza, quemando a gran velocidad la piel y dejando una herida ardiente y profunda.
A pesar del dolor lacerante y el olor a carne quemada, Tyr no vaciló.
Apretando los dientes, empuñó una de sus hachas y, en un solo movimiento lleno de rabia, la lanzó directo a la cabeza de la criatura que lo había atacado.
La hoja se incrustó en su cráneo, apagando las llamas que envolvían su cuerpo mientras caía pesadamente al suelo.
Antes de poder siquiera recuperar el aliento, otra criatura se lanzó sobre él desde atrás.
Sin voltearse, Tyr reaccionó de forma instintiva y letal, girando su hacha con precisión para decapitar a la bestia de un solo golpe.
Los cuerpos seguían acumulándose a su alrededor, y él sabía que mantener distancia era imposible contra esa oleada interminable de monstruos.
Sin importar el daño o las quemaduras, se lanzó de lleno, con una fuerza implacable y una brutalidad inigualable.
Dos criaturas se abalanzaron sobre él al mismo tiempo, pero Tyr las atrapó firmemente por el cuello.
A una de ellas la apretó con tal fuerza que el crujido de huesos resonó antes de que la cabeza se separara del cuerpo.
Con la otra, la azotó brutalmente contra el suelo, destrozándola en mil pedazos.
Miró sus propias manos, ahora cubiertas de quemaduras aún más profundas y ampollas frescas, pero su expresión no mostraba ni un atisbo de rendición.
Con un grito ensordecedor y la mirada llena de furia, Tyr volvió a lanzarse a la batalla, dispuesto a luchar hasta el último aliento, indiferente al dolor y determinado a aniquilar a cada una de esas bestias.
Tyr extendió el brazo y tomó una de sus hachas que yacía en el suelo.
Sin perder un segundo, la lanzó con precisión al pecho de una de las criaturas, atravesando sus llamas y carne hasta dejarla clavada en el suelo.
Otra bestia saltó hacia él, su boca llena de dientes afilados buscando morderle la cara.
Rápido, Tyr intercaló el mango de su hacha entre ellos y, con un movimiento certero, giró el arma bruscamente, rompiendo el cuello de la criatura en un chasquido sordo.
Sin apenas tiempo para tomar aliento, una tercera bestia, más grande y feroz, se lanzó sobre él.
Tyr, con una fuerza descomunal, atrapó a la criatura por el brazo en pleno salto y, sin dudarlo, la estrelló contra el suelo con una brutalidad impresionante.
El impacto fue devastador, y el cuerpo de la bestia se rompió en pedazos contra la tierra, la vida abandonándola al instante.
Loki se movía con gracia letal entre las criaturas, sus dagas brillando con un destello afilado mientras las empuñaba con precisión letal.
Degollaba y aniquilaba a sus enemigos con movimientos rápidos y certeros.
De repente, sintió la presencia de una criatura acechándolo por detrás.
Sin perder el ritmo, Loki ejecutó una elegante voltereta hacia atrás, y en el aire, propinó una poderosa patada a la criatura, arrancándole la cabeza de un solo golpe.
La cabeza voló por los aires, y el cuerpo de la bestia se desplomó sin vida.
Las bestias lanzaron proyectiles de fuego hacia Loki, pero él se movió con agilidad, esquivando cada ataque con movimientos fluidos.
Un grupo de criaturas trató de emboscarlo por sorpresa, pero Loki reaccionó velozmente, saltando en el aire y propinando dos patadas simultáneas que hicieron retroceder a sus atacantes.
Al aterrizar, vio un gran trozo de madera en el suelo.
Sin dudar, lo tomó y lo utilizó para golpear a una criatura en el tren inferior, dejándola incapacitada y retorciéndose de dolor.
En ese momento, otra bestia se abalanzó sobre él con furia.
Loki, sin tiempo que perder, se cubrió rápidamente de hielo, creando una capa protectora sobre su cuerpo.
La criatura intentó morderlo varias veces, pero sus mandíbulas no lograron romper la capa helada.
Loki aprovechó la oportunidad y, con un movimiento preciso, hundió su daga en la cabeza de la criatura, terminando con ella al instante.
Loki no perdió un segundo, y con una precisión brutal, utilizó sus dagas de manera letal.
Clavó una en la entrepierna de una criatura, haciéndola retorcerse de dolor, luego rápidamente otra en el abdomen, subiendo hacia el pecho y finalmente en la cara, terminando con ella.
Con una fuerza sorprendente, la levantó y la arrojó lejos como si fuera un muñeco de trapo.
Al alzar la mirada, vio que cinco criaturas se aproximaban con una ferocidad incontrolable.
Loki sonrió con un destello de desafío en sus ojos y, levantando las manos, conjuró cinco serpientes de sombras que se deslizaron por el aire, rápidas y letales.
Las serpientes se abalanzaron sobre las bestias, envolviéndolas y devorándolas en un instante, dejando solo un rastro de oscuridad detrás.
Loki y Tyr se detuvieron por un instante, jadeantes pero firmes entre los cuerpos destrozados de las criaturas caídas.
El aire estaba cargado del olor a quemado y sangre.
Las bestias habían sido derrotadas, pero el rugido de nuevas hordas resonaba desde la lejanía, anunciando que la verdadera batalla apenas comenzaba.
—Esto es solo el principio —dijo Loki en un tono bajo, con una expresión entre calculadora y determinada—.
Si queremos tener alguna oportunidad de defender Jotunheim, debemos evacuar a todas las personas que podamos.
Tyr asintió, empuñando sus hachas nuevamente.
—Joktldar no caerá este día.
Con un último vistazo a la escena de destrucción a su alrededor, ambos guerreros se apresuraron hacia el corazón del pueblo.
Loki levantaba la voz, llamando a los habitantes que se encontraban en estado de shock, mientras Tyr, con su imponente presencia, despejaba el camino de cualquier amenaza restante.
Sabían que cada segundo contaba para salvar a quienes aún tenían una oportunidad de sobrevivir.
Loki y Tyr continuaban en su labor de evacuar a todos los habitantes posibles, guiándolos con prisa entre el caos.
De pronto, Loki vio a una mujer que, en su intento de escapar de una criatura, tropezó y cayó al suelo.
La bestia se abalanzó sobre ella con intenciones letales, y Loki apenas tuvo tiempo de gritar una advertencia.
Justo en ese instante, una hacha voló por el aire, cortando al monstruo en dos mitades.
Sorprendido, Loki vio a Eirik aparecer entre las sombras, su figura fuerte y decidida.
Eirik se apresuró a levantar a la mujer, con una voz firme y compasiva.
—Corre.
No mires atrás —le ordenó, dándole un impulso para que siguiera su camino.
Loki intercambió una mirada de reconocimiento con Eirik y le hizo un leve gesto de agradecimiento.
Había pocos momentos para palabras, pero la alianza en aquel instante era clara y poderosa, cada uno dispuesto a hacer lo necesario para salvar Joktldar.
Loki se acercó rápidamente a Eirik después de ayudar a la mujer a escapar, su expresión era una mezcla de preocupación y urgencia.
—Eirik, ¿qué demonios está pasando aquí?
¿Cómo es que los habitantes de Muspelheim lograron llegar hasta Joktldar?
—preguntó Loki, claramente inquieto.
Eirik negó con la cabeza, exasperado y sin perder la mirada en el campo de batalla.
—No me preguntes, Loki, porque no tengo ni idea de qué está ocurriendo —replicó, con la voz endurecida por la tensión—.
Pero hubo algo…
algo extraño.
Vi una figura alta en el borde del bosque.
Apenas notó que lo miraba y… desapareció.
Como si nunca hubiera estado ahí —añadió, su tono sombrío y cargado de misterio, como si aquel recuerdo le pesara incluso en medio del caos.
Loki frunció el ceño al escuchar esa información, su mente empezando a encajar las piezas, aunque todavía faltaban muchas por descubrir.
La intriga se arremolinaba en su mente, y sabía que esa figura misteriosa podía ser la clave de esta invasión.
Loki se detuvo un momento, mirando a Eirik con una mezcla de incredulidad y preocupación.
—¿De qué estás hablando, Eirik?
¿Estás seguro de que no lo confundiste con algún troll del bosque?
—preguntó Loki, intentando encontrar una explicación lógica.
Eirik negó con firmeza, con la mirada fija y grave.
—No puede ser, Loki.
Era demasiado delgado para un troll, y ningún troll se mueve tan rápido.
Vi cómo me observaba desde las sombras, y apenas me vio, desapareció en un parpadeo.
Hay algo más aquí, algo… oscuro —Eirik hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—.
No me gusta nada esta situación.
Piensa en esto: no hemos tenido ataques en décadas, y justo ahora, después de que obtienes la prisión de Nictofer, los Flamyr aparecen en masa y atacan.
Y luego esa figura en el bosque… —Eirik bajó la voz—.
Sentí un escalofrío en el cuerpo.
Era como si esa cosa estuviera envuelta en un poder aterrador, algo que nunca antes había visto.
Loki entrecerró los ojos, absorbiendo las palabras de Eirik.
Sabía que su amigo no se alarmaba fácilmente, y escuchar esta preocupación genuina sólo hacía que su inquietud creciera.
—¿Estás insinuando que alguien o algo intenta liberar a Nictofer?
—preguntó Loki, su voz bajando hasta un susurro.
Eirik asintió, su expresión severa y decidida.
—Es sólo una intuición, pero no me puedo sacudir la sensación de que alguien nos observa, que hay algo que estamos pasando por alto.
Y si no actuamos ahora, podríamos enfrentarnos a una amenaza mucho más grande que estas bestias.
Loki respiró hondo, apretando sus dagas, y miró el caos a su alrededor.
—Entonces, no podemos perder tiempo.
Joktldar no caerá hoy, pero debemos estar preparados para lo que venga.
Vamos a asegurar la evacuación y luego nos ocuparemos de esta presencia.
Con una última mirada de mutua comprensión, Loki y Eirik se lanzaron a la tarea de guiar a los habitantes a un lugar seguro, conscientes de que la verdadera batalla apenas comenzaba.
Mientras Loki, Tyr y Eirik guiaban a los habitantes a ponerse a salvo, Loki se percató de que en una de las cabañas en llamas aún quedaban personas atrapadas.
Sin pensarlo dos veces, corrió hacia la entrada para intentar rescatarlos.
—¡Loki, espera!
—gritó Eirik, dándose cuenta de los peligros que acechaban alrededor.
Tyr y Eirik intentaron seguirlo, pero justo en ese instante, un grupo de flamyrs lanzó una descarga de bolas de fuego hacia la entrada de la cabaña, creando una barrera de llamas que bloqueó completamente el paso.
Loki quedó atrapado dentro, mientras que los flamyrs ahora dirigían toda su atención hacia Tyr y Eirik, rodeándolos para impedirles cualquier movimiento.
Tyr apretó sus hachas y se puso espalda con espalda junto a Eirik, sus ojos centelleando con ira.
—¡Loki está dentro!
—dijo Eirik, preocupado.
—Entonces no nos moveremos de aquí —respondió Tyr, con una furia feroz en su voz—.
¡Vengan por nosotros, bestias asquerosas!
El grito de Tyr resonó en el aire, desafiando a los flamyrs que los rodeaban.
Con cada músculo tensado, ambos guerreros se prepararon para defender su posición a toda costa, determinados a no ceder ni un paso mientras Loki y los demás estuvieran en peligro.
La tensión aumenta cuando Loki ve al niño luchando por salvar a su madre atrapada.
Con una mezcla de urgencia y calma, Loki se acerca y, en un tono alentador, le dice al niño: —Escucha, chico.
Necesito que me ayudes.
A la cuenta de tres, juntos levantaremos esto.
¿Estás listo?
El niño asiente con determinación, y Loki inicia la cuenta.
Al llegar al “tres,” ambos levantan el pesado tronco, liberando a la madre.
Loki los guía hacia una ventana, ya que todas las demás salidas están bloqueadas por las llamas.
Con un rápido movimiento rompe la ventana y, ayudando al niño y a la madre, logra sacarlos al exterior.
Antes de que la madre cruce el umbral, se vuelve y le dice con gratitud: —Gracias, mi señor.
Loki asiente, pero justo antes de saltar al exterior, escucha un rugido profundo detrás de él.
Al girarse, ve cómo varios flamyrs se materializan dentro de la cabaña, utilizando las llamas como un portal para llegar hasta él.
—¡Salgan de aquí!
—les ordena con firmeza.
La madre duda.
—Pero, mi señor… —¡Ya!
—les grita Loki con autoridad.
Con una mezcla de miedo y gratitud, la madre y el niño huyen apresuradamente.
Loki se queda, conjurando sus dos dagas, las hojas brillando con un aura gélida, listo para enfrentar a los flamyrs en un combate encarnizado, decidido a proteger a los suyos a toda costa.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com