FALLEN GODS (DIOSES CAIDOS) - Capítulo 13
- Inicio
- FALLEN GODS (DIOSES CAIDOS)
- Capítulo 13 - 13 CAPITULO 4 PARTE 2 El Verdugo de Joktldar
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
13: CAPITULO #4 PARTE 2: El Verdugo de Joktldar 13: CAPITULO #4 PARTE 2: El Verdugo de Joktldar Mientras tanto, Tyr y Eirik seguían enfrentando a los flamyr en el exterior, rodeados por una intensidad de fuego y caos que no hacía más que crecer.
De repente, una criatura de gran tamaño levantó una enorme roca y, con un rugido amenazante, la lanzó con toda su fuerza hacia Eirik.
Sin vacilar, Eirik extendió sus brazos y atrapó la roca en pleno vuelo, partiéndola en pedazos con un crujido estremecedor que resonó en el aire.
El flamyr de gran tamaño se aproximó, lanzándose sobre él con violencia, pero Eirik, con una velocidad inesperada y una fuerza abrumadora, asestó un golpe directo en su pecho.
Con el impacto, su mano atravesó la carne ardiente de la criatura, arrancándole el corazón de un tirón.
El órgano, envuelto en llamas, cayó al suelo y se desintegró en cenizas, mientras el cuerpo del flamyr se desplomaba, extinguiéndose poco a poco.
Gracias a la gruesa resistencia de su piel, Eirik pudo ejecutar esta acción sin verse afectado por las quemaduras, enfrentándose a los flamyr con una fuerza brutal e implacable.
Al mismo tiempo, Tyr estaba rodeado por dos criaturas que se abalanzaron sobre él.
Tyr, con la agilidad y precisión que lo caracterizaban, se agachó justo a tiempo para esquivar el ataque de dos criaturas que se lanzaron contra él.
Sin perder el ritmo, giró con fluidez y, en un movimiento sincronizado, clavó ambas hachas en las espaldas de los flamyr, hundiéndolas profundamente en su carne ardiente.
Con un grito feroz, Tyr giró sus hachas en direcciones opuestas, lanzando a las criaturas en lados contrarios, haciendo que sus cuerpos llameantes se estrellaran contra el suelo con fuerza.
Las bestias chillaron de dolor, las llamas que las rodeaban parpadeando de forma inestable mientras se debilitaban.
Tyr se preparó, respirando con intensidad, con los ojos fijos en los enemigos que aún quedaban, listo para enfrentar a cualquier otra criatura que osara acercarse.
Eirik tomó impulso y, sin dudarlo, cargó a toda velocidad contra los flamyr, embistiéndolos uno tras otro con una fuerza arrolladora.
Sus ataques los hicieron tambalearse, y algunos cayeron bajo su brutal embate.
Aprovechando el ímpetu, Eirik transformó su hacha en un enorme martillo de guerra, y con un poderoso golpe lanzó a uno de los flamyr por los aires, estrellándolo contra otro que estaba detrás, ambos cayendo en un estallido de chispas y llamas.
Mientras tanto, Tyr se movía con precisión y velocidad, esquivando las bolas de fuego que le lanzaban.
En un giro rápido, se abrió paso entre ellos, y, con una destreza afilada, decapitó a dos flamyr en un solo movimiento.
Las cabezas ardientes rodaron por el suelo antes de extinguirse.
Tyr y Eirik estaban en completa sincronía, cada uno empleando su fuerza única para diezmar a los enemigos y contener la ofensiva que amenazaba con arrasar Joktldar.
Eirik agarró la cabeza de uno de los flamyr y la estrelló contra una estructura de piedra con un crujido resonante.
Apenas alzó la vista, notó que estaba rodeado, pero sin perder tiempo, cargó su martillo y lanzó un ataque giratorio, repeliendo a los flamyr que se le lanzaban encima.
Tyr observó la escena y, con una sonrisa, le lanzó una broma: —Vaya, tengo el mismo truco, ¿sabes?
Tyr también estaba rodeado y, apretando sus hachas con fuerza, desató su técnica especial.
Con voz desafiante gritó: —¡Giro del Berserker!
En un movimiento feroz, comenzó a girar a gran velocidad, convirtiéndose en un torbellino de destrucción.
Cada flamyr que lo tocaba era rebanado al instante, dejando un rastro de cuerpos abatidos a su paso.
Cuando terminó, Eirik, mirando la escena con una sonrisa, le dijo en tono divertido: —Presumido.
Ambos intercambiaron una mirada de complicidad antes de volver al combate, sabiendo que, con técnicas como esas, los flamyr tenían motivos para temerles.
Sin darles un respiro, los flamyr comenzaron a lanzar una lluvia de proyectiles de fuego, obligando a Tyr y Eirik a esquivar y cubrirse a cada segundo.
Pero Eirik, decidido a contraatacar, concentró su poder y gritó: —¡Mordida de Hielo!
Golpeó el suelo con fuerza, y en un instante, una ráfaga de frío intenso se extendió desde sus pies.
El hielo comenzó a materializarse en el suelo, avanzando rápidamente hacia los flamyr.
Uno a uno, los atacantes quedaron atrapados en un manto helado que se extendía a través de sus cuerpos, congelándolos al instante.
Mientras Eirik se tomaba un respiro, un flamyr de gran tamaño aprovechó el momento y lanzó un poderoso golpe directo a su cara.
El impacto fue brutal, pero Eirik, sin inmutarse y con una sonrisa sombría, se giró hacia la criatura.
—¿Eso es todo lo que tienes?
—murmuró.
En un movimiento rápido y despiadado, Eirik atravesó el pecho del flamyr con una de sus manos.
La criatura intentó liberarse, pero antes de que pudiera reaccionar, Eirik ya había clavado la otra mano en su torso, sujetando ambos lados con una fuerza inhumana.
Con una lenta y cruel determinación, empezó a separar las mitades del cuerpo de la criatura.
Los músculos y huesos se desgarraron en una escena grotesca, mientras el flamyr gritaba en agonía.
Finalmente, en un brutal despliegue de poder, Eirik partió al monstruo en dos, dejando caer ambas mitades al suelo.
Tyr, que había presenciado la escena, soltó una carcajada.
—¡CARAJO!
A medida que una nueva oleada de flamyrs se aproximaba, Tyr, sin pensarlo dos veces, avanzó a toda velocidad hacia ellos.
Con un potente rugido, dio un gran salto y, elevando su puño al cielo, gritó: —¡Martillo de Furia!
Descendió con una fuerza devastadora, golpeando el suelo con tal intensidad que una onda expansiva se esparció en todas direcciones, derribando a la mayoría de los flamyrs en su camino.
La tierra tembló bajo sus pies, y los flamyrs que se mantenían en pie tambaleaban, apenas logrando mantenerse firmes.
Eirik, con una sonrisa de satisfacción, no perdió la oportunidad.
Al ver uno de los flamyrs tirado cerca, lo tomó de la pierna y, con una fuerza inhumana, lo alzó como si fuera una improvisada arma.
Con esa criatura como su “maza”, Eirik comenzó a golpear a los demás enemigos, girando y arremetiendo sin piedad, hasta que cada flamyr en su alcance cayó, dejando tras de sí un silencio momentáneo en el campo de batalla.
Tyr y Eirik se miraron por un instante, ambos cubiertos de restos de la pelea, pero victoriosos.
Mientras tanto, Loki desató un torbellino de movimientos rápidos y precisos, sus dagas brillando con un frío letal.
Se lanzó de un flamyr a otro, sus cortes certeros y fluidos derribando enemigos en segundos.
En un momento frenético, envolvió su puño en una capa gruesa de hielo, asestando un golpe brutal que envió a su oponente contra la pared, seguido de una lluvia de puñetazos que no dejó margen de respuesta.
Uno de los flamyrs intentó levantarse, pero Loki, con una frialdad aterradora, le aplastó la cabeza con su puño congelado.
Sin perder tiempo, Loki invocó de nuevo sus dagas, entrando en un estado de ataque frenético.
Se movía con la gracia y la letalidad de un depredador, apuñalando profundamente en los estómagos, cortando extremidades con movimientos calculados, y lanzando rápidas estocadas que dejaban a sus enemigos sin oportunidad de defenderse.
El suelo bajo sus pies estaba teñido de un oscuro resplandor carmesí.
Al darse cuenta de que estaba completamente rodeado, Loki sonrió con una mezcla de desafío y confianza.
Conjuró una cadena verde luminosa, su energía pulsante formando una cuchilla al final.
Con un giro ágil, empezó a usarla como un arma de largo alcance, girándola en amplios arcos que cortaban el aire y a sus enemigos por igual.
Los flamyrs que intentaron acercarse fueron desmembrados al instante, sus cuerpos cayendo sin vida mientras Loki mantenía un área de destrucción a su alrededor.
Cada giro de la cadena aumentaba su rango y velocidad, manteniendo a los flamyrs a raya mientras el Maestro del Engaño controlaba el campo con su devastador arte.
La batalla era un espectáculo de ferocidad y maestría, con Loki demostrando por qué incluso en el caos, él siempre tiene el control.
Eirik y Tyr, tras acabar con los flamyrs, avanzaron con rapidez hacia la cabaña en llamas donde Loki combatía.
Sin embargo, justo cuando estaban por entrar, un destello oscuro cruzó el aire con un silbido mortal.
El impacto fue inmediato: un ataque de energía oscura atravesó limpiamente el hombro de Eirik, haciendo que este retrocediera con un gemido de dolor.
La herida humeaba, un extraño vapor negro emanaba de ella, y su sangre teñía el suelo helado.
—¡Eirik!
—exclamó Tyr, sujetándolo para evitar que cayera.
Eirik, tambaleándose, miró incrédulo la herida en su hombro.
Su respiración era entrecortada, y sus ojos estaban llenos de confusión.
—No puede ser…
—murmuró, casi para sí mismo—.
Mi piel…
es imposible.
Un escalofrío recorrió a ambos guerreros.
Giraron lentamente, con la tensión apoderándose del aire a su alrededor.
Del denso humo que envolvía el lugar, una figura alta y delgada emergía con pasos lentos y deliberados.
Cada movimiento era como una sombra al acecho, tan inquietante que el ambiente parecía enfriarse a pesar de las llamas cercanas.
La figura se detuvo justo antes de revelarse por completo.
Un par de ojos brillaron bajo la penumbra, un rojo intenso y malevolente que parecía perforar el alma.
La criatura tenía una presencia antinatural; su altura y delgadez no eran humanas, y sus largas extremidades se movían como si fueran algo líquido y sólido al mismo tiempo.
Su piel era pálida como un cadáver, pero marcada por líneas negras que pulsaban con una energía oscura.
De repente, la figura habló.
Su voz era profunda, rasposa, y cargada de una frialdad que helaba los huesos.
—Así que…
este es el poder que protege Jotunheim.
Qué decepción.
Eirik, con el rostro contorsionado por el dolor, murmuró: —Es…
él…
Tyr frunció el ceño, sus manos apretando las empuñaduras de sus hachas.
—¿Qué estás diciendo?
Eirik alzó la vista hacia la figura, sus ojos llenos de una mezcla de temor y furia.
—Es…
el maldito que vi en el bosque.
La figura avanzó un paso más, y un aura oscura pareció extenderse a su alrededor.
Las llamas cercanas vacilaron, menguaron como si temieran su presencia, y el humo comenzó a girar a su alrededor, formando un vórtice que intensificaba la atmósfera opresiva.
Una sonrisa torcida se dibujó en su rostro, mostrando dientes afilados y desiguales.
—Ah, así que recuerdas haberme visto, mortal.
No importa.
Tu resistencia es inútil, y tu reino caerá, ya sea bajo mi mano…
o por lo que vendra despues.
La presión en el aire se volvió insoportable, como si el mismo mundo estuviera conteniendo el aliento.
Tyr, aunque intimidado, no dejó que eso lo detuviera.
Dio un paso adelante, sus ojos llenos de desafío.
—No importa quién seas.
Hoy, tú mueres aquí.
La figura rió, una risa hueca que resonó en el aire como un eco siniestro.
—Entonces ven, pequeño guerrero.
Tyr, con un rugido de furia y determinación, apretó con fuerza las empuñaduras de sus hachas y cargó directamente hacia la figura.
Su velocidad era impresionante, y cada paso hacía retumbar el suelo bajo sus pies.
Sus hachas brillaban bajo la luz de las llamas, listas para hundirse en su enemigo.
La figura, sin embargo, no mostró ningún signo de preocupación.
Observó la embestida de Tyr con la misma calma que un depredador estudia a su presa.
Levantó lentamente un dedo, y una pequeña chispa oscura se formó en su punta, pulsando con energía destructiva.
—Patético…
—susurró con desprecio.
Antes de que Tyr pudiera siquiera acercarse, un rayo de energía oscura salió disparado del dedo del ser.
Era pequeño, casi insignificante en tamaño, pero su velocidad era cegadora.
El rayo impactó en el pecho de Tyr con una fuerza brutal, desatando una explosión de energía que resonó como un trueno.
El impacto hizo que Tyr saliera volando como una muñeca de trapo, su cuerpo atravesó el aire a una velocidad aterradora.
El guerrero chocó violentamente contra una cabaña cercana, destrozándola por completo.
La estructura colapsó sobre él, y el sonido de la madera quebrándose y los escombros cayendo fue ensordecedor.
Tyr quedó enterrado entre los restos, inmóvil, inconsciente por el golpe devastador.
Eirik, todavía de pie a duras penas, observó con incredulidad y rabia.
Su corazón latía con fuerza al ver cómo su compañero había sido neutralizado con un simple gesto.
—¡Tyr!
—gritó, su voz cargada de desesperación.
La figura inclinó levemente la cabeza, sus ojos brillando con una malicia escalofriante.
–Que perdida de tiempo.
Eirik, furioso, empuñó su martillo con ambas manos, concentrando toda su fuerza y determinación en un ataque devastador.
Dio un grito de guerra: —¡Por Joktldar!
Con un salto, descargó su martillo con un impacto que habría destrozado montañas, pero el ser apenas levantó su guadaña, un movimiento casi desinteresado.
El sonido del choque resonó como un trueno, pero el martillo se detuvo en seco, sin mover un solo milímetro a la figura.
—¡Imposible!
—gruñó Eirik, sus músculos tensos al máximo, empujando con todas sus fuerzas.
La criatura lo miró con indiferencia, como si el ataque no significara nada, y en un movimiento imperceptible desvió el martillo, que salió volando de las manos de Eirik y se estrelló contra el suelo, lejos de su alcance.
Antes de que Eirik pudiera reaccionar, el ser lo golpeó con un puñetazo aparentemente simple al abdomen.
El impacto fue abrumador; Eirik soltó un grito ahogado, sus ojos se pusieron en blanco y un chorro de sangre escapó de su boca mientras era lanzado varios metros hacia atrás, estrellándose contra una roca con un sonido seco.
Eirik cayó de rodillas, jadeando y sosteniéndose el pecho, el dolor cegador atravesando su cuerpo como si lo hubieran golpeado con un arma divina.
Apenas pudo susurrar: —¿Qué…
qué eres?
El ser observó a Eirik con una calma que hacía temblar el alma, y su voz surgió como un eco desgarrador: —A lo largo de los siglos, he portado muchos nombres.
Pero el que sella mi condena… ese es un susurro que tus labios no vivirían para pronunciar.
Eirik, intentando contener el miedo, apretó su martillo con fuerza mientras el ser daba un paso adelante, sus ojos brillando con un poder indescriptible.
—¿Quieres saber lo que soy?
—continuó el ser, con una sonrisa siniestra que parecía helar el aire a su alrededor—.
Soy el que convierte las esperanzas en polvo, el que reduce a los héroes a susurros olvidados.
Soy la sombra que alimenta sus pesadillas.
Llámame como quieras, mortal… pero al final, solo seré el fuego que consuma tu mundo.
Eirik, respirando pesadamente y con sangre en sus labios, reunió cada fragmento de su fuerza.
Sus ojos destellaron con determinación y furia mientras un aura helada comenzaba a envolverlo.
—¡Hoja Furiosa!
—rugió, lanzándose hacia el ser con un puño cargado de poder.
El golpe impactó directamente en su rostro, logrando algo que parecía imposible: el ser retrocedió, aunque apenas un paso.
Pero Eirik no se detuvo.
—¡No te atrevas a subestimarme!
Una lluvia de golpes rápidos y devastadores comenzó a llover sobre el ser, quien por primera vez levantó una mano para bloquear algunos de los ataques.
A pesar de la diferencia abismal en poder, la velocidad y la intensidad de Eirik lo obligaron a reaccionar, rompiendo momentáneamente su postura imponente.
El viento comenzó a arremolinarse alrededor de Eirik, sus brazos brillando con energía elemental mientras su voz resonaba con un rugido inquebrantable.
—¡Viento Cazador!
Con un movimiento fulminante, Eirik canalizó ráfagas de viento cortante que se desataron como una tormenta alrededor del enemigo.
El suelo se desgarró bajo el impacto de las ráfagas, y las estructuras cercanas temblaron por la potencia del ataque.
El ser alzó su guadaña para protegerse, y las ráfagas chocaron contra él con un estruendo ensordecedor, levantando una nube de polvo y escombros.
Por un instante, todo quedó en silencio.
La nube comenzó a disiparse, revelando al ser, quien ahora tenía cortes visibles en su túnica y una mirada de ligera molestia en sus ojos oscuros.
—Interesante…
—musitó, mientras bajaba la guadaña lentamente.
Aunque su cuerpo parecía prácticamente intacto, había una ligera tensión en su postura, como si reconociera que Eirik no era un simple obstáculo.
Eirik, jadeando, sonrió con cansancio pero orgullo.
—Eso fue por Tyr…
y por Jotunheim.
El ser respondió con un leve asentimiento, como si concediera un retazo de respeto.
Pero en sus labios se formó una sonrisa gélida y cruel.
—¿Eso es todo?
La tensión volvió al aire mientras el enemigo avanzaba un paso más, su presencia aún tan abrumadora como antes.
Eirik, enfurecido y negándose a ceder, rugió como una bestia desatada.
Con una velocidad y fuerza descomunales, embistió al ser, logrando derribarlo contra el suelo.
La tierra tembló por el impacto mientras Eirik, montado sobre él, cerraba sus manos alrededor del cuello del enemigo con un agarre tan fuerte que sus músculos parecían al borde de desgarrarse.
—¡No importa quién seas!
¡Hoy caerás aquí!
—gritó Eirik, su rostro una mezcla de furia y determinación.
Sin embargo, la mirada del ser no mostraba ni miedo ni debilidad.
Con una calma escalofriante, levantó una sola mano.
Lentamente, con una fuerza que parecía imposible, comenzó a separar las manos de Eirik de su cuello.
Los músculos de Eirik temblaban mientras intentaba resistir, pero el enemigo no vaciló.
—¿Esto es todo lo que puede ofrecer un gigante?
—susurró con desprecio.
Cuando finalmente liberó su cuello, el ser lanzó un puñetazo devastador directo a la garganta de Eirik.
El impacto resonó como un trueno, dejando a Eirik sin aliento y cayendo de rodillas.
Antes de que pudiera reaccionar, una ráfaga de golpes brutales comenzó a caer sobre él.
El ser golpeó su rostro con tal fuerza que su cabeza se inclinó violentamente hacia un lado, un hilo de sangre brotando de su boca.
Sin detenerse, lanzó un golpe a su abdomen que lo hizo escupir sangre, seguido de un impacto en sus costillas que resonó con un crujido.
—¡Patético!
—rugió el ser, mientras tomaba a Eirik por la cara.
Sin piedad, alzó su rodilla y la estrelló contra su rostro, haciendo que un estruendo húmedo llenara el aire.
La cabeza de Eirik se echó hacia atrás, y sus ojos parecían perder el foco por un instante.
Pero el enemigo no había terminado.
Con una fuerza sobrehumana, lo levantó del suelo sosteniéndolo por el cuello.
—Deberías haber permanecido en el suelo.
Con un movimiento brutal, estrelló todo el cuerpo de Eirik contra el suelo, levantando una nube de polvo y fragmentos de piedra.
El impacto dejó un cráter donde Eirik yacía inmóvil.
La brutalidad de la escena era tan visceral que cualquiera que la presenciara habría sentido un nudo en el estómago.
El ser se irguió, su figura imponente y completamente indemne.
Observó el cuerpo maltrecho de Eirik con desdén antes de dar un paso hacia él, como si estuviera a punto de terminar lo que había empezado.
El ser, con una frialdad aterradora, se inclinó sobre Eirik, que aún luchaba por recuperar el aliento tras el golpe en la garganta.
Sin darle un instante para reaccionar, su puño descendió como un martillo, impactando directamente en el rostro de Eirik con un sonido sordo y húmedo.
La sangre salpicó el suelo mientras el gigante caía hacia atrás, pero el enemigo no le dio respiro.
—¿Esto es lo mejor que tienes?
—murmuró, su voz llena de desprecio.
Lo levantó de nuevo del suelo con una facilidad insultante, tomándolo por el cuello.
Mientras Eirik intentaba zafarse, el ser lo lanzó contra una pared cercana, atravesándola con su cuerpo.
Antes de que pudiera levantarse, el enemigo estaba sobre él, levantando su pierna y descargando una patada directamente en su pecho.
El impacto fue tan brutal que el crujido de huesos resonó en el aire, haciendo que Eirik escupiera sangre mientras caía al suelo como un muñeco de trapo.
—Mírate.
Un gigante reducido a nada más que un saco de carne.
Aprovechando que Eirik intentaba levantarse, el ser lo tomó por el cabello, obligándolo a mirar hacia arriba.
Sin previo aviso, su puño se hundió en el estómago del gigante con tal fuerza que el cuerpo de Eirik se dobló en un ángulo antinatural, sus ojos desorbitados por el dolor.
Luego vino una serie de golpes brutales y calculados: uno al rostro que lanzó a Eirik varios metros hacia atrás, otro en el costado que lo hizo girar en el aire antes de estrellarse contra el suelo, y un rodillazo que lo levantó del suelo solo para ser derribado nuevamente con un golpe de codo en la espalda.
El ser no se detuvo.
Tomó a Eirik por la pierna, levantándolo en el aire, y lo azotó contra el suelo como si fuera un juguete roto, una y otra vez.
El suelo se agrietó con cada impacto, y los gruñidos de dolor de Eirik comenzaron a convertirse en jadeos débiles.
Finalmente, el ser lo arrojó como si fuera basura, permitiendo que el cuerpo maltrecho de Eirik se deslizara por el suelo.
Pero antes de alejarse, se acercó de nuevo, levantándolo una última vez del cuello.
—No eres más que un eco vacío de una raza que alguna vez fue fuerte.
Con un movimiento brutal, lo estrelló contra el suelo con tal fuerza que una onda expansiva destrozó el área alrededor.
Eirik quedó inmóvil, su cuerpo cubierto de sangre y polvo, mientras el ser se erguía sobre él, imponente y absolutamente indemne.
El ser tomó a Eirik por el cabello, levantándolo como si no pesara nada.
El guerrero, jadeante y cubierto de sangre, intentaba luchar, pero su cuerpo no respondía.
La figura lo acercó lentamente a su rostro, con un gesto de desprecio que congelaba el aire a su alrededor.
—Mírate —dijo el ser, su voz tan fría como la tumba—.
Eirik, el titán de hielo.
El bastión de Joktldar.
Creíste que tu fuerza era suficiente para desafiarme.
Creíste que tus golpes, tu furia, podrían siquiera rozar mi poder.
¿Y qué has logrado?
Nada.
Eres solo otro insecto aplastado bajo mi bota.
Eirik intentó mover sus brazos, pero el ser tiró de su cabello con más fuerza, forzándolo a mirarlo directamente a los ojos, dos pozos insondables de oscuridad.
—¿Duele?
—continuó, con una sonrisa que helaba la sangre—.
Esa es la diferencia entre tú y yo, criatura insignificante.
Tú luchas con músculo y hueso, con una fuerza que crees inquebrantable.
Pero yo… yo soy la tempestad que consume mundos.
Soy el filo de la muerte que no puedes detener.
Tú eres un hombre jugando a ser un dios, y yo…
yo soy el juicio que derrumba tus pretensiones.
El ser lo levantó aún más alto, dejando que las piernas de Eirik colgaran sin fuerza.
—Tu resistencia, tu orgullo, tus juramentos…
Todo eso no es más que polvo ante mí.
Recuerda este momento, Eirik.
Recuerda el instante en que te enfrentaste a la verdadera oscuridad y supiste, con cada fibra de tu ser, que no eres nada.
Con un movimiento violento, lo lanzó contra el suelo una vez más, el impacto estremeciendo la tierra.
Eirik quedó inmóvil, apenas consciente, mientras el ser lo miraba desde arriba con una indiferencia casi insultante.
—Y ahora, siéntete honrado, pues te permito vivir un poco más.
No por misericordia, sino porque el miedo que sembraré en ti servirá como advertencia para los demás.
El ser levantó su guadaña al aire, y en un instante, la atmósfera pareció quebrarse como cristal bajo una presión insoportable.
Las llamas a su alrededor comenzaron a arremolinarse, pero no eran como las llamas comunes.
Eran negras como la noche, con destellos carmesí que latían como un corazón agonizante.
El aire se llenó de un hedor nauseabundo, una mezcla de cenizas, sangre y algo más, algo que olía a pura desesperación.
—Esto no es fuego común —dijo el ser con una calma glacial, sus palabras perforando la tensión como cuchillos—.
No quemará tu carne, Eirik.
Eso sería demasiado misericordioso.
Estas llamas devoran algo más profundo… lo que realmente te hace ser tú.
Con un simple movimiento de su mano, una ráfaga de esas llamas infernales se lanzó hacia Eirik, envolviéndolo como una víbora hambrienta.
Al primer contacto, Eirik gritó, un sonido desgarrador que resonó por todo el campo de batalla, haciendo que hasta los más valientes de Joktldar se estremecieran.
Pero no era un grito de dolor físico.
Era algo mucho más profundo, algo que no podía ser ignorado.
Eirik cayó de rodillas, sus ojos desorbitados mientras intentaba comprender lo que estaba sucediendo.
Podía sentir las llamas penetrar su ser, arrancando algo intangible de dentro de él.
Su cuerpo temblaba incontrolablemente, y lágrimas comenzaron a correr por su rostro, no por el calor, sino por la agonía indescriptible que sentía.
Era como si cada recuerdo, cada fragmento de su identidad, estuviera siendo arrancado con tenazas ardientes.
—¡No!
¡NO!
—gritó Eirik, su voz quebrándose como un cristal a punto de romperse.
Se aferró a su pecho, como si pudiera proteger lo que le estaban robando, pero las llamas eran implacables.
En su mente, imágenes confusas comenzaron a proyectarse: los rostros de sus seres queridos, momentos de triunfo, de dolor… todo se distorsionaba y desmoronaba como papel quemado.
El ser lo miraba con una fría satisfacción, su rostro apenas iluminado por el fulgor de las llamas infernales.
Dio un paso más cerca, su sombra proyectándose sobre el cuerpo destrozado de Eirik.
—¿Lo sientes?
—preguntó, su voz baja, casi un susurro, pero cargada de un poder que llenaba el aire—.
Este es el precio de tu arrogancia.
Cada llama que te envuelve es una parte de tu espíritu que jamás recuperarás.
Estás siendo despojado de lo que te hace humano, pedazo por pedazo.
Y cuando termine, Eirik… no quedará nada de ti salvo un cascarón vacío.
Eirik intentó levantarse, pero las llamas lo hicieron caer de nuevo.
Ahora, apenas podía emitir un sonido, su garganta desgarrada por los gritos.
Sus ojos, antes llenos de determinación, ahora reflejaban puro terror.
Intentaba hablar, pero solo balbuceaba palabras incoherentes, como un hombre que está siendo arrastrado a la locura.
—Este es tu lugar —dijo el ser con desdén—.
No como un guerrero, ni como un héroe, sino como una criatura quebrada, sin más propósito que ser un ejemplo para los demás.
Eirik, el imbatible… reducido a un simple peón que suplica por piedad.
Eirik intentó hablar, pero no tenía voz.
Sus labios se movían sin producir sonido, y su mirada estaba perdida, su mente al borde del colapso.
Las llamas seguían consumiéndolo, y parecía que no había fin.
Cada segundo era una eternidad de tormento, un recordatorio de que no había escapatoria.
El ser, satisfecho con la escena, extendió su mano hacia el cielo, intensificando las llamas.
Ahora, incluso el aire alrededor de Eirik parecía arder, vibrando con una energía oscura y opresiva.
Las sombras del entorno se alargaron, como si el mundo mismo reconociera el poder y la crueldad del tormento que estaba presenciando.
—Esta es tu única verdad, Eirik.
Tu resistencia es inútil, tus gritos son música, y tu destino… es ser olvidado, consumido por el fuego que ni siquiera los dioses pueden apagar.
Y las llamas continuaron.
No había respiro, no había esperanza.
Solo un dolor eterno que parecía no tener fin, mientras el ser observaba, indiferente, como un dios contemplando una creación rota.
El ser seguía torturando a Eirik sin pausa, disfrutando de sus gritos desgarradores.
Las llamas infernales se intensificaban con cada segundo, consumiendo el espíritu del guerrero como si fuera papel bajo el fuego.
Eirik apenas podía emitir sonidos coherentes; sus ojos estaban llenos de un sufrimiento tan profundo que resultaba insoportable incluso de observar.
De repente, a través del aire cargado de tensión y dolor, un hacha salió disparada a toda velocidad, cortando el aire como un rayo, hasta clavarse directamente en el pecho del ser con un impacto brutal.
El ser, inmóvil por un momento, bajó la vista hacia el hacha que ahora sobresalía de su pecho.
Su mirada fría y despiadada se alzó lentamente, como si quisiera asegurarse de quién había osado atacarlo.
Con un movimiento casi casual, agarró el mango del hacha con su mano enguantada, y un siseo siniestro resonó cuando su aura oscura comenzó a envolver el arma, como si esta se quemara bajo su toque.
Tyr, emergiendo de entre los escombros de la cabaña, lucía una expresión llena de furia.
Sangre le escurría por el rostro, y su respiración era pesada, pero sus ojos brillaban con determinación.
Avanzó hacia el ser con pasos firmes, blandiendo su segunda hacha con ambas manos.
—¡Déjalo ahora!
—rugió Tyr, su voz cargada de rabia.
El ser giró su cabeza ligeramente, observándolo como quien observa a un insecto insolente.
Lentamente, extrajo el hacha de su pecho, la sangre negra goteando del arma mientras la inspeccionaba con indiferencia.
Luego la dejó caer al suelo, el sonido metálico resonando con eco en el ambiente sombrío.
—Tyr, ¿no es así?
—dijo el ser con una voz baja y burlona, inclinando la cabeza—.
Qué entrañable.
Otro “héroe” que no sabe cuándo aceptar su derrota.
Tyr apretó los dientes, avanzando aún más rápido, con la mirada fija en su enemigo.
—No necesito tus palabras.
Hoy, vas a caer.
El ser soltó una carcajada fría, carente de emoción.
—¿Correr hacia tu muerte te llena de orgullo?
Veamos cuánto dura esa valentía cuando yo arranque tus entrañas y las esparza junto a tu amigo.
En ese instante, Tyr lanzó un rugido de guerra y, con una fuerza abrumadora, saltó hacia el ser, desatando un poderoso golpe con su hacha.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com