FALLEN GODS (DIOSES CAIDOS) - Capítulo 14
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Capítulo 14: CAPITULO #4 PARTE 3: Tormenta Sobre Jottunheim
Mientras tanto, Loki se encontraba sumido en un frenético combate contra los flamyr que seguían acechándolo sin tregua. Con movimientos rápidos y certeros, deslizaba sus dagas por el aire, cortando con precisión letal. Cada golpe que lanzaba era un despliegue de agilidad y estrategia; su danza de muerte era un espectáculo de destreza sobrehumana.
De repente, Loki conjuró un hechizo, y a su alrededor comenzaron a materializarse varios clones idénticos a él, sombras vivientes que replicaban sus movimientos. —Vamos, criaturas patéticas— dijo con una sonrisa sarcástica, observando cómo los flamyr se confundían al no saber a quién atacar.
Los clones no solo distraían a los enemigos, sino que multiplicaban la ofensiva. Atacaban desde todos los ángulos, apuñalando con precisión quirúrgica y desapareciendo en un estallido de luz verde cuando recibían un golpe. Loki aprovechaba cada momento de desconcierto para atacar con mayor ferocidad, abalanzándose sobre sus enemigos con una combinación de cortes y estocadas que los reducían a cenizas uno tras otro.
En un instante de pura inspiración, Loki conjuró una serie de cadenas mágicas que se extendieron como serpientes vivas, envolviendo a un grupo de flamyr y estrangulándolos con brutalidad. —¿No es hermoso?— comentó, jadeando por el esfuerzo, mientras miraba cómo sus enemigos sucumbían bajo su poder.
El sonido de las llamas y los gritos de los flamyr eran ensordecedores, pero Loki no cedía terreno. A pesar de estar rodeado, seguía luchando con una intensidad que dejaba claro que no solo estaba defendiendo su vida, sino demostrando que no era alguien a quien subestimar.
Mientras tanto, Angrboda lideraba con determinación a los aterrorizados sobrevivientes fuera del pueblo devastado. Sus ojos, fieros y calculadores, escaneaban el horizonte en busca de peligro, cuando de repente un rugido infernal llenó el aire. De las sombras emergieron más flamyr, sus cuerpos ardientes iluminando la noche con un brillo infernal. Antes de que Angrboda pudiera reaccionar, los monstruos cayeron sobre dos desafortunados rezagados, desmembrándolos brutalmente. Los gritos desgarradores resonaron, sumiendo al resto en el pánico.
—¡Corran!— gritó Angrboda mientras extendía su mano derecha. Una espada de energía brillante y azulada se materializó en su palma, chisporroteando con poder sobrenatural. Sus movimientos eran una mezcla perfecta de elegancia y letalidad mientras cargaba contra los flamyr, cada golpe de su espada un trazo preciso que cortaba el aire y sus enemigos con igual facilidad.
Con una ráfaga de telequinesis, alzó escombros cercanos y los lanzó como proyectiles hacia los flamyr más cercanos, aplastando a algunos contra las paredes. Uno de ellos se abalanzó sobre ella, pero con un giro fluido de su cuerpo lo esquivó, al tiempo que su espada trazaba un arco que lo partió en dos.
Los flamyr contraatacaron, disparando esferas ardientes en su dirección. Angrboda alzó un muro de agua que invocó con un gesto rápido, apagando las llamas al instante. Acto seguido, transformó el agua en lanzas heladas que se dispararon hacia sus enemigos, perforándolos con precisión mortal.
Uno de los flamyr más grandes se lanzó hacia ella, rugiendo con furia, pero Angrboda extendió su mano izquierda y, con un gesto de telequinesis, lo levantó del suelo. —¡No más sangre inocente!— gritó con voz firme, estrellándolo violentamente contra el suelo repetidas veces hasta que el monstruo quedó inmóvil.
El combate era frenético, y su espada cortaba con gracia letal mientras sus conjuros añadían una dimensión devastadora a la batalla. Cada movimiento era un ballet entre el caos y el control absoluto, una demostración de que, aunque superados en número, la voluntad y la destreza podían superar cualquier adversidad.
Angrboda no se detenía, y su determinación inspiraba a los pocos sobrevivientes que quedaban. La luz de su espada y el resplandor de su magia iluminaban la noche, prometiendo que mientras ella estuviera allí, los flamyr tendrían que luchar con todo para reclamar más vidas.
Mientras Angrboda luchaba ferozmente, su voz resonó en la mente de Loki a través de la telepatía, cargada de urgencia:
—Loki, los flamyr están bloqueando nuestro camino. Nos superan poco a poco. Necesitamos ayuda, ahora.
Loki, con su semblante lleno de determinación y furia, levantó una mano al cielo mientras el aire alrededor comenzaba a vibrar. Su voz, potente y solemne, resonó como el eco de un trueno:
—¡Escucha, guardián del equilibrio dormido! Tú, el que reposa en las profundidades del bosque, cuya presencia hace temblar a los dioses y a las sombras. No más descanso, no más silencio. Hoy, los gritos de inocentes claman por ti, las llamas del caos demandan tu poder. ¡Levántate, Fenrir! ¡Hijo de la noche eterna, colmillos del destino, azote de los cielos! Tu hora ha llegado. ¡Responde a mi llamado y libera tu ira!
Un brillo verde iluminó el cielo mientras las palabras de Loki atravesaban la distancia, como si el bosque entero las susurrara de árbol en árbol.
En lo más profundo de la espesura, un claro silencioso cobijaba la imponente figura de un lobo colosal, dormido entre raíces y rocas. Su respiración, pausada pero pesada, había mantenido el equilibrio del bosque durante años. De repente, el suelo comenzó a vibrar ligeramente, las hojas danzaron en el aire, y un susurro sobrenatural recorrió el lugar.
Los ojos de Fenrir se abrieron de golpe, dos orbes amarillos que brillaban como antorchas en la oscuridad. Su mirada, aguda e imponente, perforó el entorno con una ferocidad contenida. Con un movimiento lento pero poderoso, el lobo se levantó, estirando su inmenso cuerpo de 10 metros de altura. Su pelaje oscuro como la noche parecía absorber toda la luz, mientras que un gruñido bajo y gutural escapaba de su garganta, llenando el claro con un aura de puro poder.
De repente, Fenrir inclinó su cabeza hacia el cielo y lanzó un aullido ensordecedor, un llamado que hizo temblar los árboles y quebrar las piedras cercanas. Su presencia era tan abrumadora que incluso las criaturas del bosque se dispersaron en pánico, huyendo de una fuerza que no podían comprender ni enfrentar.
En el pueblo, Loki sintió el vínculo formarse, su energía conectada con la del lobo colosal. Con una sonrisa cargada de propósito, susurró con satisfacción:
—El guardián ha despertado. Flamyrs, hoy no encontrarán gloria ni victoria… solo la furia de Fenrir.
El temblor de los pasos de la bestia comenzó a sentirse a la distancia, cada zancada acercando su imponente figura al campo de batalla. Las llamas del pueblo reflejaban en su pelaje oscuro, y sus colmillos relucían bajo la luz, listos para desgarrar todo lo que se interpusiera en su camino. Fenrir había llegado, y con él, la destrucción imparable.
Angrboda continuaba luchando ferozmente, su espada de energía cortando con gracia pero con un propósito letal. Cada movimiento era un baile mortal, con conjuros de fuego y agua que salían de sus manos, creando explosiones y ráfagas que derribaban a los Flamyrs uno tras otro. Sin embargo, la cantidad parecía interminable. Cada vez que un enemigo caía, otros dos tomaban su lugar, cerrando el cerco a su alrededor.
—¡Vamos! ¡Pueden más que eso! —gritó, su tono desafiante, pero sus ojos reflejaban la creciente preocupación.
A medida que los Flamyrs se acercaban, comenzaron a coordinarse, atacando desde diferentes direcciones. Una esfera de fuego pasó rozando su rostro, chamuscando su cabello. Otra la obligó a retroceder, y aunque logró bloquear con un escudo de agua, la fuerza del impacto la empujó hacia atrás, haciéndola tambalear. Desde el flanco, una garra rasgó su costado, y un grito de dolor escapó de sus labios.
Siguió peleando, a pesar de las heridas. Con un movimiento desesperado de telequinesis, levantó una ráfaga de piedras del suelo y las lanzó como proyectiles, derribando a varios enemigos. Pero sus movimientos comenzaban a ralentizarse; la elegancia de antes daba paso a un combate desesperado. Una bola de fuego impactó su hombro, quemando su túnica, y otra golpeó su abdomen, haciéndola caer de rodillas.
—No… —murmuró, sus ojos buscando una salida. Estaba jadeando, el sudor mezclado con sangre corría por su rostro.
Entonces, ocurrió. Una esfera de fuego, más grande y rápida que las demás, surcó el aire antes de que pudiera reaccionar. Impactó directamente en su pierna derecha. El dolor fue inmediato y desgarrador, como si un hierro candente se incrustara en su carne. Un grito desgarrador salió de ella mientras caía al suelo, su espada de energía desapareciendo de su mano.
—¡No! ¡No puedo…! —trataba de levantarse, pero su pierna no respondía. Los músculos quemados y los nervios destruidos la traicionaron.
Los Flamyrs se acercaban lentamente, como depredadores jugando con su presa. Angrboda miró alrededor, buscando algo, cualquier cosa que pudiera usar para defenderse. Pero estaba atrapada, con la pierna inutilizada y el dolor que la hacía estremecerse. Podía sentir las lágrimas ardiendo en sus ojos, no solo por el dolor físico, sino por la desesperación. Las sombras de los Flamyrs la envolvían, sus ojos brillantes y sádicos disfrutando de su sufrimiento.
—¿Así terminará? —susurró para sí misma, apretando los dientes mientras intentaba arrastrarse hacia los supervivientes que estaban detrás de ella.
Cuando todo parecía perdido, Angrboda, herida y jadeante, apenas lograba mantenerse consciente. Los Flamyrs se acercaban, el fuego danzando en sus manos, preparados para acabar con ella. Cerró los ojos, sabiendo que ya no tenía fuerzas para luchar.
Pero entonces, el aire cambió.
Un rugido ensordecedor rompió el silencio: un estruendo que resonó en la tierra misma. Un proyectil luminoso atravesó el campo como un relámpago, impactando en los Flamyrs con tal fuerza que sus cuerpos se desintegraron en cenizas. Angrboda abrió los ojos, desconcertada. En el aire flotaba un arma: un martillo poderoso, rodeado de un aura eléctrica que chisporroteaba con furia.
El martillo giró en el aire y salió disparado de regreso a su dueño. La figura que emergió del humo tenía una presencia imponente, casi divina. Era un hombre de cabellos rojizos que brillaban como el fuego bajo el cielo oscuro, sus ojos centelleaban con una mezcla de ira y determinación. Alzó el brazo y el martillo, Mjolnir, se posó en su mano con un estruendo que hizo retroceder incluso a los Flamyrs más valientes.
—¡Enemigos de Asgard, tiemblen! Han desafiado a un pueblo que no conoce la rendición. Y ahora, conocerán la furia del trueno.
La voz de Thor resonó como un trueno mismo, poderosa y llena de autoridad. Alzó el martillo hacia el cielo, y una tormenta de rayos iluminó el campo de batalla, bañando todo en luz cegadora.
—¡Asgardianos! —gritó Thor, girando su rostro hacia los guerreros que lo seguían, quienes emergieron tras él, gritando con furia, armados y listos para la batalla—. ¡Muestrenle! a estas criaturas el peso de nuestra fuerza de nuestra voluntad! ¡Por Jottunheim!
Las tropas asgardianas avanzaron con un grito de guerra ensordecedor, sus armas brillando bajo los rayos que Thor había convocado. Mjolnir surcó el aire una vez más, partiendo las filas enemigas mientras Thor avanzaba al frente, un torbellino de poder y furia.
Angrboda, aún tendida en el suelo, sintió cómo una renovada esperanza llenaba su pecho. Las palabras de Thor, su presencia, y la llegada de las tropas asgardianas habían transformado su desesperación en determinación. Aunque su cuerpo estaba herido, su espíritu ahora ardía como nunca antes.
El choque entre las tropas asgardianas y los Flamyrs fue como el encuentro de dos tormentas furiosas. Bajo un cielo cargado de rayos y truenos, la tierra tembló con el estruendo de las armas, los gritos de guerra y el rugido de las llamas. Thor lideraba el avance, Mjolnir girando como un torbellino de destrucción, arrasando con los Flamyrs que intentaban detenerlo. Cada golpe del martillo era un cataclismo: cuerpos eran lanzados por los aires y el suelo se quebraba bajo su fuerza.
Los Flamyrs no eran enemigos comunes. Sus ataques eran implacables, sus llamas voraces, y su número parecía interminable. Sus líderes, figuras sombrías cubiertas de fuego, lanzaban órdenes en un idioma extraño, convocando a sus guerreros a luchar con una ferocidad inhumana. Las flechas de fuego cruzaban el campo, incendiando la tierra y a los desafortunados que no podían esquivar su mortal trayectoria.
Pero los asgardianos no cedían. Con una disciplina impecable, formaron una línea impenetrable, avanzando con escudos entrelazados y lanzas listas para atravesar a cualquiera que se interpusiera en su camino. El estruendo de los choques de metal resonaba como un macabro tambor de guerra. Thor lideraba con una ferocidad que inspiraba a sus guerreros, pero también aterraba a los Flamyrs.
En el corazón de la batalla, un grupo de asgardianos quedó rodeado. Los Flamyrs, aprovechando su número y sus llamas, los empujaban hacia un rincón. Era un caos total: gritos de dolor, el crepitar de las llamas, y el sonido de los aceros chocando. Justo cuando parecía que la línea iba a ceder, un rayo cayó del cielo, incinerando a los Flamyrs que los rodeaban. Thor apareció entre las filas con un salto titánico, Mjolnir en alto, y con un rugido de furia se lanzó al rescate.
Los asgardianos gritaron con renovada fuerza y retomaron el avance, cada golpe y corte vengando a sus compañeros caídos. La batalla se transformó en un brutal cuerpo a cuerpo. Espadas, hachas y lanzas se entrelazaban con las manos ardientes de los Flamyrs. Hombres y criaturas luchaban hasta el último aliento, ensuciados de sangre y cenizas.
En un rincón del campo, una guerrera asgardiana peleaba con una espada rota, rodeada por tres Flamyrs. Cuando parecía que su fin era inevitable, un grupo de arqueros asgardianos, apostados en una colina cercana, lanzó una lluvia de flechas, atravesando a los enemigos. Su líder, un joven con un arco tallado con runas, gritó:
—¡Mantengan la cobertura desde las alturas!
Las flechas siguieron cayendo como lluvia mortal, manteniendo a raya a los Flamyrs más lejanos.
Mientras tanto, en otra parte del campo, un grupo de Flamyrs gigantes, criaturas descomunales de fuego y roca, aplastaba a los asgardianos con sus enormes brazos. Uno de ellos levantó a un guerrero y lo lanzó como un muñeco hacia un grupo de soldados. Thor lo vio y cargó contra la criatura con un rugido que sacudió los corazones de sus enemigos. Con un salto prodigioso, impactó a la criatura en la cabeza con Mjolnir, desintegrándola en un estallido de lava y piedras.
Las tropas asgardianas comenzaron a ganar terreno, avanzando implacablemente. Pero los Flamyrs no retrocedían sin luchar. Desde el flanco derecho, un grupo de ellos desató una ola de fuego que arrasó con decenas de guerreros. El humo y las cenizas oscurecieron el campo de batalla. Por un momento, el caos reinó nuevamente.
Thor, en el centro del campo, levantó a un asgardiano caído mientras con Mjolnir mantenía a raya a los enemigos que intentaban acercarse.
—¡Mantengan la línea! ¡No retrocedan ni un paso! ¡Hoy los dioses de Asgard pelean con ustedes!
Los guerreros, inspirados por su líder, gritaron al unísono y empujaron hacia adelante, derribando a los Flamyrs con renovada furia.
La batalla, aunque todavía en curso, comenzaba a inclinarse a favor de Asgard. Sin embargo, el campo de batalla seguía siendo un espectáculo dantesco, con humo, cenizas y cuerpos por doquier. En el horizonte, el rugir de las llamas aún se mezclaba con los gritos de los combatientes. La guerra no había terminado, pero los asgardianos demostraban que su resistencia era inquebrantable.
Angrboda estaba tendida en el suelo, jadeando, su cuerpo temblando por el dolor y el agotamiento. Con desesperación intentaba levantarse, pero su pierna herida y el cansancio la mantenían clavada al suelo. Los dos Flamyrs se acercaban rápidamente hacia los aterrados sobrevivientes, sus figuras deformes y ardientes proyectando sombras danzantes en la penumbra.
Uno de ellos levantó su brazo llameante, listo para atacar a un niño que se aferraba al cuello de su madre, ambos paralizados por el miedo. Angrboda, con los ojos llenos de lágrimas, trató de moverse, gritando con furia impotente:
—¡No!
De repente, el aire se llenó de un sonido metálico, como si dos filos se desenvainaran al unísono. En un instante, los Flamyrs quedaron paralizados, sus cuerpos desgarrados por cortes precisos que apenas dejaron tiempo para que reaccionaran. Se desplomaron al suelo, convertidos en cenizas por un ataque fulminante.
Angrboda levantó la vista, su corazón latiendo con fuerza, mientras una figura emergía de la oscuridad. Era Balder. Su armadura de batalla estaba teñida de tonos oscuros bajo la luz de las llamas, pero su porte emanaba una calma letal. En cada mano sostenía una espada que brillaba débilmente con un resplandor azul plateado, como si absorbieran la tenue luz nocturna a su alrededor.
Baldur giró hacia los sobrevivientes, su expresión severa, y habló con una calma que contenía una furia apenas contenida.
—No dejaré que estas bestias toquen a ninguno de ustedes.
Antes de que pudiera decir más, un tercer Flamyr saltó desde las sombras, rugiendo con furia mientras su cuerpo llameante iluminaba el ataque. Sin apenas moverse, Balder giró una de sus espadas en un arco rápido y limpio, reduciendo al Flamyr a cenizas con un solo corte.
Extendiendo una mano hacia Angrboda, Balder la miró con determinación.
—Levántate.
Ella tomó su mano, sintiendo un renovado vigor mientras él la ayudaba a ponerse de pie. El dolor en su pierna seguía presente, pero la presencia de Balder la hacía sentir como si aún tuviera una oportunidad.
Baldur ajustó su agarre en las espadas y miró hacia el grupo de Flamyrs que aún avanzaban hacia ellos, sus ojos reflejando la determinación de un guerrero que había enfrentado batallas mucho peores.
—Ahora, ¿quién quiere ser el siguiente? —preguntó con un tono helado, antes de lanzarse al combate, cortando y destruyendo a sus enemigos con una precisión implacable.
Baldur observó a Angrboda, notando su estado crítico. La sangre manchaba su ropa y su rostro mostraba la lucha interna por mantenerse en pie. Con una mezcla de preocupación y determinación en sus ojos, le dijo con firmeza:
—No puedes seguir luchando así. Limítate a proteger a los habitantes. Yo me encargaré de ellos.
Sin esperar respuesta, Balder se giró hacia los Flamyrs que se aproximaban. Uno de ellos, con un rugido gutural, se lanzó hacia él con sus garras llameantes. Balder se movió como un rayo, esquivando con una rapidez casi sobrenatural y, en un movimiento fluido, hundió su espada directamente en la garganta del Flamyr. La criatura se detuvo en seco, soltando un gorgoteo mientras la luz de su cuerpo se extinguía antes de colapsar.
Baldur se irguió, con su espada aún chisporroteando de la energía que había absorbido del Flamyr derrotado. Cerró los ojos por un breve instante, sintiendo el calor de las llamas a su alrededor. Extendió ambas manos hacia el cielo, y un tenue resplandor comenzó a formarse en sus palmas.
—Luz que desvela la oscuridad… ven a mí, como lo has hecho siempre.
Las llamas que rodeaban a los Flamyrs titilaron como si respondieran a su llamado, y el resplandor en sus manos creció hasta convertirse en un orbe radiante que iluminó la noche. Con un salto poderoso, Balder se elevó alto en el aire, sus movimientos fluidos y gráciles como los de un ave. Desde lo alto, el orbe de luz en sus manos brilló con una intensidad cegadora.
—¡Purga la corrupción!
Con un grito de guerra, lanzó la energía hacia un grupo de Flamyrs que se reunían en formación. El orbe impactó con una explosión de luz que desintegró a las criaturas al instante, dejando tras de sí un silencio ensordecedor y un cráter humeante.
Baldur aterrizó con gracia, sus espadas listas mientras la luz que lo rodeaba se desvanecía lentamente. Miró a Angrboda de reojo, asegurándose de que los habitantes estuvieran a salvo, antes de girarse hacia el próximo grupo de enemigos.
—Quien se atreva a acercarse más… correrá el mismo destino. —Su voz resonó con una mezcla de desafío y advertencia, mientras los Flamyrs parecían vacilar ante la visión del guerrero que manejaba la luz misma como un arma letal.
Baldur se movía con una gracia letal entre los Flamyrs, sus espadas resplandeciendo débilmente en la oscuridad mientras cortaban con precisión letal. Su velocidad y habilidad lo hacían parecer una tormenta desatada, imposible de detener.
Un Flamyr intentó atacarlo por la espalda, pero Baldur reaccionó con reflejos impecables. Girando sobre su eje, hundió una de sus espadas directamente en el torso de la criatura sin detenerse, dejando que su peso la empujara hacia el suelo.
Otro Flamyr lanzó una enorme bola de fuego hacia él, rugiendo en un intento de derribarlo. Baldur alzó su espada en un movimiento rápido.
Baldur no titubeó. Avanzó con rapidez, sus espadas danzando en sus manos como extensiones de su cuerpo. Un corte horizontal decapitó a uno de los Flamyrs, mientras que un barrido ascendente rasgó el torso de otro. Cada golpe era certero, cada movimiento diseñado para maximizar el daño con la menor resistencia.
Dos Flamyrs más se abalanzaron sobre él al mismo tiempo, buscando abrumarlo con su número. Baldur giró sobre sí mismo, esquivando las garras de uno mientras la espada en su mano derecha perforaba el estómago del otro. Sin perder el ritmo, giró su espada izquierda y la clavó en el cuello del primer atacante.
La escena era un caos frenético. Los Flamyrs, que se creían imbatibles, ahora titubeaban ante el guerrero que se movía como un vendaval, sus pasos seguros, sus golpes mortales.
Baldur se desplazaba con una precisión casi artística, sus movimientos gráciles pero implacables mientras continuaba enfrentándose a la horda de Flamyrs. Un rápido barrido de su espada derecha cortó limpiamente el brazo de una de las criaturas, arrancando un grito gutural de dolor. Antes de que el Flamyr pudiera reaccionar, Baldur se giró con un movimiento fluido y lo atravesó por el pecho, terminando su sufrimiento al instante.
Sin embargo, la batalla no era perfecta. Un Flamyr, más ágil que los demás, se lanzó sobre Baldur desde atrás, logrando asestarle un golpe contundente en la espalda con sus garras llameantes. Baldur gruñó de dolor al ser empujado hacia adelante, pero en lugar de caer, utilizó el impulso para rodar sobre sí mismo.
En un movimiento explosivo, giró sobre su talón y blandió su espada izquierda en un arco bajo y mortal. La hoja se hundió en las piernas del Flamyr, cercenándolas limpiamente a la altura de las rodillas. La criatura soltó un alarido desgarrador antes de desplomarse al suelo, agitando sus extremidades de forma grotesca mientras su sangre oscura manchaba la tierra.
Baldur no le dio tiempo para recuperarse. Con un movimiento casi misericordioso, levantó su espada derecha y la hundió en el cuello del Flamyr, cortando su conexión con esta vida. Se irguió, su mirada fija y determinada, mientras respiraba profundamente para recuperar el aliento.
—Incluso cuando me atacan por la espalda, siguen siendo nada. —Dijo con un tono frío, apretando las empuñaduras de sus espadas mientras evaluaba el siguiente grupo de enemigos que se le acercaba, sus ojos llenos de un brillo implacable.
Thor se encontraba en el centro de la batalla, rodeado por hordas de Flamyrs que se abalanzaban sobre él como una marea interminable. No era ágil como Balder, pero su brutalidad y dominio del combate eran inigualables. Blandía a Mjolnir con una ferocidad implacable, el martillo resonando con un eco atronador cada vez que impactaba contra el enemigo.
Un Flamyr particularmente grande intentó atraparlo por detrás, sujetándolo por los brazos en un intento de inmovilizarlo. Thor soltó una carcajada salvaje, inclinó su cabeza hacia atrás y con un movimiento brusco y contundente, le propinó un cabezazo en el rostro. El sonido del cráneo del Flamyr rompiéndose fue tan brutal que los Flamyrs más cercanos dudaron por un instante antes de atacar.
—¿Eso es todo lo que tienen? ¡Vengan todos de una vez! —rugió Thor, levantando a Mjolnir con ambas manos mientras su presencia parecía ensancharse, imponente.
Con un grito de guerra, alzó el martillo hacia el cielo nocturno. Las nubes se arremolinaron, el aire se cargó de electricidad y un estallido de relámpagos iluminó el campo de batalla. Los rayos se concentraron en Mjolnir, vibrando con un poder inmenso que parecía desafiar a los mismos dioses.
Thor comenzó a girar su brazo, y el martillo, ahora envuelto en un halo de luz eléctrica, se transformó en un ciclón de destrucción. Con un rugido atronador, lanzó un ataque devastador, disparando una ráfaga de rayos en línea recta hacia una formación de Flamyrs que avanzaban hacia él.
El impacto fue catastrófico. Los Flamyrs, atrapados en la línea de fuego, se desintegraron al instante en una explosión de chispas y cenizas. Los restos ardientes volaron por los aires mientras los sobrevivientes se tambaleaban, aterrados ante la magnitud del poder que Thor había desatado.
Thor se irguió, con los ojos brillando como el mismísimo relámpago, el martillo chisporroteando en su mano. Respiraba profundamente, su pecho subiendo y bajando, mientras miraba a los enemigos restantes con una sonrisa salvaje.
—¡Nadie desafía al Dios del Trueno y vive para contarlo! —tronó su voz, reverberando por todo el campo de batalla.
Balder seguía moviéndose con una gracia letal, sus espadas brillando con un fulgor suave pero imponente. En un movimiento fluido, dio un salto hacia el aire, girando con precisión, y lanzó su Corte Crepuscular. El tajo descendió con una velocidad tan rápida que pareció dividir el aire mismo. La energía luminosa del ataque formó un arco expansivo que atravesó a varios flamyrs en un instante, desintegrándolos en un destello cegador. Los enemigos restantes retrocedieron con terror en sus ojos, incapaces de seguir el ritmo frenético de sus movimientos.
—¿Creen que pueden desafiarme? —dijo Balder con una calma inquietante, mientras su mirada reflejaba una confianza absoluta.
Al mismo tiempo, Thor luchaba en otra parte del campo de batalla. Los flamyrs se arremolinaban a su alrededor, atacándolo por todos lados, pero el dios del trueno giraba su Mjolnir con un dominio absoluto. Los rayos comenzaban a acumularse a su alrededor, cada vuelta del martillo generando una corriente eléctrica que iluminaba el oscuro cielo nocturno.
Con un rugido feroz, Thor levantó su martillo y lo estrelló contra el suelo con toda su fuerza, ejecutando su Martillo Ruinoso. El impacto fue devastador: el suelo se resquebrajó, y grietas eléctricas corrieron hacia adelante, electrocutando y destrozando a docenas de flamyrs que se encontraban en su camino.
—¡Yo soy el trueno! ¡Yo soy el juicio! —bramó Thor, su voz resonando como un trueno en el cielo, mientras los enemigos que aún estaban de pie retrocedían con pánico evidente.
El contraste entre ambos dioses era asombroso: Balder atacaba con precisión y gracia, casi como si estuviera danzando, mientras Thor dominaba con una fuerza descomunal y un poder salvaje que parecía no conocer límites. Sus estilos complementaban el caos del combate, mostrando por qué eran temidos y respetados en todos los reinos.
El aire se volvió pesado en la cabaña, como si una sombra invisible lo estuviera devorando. Loki seguía luchando, sus dagas bailaban entre las llamas y los cuerpos de los Flamyrs, con ataques precisos y letales. Su confianza era palpable, una sonrisa torcida se dibujaba en su rostro con cada movimiento que cortaba la oscuridad. Pero entonces, el fuego pareció cambiar.
Una llamarada surgió del suelo, distinta, más oscura y espesa, como si el propio fuego estuviera retorciéndose de dolor. Un rugido gutural, inhumano y profundo, resonó desde el interior de las llamas, un eco que pareció sacudir las paredes de la cabaña hasta hacerlas crujir. El tiempo se detuvo. Incluso los Flamyrs, que hasta ahora atacaban sin descanso, retrocedieron con un instinto primario de terror.
De la columna de fuego emergió una figura que parecía arrancada de las pesadillas más antiguas.
Su silueta se alzó entre las llamas, imponente y oscura como un eclipse. La criatura portaba una armadura negra decorada con calaveras, cada hueso grabado con runas antiguas que ardían con un fulgor verde antinatural. El pecho del ser irradiaba un símbolo brillante, un círculo esmeralda que pulsaba como si fuera un corazón viviente, arrojando destellos de luz espectral en la penumbra.
Su rostro era una mueca de muerte, un cráneo con cuencas vacías de las que brotaba un fuego verde y frío. Las astas retorcidas que coronaban su cabeza parecían absorber la luz misma de la cabaña, dejando todo a su alrededor en una penumbra opresiva. En su mano derecha, una lanza macabra y ornamentada con pequeños cráneos pendía con pesadez, pero cada movimiento suyo parecía tan ligero como el viento. La lanza vibraba, desprendiendo un sonido bajo y metálico, como si miles de almas estuvieran atrapadas en su hoja.
El calor de las llamas murió de golpe, sustituido por un frío antinatural que erizó la piel de Loki. Un vapor oscuro exhalaba de la criatura con cada paso que daba, y con él, un hedor a muerte y descomposición invadió el aire.
La criatura detuvo su marcha, y el sonido de su respiración se escuchó: un susurro grave, eterno, como un viento que soplaba desde los confines del inframundo. Cuando habló, su voz era un eco múltiple, como si cientos de voces se entrelazaran desde el más allá:
—¡Retrocedan! Yo lo voy a hacer.
La voz del ser era un eco profundo, una orden que resonó con un peso innegable. Los Flamyrs obedecieron al instante, retrocediendo como si el respeto y el miedo les helara la sangre misma. Se apartaron, dejando al recién llegado solo frente a Loki.
La criatura alzó su lanza con movimientos fluidos y calculados, tan firmes como el acero, y la planta en el suelo con un golpe seco que reverberó en toda la cabaña. La luz esmeralda que irradiaba de su armadura y del símbolo en su pecho pulsaba rítmicamente, como si fuera un corazón macabro latiendo con fuerza contenida.
Loki, lejos de mostrar miedo, ladeó la cabeza con curiosidad. Sus ojos brillaban con un entusiasmo que rayaba en lo peligroso. Sonrió.
—Tú no pareces ser como los demás.
Giró sus dagas entre los dedos con movimientos rápidos y elegantes, el sonido metálico cortando el aire. Luego adoptó una posición de combate, el peso del cuerpo equilibrado, las rodillas ligeramente flexionadas. Sus dagas, afiladas y letales, brillaron con el reflejo de las llamas.
—Esto será divertido.
Un silencio mortal se extendió en el ambiente, como el momento justo antes de que caiga la tormenta. El ser no respondió con palabras; sus cuencas vacías, ardientes con fuego verde, se clavaron en Loki como si intentaran devorarle el alma. La lanza se alzó, y un frío viento empezó a girar en la cabaña, haciendo crujir la madera y apagar parte del fuego que los rodeaba.
El combate estaba a punto de comenzar.
El viento ululaba como un presagio de muerte sobre Jotunheim. Desde lo alto de las colinas, Thor lanzaba relámpagos que partían la oscuridad en mil pedazos, mientras Balder danzaba entre los enemigos con su espada luminosa, su precisión casi divina. Angrboda, con el cabello ondeando como llamas oscuras, pronunciaba palabras antiguas que resonaban en el hielo, levantando muros de escarcha que mantenían a salvo a los aldeanos. Pero a lo lejos, un rugido primigenio rompió el fragor de la batalla. Un sonido tan profundo y feroz que hizo estremecer a dioses y gigantes por igual. El hielo crujió como si mil montañas colapsaran al unísono, y entonces, entre las grietas que se extendían como venas, unos ojos titánicos se abrieron, brillando con un fulgor feroz y antiguo. Fenrir había despertado.
Mientras tanto, en el corazón de las llamas, Loki se encontraba cara a cara con su enemigo. La criatura, imponente y espectral, empuñaba su lanza con una calma que resultaba más aterradora que cualquier furia.
Al mismo tiempo, Tyr y Eirik se mantenían firmes frente a la figura oscura que parecía devorar la misma luz a su alrededor. La entidad dio un paso más, y el suelo bajo sus pies tembló. Tyr dejó escapar un gruñido bajo, sus manos aferrando con fuerza la empuñadura de su hacha mientras su mirada salvaje buscaba una abertura. Eirik, con el rostro ensangrentado y los músculos tensos, alzó su arma con un último esfuerzo, decidido a no dar ni un paso atrás. El fuego y el hielo colisionaban, y la tensión era tan espesa que parecía ahogar el aire.
Y así, mientras los dioses luchaban, los gigantes despertaban y las llamas rugían, el destino de Jotunheim pendía de un hilo tan frágil como el acero al rojo vivo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com