FALLEN GODS (DIOSES CAIDOS) - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 CAPITULO 7 PARTE 1 El Lago de los Recuerdos
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22: CAPITULO #7 PARTE 1: El Lago de los Recuerdos 22: CAPITULO #7 PARTE 1: El Lago de los Recuerdos La oscuridad no siempre cae del cielo; a veces, nace en el alma.
Tyr yacía entre las sombras de su propia mente, donde el pasado nunca dormía y las cicatrices jamás cerraban.
Mientras las llamas devora-almas quemaban su piel y su espíritu, los recuerdos ardían con más fuerza.
No podía escapar de ellos.
Las voces, los gritos y las miradas vacías lo arrastraban de vuelta a los campos de batalla donde perdió todo: su inocencia, su humanidad y las pocas esperanzas que alguna vez tuvo.
En ese abismo de dolor, cada herida volvía a abrirse, recordándole que no solo era víctima…
sino también verdugo.
El ser sostuvo la cabeza de Tyr con una fuerza cruel, hundiendo sus dedos como garras en su cráneo.
Sus ojos brillaban con un deleite sádico mientras observaba el sufrimiento reflejado en el rostro del guerrero caído.
Las llamas devora-almas danzaban alrededor de ellos, ardiendo no solo en su carne, sino también en lo más profundo de su alma.
—Esto es solo la superficie —susurró el ser, su voz goteaba veneno—.
Pero sé que hay algo más…
algo que escondes incluso de ti mismo.
Un abismo más oscuro…
y yo lo encontraré.
La presión en su cabeza aumentó mientras las llamas se intensificaban.
Tyr se retorció, luchando contra las cadenas invisibles de su mente que lo mantenían prisionero.
Las voces volvieron, más fuertes, más crueles, desgarrando lo que quedaba de su resistencia.
—Voy a cavar más profundo…
—continuó el ser, acercándose a su oído—.
Y cuando termine, ni siquiera tú sabrás quién eres.
El dolor explotó en su pecho como si un incendio consumiera todo su ser.
Tyr soltó un grito desgarrador, un sonido que resonó en las ruinas y se perdió entre las llamas, como el último eco de un alma al borde de ser quebrada.
Loki jadeaba, apoyado contra los escombros mientras trataba desesperadamente de recuperar fuerzas.
Su cuerpo temblaba por el agotamiento, las quemaduras en su piel aún ardían como brasas vivas, y cada respiración le recordaba lo cerca que estaba de romperse por completo.
Levantó la mirada y lo vio.
Tyr estaba suspendido en el aire, retorciéndose bajo el agarre cruel del ser, mientras las llamas devora-almas se aferraban a su espíritu como garras invisibles.
Su grito desgarrador hizo eco en la destrucción que los rodeaba, clavándose en el corazón de Loki como una daga.
—¡Tyr…!
—susurró, pero su voz apenas salió como un hilo quebrado.
Miró hacia Furcas.
El demonio luchaba frenéticamente contra el trozo de madera que lo mantenía anclado al suelo.
Sus músculos se hinchaban y retorcían, y el fuego oscuro en sus ojos crecía como una tormenta desatada.
Las raíces que lo sujetaban comenzaban a quebrarse, una tras otra, como si fuera solo cuestión de tiempo antes de que quedara libre.
La desesperación se apoderó de Loki.
Estaba atrapado en un dilema imposible.
Su compañero estaba siendo destruido poco a poco, mientras que su enemigo estaba a punto de liberarse para terminar el trabajo.
Y él…
él no tenía el poder para evitarlo.
Apretó los dientes, sintiendo cómo la ira y la impotencia ardían dentro de él.
Pero no podía rendirse.
No ahora.
Con las últimas brasas de energía que quedaban en su cuerpo, cerró los ojos e intentó conectar de nuevo con la naturaleza.
Sabía que si fallaba, sería el fin.
Para todos ellos.
Tyr abrió los ojos, pero no vio fuego ni escombros.
Vio agua.
El reflejo ondulante del lago se extendía ante él como un espejo azul, tranquilo y sereno.
Sintió el calor del sol acariciando su rostro y el canto lejano de los pájaros llenando el aire.
Por un momento, creyó que todo había sido una pesadilla.
El agua del lago se extendía como un espejo de cristal, reflejando un cielo azul despejado y el verde vibrante de los árboles que lo rodeaban.
El aire olía a madera húmeda y tierra fresca.
Tyr, apenas un niño, estaba arrodillado junto a la orilla, recogiendo piedras lisas y frías entre sus dedos.
Las lanzaba al agua, viendo cómo rebotaban antes de hundirse lentamente en las profundidades.
El sol brillaba sobre su piel, cálido pero no sofocante.
Una suave brisa acariciaba su cabello desordenado mientras las hojas de los árboles danzaban en lo alto, proyectando sombras que se mecían sobre la superficie.
Los sonidos del bosque lo envolvían: el canto de las aves, el crujir distante de ramas y el murmullo del agua al besar la orilla.
Cerca de él, un hombre trabajaba cortando leña.
El golpe rítmico del hacha contra los troncos resonaba como un eco constante, poderoso pero calmante.
Tyr apenas le prestaba atención.
Estaba demasiado absorto en su propio juego, recogiendo pequeñas ramas para construir figuras en la arena húmeda.
A veces miraba de reojo al hombre, observando cómo levantaba el hacha y la dejaba caer con precisión.
Los músculos de sus brazos se tensaban con cada movimiento, y las astillas volaban en todas direcciones.
A pesar de la fuerza de sus golpes, había algo sereno en su postura, como si el acto de cortar madera fuera tan natural para él como respirar.
Tyr sintió una extraña admiración, aunque no lo comprendía del todo.
Quería ser así algún día: fuerte, seguro, capaz de moldear el mundo a su alrededor.
El hombre se detuvo un momento para limpiar el sudor de su frente con el dorso de la mano.
Su mirada se desvió hacia Tyr, y por un instante, el niño sintió que el tiempo se ralentizaba.
No había palabras, solo un cruce de miradas que se quedó grabado en su mente.
Pero entonces, el hombre volvió a su tarea.
El sonido del hacha regresó, firme y constante.
Tyr apartó la vista y se quedó mirando el reflejo del cielo en el lago.
Por alguna razón, sintió una punzada en el pecho.
Como si aquella paz no pudiera durar para siempre.
Como si, en algún rincón de su mente, supiera que algo oscuro lo acechaba, incluso allí, en ese lugar tan perfecto.
Tyr dejó caer la piedra que sostenía cuando escuchó la voz profunda y firme detrás de él.
—Tyr.
—El hombre se enderezó, apoyando el hacha en el suelo mientras lo miraba con una leve sonrisa.
Su voz era cálida, pero tenía un tono que exigía atención.
El niño se giró de inmediato, con los ojos brillando de emoción.
—¿Sí?
—respondió, poniéndose de pie rápidamente.
—Ven aquí —dijo el hombre, señalando el montón de troncos a medio partir—.
Quiero enseñarte cómo cortar madera.
Es hora de que aprendas algo más que lanzar piedras.
Los ojos de Tyr se iluminaron como brasas encendidas.
—¡Sí, padre!
—exclamó, corriendo hacia él sin pensarlo dos veces.
La palabra resonó en el aire.
“Padre”.
Una simple palabra que encerraba un vínculo inquebrantable.
El hombre le extendió el hacha, y Tyr la tomó con ambas manos, sintiendo el peso frío del metal.
El hombre soltó una carcajada profunda mientras veía al pequeño Tyr luchar por levantar el hacha.
—Sujétala con firmeza —dijo, colocando sus manos sobre las de él para ajustar el agarre—.
La fuerza no lo es todo.
La precisión importa más.
Tyr asintió con una sonrisa nerviosa.
Su padre se apartó, cruzándose de brazos mientras observaba con paciencia.
—Así está mejor.
Ahora intenta dar el golpe.
El niño alzó el hacha con todas sus fuerzas y la dejó caer.
El filo se clavó en la madera, pero no la partió.
Tyr frunció el ceño, frustrado.
—¡No se rompió!
Su padre soltó otra risa, esta vez más suave.
—La madera no se romperá por miedo, Tyr.
Tienes que respetarla y cortarla con determinación, no con enojo.
El niño volvió a alzar el hacha, esta vez respirando profundamente antes de dejarla caer.
El tronco crujió y se partió en dos.
—¡Lo hice!
—gritó, girándose hacia su padre.
—Lo hiciste —respondió el hombre, apoyando una mano en su hombro—.
Estoy orgulloso de ti, hijo.
Y entonces la voz rasgó esa calma.
—¿Padre?
El sonido no vino del hombre ni del niño.
Llegó desde dentro.
Desde algún rincón oscuro que Tyr no podía ver, pero sí sentir.
Un eco imposible.
El hombre no reaccionó.
El niño no reaccionó.
Pero Tyr, el Tyr adulto atrapado en esa visión, sintió que el aire se volvía pesado.
—¿Este hombre…?
—la voz del ser se deslizó como veneno—.
No es Odín.
La palabra golpeó como una campana rota.
El pequeño Tyr levantó la cabeza, sin soltar el abrazo.
—Padre…
—susurró, con una voz inocente que sonaba más vacía cuanto más se repetía en la mente del Tyr adulto.
El ser permaneció en silencio un instante.
Un instante demasiado largo.
—Interesante…
—susurró, y Tyr sintió como si garras invisibles arañaran las paredes de su mente.
La escena tembló.
El cielo sobre ellos parecía ennegrecerse por un segundo antes de estabilizarse.
Pero Tyr sintió el temblor en su pecho, como si la tierra estuviera a punto de abrirse bajo él.
El hombre seguía allí.
Seguía sonriendo.
Pero sus ojos…
Tyr no pudo evitar mirarlos más de cerca.
Algo estaba mal.
—Así que Odín no es el único fantasma que te atormenta…
—la voz se volvió un susurro cortante—.
Y este…
este tiene raíces profundas.
El fuego que lo quemaba en el mundo real se avivó dentro de su mente.
El abrazo del hombre se sintió más apretado.
Más sofocante.
Tyr quiso retroceder, pero el niño dentro de él no se movió.
La escena perfecta se sostenía como un espejismo…
y Tyr sabía que no duraría.
Sabía que, en cualquier momento, las sombras lo consumirían.
El sol se inclinaba hacia el horizonte, tiñendo el cielo de tonos dorados y naranjas mientras Tyr y su padre caminaban junto al lago.
El agua reflejaba el resplandor del atardecer como un espejo, y el viento leve agitaba las hojas de los árboles, llenando el aire con el susurro de la naturaleza.
Tyr sostenía un pequeño haz de leña atado con cuerda, todavía emocionado por su logro de cortar la madera.
—¿Crees que algún día pueda hacerlo tan rápido como tú?
—preguntó Tyr, esforzándose por mantener el ritmo de los pasos largos de su padre.
El hombre rió entre dientes, una risa profunda que hizo eco en el aire tranquilo.
—Claro que sí.
Pero tendrás que practicar más.
Esa madera no se corta sola.
—Extendió una mano y revolvió el cabello del niño.
Tyr frunció el ceño, fingiendo estar molesto mientras se apartaba, pero no pudo ocultar la sonrisa que se dibujaba en sus labios.
—¡Entonces lo haré mejor mañana!
Te ganaré algún día.
—Eso quiero verlo —respondió su padre con una sonrisa que parecía más grande que el mundo.
Siguieron caminando mientras el bosque se abría paso hacia un sendero de piedras que llevaba a casa.
Tyr se distrajo con los sonidos de los pájaros en los árboles y la forma en que la luz se filtraba entre las ramas, proyectando sombras danzantes en el suelo.
—¿Puedo ir a pescar mañana?
—preguntó Tyr, mirando el lago que ya quedaba atrás.
—Tal vez —respondió su padre—.
Pero primero tendrás que terminar tus deberes.
—¡Pero si los terminé hoy!
—protestó Tyr, haciendo un pequeño salto para adelantarse.
El hombre negó con la cabeza, divertido.
—Eso dices ahora.
Mañana veremos.
Cuando llegaron a la casa, el humo salía perezoso de la chimenea.
Era una construcción sencilla, de madera y piedra, con un techo inclinado cubierto de musgo en algunas partes.
Para Tyr, era más que suficiente.
Era un refugio.
Se adelantó corriendo hacia la puerta, pero antes de abrirla, se giró para esperar a su padre.
—¿Crees que algún día seré tan fuerte como tú?
—preguntó de repente, la seriedad en su voz desentonando con la emoción anterior.
Su padre se detuvo en seco, mirándolo fijamente.
Luego avanzó y apoyó una mano en su hombro.
—Eres más fuerte de lo que crees, Tyr.
Solo necesitas aprender a verlo.
Las palabras hicieron que el pecho del niño se hinchara de orgullo.
Abrió la puerta y entró, mientras su padre lo seguía, cerrando la puerta detrás de ellos.
La calidez del hogar los envolvió.
El aroma a pan recién hecho y sopa llenaba el aire.
Tyr soltó la leña y corrió hacia la mesa para ver qué había preparado su madre.
En ese instante, el mundo parecía perfecto.
Inquebrantable.
Pero la voz en la mente de Tyr adulto se agitó como un susurro venenoso.
—Qué dulce mentira…
—rió el ser, con una crueldad que desfiguró el momento.
Pero Tyr, atrapado en ese recuerdo, no podía apartar la vista.
Por un segundo, quiso quedarse allí.
Aferrarse a esa paz.
Porque sabía que no duraría.
Al acercarse, una dulce voz los llamó desde la puerta entreabierta.
—¡Qué bueno que llegaron!
¡La cena está lista!
La sonrisa de Tyr se amplió, y apresuró el paso mientras su padre lo seguía con calma.
Dentro de la casa, el olor a pan recién horneado y especias los envolvió, y la escena pacífica se desplegó como un cuadro viviente.
El hogar estaba construido de piedra y madera, sencillo pero cálido, con una chimenea que crepitaba suavemente en el rincón.
Las luces parpadeantes de las velas proyectaban sombras danzantes en las paredes, mientras el aroma a guiso caliente y pan recién horneado llenaba el aire.
Tyr dejó su hacha en un rincón y corrió hacia la mesa, donde su madre ya estaba sirviendo los platos.
—¡Mamá!
¡Corté un tronco yo solo!
—dijo con entusiasmo, sus mejillas aún sonrojadas por el esfuerzo.
Su madre, una mujer de cabello largo y trenzado, sonrió mientras se inclinaba para abrazarlo.
—¿De verdad?
—respondió con fingida sorpresa—.
¡Pero si mi pequeño guerrero ya se está haciendo fuerte!
—¡No soy pequeño!
—protestó Tyr, pero su sonrisa delataba el orgullo que sentía.
—Es cierto —añadió su padre mientras se sentaba en la mesa—.
Hoy demostró que puede manejar un hacha.
Pronto será él quien corte toda la leña para el invierno.
Tyr se sentó rápidamente, casi volcando su taza de madera.
Su madre rió suavemente mientras le servía un guiso espeso con trozos de carne y vegetales.
Luego colocó un trozo de pan caliente junto a su plato.
—Pero tendrás que aprender a ser paciente —continuó su padre, rompiendo un pedazo de pan—.
No solo se trata de fuerza, sino de saber cuándo actuar y cuándo esperar.
Tyr asintió, aunque su atención estaba más centrada en el guiso.
Dio el primer bocado y cerró los ojos, disfrutando el sabor.
—Está delicioso, mamá —murmuró entre bocados.
—Coman mientras aún está caliente —respondió ella, sentándose al lado de su esposo y sirviendo su propio plato.
La conversación fluyó con calma.
Hablaron del trabajo en el campo, de cómo las ovejas habían estado inquietas esa mañana, y Tyr contó cómo casi atrapó un pez en el lago antes de que se le escapara.
Su madre rió mientras su padre le prometía que pronto le enseñaría la manera correcta de pescar.
Los platos vacíos fueron reemplazados por tazas de té caliente.
Tyr miró a sus padres, grabando en su memoria cada detalle: la forma en que su madre se reía con suavidad y la mirada firme pero amable de su padre.
En ese momento, no existía nada más en el mundo que ese hogar, esa cena y el amor que los unía.
Afuera, el viento soplaba suavemente, pero dentro de esas paredes todo era calidez y seguridad.
Tyr se recostó en su silla, sintiéndose lleno y feliz.
No había preocupaciones, ni miedos.
Solo paz.
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