FALLEN GODS (DIOSES CAIDOS) - Capítulo 23
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- Capítulo 23 - 23 CAPITULO 7 PARTE 2 El Ultimo Sueño de Tyr
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23: CAPITULO #7 PARTE 2: El Ultimo Sueño de Tyr 23: CAPITULO #7 PARTE 2: El Ultimo Sueño de Tyr La luz de la luna entraba suavemente por la ventana, proyectando un resplandor plateado sobre las paredes de madera.
Tyr estaba acurrucado bajo una manta gruesa, su respiración aún algo agitada por la emoción del día.
Su madre se sentó en el borde de la cama, ajustando la manta alrededor de él, mientras su padre permanecía de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados y una leve sonrisa en el rostro.
—¿Estás listo para mañana, pequeño guerrero?
—preguntó su padre con un tono de orgullo.
Tyr asintió enérgicamente, sus ojos brillando bajo la luz tenue.
—¡Voy a cortar más madera!
¡Y tal vez esta vez pesque algo grande!
—respondió, agitando las manos como si ya estuviera luchando contra un pez gigante.
Su madre rió suavemente, acariciándole el cabello.
—No olvides dejar tiempo para jugar —dijo—.
Todavía eres un niño, Tyr.
No tienes que ser un guerrero todo el tiempo.
—Pero quiero ser fuerte —protestó, frunciendo el ceño—.
Como papá.
—Ser fuerte no solo significa levantar un hacha o atrapar un pez —intervino su padre—.
También significa saber cuándo descansar y cuándo cuidar a los demás.
Tyr se quedó en silencio, reflexionando sobre esas palabras.
Su madre le sonrió y lo abrazó con ternura.
—Mañana será un buen día, ya lo verás —susurró, dándole un beso en la frente—.
Ahora duerme bien, mi amor.
Su padre se acercó y le revolvió el cabello.
—Dulces sueños, hijo —dijo con voz firme pero afectuosa.
Tyr se removió un poco bajo las mantas, como si algo le faltara antes de poder quedarse dormido del todo.
Levantó la mirada hacia su madre, sus ojos reflejando la luz parpadeante de la vela.
—Mamá… ¿puedes cantar mi canción favorita?
—pidió con voz somnolienta.
Su madre sonrió dulcemente y se inclinó sobre él, acariciándole el cabello con ternura.
—Claro que sí, mi amor —susurró, acomodándose en el borde de la cama.
La habitación se llenó de una melodía suave y serena.
Su voz flotaba como el viento entre los árboles, cálida y reconfortante: Duerme, mi estrella, en el cielo de miel, donde los sueños navegan sin fin.
El río murmura, la noche es fiel, y la luna vigila el jardín.
Las flores se cierran, las aves se van, sus alas descansan en paz.
Las sombras danzan, la brisa al pasar, te envuelve y te lleva al hogar.
Los árboles cantan historias de amor, sus hojas susurran tu nombre.
Mientras las estrellas en su fulgor te guían en sueños dorados.
Duerme, mi estrella, en brazos de luz, la aurora vendrá a despertar.
Mientras la noche te guarda en su cruz, y el alba te vendrá a buscar.
El río susurra, la luna te ve, la tierra te acuna con fe.
Mis manos protegen tu dulce ser, y mi canto te hará renacer.
Duerme, mi estrella, descansa en paz, los vientos te llevan al mar.
Que el sol te encuentre en su cálido hogar, cuando la noche se va.
Su madre cantaba con una voz tan suave y serena que las palabras parecían flotar en el aire, llenando la habitación con un calor reconfortante.
Tyr se acurrucó más en las mantas, sintiendo cómo la melodía envolvía su corazón como un abrazo invisible.
Cuando terminó, Tyr abrió los ojos lentamente, luchando contra el sueño.
—¿Puedes cantarla otra vez?
—preguntó con un leve bostezo.
Su madre sonrió con ternura, inclinándose para darle un beso en la frente.
—Es tiempo de dormir, mi pequeño guerrero.
Mañana volveré a cantártela.
Tyr cerró los ojos mientras su madre apagaba la vela.
Podía escuchar sus voces suaves en la sala principal mientras se alejaban, hablando entre ellos.
El sonido lo reconfortó, como una melodía familiar que siempre estaría ahí para protegerlo.
Mientras el sueño lo envolvía, Tyr pensó en el día siguiente, soñando con árboles altos, lagos cristalinos y el sonido de su hacha cortando madera.
En ese momento, el mundo era seguro, y él estaba rodeado por el amor incondicional de su familia.
El ser observaba la escena con una mezcla de fascinación y desprecio.
Su voz resonó dentro de la mente de Tyr, serpenteando como un veneno que buscaba contaminar aquellos recuerdos puros.
—Qué conmovedor…
un niño protegido por el calor de un hogar que nunca debió tener.
—su tono goteaba burla—.
Es curioso cómo los recuerdos más tiernos son también los más frágiles.
Bastará con una pequeña grieta…
y todo se romperá.
La voz se hizo más grave, como un rugido contenido: —Pero no te preocupes, Tyr.
Yo me aseguraré de destrozar cada rincón de este paraíso falso…
hasta que no quede más que cenizas.
La visión comenzó a temblar, como si el suelo bajo sus pies estuviera cediendo.
El ser intensificó su control sobre las llamas, extendiendo su dominio dentro de la mente de Tyr.
—Veamos cuánto tiempo puedes soportarlo antes de rogarme que termine.
Loki cerró los ojos por un momento, respirando profundamente, tratando de reunir la energía que se deslizaba por sus venas, fría y electrificada.
Sabía que esta era su última oportunidad.
No podía fallar.
No importaba cuánta desesperación o miedo lo acechara, esta vez tenía que ser diferente.
El aire a su alrededor comenzaba a palpitar, como si el universo mismo estuviera esperando a que diera el siguiente paso.
Las llamas que danzaban alrededor de la batalla, creadas por la furia de Furcas, parecían vacilar ante el poder que Loki estaba a punto de desatar.
El suelo tembló ligeramente bajo sus pies mientras sus brazos se extendían hacia los lados.
Podía sentir cómo la energía comenzaba a acumularse en su pecho, como un vasto océano que se comprimía en su interior, esperando a liberarse.
Los ojos de Loki brillaban con determinación, a pesar de las sombras de agotamiento que pesaban sobre él.
Había estado al borde, y había sentido la tentación de rendirse antes, pero no esta vez.
“No puedo fallar…” se repitió una y otra vez en su mente.
Las palabras fueron más que un mantra, fueron una verdad cruda que se aferraba a su ser.
La presión en su pecho aumentaba, pero también lo hacía la fuerza que buscaba.
A su alrededor, el aire parecía distorsionarse, y las sombras de Furcas, con su fuerza incontrolable, comenzaban a levantarse como una pared de energía negra que trataba de aplastarlo.
Loki sentía cómo la tensión se acumulaba en su cuerpo, pero su mente permanecía firme, centrada.
Furcas, por otro lado, luchaba en su propio torbellino de furia.
La madera que aún lo atrapaba, las cadenas que lo ataban, todo comenzaba a ceder a su poder.
Era como una bestia atrapada en su propia jaula, ansiosa por destrozar todo a su paso.
Sus músculos se tensaban, sus ojos brillaban con rabia, y el grito sordo que escapaba de su garganta parecía hacer retumbar el aire a su alrededor.
Loki no podía dejar que eso sucediera.
Si Furcas se liberaba, todo se perdería.
La oscuridad que se avecinaba sería irreversible.
Sabía lo que significaba fallar.
No solo para él, sino para todos los que estaban involucrados en esta guerra.
No podía permitir que todo lo que había luchado, todas las vidas que habían sido sacrificadas, se desvanecieran en un abrir y cerrar de ojos.
El sudor recorría su frente, su cuerpo vibraba con el esfuerzo.
Sintió que los límites de su propia resistencia estaban a punto de romperse.
El poder lo rodeaba como una tormenta, pero algo más, algo visceral, algo profundamente antiguo dentro de él se despertó.
Los recuerdos de sus propios sacrificios, de su caída y ascenso, de la tragedia que había marcado su vida, se unieron en su mente, fortaleciendo su voluntad.
No importaba cuántos obstáculos tuviera que enfrentar, no importaba lo que tuviera que perder.
Esta vez, él sería quien controlara el destino, no la oscuridad.
“Por ellos…
por todo lo que hemos perdido…” pensó, mientras sus manos se apretaban, las energías comenzando a formar un vórtice, una espiral de pura fuerza.
El suelo temblaba bajo sus pies con cada pulsación de poder que se liberaba.
Los ojos de Loki brillaban como dos esferas de luz en medio de la oscuridad, y el aire alrededor de él comenzó a zumbir con la vibración de la energía que se estaba acumulando.
Furcas, al percatarse de lo que estaba sucediendo, gritó, sus ojos desorbitados por la furia y el miedo.
La energía que Loki liberaba era algo más allá de la simple lucha física.
Era algo profundo, ancestral, que resonaba en lo más profundo de la tierra y el cielo.
Una fuerza que desafía la naturaleza misma.
El viento comenzó a aullar con fuerza, como si fuera el presagio de algo colosal.
La energía que Loki estaba acumulando comenzó a hacer crujir el aire mismo, el mismo que parecía volverse espeso y pesado por la tensión.
La batalla no solo era física, sino una guerra de voluntades.
Y Loki se sentía más fuerte, más centrado que nunca.
“¡Ahora!” Pensó, mientras el poder estallaba de sus manos, iluminando el entorno con una luz cegadora.
Furcas lanzó un grito salvaje, sintiendo la presión del ataque inminente, pero en ese momento, Loki ya había reunido suficiente fuerza como para desafiar incluso al caos mismo.
La energía se liberó en una explosión rítmica, tan violenta como hermosa, y por un segundo, el tiempo pareció detenerse.
La batalla continuaba, la energía chocando contra la bestia desatada, pero en ese instante, Loki sabía que había puesto todo lo que tenía en este momento.
No había marcha atrás, y no había lugar para la duda.
Lo único que quedaba era esperar, mientras la luz de su ataque brillaba en la oscuridad, buscando finalmente restaurar el equilibrio.
La luz dorada del amanecer entraba suavemente por las ventanas, iluminando las paredes de madera de la pequeña cabaña.
El canto de los pájaros y el crujido de las ramas mecidas por el viento acompañaban el aroma a pan recién horneado y miel que llenaba la habitación.
Tyr se despertó con la cálida sensación de seguridad y tranquilidad, el sonido de las risas de sus padres guiándolo fuera de la cama.
Al entrar en la cocina, vio a su madre inclinada sobre la mesa, colocando un plato de frutas frescas y rebanadas de pan, mientras su padre cortaba tiras de carne ahumada.
El fuego en el hogar crepitaba suavemente, manteniendo el lugar cálido.
—¡Buenos días, dormilón!
—dijo su madre, sonriéndole mientras colocaba una jarra de leche en la mesa—.
Ven aquí antes de que tu padre se coma todo el pan.
—No me lo comeré todo…
solo lo suficiente para mantenerme fuerte.
—bromeó su padre, dándole un guiño antes de sentarse.
Tyr rió, sentándose rápidamente frente a ellos.
Su madre le sirvió un vaso de leche, mientras su padre le pasó un trozo de pan untado con mantequilla y miel.
—Hoy vamos a pescar después del desayuno.
Necesitaremos algo para la cena, ¿no crees?
—dijo su padre mientras tomaba un sorbo de su bebida caliente.
—¡Sí!
¡Yo lanzaré la red esta vez!
—respondió Tyr con entusiasmo, casi derramando la leche en el proceso.
—Solo si prometes no lanzarte al agua detrás de ella.
—respondió su madre con una sonrisa traviesa, recordándole la última vez que intentó ayudar con la pesca.
—¡Eso fue un accidente!
—protestó Tyr, pero su sonrisa lo delató.
La risa de sus padres llenó la habitación, y Tyr no pudo evitar unirse.
Después de comer, su madre le sirvió otro vaso de leche mientras acariciaba suavemente su cabello.
—Hoy será un día hermoso, Tyr.
¿Sabes por qué?
—¿Por qué?
—Porque estás con nosotros.
Y cada día contigo es un regalo.
Tyr sintió sus mejillas ruborizarse, pero no apartó la mirada.
En ese momento, el mundo le pareció perfecto.
Sin embargo, mientras se levantaban para empezar con las tareas del día, un leve escalofrío recorrió su espalda.
Algo en la atmósfera cambió, como si una sombra invisible se deslizara por los bordes de aquel recuerdo.
Pero la sensación desapareció tan rápido como vino, y Tyr volvió a sonreír, decidido a aprovechar al máximo el día junto a sus padres.
Tyr y su padre habían terminado de alistar todo para ir a pescar.
Las redes estaban cuidadosamente dobladas, las cañas aseguradas y el cebo guardado en una cesta de mimbre.
Tyr sostenía una pequeña bolsa con comida que su madre les había preparado, mientras que su padre llevaba una cuerda gruesa enrollada al hombro y un cuchillo en el cinturón.
El sol de la mañana apenas comenzaba a teñir de dorado el horizonte, y el aire era fresco, prometiendo un día tranquilo.
Su madre los esperaba en la puerta, sonriendo mientras les daba las últimas recomendaciones.
—No se alejen demasiado.
Quiero que estén aquí antes de que caiga el sol.
—Volveremos con el pescado más grande del lago, lo prometo.
—dijo Tyr con una sonrisa.
Su madre rió suavemente y abrazó a su esposo.
—Cuídalo bien.
—susurró, y el padre de Tyr asintió.
—Siempre lo hago.
Ella besó la frente de Tyr y les entregó un pequeño paquete envuelto en tela.
—Por si les da hambre.
—Gracias, mamá.
El padre de Tyr puso la mano en el picaporte para abrir la puerta y salir, pero antes de que pudiera girarlo, un golpe fuerte resonó del otro lado.
Se detuvo en seco.
Tyr dio un paso atrás.
El sonido volvió, más fuerte.
Un golpe seco, como si algo pesado empujara la madera.
—Quédate detrás de mí.
—susurró su padre mientras sacaba el cuchillo de su cinturón.
—¿Quién va?
—preguntó en voz alta.
Nadie respondió.
Solo hubo silencio.
Un silencio tan denso que se sintió como si el mundo contuviera la respiración.
Y entonces, otro golpe.
Esta vez más violento.
La puerta se abrió de golpe, chocando contra la pared con un estruendo que hizo que Tyr se estremeciera.
En el umbral, cinco figuras se alzaban.
Estaban cubiertos de polvo y barro seco, con harapos en lugar de ropa, y cada uno llevaba un arma: cuchillos, hachas y lanzas improvisadas.
Pero lo más inquietante era su mirada.
No había humanidad en esos ojos.
Solo hambre.
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