FALLEN GODS (DIOSES CAIDOS) - Capítulo 24
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- Capítulo 24 - 24 CAPITULO 7 PARTE 3 El Nacimiento de la Ira
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24: CAPITULO #7 PARTE 3: El Nacimiento de la Ira 24: CAPITULO #7 PARTE 3: El Nacimiento de la Ira El padre de Tyr dio un paso adelante, bloqueando el paso.
—¿Qué quieren?
Uno de los hombres, alto, con una barba enmarañada y un parche en el ojo, sonrió.
—Comida.
Agua.
Y…
compañía.
—dijo, dejando que su mirada se posara en la madre de Tyr.
—Aquí no hay nada para ustedes.
—respondió el padre de Tyr, apretando el cuchillo con más fuerza.
El hombre del parche rió, una risa áspera y cruel.
—Creo que no has entendido.
No estamos pidiendo.
En un instante, antes de que Tyr pudiera procesar lo que sucedía, el cuchillo del hombre ya estaba hundido en el pecho de su padre.
Los ojos de Tyr se abrieron de par en par.
Vio cómo la hoja atravesaba la carne, cómo la sangre comenzaba a brotar en gruesos hilos oscuros.
Su padre tosió, escupiendo sangre, y cayó de rodillas.
—¡Papá!
—gritó Tyr, intentando correr hacia él, pero su padre levantó una mano temblorosa para detenerlo.
—¡No!
—gritó su madre, pero antes de que pudiera moverse, dos hombres la sujetaron, arrancándole un grito desgarrador.
El padre de Tyr intentó levantarse, pero el líder lo empujó de nuevo al suelo, aplastando su pecho con la bota.
—Quédate ahí.
Ya no eres más que un cadáver.
La madre de Tyr forcejeó, pero los hombres la arrastraron hacia la mesa.
—¡Déjenla!
—gritó Tyr, pero uno de los hombres le dio una bofetada tan fuerte que lo tiró al suelo.
—Cállate, mocoso.
Tyr se levantó tambaleándose, con lágrimas y sangre en el rostro, pero sus piernas temblaban.
Su madre lloraba y suplicaba, mientras los hombres reían, deslizando sus cuchillos por la mesa, haciendo saltar astillas de madera.
El líder se acercó a ella, inclinándose lentamente.
—Tranquila…
Si no luchas, será más fácil para todos.
La madre de Tyr escupió en su cara.
El hombre sonrió.
—Me gustan las fieras.
El padre de Tyr levantó la cabeza una última vez, viendo a su esposa y a su hijo en peligro.
Con la poca fuerza que le quedaba, intentó arrastrarse, pero el líder simplemente lo pisó más fuerte, rompiendo algo en su pecho.
—No tan rápido.
Tyr gritó de nuevo, pero su voz fue ahogada por las risas y los gritos.
Todo a su alrededor comenzó a deformarse.
Las paredes se ennegrecieron, la sangre en el suelo parecía moverse como si estuviera viva, y las sombras se alargaron como manos queriendo atraparlo.
En medio de todo eso, la voz del ser resonó.
—Ahora entiendo…
Este fue tu origen.
Un niño indefenso viendo cómo le arrebatan todo.
Qué tragedia…
y qué hermoso caos.
El padre de Tyr, aún tambaleándose por la herida en su pecho, apretó los dientes y se levantó con una fuerza nacida de la desesperación.
Agarró su hacha de leña, sus manos ensangrentadas resbalando por el mango, pero su determinación era inquebrantable.
Uno de los hombres armados avanzó hacia él con una sonrisa burlona, pero en un movimiento veloz, el padre de Tyr alzó el hacha y la dejó caer con una precisión aterradora.
El filo atravesó el cuello del atacante, y la cabeza cayó al suelo con un sonido sordo, mientras la sangre brotaba como un río descontrolado.
—¡Atrás!
—rugió el hombre, su voz resonando como un trueno, mientras interponía su cuerpo entre los intrusos y su familia.
Otro hombre intentó abalanzarse sobre él, pero recibió un golpe en el pecho que lo hizo retroceder.
A pesar de sus heridas, el padre de Tyr peleaba como un guerrero, usando cada pizca de fuerza que le quedaba.
Sus movimientos eran rápidos y mortales, y por un breve momento pareció que podría defenderlos a todos.
Pero el destino no estaba de su lado.
Desde las sombras, uno de los hombres que había permanecido oculto se deslizó detrás de él, silencioso como un depredador acechando a su presa.
Antes de que pudiera reaccionar, el frío acero de un cuchillo se hundió en la base de su cráneo.
El padre de Tyr se quedó inmóvil por un instante, como si el mundo entero se hubiera detenido.
Sus ojos se abrieron de par en par, y soltó un suspiro ahogado mientras caía de rodillas.
La sangre comenzó a correr por su cuello, mezclándose con la que ya manchaba el suelo.
Finalmente, su cuerpo se desplomó por completo.
—¡Papá!
—gritó Tyr, su voz desgarrada por el dolor y el miedo.
El niño intentó correr hacia él, pero su madre lo sujetó con fuerza, temblando mientras lo arrastraba hacia atrás.
Las lágrimas corrían por el rostro de Tyr, sus pequeñas manos intentando liberarse, mientras veía cómo la vida abandonaba los ojos de su padre.
El líder de los hombres miró el cuerpo caído y lanzó una risa cruel.
—Valiente, pero estúpido.
Tyr se quedó paralizado, sus pies clavados al suelo.
Todo lo que había conocido, todo lo que amaba, estaba siendo destrozado frente a sus ojos.
La tensión en el ambiente era palpable, y el sonido del cuchillo al ser retirado del cráneo de su padre resonó en su mente como un eco interminable.
La impotencia lo devoraba, plantando la semilla de un trauma que lo perseguiría por el resto de su vida.
Tyr se arrodilló junto al cuerpo sin vida de su padre, con el hacha aún entre los dedos rígidos del hombre.
Su pequeño cuerpo temblaba, pero no por miedo.
Era otra emoción, algo primitivo que crecía dentro de él, como un fuego incontrolable que se extendía con cada segundo.
Su piel empezó a enrojecerse, su respiración se volvió entrecortada, y sus manos, pequeñas pero fuertes, arrancaron el arma de las manos inertes de su padre.
Un grito desgarrador escapó de su garganta, un sonido que no pertenecía a un niño, sino a una bestia.
Los hombres, que hasta entonces se habían regodeado en su acto de violencia, se giraron sorprendidos, pero no tuvieron tiempo de reaccionar.
Tyr cargó hacia el más cercano con una velocidad sorprendente.
El hacha descendió con una fuerza brutal, partiendo el cráneo del hombre en dos.
Sangre y materia cerebral salpicaron el suelo, manchando las paredes y el rostro de Tyr.
Sus ojos estaban completamente blancos, carentes de humanidad.
Solo quedaba la furia.
Su cuerpo parecía más grande, más pesado, como si la misma ira lo estuviera transformando.
Los hombres restantes retrocedieron, pero el miedo los paralizó lo suficiente como para que Tyr alcanzara a otro.
Giró el hacha con una precisión que no podía ser natural para alguien de su edad.
El filo atravesó el abdomen del hombre, desgarrando carne y órganos, antes de que Tyr lo empujara hacia una pared, donde lo dejó colgando, empalado.
El líder del grupo, que hasta entonces había liderado con una sonrisa sádica, intentó tomar su arma, pero Tyr ya estaba sobre él.
La primera herida fue en la pierna, un corte limpio que lo dejó de rodillas.
El hombre gritó, pero Tyr no escuchaba.
Su mente era un torbellino de ira y dolor.
Golpeó con el hacha repetidamente, primero en el hombro, luego en el brazo.
El líder alzó su única mano para protegerse, pero Tyr no mostró piedad.
Con un movimiento salvaje, decapitó al hombre, enviando la cabeza rodando hasta los pies de los sobrevivientes.
La sangre cubría todo: las paredes, el suelo, incluso el techo.
Tyr estaba empapado en rojo, su pequeña figura ahora monstruosa.
Los dos hombres restantes intentaron escapar, pero él no se lo permitió.
Con una velocidad aterradora, los alcanzó.
Uno recibió un hachazo en la espalda, que lo partió desde la columna hasta el pecho, mientras que el otro cayó al suelo, gritando por su vida.
Tyr no mostró compasión.
Levantó el hacha una última vez y la dejó caer con toda su fuerza, dividiendo al hombre en dos.
El aire seguía impregnado del olor metálico de la sangre y el eco de los gritos apagados.
Tyr, jadeando con su pequeña figura cubierta en rojo, apenas se dio cuenta de que uno de los hombres había sobrevivido.
Cuando finalmente alzó la vista, su corazón se detuvo.
El hombre sostenía un cuchillo en la garganta de su madre, su cuerpo magullado y su rostro marcado por el terror.
La madre de Tyr, aunque aterrada, mantenía una valentía que parecía imposible.
Sus ojos buscaban a su hijo, transmitiendo amor y calma a pesar de la situación.
—Tyr…
—dijo suavemente su madre, con una voz que temblaba pero no cedía al pánico—.
Hijo mío, quiero que sepas que todo estará bien.
El niño, con lágrimas rodando por sus mejillas, negó con la cabeza, intentando avanzar, pero el hombre presionó el cuchillo más fuerte contra la piel de su madre.
—No te muevas, maldito monstruo —gruñó el hombre, apretando los dientes mientras una mezcla de odio y temor llenaba sus ojos.
La madre de Tyr continuó, ignorando al hombre que la tenía como rehén.
—Escucha, mi pequeño.
Siempre fuiste fuerte, más de lo que podrías imaginar.
Tu padre estaría tan orgulloso de ti como yo lo estoy ahora.
No dejes que el odio te consuma…
no dejes que esto te convierta en uno de ellos.
Tyr sollozó, sus manos temblando mientras el calor comenzaba a regresar a su cuerpo.
—¡No!
¡Mamá, no digas eso!
¡Voy a salvarte!
Ella sonrió, esa misma sonrisa dulce que siempre le ofrecía para consolarlo.
—Hijo…
sé que lo harías, pero no es tu culpa.
Prométeme algo…
vive.
Sé libre de este dolor, porque no quiero que vivas encadenado a esto.
Antes de que Tyr pudiera responder, un destello rápido terminó con todo.
El hombre movió el cuchillo con una precisión despiadada.
Un hilo de rojo oscuro comenzó a correr por el cuello de su madre, mientras sus ojos se apagaban lentamente.
Su cuerpo cayó al suelo como una marioneta sin cuerdas, dejando un charco creciente de sangre en el suelo.
—¡NOOOOO!
—el grito de Tyr fue desgarrador, una mezcla de rabia, dolor y desesperación que resonó en todo el hogar.
Su cuerpo comenzó a temblar violentamente mientras el calor regresaba con una intensidad insoportable.
Sus ojos blancos brillaron con una furia descontrolada.
En un instante, Tyr se lanzó hacia el hombre, quien apenas tuvo tiempo de levantar el cuchillo.
Lo golpeó con una fuerza abrumadora, derribándolo.
Con un movimiento rápido y despiadado, Tyr hundió sus pequeños dedos en las cuencas de los ojos del hombre, mientras este gritaba de agonía.
—¡Sufre!
—rugió Tyr con una voz distorsionada, como si varias almas hablaran a través de él.
El hombre pataleaba, su sangre corriendo por su rostro mientras Tyr empujaba aún más profundo.
Finalmente, con una fuerza inhumana, el niño tomó la cabeza del hombre con ambas manos y, en un acto grotesco y salvaje, la partió en dos mitades.
El sonido del cráneo quebrándose llenó la habitación, junto con la mezcla de gritos ahogados y el repugnante sonido de carne desgarrada.
La carnicería había terminado.
La pequeña cabaña, que alguna vez fue un refugio cálido lleno de amor y risas, estaba ahora sumida en el caos.
El aire pesado olía a sangre, madera quemada y desesperación.
Tyr permanecía de pie, tambaleándose, con las manos temblorosas y cubiertas de rojo.
Sus ojos, poco a poco, comenzaron a enfocarse en lo que lo rodeaba.
Primero vio los cuerpos de los hombres que había masacrado: sus formas retorcidas, las extremidades despedazadas y el suelo empapado en un charco oscuro.
Pero nada de eso importaba.
Nada podía prepararlo para lo siguiente.
Allí, frente a él, estaban sus padres.
Su padre yacía inmóvil, con la cabeza ladeada, la expresión congelada en un gesto de determinación y dolor.
La sangre aún goteaba lentamente del hacha que había intentado usar para protegerlos.
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