FALLEN GODS (DIOSES CAIDOS) - Capítulo 25
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- Capítulo 25 - 25 CAPITULO 7 PARTE 4 Donde Nace un Guerrero
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25: CAPITULO #7 PARTE 4: Donde Nace un Guerrero 25: CAPITULO #7 PARTE 4: Donde Nace un Guerrero Luego, sus ojos se posaron en su madre.
Ella estaba allí, tan quieta, tan frágil.
Su rostro aún mantenía un atisbo de esa sonrisa que le había dedicado antes de que todo terminara, pero su cuello…
el rojo que se extendía bajo ella…
Tyr dio un paso hacia ellos, tambaleante.
Su respiración era errática, cada inhalación parecía un cuchillo desgarrando su pecho.
Cayó de rodillas frente a los cuerpos, sus manos alcanzaron la tela ensangrentada del vestido de su madre, pero se detuvieron a medio camino.
—Mamá…
papá…
—su voz era un susurro roto, un eco ahogado de un niño que aún no comprendía del todo el horror que lo envolvía.
El silencio lo rodeaba, opresivo.
Su mirada iba de un rostro a otro, como si esperara que de algún modo se movieran, que le dijeran que todo estaba bien, que era solo una pesadilla.
Pero nada ocurrió.
La realidad se hizo pedazos dentro de él, y un grito desgarrador salió de su garganta, una mezcla de dolor, furia y desesperación.
Se inclinó hacia adelante, golpeando el suelo con los puños, dejando escapar sollozos que resonaban en la cabaña.
—¡No!
¡No me dejen!
¡Papá!
¡Mamá!
¡Por favor, despierten!
¡Por favor!
—rogaba, su voz quebrándose con cada palabra.
Lágrimas caían sin control por su rostro, mezclándose con la sangre que cubría su piel.
Tyr, un niño que apenas entendía el mundo, había sido lanzado al abismo del dolor más cruel.
Agarró la mano fría de su madre, la llevó a su mejilla y cerró los ojos con fuerza.
—Prometiste que todo estaría bien…
—murmuró, como si sus palabras pudieran traerla de vuelta, como si su padre pudiera levantarse y consolarlo con su fuerza.
Pero no hubo respuesta, solo el eco de su propio llanto.
La cabaña, ahora llena de muerte y desolación, se convirtió en un recordatorio cruel del vacío que Tyr llevaría consigo.
Su grito desgarrador resonó una última vez, lleno de tristeza, impotencia y soledad.
Se quedó allí, arrodillado entre los cuerpos de sus padres, sus pequeñas manos temblorosas, sus ojos llenos de lágrimas que nunca parecían detenerse.
Era el fin de todo lo que conocía, y el inicio de un dolor que lo moldearía para siempre.
El aire se volvió denso mientras Loki y Furcas se enfrentaban, dos fuerzas colosales en un duelo que sacudía el suelo bajo sus pies.
Loki, rodeado por una brillante aura esmeralda, se mantenía imponente, su mirada fría y llena de determinación perforando a su oponente.
Furcas no perdió tiempo.
Con una velocidad casi inhumana, cerró la distancia y le propinó a Loki un brutal rodillazo directo a la cabeza.
El impacto resonó como un trueno, pero Loki no se inmutó.
Apenas se movió, y su postura permaneció inquebrantable, como si el ataque no hubiera existido.
—¿Qué demonios…?
—murmuró Furcas, sorprendido por aquella resistencia antinatural.
Sin perder un segundo, el demonio desató una ráfaga de golpes.
Su puño izquierdo conectó con el estómago de Loki, y el derecho con su mandíbula.
Continuó con una serie de ataques al torso y la cabeza, cada uno cargado con una fuerza que habría derribado a cualquier oponente.
Finalmente, lo agarró por el brazo, girándolo con destreza y lanzándole una patada fulminante que impactó directamente en el costado de su cráneo.
El cuerpo de Loki salió disparado como un proyectil, girando en el aire antes de estrellarse contra una roca, pulverizándola en el acto.
Furcas sonrió con satisfacción.
—Eso te enseñará a no subestimarme.
—Se irguió, confiado, pero su expresión se congeló en cuanto la polvareda comenzó a disiparse.
Loki emergió del polvo, intacto, sacudiéndose los escombros de su hombro como si fueran simples migajas.
Su rostro no mostraba ni dolor ni rabia, solo una gélida calma que resultaba más aterradora que cualquier grito de furia.
Sus ojos brillaban más intensamente que antes, irradiando un poder que parecía envolver todo a su alrededor.
Furcas retrocedió un paso, incrédulo.
—¿Qué eres tú?
Loki inclinó ligeramente la cabeza, su voz baja pero cargada de una energía intimidante.
—Ya no soy el mismo de antes.
Prepárate…
porque ahora, Furcas, estás frente a un verdadero guerrero.
El aire a su alrededor comenzó a ondular por el calor que emanaba.
Cada paso que daba hacia su oponente hacía que el suelo temblara levemente, una clara señal de que el combate estaba lejos de haber terminado.
Furcas apretó los puños, con su sonrisa confiada desmoronándose lentamente.
Ahora sabía que enfrentarse a Loki no sería solo un duelo…
sería su peor pesadilla.
Con movimientos que resonaban como un vendaval, atacó a Loki sin piedad.
Usó sus afiladas extremidades como cuchillas, lanzando golpes que partían el aire con un silbido mortal.
Su rodilla, forjada de hueso sólido, impactó directamente en el rostro de Loki con tal fuerza que hizo eco en el campo de batalla, pero Loki no se inmutó.
Furcas gruñó con frustración y atacó con una serie de movimientos brutales.
Sus garras rasparon el torso de Loki con la fuerza de un huracán, cada golpe diseñado para triturar.
Se desplazó con la velocidad de un depredador, encadenando un puñetazo de hueso directo al abdomen, seguido de un codazo al costado y una patada giratoria que envió a Loki hacia una formación rocosa.
—¡No puedes ser inmortal!
—rugió Furcas, su mandíbula de hueso rechinando con cada palabra.
Antes de que Loki pudiera levantarse, Furcas se abalanzó como un espectro de la muerte, cayendo con ambas piernas directamente sobre él.
El impacto hizo que el suelo se hundiera bajo ellos, y el polvo se elevó como una nube opresiva.
Furcas tomó a Loki por el cuello con su garra afilada y lo alzó, mirándolo con vacío en sus ojos huecos.
—¡Caerás como todos los demás!
—gritó mientras lo lanzaba con toda su fuerza hacia una columna rocosa.
Loki atravesó la estructura, pero volvió a levantarse, su cuerpo envuelto en un aura esmeralda que parecía intensificarse con cada ataque.
Furcas se detuvo un momento, sus movimientos ahora cargados de cautela.
El eco hueco de su mandíbula entreabierta era lo más cercano a una respiración pesada que podía expresar.
—Esto no tiene sentido…
—murmuró, su voz como un eco distante en un pasillo oscuro.
Loki avanzó lentamente, su figura irradiando una determinación casi divina.
A cada paso que daba, el suelo bajo sus pies parecía vibrar, el aura verde a su alrededor pulsando con una intensidad abrumadora.
Cuando habló, su voz era baja, casi susurrante, pero llena de una certeza que heló a Furcas hasta los huesos, literalmente.
—¿Eso es todo lo que puedes hacer?
Furcas retrocedió por primera vez, algo que jamás había hecho en todas sus batallas.
Loki se detuvo, mirándolo con una frialdad absoluta, mientras el calor de su energía distorsionaba el aire.
Por primera vez en siglos, Furcas sintió un atisbo de lo que había causado en tantos otros: miedo.
Furcas retrocedió un par de pasos, jadeando.
Su cuerpo esquelético crujía con cada movimiento, y sus ojos ardían con un brillo desesperado.
Sabía que no podía igualar la abrumadora fuerza de Loki, pero si algo tenía claro era que no iba a caer sin usar todo lo que estaba a su alcance.
—Si realmente deseas mi destrucción… —murmuró, su voz resonando como un eco hueco—, entonces te la ganarás, aunque signifique arrastrarte conmigo al vacío.
Lentamente, Furcas alzó ambas manos hacia el cielo.
Sus huesudas extremidades comenzaron a vibrar mientras una neblina oscura emergía de cada uno de los poros de su cuerpo.
El aire se volvió pesado, como si todo el entorno estuviera siendo arrastrado hacia un punto central.
Las grietas en el suelo se extendieron rápidamente bajo sus pies, y un retumbar profundo hizo que todo alrededor temblara.
—Desgracia Eterna… —pronunció, y las palabras mismas parecieron consumir la luz del ambiente.
Desde sus manos se comenzó a formar una pequeña esfera negra, aparentemente insignificante al principio, pero que rápidamente creció en tamaño y densidad.
Era como si el vacío absoluto estuviera tomando forma.
La oscuridad de la esfera era tan intensa que parecía consumir el espacio a su alrededor.
Fragmentos de piedra, polvo y energía eran absorbidos en su interior con un zumbido ensordecedor.
Furcas cerró los ojos, y un aura negra envolvió su figura, como si la habilidad estuviera alimentándose directamente de su existencia.
De su pecho comenzaron a surgir grietas lumínicas, pequeñas fracturas que se extendían por todo su torso y rostro.
Estaba claro que este ataque no solo consumiría todo a su paso, sino también al propio Furcas.
Lentamente, alzó la mirada hacia Loki.
Una sonrisa macabra se formó en su rostro descarnado, y sus dientes relucieron bajo la luz que emanaba de la esfera.
—Esta es mi última creación.
La culminación de milenios de odio y sufrimiento.
—Su voz era un susurro que se sentía en lo profundo del alma—.
La Flecha del Vacío.
La esfera, ahora de un tamaño imponente, comenzó a comprimirse en un punto mucho más pequeño.
La presión era abrumadora, y cada compresión liberaba una onda expansiva que sacudía todo a su alrededor.
Loki permanecía inmóvil, observando la técnica con interés.
La daga en su mano brillaba, reflejando la siniestra luz del ataque.
—Desaparece… —gruñó Furcas mientras empujaba sus manos hacia adelante.
En un instante, la esfera negra se comprimió aún más, hasta transformarse en un delgado rayo oscuro que disparó hacia Loki con una velocidad inconcebible.
El sonido de su trayectoria era similar a un alarido desgarrador, como si miles de almas condenadas gritaran al unísono.
El impacto fue inminente.
Todo parecía moverse en cámara lenta cuando Loki, con una calma que bordeaba lo inhumano, giró ligeramente la muñeca.
La daga en su mano pareció vibrar con una energía propia, y en un movimiento casi imperceptible, desvió el rayo con la parte plana de su hoja.
El proyectil, que había sido creado para destruir todo lo que tocara, cambió de trayectoria y pasó rozando a Loki, impactando en una montaña cercana.
Un silencio sepulcral se apoderó del ambiente antes de que el pico entero desapareciera, consumido por la fuerza del ataque.
Solo quedó un agujero oscuro donde antes había estado la montaña, un vacío absoluto.
Furcas observó la escena con incredulidad.
Sus manos temblaban, incapaces de sostenerse por mucho más tiempo.
—No… —susurró.
Su voz estaba quebrada, apenas un eco del guerrero seguro de sí mismo que había sido momentos antes—.
Es… imposible… Loki giró la daga en su mano, dejando que el filo reflejara la tenue luz que aún quedaba.
Su mirada era fría y fija, como si estuviera mirando directamente al alma de Furcas.
Dio un paso adelante, y cada uno de sus movimientos resonaba con una autoridad aplastante.
—¿Eso es todo?
—preguntó Loki, su tono bajo, pero cargado de una intensidad devastadora—.
Furcas, tu poder es impresionante… para los estándares de un simple guerrero.
Pero yo… —Hizo una pausa, su sonrisa ensanchándose mientras el aura verde a su alrededor se intensificaba—.
Estoy más allá de tus límites.
Loki dio un paso al frente, su mirada centelleando con la determinación de quien sabe que la victoria ya está al alcance.
El brillo verde de su aura iluminaba el entorno, y su silueta proyectaba una figura casi divina.
Observó la lanza de Furcas, la cual yacía cerca, parcialmente incrustada en el suelo tras haber sido descartada en el fragor del combate.
Una sonrisa segura cruzó su rostro.
—Fue divertido, Furcas, pero no tengo tiempo para prolongar esto.
—Su tono era casi casual, pero sus palabras llevaban una fuerza irrefutable.
De un movimiento fluido, Loki levantó el pie derecho y lo dejó caer con fuerza sobre la lanza.
El impacto envió el arma al aire, girando vertiginosamente.
El sonido del metal cortando el viento resonó como un relámpago.
Loki la observó mientras ascendía, y con una precisión inhumana, saltó en el momento exacto, girando en el aire.
En un movimiento elegante y letal, atrapó la lanza por el mango con ambas manos.
Mientras descendía, apuntó directamente al pecho de Furcas.
Sus ojos brillaron intensamente, y en un instante que parecía desafiar el tiempo mismo, lanzó la lanza con toda su fuerza.
La lanza cruzó el campo como un relámpago verde, dejando una estela ardiente en su camino.
El sonido de su trayectoria cortó el aire, ensordeciendo todo lo demás.
Furcas apenas tuvo tiempo de abrir los ojos de par en par antes de que la lanza lo atravesara por completo.
El impacto fue devastador; su cuerpo esquelético se tambaleó hacia atrás mientras un destello de luz explotaba desde la herida.
—¿Qué…?
—alcanzó a murmurar Furcas, antes de sentir la abrumadora energía de la lanza que comenzaba a desintegrarlo desde adentro.
Pero Loki no había terminado.
En el mismo momento en que la lanza impactó, Loki desapareció de su posición con una velocidad tan brutal que solo quedó un eco en el aire.
Reapareció frente a Furcas en un parpadeo, su movimiento apenas perceptible.
—Esto termina ahora.
Con un giro fulminante, Loki alzó su pierna y le propinó una patada directa al torso.
El golpe fue tan violento que la onda expansiva arrancó el suelo bajo ellos, levantando una nube de polvo y roca.
Furcas salió disparado como un proyectil, atravesando varios metros antes de estrellarse contra una roca masiva, que se fracturó bajo la fuerza del impacto.
Cuando la nube de polvo finalmente se disipó, Loki estaba de pie, su figura erguida e imponente.
La lanza aún brillaba débilmente, clavada en el cuerpo inmóvil de Furcas, quien yacía derrotado contra las rocas.
Loki respiró hondo, bajando lentamente la guardia mientras observaba el resultado de su ataque.
—Tienes mi respeto, Furcas, —dijo Loki, limpiando el polvo de su túnica—.
Pero no estás ni cerca de mi nivel.
Se giró hacia donde había sentido la presencia de Tyr, su mirada llena de determinación.
El combate había terminado, pero su deber no.
Loki sabía que cada segundo contaba para salvar al joven guerrero.
Sin perder tiempo, comenzó a correr hacia donde su presencia lo guiaba, dejando atrás el campo de batalla con Furcas derrotado, mientras el viento arrastraba los ecos de su victoria.
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