FALLEN GODS (DIOSES CAIDOS) - Capítulo 32
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- Capítulo 32 - 32 CAPITULO 9 PARTE 1 El Juicio de los Dioses
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32: CAPITULO #9 PARTE 1: El Juicio de los Dioses 32: CAPITULO #9 PARTE 1: El Juicio de los Dioses El campo de Joktldar ardía en un caos silente.
La nieve, ennegrecida por el fuego y la sangre, crujía bajo las garras de Fenrir, que se mantenía firme, con el pelaje erizado y las fauces manchadas del combate anterior.
Sus ojos brillaban con la furia del lobo ancestral, pero esperaban una orden.
Frente a él, Thor se adelantó, envuelto en electricidad chispeante que retumbaba con cada paso.
Su voz retumbó como un trueno.
—¡No te metas en esto, Fenrir!
—gruñó con el Mjolnir vibrando en su puño—.
Este es mío.
El lobo gruñó, bajando la cabeza ligeramente, como un depredador esperando la señal final.
Pero entonces, desde el suelo, una voz debilitada pero cargada de urgencia rompió la tensión.
—¡No seas estúpido!
Todos voltearon.
Loki, aún postrado, con el cuerpo lleno de quemaduras, su ropa rasgada y la sangre cubriendo su rostro, había reunido fuerzas desde lo más profundo de su ser.
Su mirada estaba fija en su compañero de batalla.
—¡Thor, no puedes vencerlo solo!
¡No lo entiendes… ese ser… es distinto a todo lo que hemos enfrentado!
—jadeó, su voz temblaba por el dolor, pero ardía con verdad.
Volvió su mirada a Fenrir, el lobo que le debía lealtad más allá de la sangre.
—¡No lo dejes hacerlo solo!
—gritó con desesperación—.
¡No lo dejes morir como un tonto por orgullo!
El viento helado pareció silenciarse por un segundo.
Fenrir levantó la cabeza, sus colmillos brillando bajo la luna oculta.
Thor no apartó la mirada de su enemigo, pero algo en su pecho se movió…
esa terquedad que a veces le servía, ahora lo traicionaba.
Sabía que Loki no hablaba por miedo…
sino porque había visto algo que ellos no.
El ser que enfrentaban, seguía de pie sin una sola herida visible.
Había recibido rayos, mordidas, embestidas, y seguía ahí.
Quieto.
Tranquilo.
Como si ni siquiera hubieran empezado a luchar.
Y entonces, una carcajada profunda e inhumana se escuchó detrás de ellos.
—Hermoso…
—dijo con voz rasposa—.
Hermoso ver cómo se derrumba la esperanza, poco a poco.
El lobo dio un paso al frente, y el trueno se agitó en el cielo.
—¡Fenrir!
—gritó Thor— ¡Ataquemos juntos!
El lobo rugió, y ambos se lanzaron con sincronía aterradora.
Thor voló en picada, lanzando rayos como lanzas de ira divina, mientras Fenrir zigzagueaba a toda velocidad por el suelo, una sombra letal.
Cuando el Mjolnir golpeó el suelo, una onda expansiva envolvió al enemigo.
El Ser, sin moverse, simplemente alzó la mano.
La explosión se disipó como humo.
Fenrir saltó con sus colmillos dirigidos al cuello de la criatura, mientras Thor bajaba desde el cielo a toda velocidad, listo para impactarlo por la espalda.
Un grito, un relámpago, un rugido de guerra…
Pero entonces sucedió.
En un movimiento imposible, el Ser desapareció, como si se hubiera fundido con la propia oscuridad.
Fenrir cayó en seco, rodando sobre el polvo.
Thor frenó en el aire, buscando con la mirada.
—¡Dónde estás, cobarde!
—tronó el dios del trueno.
Y entonces apareció.
Desde la sombra misma del cuerpo de Thor, el Ser emergió como un espectro de pesadilla, y con una rapidez sobrehumana, clavó la empuñadura de su guadaña en el estómago de Thor, haciéndolo escupir sangre.
Fenrir, furioso, cargó contra él, desgarrándole parte del brazo con sus colmillos.
Pero el Ser no gritó.
No se inmutó.
En lugar de retroceder, tomó al lobo por el cuello, lo levantó como si fuera una presa, y lo estrelló brutalmente contra el suelo, una, dos, tres veces, hasta que el cráter bajo Fenrir parecía una tumba.
Thor se reincorporó, los rayos chispeando en su cuerpo.
Su mirada cruzó con la de Fenrir.
No hablaron.
No necesitaban hacerlo.
Los dos cargaron una vez más, pero el Ser ahora danzaba entre ellos.
No peleaba… ejecutaba.
Cada movimiento era una cátedra de violencia y precisión.
Golpeaba a Thor con la parte roma de su guadaña, lo arrojaba contra Fenrir, y cuando el lobo intentaba morder, él desaparecía, para reaparecer detrás de Thor y romperle parte del pecho con un solo impacto directo.
El aire se llenó de sangre, polvo y truenos.
La tierra temblaba.
Joktldar, ese bastión nórdico, se caía a pedazos.
Finalmente, Fenrir clavó sus colmillos en la pierna del Ser.
Thor, con la oportunidad abierta, cargó un rayo tan intenso que su cuerpo quedó marcado por la energía.
Lo lanzó con toda la fuerza que le quedaba… La explosión iluminó el campo de batalla, tiñendo todo de blanco por un segundo.
Cuando el humo se disipó… El Ser aún estaba de pie.
Su túnica hecha de oscuridad flotaba como una llama maldita.
Su máscara no mostraba emoción alguna.
Solo levantó su guadaña lentamente… —Son buenos… —dijo con una voz que parecía venir del fondo de un abismo eterno— …pero no son suficientes.
La batalla había llegado a su fin, y el terreno se había convertido en un campo de desolación.
Thor y Fenrir yacían tendidos en el suelo, sus cuerpos destrozados, agonizando con cada respiración que quedaba en ellos.
El Ser se acercaba con una calma ominosa, su guadaña en alto, dispuesto a darles el golpe final.
La oscuridad se cernía sobre ellos como una sombra definitiva.
Balder, al margen del caos, estaba con Loki, intentando devolverle la energía que tanto necesitaba.
Su mano brillaba con un resplandor dorado, curando las heridas de Loki, que ya comenzaba a sentir sus fuerzas regresar.
Sin embargo, sus ojos, aún llenos de dolor y agotamiento, se dirigieron hacia el horizonte, donde el destino de Thor y Fenrir estaba a punto de decidirse.
—No puede ser…
—murmuró Balder, mirando a los dos caídos.
La incredulidad lo invadió—.
En tan poco tiempo, ¿cómo…?
Loki, sintiendo la energía fluir a través de su cuerpo, se sentó con esfuerzo, apretando los dientes.
Aunque aún se sentía débil, una llama interna se había encendido en él.
—Ya me siento mejor… —dijo Loki con voz baja pero firme Balder, sin dudar, asintió.
Sabía lo que esto significaba: era su momento de actuar.
Loki había confiado en él, y no podría fallar ahora.
Pero antes de que pudieran hacer algo, el Ser levantó su guadaña con una risa siniestra, dispuesto a acabar con los dos héroes.
Todo se detuvo por un segundo.
Un viento gélido sopló a través de Joktldar, y en un destello de luz dorada, Balder se lanzó hacia adelante, su velocidad superando cualquier límite.
En un abrir y cerrar de ojos, apareció justo en frente del Ser, cargando a Thor y Fenrir con una sola mano, y apartándolos de su camino con la agilidad de un dios.
El Ser, sorprendido por la repentina aparición, desvió su mirada hacia Balder, pero no fue lo suficientemente rápido.
El dios de la luz desapareció en una ráfaga dorada, llevando a Thor y Fenrir lejos del alcance de la guadaña de la muerte.
El golpe final que estaba destinado a ellos no llegó.
En lugar de eso, los dos guerreros caídos fueron puestos a salvo en un lugar más seguro.
Balder, con un esfuerzo sobrehumano, los dejó cuidadosamente sobre el suelo mientras se preparaba para enfrentarse al Ser.
—Esto no ha terminado —dijo Balder, con una calma inquebrantable, mirando al Ser directamente a los ojos—.
No dejaré que destruyas todo lo que hemos luchado por proteger.
El Ser dejó escapar una sonrisa malévola, claramente impresionado por la rapidez de Balder, pero también seguro de su victoria.
—Te subestimas, Balder —respondió el Ser con un tono burlón—.
Crees que puedes salvarlos, pero el fin ya está escrito.
Sin embargo, Balder no retrocedió, su rostro decidido y lleno de una luz resplandeciente, como si su propia esencia divina estuviera listo para enfrentar la oscuridad más profunda.
Sabía que aún había esperanza.
En ese momento, Loki se levantó completamente curado, sus ojos brillando con una intensidad que solo un dios podría mostrar.
—¡Es hora de pelear!
—gritó Loki con determinación.
Y así, los tres dioses, Balder, Loki y el Ser, se preparaban para lo que sería el enfrentamiento más épico de todos.
El aire temblaba con tensión.
Loki, tambaleante pero determinado, intentó aprovechar un momento de distracción.
Avanzó por detrás del Ser, con un pequeño destello de magia acumulándose en sus manos temblorosas.
Cada paso le pesaba como si cargara un mundo, pero no podía quedarse quieto.
Sus ojos brillaban con la furia del que ha perdido demasiado.
Con un rugido ahogado, lanzó una ráfaga de energía, apuntando directo a la espalda del enemigo.
Pero el Ser no era ingenuo.
Con una precisión casi perezosa, giró levemente sobre su eje y con el mango de su guadaña impactó brutalmente a Loki en el pecho, levantándolo del suelo y lanzándolo varios metros hacia atrás.
El dios de las mentiras chocó contra una columna derruida, dejando tras de sí una estela de sangre y un cuerpo que apenas podía moverse.
—Patético —murmuró el Ser con una voz grave, casi desinteresada.
Entonces fue cuando Balder irrumpió.
Con un rugido de ira, sus dos espadas cruzaron el aire con tal velocidad que el sonido se quebró alrededor.
Era como si la luz misma bailara a su alrededor.
Su estilo era limpio, elegante, una combinación de fuerza y gracia.
Cada estocada estaba llena de intención divina, de un poder que no había sido invocado en siglos.
Zancadas perfectas.
Cortes milimétricos.
Esquives con la precisión de un rayo.
Balder giraba sobre sí mismo, cortando en múltiples direcciones, con ataques en espiral que buscaban penetrar la defensa del Ser.
En un solo segundo, dio más de treinta golpes, haciendo que el entorno se llenara de chispas doradas y ondas de presión que levantaban polvo y piedras.
—¡Esto es por todos los que has destruido!
—gritó, lanzando una estocada final que parecía capaz de dividir el mundo.
Pero cuando la luz se disipó… El Ser ni siquiera tenía un rasguño.
Y comenzó la humillación.
Con un movimiento violento, detuvo ambas espadas con su guadaña sin siquiera mirarlas, y propinó un rodillazo al estómago de Balder que lo hizo escupir sangre.
Lo levantó del cuello con una sola mano y lo estrelló contra el suelo, haciendo que la tierra se resquebrajara en un cráter.
Balder intentó levantarse, pero una patada al rostro lo mandó rodando entre los escombros como un muñeco de trapo.
Intentó defenderse, pero el Ser ya estaba sobre él, golpeándolo con el mango de la guadaña, arrastrándolo por el suelo, pisoteando su pecho con una fuerza que partió el terreno bajo él.
—Tú no eres luz —dijo el Ser, aplastándolo con una mano en el rostro—.
Eres sólo un reflejo inútil de lo que solías ser.
Balder, ensangrentado, apenas podía ver entre sus párpados hinchados.
La luz que lo envolvía ahora parpadeaba débilmente, como una vela en medio de una tormenta.
—Aún… no… me rindo… —susurró con dificultad.
Pero el Ser lo tomó por los cabellos y lo alzó una vez más.
—Entonces morirás con honor —gruñó.
Lo lanzó al aire, y de un solo salto, lo interceptó con una patada descendente que lo hizo caer como un meteorito, dejando un cráter aún más profundo a su alrededor.
Silencio.
Polvo.
Y la risa baja del Ser, mientras se giraba lentamente, como si supiera que nadie podría detenerlo ya.
Loki, apenas sosteniéndose en pie, corría entre ruinas y escombros, sintiendo cómo su cuerpo le exigía rendirse.
Pero su mente no lo permitiría.
Cada grito, cada choque de armas detrás de él, lo empujaba a seguir.
Balder estaba siendo masacrado.
Thor y Fenrir estaban en el suelo.
Y el ser…
ese ser era simplemente imparable.
Solo quedaba una carta.
—Tyr…
—murmuró mientras doblaba por el último pasillo—.
Maldito seas, si alguna vez has de volver a perder el control…
que sea ahora.
Y allí estaba, tirado en medio del campo abierto de batalla, a unos metros de donde la lucha había comenzado, oculto tras la sombra de una gran piedra derrumbada.
Su cuerpo inconsciente, sus músculos aún tensos incluso en el sueño.
Tyr, el dios guerrero, el salvaje.
Dormido por la magia que Loki usó en el pasado para apagar la furia que, de haber continuado, habría matado a aliados y enemigos por igual.
Loki se dejó caer de rodillas a su lado, temblando, respirando con dificultad.
—Perdóname…
—dijo, mientras ponía una mano sobre el pecho del dios caído—.
Pero necesito al monstruo.
Balder lanzó una serie de ráfagas de luz desde sus espadas, como estallidos de una tormenta solar, cada una buscando quebrar la sombra del enemigo.
Pero el ser se movía como un espectro entre dimensiones, deslizándose por el campo de batalla como si conociera cada rincón, cada latido del viento.
Esquivó con una facilidad insultante, como si los ataques fueran meras caricias en la oscuridad.
De pronto, desapareció.
Balder apenas tuvo tiempo de sentir el vacío detrás de él antes de que dos puños envolvieran su cráneo como una trampa letal.
El ser había aparecido justo a sus espaldas, y con una fuerza descomunal, estampó sus manos en la cabeza de Balder, buscando aplastarla como si fuera una nuez.
El golpe fue ensordecedor.
El cuerpo de Balder se precipitó contra el suelo, haciendo retumbar la tierra con un crujido que heló la sangre.
Se retorció, apretando los dientes, su armadura resquebrajada, su aura titilando como una llama a punto de extinguirse.
Gritó.
No de miedo, sino de furia, de rabia contenida.
Con un impulso de pura voluntad, impulsado por el dolor y el recuerdo de los que aún luchaban, Balder logró alzarse, liberándose con un estallido de luz que sacudió los escombros a su alrededor.
Sus ojos ardían, no por poder, sino por determinación.
Pero el ser solo lo miraba.
Silencioso.
Sin emociones.
Como un juez que ya conocía el veredicto.
—¡Tyr!
¡Despierta, maldita sea!
—gritó, golpeando su pecho con ambas manos—.
¡Nos están matando, uno por uno!
¡Balder está allá afuera dándolo todo, Thor y Fenrir apenas respiran…
y yo…!
Yo ya no tengo fuerzas…
Su voz se quebró.
—¡Eres el dios de la guerra!
—susurró, inclinando la cabeza, apoyándola sobre el pecho de su hermano—.
¡Tú eras el más fuerte entre nosotros!
Siempre lo fuiste…
¡Levántate, maldito loco!
¡Te necesitamos!
El viento sopló entre los escombros, arrastrando cenizas y ecos de los antiguos gritos de batalla.
Loki apretó los dientes, sus manos ahora temblaban sobre el rostro de Tyr.
—Sé que estás ahí dentro…
—dijo, casi en un susurro—.
¡Ellos nos necesitan!
¡Tú los protegías!
¡Tú gritabas que nadie los tocaría mientras tú respiraras!
¡Pues respira, maldita sea!
¡Despierta…
y pelea!
El campo tembló.
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