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FALLEN GODS (DIOSES CAIDOS) - Capítulo 33

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  3. Capítulo 33 - 33 CAPITULO 9 PARTE 2 La Luz Hecha Pedazos
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33: CAPITULO #9 PARTE 2: La Luz Hecha Pedazos 33: CAPITULO #9 PARTE 2: La Luz Hecha Pedazos El aire mismo pareció desgarrarse cuando el ser desapareció en un parpadeo, moviéndose con una velocidad tan absurda que ni siquiera el ojo divino de Balder pudo seguirlo.

En un instante, estaba frente a él…

y al siguiente, ya lo había dejado atrás.

Balder, confundido, giró en seco, preparado para atacar.

Pero entonces, su cuerpo se detuvo.

Un ardor lo atravesó.

Uno.

Dos.

Tres.

Diez cortes emergieron repentinamente de su torso, sus brazos, sus piernas… como si el viento mismo se hubiera convertido en cuchillas invisibles.

La sangre brotó al instante, pintando su brillante armadura con un rojo oscuro.

—Agh…

—jadeó con los ojos desorbitados, tambaleándose.

Y luego, cayó de rodillas.

Sus espadas se soltaron, resonando con un eco metálico en medio del caos.

El ser apareció lentamente detrás de él, con la guadaña aún chorreando sangre.

Caminó con calma, como si no hubiera prisa, como si esto fuera apenas un entretenimiento.

Se detuvo frente a Balder, ahora de rodillas, respirando con dificultad.

—¿Esto es lo que llaman esperanza?

—dijo con voz profunda y burlona, dejando caer su guadaña contra el suelo con un golpe seco—.

¿Un dios brillante que sangra igual que los demás?

Sin esperar respuesta, alzó su pierna y le dio una patada brutal en el estómago.

Balder se dobló por completo, escupiendo sangre mientras el aire se le escapaba de los pulmones.

—¿Qué pensabas lograr…?

¿Salvarlos a todos tú solo?

—continuó mientras volvía a patearlo, esta vez en el rostro, haciéndolo girar por el suelo—.

El valor…

no es más que una excusa para los débiles.

Balder intentó levantarse, pero su brazo temblaba, su cuerpo no respondía.

El ser se arrodilló frente a él y lo sostuvo por el cabello, obligándolo a mirarlo.

—No hay luz suficiente en este universo que pueda disipar lo que yo soy.

Y soltándolo, lo dejó caer como un trapo viejo, desplomado sobre su propia sangre, respirando apenas.

Balder yacía en el suelo, su cuerpo destrozado tras el brutal golpe.

Respiraba con dificultad, su pecho subiendo y bajando con cada aliento entrecortado.

El Ser, con una calma casi espantosa, avanzó lentamente hacia él.

El resplandor de su guadaña parecía un faro de muerte.

Deteniéndose frente a Balder, dejó caer su arma al suelo con un golpe seco, el eco del metal resonando por el campo de batalla desolado.

Su mirada era fría, penetrante, como si observase a Balder no como un dios, sino como a una simple plaga por erradicar.

—¿Así que tú, Balder, el dios de la luz, el brillante protector de todos los que viven bajo tu sombra, creíste que podrías cambiar el curso de esto?

—dijo el Ser, su voz como un eco lejano, profunda y burlona—.

¿De verdad pensaste que tu sacrificio y tu voluntad serían suficientes para salvarlos?

El Ser lo miró con desprecio.

Luego, alzó su pie y pateó a Balder con fuerza, lanzándolo hacia una pila de rocas.

Balder cayó de nuevo, su cuerpo maltratado y cubierto de sangre.

Sin embargo, con gran esfuerzo, logró levantarse, moviéndose con una lentitud exasperante, pero con una determinación inquebrantable.

—No…

no he terminado —musitó, su voz entrecortada por el dolor.

El Ser observó esto con una sonrisa cruel.

—¿De verdad piensas que tu orgullo y tu fe te salvarán?

—dijo, su tono cargado de sarcasmo—.

Balder, los dioses como tú están destinados a caer.

Tienes toda esa luz, pero al final, no eres más que un mortal con un brillo fugaz.

Todos son iguales, todos se derrumban cuando enfrentan lo inevitable.

Balder levantó la cabeza con esfuerzo.

Su respiración era agónica, su visión borrosa, pero su voluntad seguía intacta.

Con un movimiento cansado, empuñó su espada con ambas manos.

Cada músculo de su cuerpo gritaba de dolor, pero su mente estaba decidida.

En sus ojos, brillaba la furia de un dios que no permitiría que la oscuridad se llevara todo lo que amaba.

—¿Acaso crees que la voluntad se mide por lo que podemos ganar o perder?

—respondió Balder, con la voz llena de determinación—.

No, Ser, lo que me define no es lo que soy capaz de hacer con mis poderes, sino lo que soy capaz de soportar.

De seguir adelante.

Nunca he caído, y no caeré ahora.

Las palabras de Balder resonaron en el aire, fuertes, firmes, como un juramento eterno.

Su cuerpo temblaba, pero su espíritu se mantenía erguido.

Con un grito de furia, se abalanzó hacia el Ser, empuñando su espada con la esperanza de que su luz, aunque débil, todavía podía desafiar la oscuridad.

Pero el Ser, sin prisa, alzó su dedo.

La energía se concentró en la punta de su dedo, un brillo oscuro que iluminó la atmósfera con una luz macabra.

Un rayo de pura energía salió disparado, alcanzando a Balder en su pecho, cerca del corazón.

El impacto fue brutal, la electricidad recorrió su cuerpo, dejándolo inmóvil.

Balder cayó al suelo, su espada soltándose de sus manos.

La sangre brotó de su herida, y su cuerpo quedó tirado, gravemente herido.

Sin embargo, su respiración aún se podía escuchar, aunque cada vez más débil.

El Ser, observando a su víctima caída, se agachó lentamente y susurró: —Todo lo que pensabas que te hacía inmortal… es una mentira, Balder.

Te has quedado sin luz, y ahora, eres solo otro dios olvidado.

Loki apretó los puños contra el pecho de su hermano dormido—.

¡Tienes que pelear!

¡Eres el único que puede hacerle frente!

A lo lejos, un estruendo.

El Ser lanzó a Balder contra una muralla derruida.

El eco del golpe retumbó como un trueno.

Loki volvió la vista con los ojos vidriosos.

—¿¡Vas a dejar que eso pase!?

¿¡A los que lucharon contigo, a los que sangraron contigo!?

¡Por todos los dioses, Tyr, levántate!

—la voz se quebró—.

¡Por favor!

El viento sopló de repente, con una fuerza distinta.

Un cambio en el aire.

Una presencia.

El cuerpo de Tyr, aún tendido, se estremeció levemente.

Sus dedos comenzaron a cerrarse, como si respondieran al llamado de una memoria enterrada.

Su ceño se frunció.

El cuerpo de Tyr permanecía inmóvil, cubierto por tierra y sangre.

Su respiración era apenas perceptible, y en su mente, la oscuridad lo rodeaba, lo ahogaba.

Recuerdos de batallas pasadas, los rostros de los caídos, las voces de aquellos que nunca pudo salvar, lo atormentaban.

–No eres un héroe.

Eres un monstruo…

un perro rabioso.

Las imágenes se acumulaban en su mente, distorsionadas, como fragmentos rotos de una pesadilla.

La culpa lo consumía.

La sensación de fracaso lo aplastaba.

–Te dije que no podías controlarlo…

Pero, de repente, algo cambió.

Un pequeño destello de esperanza en la oscuridad.

Una chispa, un rugido lejano en lo profundo de su alma.

La furia, la rabia, la necesidad de levantarse.

Las visiones cambiaron.

Niños corriendo, mujeres gritando, aldeanos cayendo.

El mundo, todo lo que había jurado proteger, se desmoronaba.

–¡No otra vez!

Con un gruñido, las manos de Tyr se aferraron al suelo.

Sus músculos, cansados, se tensaron con fuerza.

La tierra crujió al despertar de su furia contenida.

El cuerpo herido comenzó a levantarse, con dificultad al principio, luego con la fuerza de un titán.

Cada respiración profunda parecía darle más vida, más energía.

Su mirada era una llama ardiente, resplandeciente en medio de la oscuridad.

–¡Tyr!

Con un esfuerzo sobrehumano, sus ojos se abrieron, y allí, en medio de la devastación, se erguió.

No miró atrás, su objetivo era claro.

Con cada respiración, la furia se convertía en un arma.

El hombre que había caído, ahora se levantaba como un monstruo controlado.

–¡Tyr!

—la voz resonó en el aire, llena de desesperación—.

¡Levántate!

Él no dijo nada, pero con su mirada fija en el horizonte, sus dientes apretados, se levantó y comenzó a caminar hacia el campo de batalla.

–¡Tyr, por favor!

—la voz implorante persistió—.

¡Tienes que despertar, ellos…

ellos ya están cayendo!

El hombre, aún cubierto de heridas, caminó sin detenerse.

Evacúa a los aldeanos.

A todos.

Gánales tiempo.

—la orden fue firme, casi un gruñido de furia contenida.

La voz del otro, ahora algo vacilante, respondió con incertidumbre.

–¿Qué?

¿Cómo…?

Sin girarse, Tyr lanzó un suspiro cargado de frustración y furia.

–¡Hazlo!

No tengo tiempo para explicaciones.

Yo lo detendré.

No lo venceré, pero ganaré el tiempo que necesitan.

Tú…

hazlo ahora.

Hubo un momento de silencio, un segundo de duda, antes de que la voz cuestionara nuevamente.

–¿Estás seguro de que puedes controlarlo…?

No.

—su voz era más grave, más fuerte—.

Pero tal vez pueda dirigirlo.

Y si no…

al menos será suficiente para ganar tiempo.

¡Vete ya!

Con esas palabras, el otro asintió y, sin otra opción, comenzó a correr hacia los aldeanos.

Tyr observó su partida, y luego, con un rugido, su mirada se clavó en el horizonte, enfrentando al enemigo.

No podía detenerse.

Sabía lo que debía hacer.

¡Por ellos!

—murmuró para sí mismo, mientras se lanzaba hacia el caos, despojándose de la duda y la desesperación.

El ser levantó a Balder por el cuello con una sola mano, observándolo con desprecio mientras la sangre goteaba de su rostro hinchado.

—¿A esto le llaman un dios?

Patético.

Le dio un rodillazo brutal al abdomen, haciéndolo escupir sangre una vez más.

Luego lo dejó caer como si fuera un desecho.

—Podría acabar contigo ahora mismo… pero quiero que veas cómo todo lo que amas se desmorona.

Iba a pisarle el cráneo cuando un estruendo retumbó en el campo de batalla.

El suelo se agrietó.

Un rugido salvaje se escuchó antes de que una figura surgiera de la nada.

Un puño envolvió el rostro del ser con tal violencia que lo lanzó decenas de metros, estrellándolo contra una montaña de escombros.

La tierra tembló con el impacto.

Tyr estaba allí.

De pie.

Con la respiración pesada, los ojos encendidos como brasas, y el cuerpo temblando por la furia contenida.

Se arrodilló junto a Balder, lo levantó con cuidado y lo puso a salvo entre unas rocas lejos del combate.

Su hermano lo miró entreabriendo los ojos, con la voz apenas audible.

—Tyr…

El coloso le apretó el hombro con fuerza, en señal de que lo había escuchado.

Se incorporó lentamente, mirando al horizonte, donde el ser ya se ponía de pie, con la comisura del labio sangrando, pero con una sonrisa torcida en el rostro.

Tyr lo miró fijamente.

Su mandíbula apretada, los músculos en tensión, su furia rugiendo por dentro como una bestia encadenada.

Sin necesidad de palabras, ya había declarado su intención: Nadie más va a morir.

El ser se incorporó lentamente entre los escombros, la guadaña en su mano volvía a vibrar con aquella energía oscura y antinatural.

Se limpió la sangre de la comisura del labio con el dorso de la mano, y alzó la vista con una sonrisa torcida.

—Tú otra vez…

—murmuró, ladeando el cuello con un crujido escalofriante—.

¿Acaso el escarmiento que te di no fue suficiente?

Tyr dio un paso al frente.

Su pecho se alzaba con cada respiración como si contuviera una tormenta.

Las venas marcadas en sus brazos palpitaban.

Su mirada era fuego.

Su cuerpo temblaba, no de miedo, sino del monstruo que rugía por salir.

Y habló.

—Aún siento cada uno de tus golpes…

cada hueso roto…

cada gota de sangre que me obligaste a derramar.

Caminó un paso más.

Su voz era grave, densa, como el trueno antes de la tormenta.

—No he olvidado el dolor…

pero hoy ese dolor es energia.

Apretó los puños.

Su piel comenzaba a oscurecerse en zonas, como si la furia lo transformara desde dentro.

—Hoy…

cada aliento que tomas será más pesado.

Cada paso que des…

te acercará a tu final.

Cada palabra tuya…

será el eco de tu condena.

Alzó el rostro.

Un gruñido salió de sus labios.

Sus pupilas se estrecharon como las de un animal salvaje.

—Y cuando estés de rodillas…

Cuando supliques por tu maldita vida…

—Te arrancaré la maldita cabeza.

El viento se detuvo.

La tierra misma pareció guardar silencio.

El ser sonrió…

y la batalla estaba por comenzar.

El aire pareció quebrarse con un estruendo cuando Tyr se lanzó como una bestia desencadenada.

Su puño impactó directamente en el rostro del ser con una fuerza devastadora, enviándolo volando por los aires como si su cuerpo no tuviera peso.

Pero no hubo respiro.

Tyr rugió como un animal salvaje y lo alcanzó en el aire, sujetándolo de la pierna con una sola mano.

Sin freno alguno, lo azotó con brutalidad contra el suelo, una, dos, tres veces.

Cada golpe hacía retumbar la tierra, levantando escombros y polvo, como si el mismo mundo temblara con cada impacto.

El ser intentó moverse, pero Tyr se abalanzó sobre él, montando su torso y golpeándolo una y otra vez.

Su rostro se deformaba con la ira.

Sus puños descendían con una cadencia monstruosa, como martillos cayendo sobre piedra.

—¡RAAAAH!

—rugía mientras los nudillos se llenaban de sangre, ajena y propia.

No había técnica.

No había estrategia.

Solo furia.

Golpes que parecían no tener fin, cada uno más fuerte que el anterior.

Los ojos de Tyr estaban abiertos de par en par, fijos, inyectados en sangre.

Su respiración era como la de un animal cazando.

El ser, por primera vez, parecía acorralado.

Su cuerpo apenas se movía entre los estallidos de violencia.

Tyr no escuchaba nada.

No veía nada.

Solo el rostro de aquel que había herido a sus hermanos.

Solo la necesidad visceral de destruirlo.

Era una máquina de furia.

Un dios salvaje.

Y no parecía tener intención de detenerse.

Tyr no paraba.

Cada golpe retumbaba como un trueno.

El suelo temblaba.

La sangre se mezclaba con el polvo y las rocas partidas.

Pero entonces, en medio del frenesí, algo cambió.

El ser detuvo uno de los puños con una mano.

Firme.

Inquebrantable.

Un crujido sordo marcó el momento exacto en que la balanza empezó a inclinarse.

—Mi turno —susurró con voz profunda, rostro contra rostro, apretando los dientes con una calma que erizaba la piel.

Y lo hizo.

Con un solo golpe directo al rostro, descargó una fuerza descomunal que envió a Tyr girando en el aire, como un muñeco de trapo, hasta estrellarse contra el suelo.

El impacto dejó una grieta a su alrededor, el polvo se levantó, pero no hubo tiempo para respirar.

El ser se abalanzó sobre él como un depredador.

Ahora era él quien lo montaba, descargando su propia furia.

Sus puños eran como piedras lanzadas desde una catapulta.

Uno tras otro.

Sin pausa.

Sin piedad.

Cada golpe deformaba el rostro de Tyr, cuya expresión de ira fue cediendo lentamente al dolor.

Su cuerpo temblaba bajo la lluvia de golpes.

El cuero de su armadura se rompía, la sangre se esparcía como pinceladas caóticas sobre su piel curtida.

Su ceja abierta, su nariz rota, su mandíbula visiblemente dislocada.

El ojo izquierdo inflamado, apenas podía abrirlo.

Sus labios partidos, los dientes manchados de rojo.

Cuando el ser se detuvo, Tyr era un desastre andante.

Aún respiraba, aún existía… pero apenas era reconocible.

Sangraba por todos lados, su cuerpo cubierto de moretones y heridas abiertas.

Apenas consciente, pero aún en pie… aunque fuera por voluntad y no por fuerza.

El ser lo sujetó del cuello con una sola mano, lo alzó hasta ponerlo cara a cara una vez más.

Los ojos vacíos de uno encontraron los ojos moribundos del otro.

—Ni toda tu furia bastó —dijo con voz baja, cargada de desprecio.

Y entonces, con un movimiento seco, le dio un cabezazo brutal.

El cráneo de Tyr crujió con el impacto.

Su cuerpo entero se sacudió como si le hubieran quitado el alma en ese instante.

Su cabeza cayó hacia atrás, colgando, al borde del desmayo.

Y el monstruo…

seguía de pie.

Tyr apenas podía mantenerse consciente.

Su cuerpo temblaba, no por el miedo, sino por el esfuerzo desesperado de intentar levantarse.

Su brazo tembloroso se clavaba contra el suelo cubierto de polvo y escombros, pero no podía sostener su propio peso.

Un crujido lo detuvo.

El ser, con una sonrisa cruel dibujada en su rostro deformado por la oscuridad, había puesto su pie con fuerza en la espalda de Tyr.

El pie comenzó a presionar con mayor fuerza.

Tyr sintió cómo cada vértebra se resentía, cómo su cuerpo entero gritaba, pero no era el dolor lo que lo estaba destrozando.

Era la humillación.

Estaba en el suelo.

Derrotado.

Aplastado.

Y lo peor: no podía hacer nada para impedirlo.

—Mira nada más, el fiero lobo que mordía los cielos… reducido a un perro sin colmillos.

El ser rió con descaro, una carcajada seca y vacía que retumbaba en los restos del campo de batalla.

Tyr cerró los ojos, no por rendición, sino por impotencia.

Porque en su mente, una y otra vez, se repetía el rostro de sus compañeros… los caídos, los heridos, los que creyeron en él.

Balder… Loki… su gente.

Y él estaba ahí… siendo aplastado como un insecto.

La presión seguía aumentando.

Un leve crujido en sus costillas lo advirtió: otro segundo más y podrían partirse.

El ser disfrutaba.

Y Tyr lo sabía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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