FALLEN GODS (DIOSES CAIDOS) - Capítulo 34
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- Capítulo 34 - 34 CAPITULO 9 PARTE 3 Trueno Colmillo y Acero
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34: CAPITULO #9 PARTE 3: Trueno, Colmillo y Acero 34: CAPITULO #9 PARTE 3: Trueno, Colmillo y Acero Un estruendo como el rugido de un trueno rasgó el campo de batalla.
Mjölnir voló como una estrella incandescente, atravesando el aire con furia divina, y se estrelló de lleno contra el costado del ser.
El impacto lo lanzó por los aires, arrastrando polvo, piedras y una onda de choque que sacudió la tierra.
Ni siquiera había tocado el suelo, cuando una figura ya estaba sobre él.
Thor.
Lo alcanzó en el aire, lo golpeó en el pecho y lo hizo retroceder aún más.
Al tocar tierra, sin darle un segundo de respiro, lo embistió con un torrente de golpes impulsados por la cólera y el poder de los cielos.
—¡TE ATREVES…!
—gritó, su voz retumbaba como tormenta en las montañas.
—¡A LASTIMAR…!
—otro golpe, el suelo se partió bajo los pies del ser.
—¡A MIS…!
—el martillo impactó directo en el rostro del enemigo.
—¡HERMANOS?!
—el último golpe lo estrelló contra una pared de roca.
Pero el ser no cayó.
Gruñó, furioso, y con el dorso de su puño lanzó a Thor hacia atrás como si fuera una marioneta.
Su cuerpo se estrelló contra una columna de piedra, rompiéndola en mil pedazos.
—¡GRRRRAAH!
—un aullido feroz cortó el aire.
Fenrir.
La bestia ya estaba sobre él.
Lo embistió con sus fauces abiertas, dientes brillando con hambre de venganza.
Lo mordía, lo rasgaba, lo empujaba hacia atrás mientras el ser se defendía como podía.
Aprovechando el momento, Thor se incorporó, sacudiéndose el polvo.
Corrió hasta donde yacía Tyr, aún en el suelo, jadeante y herido.
—Hermano… —dijo, y se inclinó para ayudarlo a levantarse.
Tyr se resistía, más por orgullo que por debilidad, pero su fuerza ya no era la misma.
—¿Estás bien?
—preguntó Thor, con el ceño fruncido.
Su voz sonaba preocupada, pero firme.
—He estado mejor —respondió Tyr con una mueca de dolor, apoyándose en su hombro para incorporarse.
Su respiración era pesada, pero sus ojos… sus ojos ardían con fuego.
Thor le sostuvo la mirada.
—Sé que va a ser duro.
—apretó la mandíbula—.
Pero tenemos que detenerlo.
Aquí.
Ahora.
Tyr asintió lentamente.
No necesitaban más palabras.
Solo miradas.
Solo esa vieja promesa que se hacían cuando eran jóvenes e invencibles: morir juntos antes que rendirse.
—Te cubro la espalda, hermano —dijo Thor, alzando a Mjölnir con ambas manos.
Tyr tomó su arma, se tambaleó un poco… y luego enderezó la espalda.
Había dolor, sí.
Pero más fuerte era el deber.
Más fuerte era la hermandad.
Y entonces, como uno solo, avanzaron.
El trueno y la bestia.
Hombro con hombro, hacia la oscuridad que los esperaba.
El ser se incorpora lentamente, su cuerpo cubierto de cicatrices abiertas por las fauces de Fenrir.
Aun así, se ríe… hasta que el lobo salta de nuevo y lo embiste con todo el peso de su cuerpo, lanzándolo por los aires.
Antes de que siquiera pueda reaccionar, un rugido retumba: —¡AHORA!
—grita Thor con furia desatada.
El Mjölnir vuela como un relámpago, directo al rostro del enemigo.
El impacto lo hace retroceder, tambaleante, y en ese instante, Tyr surge con una velocidad inesperada.
Su hacha resplandece con energía antigua mientras lo lanza a girar sobre su eje.
Un grito de batalla emerge de su garganta mientras ejecuta un corte diagonal que atraviesa el aire y golpea al ser en el costado, haciéndolo escupir una mezcla oscura que cae como fuego líquido.
El ser ruge de dolor, pero antes de recuperar el equilibrio, Fenrir le clava sus colmillos en la pierna, arrastrándolo y azotándolo contra el suelo con brutalidad.
—¡JUNTOS!
—brama Thor.
La sinfonía comienza.
Thor lanza su martillo al cielo, atrayendo un rayo que cae con un estruendo atronador.
La luz ilumina el rostro decidido de los tres.
En ese segundo, se miran.
No hay palabras.
No hacen falta.
Se entienden con la mirada, como hermanos de guerra.
Tyr ataca primero, su hacha es un torbellino.
Sus golpes son precisos, dirigidos a puntos clave.
En cuanto impacta, Fenrir embiste desde el lado opuesto, mordiendo, empujando, derribando.
Thor cierra el círculo, girando con el Mjölnir como si el martillo fuera parte de su alma, no un arma.
Uno golpea, otro rasga, el otro remata.
Se mueven como una tormenta viva.
Ataques sincronizados, pasos compartidos, instinto puro.
El ser no puede hacer nada más que intentar resistir.
Cada golpe que recibe es acompañado de un rugido de guerra.
Cada impacto sacude la tierra.
Las montañas lejanas tiemblan.
El cielo se parte con rayos mientras el trío lo acorrala sin descanso.
Por un instante, se ve desde arriba: tres figuras, tres fuerzas distintas, peleando como una.
El trueno, la garra y la furia.
El ser cae de rodillas, humeante, jadeante, aturdido.
No ha sido derrotado… pero por primera vez, sabe que puede serlo.
El ser, cubierto por la sombra de su propia aura oscura, ruge con un alarido que desgarra el cielo.
Un eco monstruoso que estalla en una onda expansiva brutal.
El suelo se quiebra como vidrio, y los tres guerreros son arrojados hacia atrás como si fueran simples hojas en una tormenta.
Árboles, rocas, montañas lejanas… todo es empujado por la explosión de pura oscuridad.
Tyr es el primero en reincorporarse.
Sus ojos arden con ira.
Sus músculos tiemblan por el esfuerzo, pero no se detiene.
Se levanta tambaleando, escupe sangre al suelo y ajusta las empuñaduras de sus hachas.
—¡NO HE TERMINADO CONTIGO!
—grita con fiereza.
Corre hacia el enemigo como un animal salvaje, lanzando una ráfaga de golpes que cortan el aire con un silbido letal.
Cada movimiento suyo es pura rabia canalizada en precisión.
Las hachas se cruzan, giran, bajan, suben…
parecen múltiples, como si Tyr se hubiera multiplicado.
Pero el ser, impasible, gira su guadaña en círculos perfectos, deteniendo cada embate con movimientos tan fluidos como inhumanos.
El metal choca con el metal una y otra vez, generando chispas que iluminan la batalla como relámpagos breves.
—Eres fuerte… —murmura el ser con voz cavernosa—.
Pero la fuerza sin control… es sólo desesperación.
Y entonces contraataca.
La guadaña se convierte en un remolino oscuro.
No busca matar de inmediato… busca castigar.
Cortes veloces, finos como papel, comienzan a aparecer en el cuerpo de Tyr.
Uno en el brazo, otro en la pierna, uno más en el rostro.
Miles, cada uno apenas perceptible… pero todos suman.
Cada uno roba un poco de su fuerza, un poco de su alma.
Tyr gruñe, sigue golpeando, pero ya no tiene el mismo ritmo.
Su visión se nubla.
El mundo gira.
Sus hachas resbalan de sus manos y cae de rodillas, respirando con dificultad.
—Hnnn… aún… puedo… —susurra, pero sus palabras se ahogan en sangre.
Un último corte, directo al pecho, lo lanza hacia atrás.
Tyr se desploma.
Por un momento, el silencio cae.
El ser da un paso al frente, la guadaña aún brillando con la sangre de un dios.
—Uno menos.
El ser apenas da un paso hacia el cuerpo derrumbado de Tyr cuando un rugido colosal sacude el campo de batalla.
Un rugido salvaje, primitivo… Fenrir.
Desde la oscuridad y entre los escombros, el lobo gigante surge como un relámpago, cubierto de heridas pero con los colmillos brillando por la furia.
Sin previo aviso, se lanza directamente a la pierna del ser.
Sus fauces se cierran con una fuerza monstruosa.
El enemigo grita por primera vez, no de rabia, sino de dolor.
Fenrir lo sacude como una presa, haciendo crujir huesos, desgarrar carne, y manchar la tierra con sangre oscura.
Lo lanza por el aire, pero antes de que toque el suelo lo atrapa de nuevo y lo azota contra la roca, repitiendo el movimiento una y otra vez como si fuera un muñeco de trapo.
Y en ese instante… —¡¡¡THOR!!!
—ruge Fenrir.
Desde el cielo, envuelto en rayos, el Dios del Trueno desciende a toda velocidad.
Su martillo Mjolnir reluce como un sol en miniatura, girando con fuerza imparable mientras reúne toda la energía de la tormenta.
—¡POR TYR!
—grita con la furia de un hermano.
Pero el ser, aún en el aire, apenas logra levantar su guadaña.
La hoja oscura se extiende como una sombra líquida, cortando el aire con precisión brutal.
Golpea el hocico de Fenrir, haciéndolo retroceder entre gemidos de dolor, soltando la pierna destrozada.
Y justo a tiempo, el ser gira su cuerpo lastimado en el aire, esquivando el ataque de Thor por centímetros.
El martillo impacta contra el suelo, generando una onda eléctrica que parte la tierra en dos, destruyendo todo a su alrededor.
El enemigo cae de pie, cojeando, respirando agitado.
Su manto está rasgado, su carne humea… pero aún vive.
Sus ojos brillan con furia.
El campo se oscurece aún más.
El verdadero combate apenas comienza.
El ser extiende su mano y una esfera ígnea comienza a formarse, palpitando como si tuviera vida propia.
Sin previo aviso, la lanza con una fuerza brutal.
Thor esquiva la primera con un giro elegante, su capa ondeando como un rugido del trueno.
—¡Vamos, monstruo!
—gruñe Thor, levantando el Mjölnir.
El ser responde con una ráfaga de proyectiles ardientes, veloces como meteoros.
Thor los repele con maestría, su martillo girando como un escudo de guerra, bloqueando cada ataque con explosiones de chispas y humo.
Pero entonces…
una esfera distinta.
Más grande.
Más densa.
El cielo se tiñe de rojo al momento en que se lanza.
Thor apenas tiene tiempo de alzar el martillo.
—¡¡RAAAAAAH!!
—grita al golpearla en pleno vuelo.
Pero en lugar de desviarse, la esfera explota con violencia descomunal.
La onda expansiva lo lanza varios metros atrás, su cuerpo golpeando el suelo como un rayo caído.
El humo se disipa y Thor se reincorpora lentamente, su rostro manchado de polvo, con una sonrisa salvaje.
—Vaya…
eso sí que fue nuevo.
Thor ascendió a los cielos, envuelto en un torbellino de rayos.
Cada relámpago que surcaba el firmamento era absorbido por su cuerpo, concentrándose en su martillo, que vibraba con una energía devastadora.
Su mirada era la de un dios dispuesto a arrasar con todo.
Con un rugido que partió las nubes, Thor extendió el martillo al frente y lanzó toda la energía acumulada.
Un torrente de rayos cayó como una lanza celestial sobre el ser, iluminando Joktldar con una luz enceguecedora.
Pero el enemigo no tembló.
Con una serenidad antinatural, alzó su mano libre y en ella formó una gigantesca esfera de fuego oscuro, viva, palpitante como si contuviera el odio de mil almas.
Con un simple gesto, la impulsó contra los rayos de Thor.
La colisión fue monstruosa.
El choque de los rayos divinos contra el fuego corrupto desgarró los cielos, creando un estruendo que sacudió los cimientos del mundo.
Por un momento, la energía parecía equilibrada…
pero el fuego oscuro comenzó a devorar la tormenta de rayos, rompiéndola en pedazos como una bestia hambrienta.
Con un último rugido del firmamento, la esfera atravesó el rayo.
El impacto fue brutal.
Thor apenas pudo cruzar su martillo frente a él antes de ser alcanzado por la explosión.
El fuego oscuro lo envolvió, lanzándolo como un meteoro hacia el suelo.
Atravesó torres y muros de Joktldar, dejando a su paso una línea de destrucción antes de quedar semiinconsciente entre los escombros.
El ser, envuelto en su aura de fuego negro, avanzó lentamente hacia él, cada paso dejando cenizas sobre el hielo.
Thor yacía en el suelo, jadeando con dificultad, mientras el retumbar de la batalla seguía a lo lejos.
Sus dedos se cerraron débilmente sobre el mango de Mjolnir… pero el martillo ya no parecía pesar lo mismo.
No era el acero el que aplastaba su mano: era la vergüenza.
“Otra vez…” pensó, sintiendo la amargura abrirse paso en su pecho.
“Otra vez he caído cuando más me necesitaban.” El trueno era su grito de guerra, la tormenta su furia imparable.
Él era el martillo de los dioses, la última luz cuando todo se oscurecía.
El llamado desesperado en los momentos donde el mundo parecía rendirse.
Y, sin embargo, allí estaba.
Postrado.
Vencido.
No una, sino dos veces.
Primero ante Nictofer, cuando todo su poder no bastó para evitar la tragedia.
Ahora, ante este ser, que lo había aplastado como si fuera poco más que un soldado sin nombre.
“¿Cómo pueden verme aún como su faro… si yo mismo he perdido el camino?” Por primera vez en siglos, Thor sintió miedo.
No del dolor, ni de la muerte…
sino de ser olvidado.
De dejar de ser el símbolo que tanto necesitaban.
De convertirse en un recuerdo manchado por su fracaso.
Las palabras de los antiguos resonaron en su mente: “Un dios que no puede proteger…
no merece su nombre.” Un trueno seco resonó en lo alto, como si el cielo llorara su caída.
Thor cerró los ojos.
Tal vez ya no era digno.
Tal vez nunca lo fue.
Pero no podía quedarse en el suelo.
No mientras aún pudiera respirar.
No mientras la esperanza, aunque quebrada, aún ardiera en los corazones que confiaban en él.
Con un gruñido dolorido, apretó los dientes, su brazo tembló, y lentamente comenzó a levantarse, envuelto en un aura de furia, vergüenza… y una feroz determinación.
“Tal vez he caído…” pensó.
“Pero mientras mi corazón lata… seguiré luchando.
No por mi honor.
No por mi gloria.
Por ellos.” Por todos aquellos que aún creían en él, aunque él mismo hubiera olvidado cómo hacerlo.
Thor, de pie, el cuerpo cubierto de sangre y ceniza, su respiración pesada y su mirada ardiente de furia y decepción.
Empuña el Mjölnir con fuerza, y a su alrededor, el cielo se oscurece, como si el mismísimo cosmos contuviera el aliento.
—No soy un dios por lo que derroto… lo soy por lo que protejo.
—susurra entre dientes.
Se prepara para cargar, pero Fenrir y Tyr observan desde atrás.
Tyr, malherido, apenas puede mantenerse en pie, jadeando con dificultad, con sangre escurriendo por su abdomen.
Sabe que no llegará a tiempo.
—¡Thor necesita ayuda!
—gruñe.
Fenrir no lo duda.
Lo mira con fiereza, se inclina, lo toma del brazo con sus fauces con una fuerza calculada y lo lanza como un proyectil directo hacia el enemigo.
Tyr, en el aire, grita con todo su ser, liberando la rabia contenida, el orgullo herido, el honor mancillado.
Sus ojos arden con furia nórdica y cuando cae sobre el ser, lo hace como un cometa.
Clava ambas hachas en el pecho del enemigo, incrustándolas hasta el mango.
El impacto es brutal, una explosión de energía se libera al momento del contacto.
El ser suelta un rugido de dolor, sorprendido por la ferocidad del ataque.
El suelo tiembla.
El cielo truena.
El campo de batalla se estremece.
Y ahí, con Tyr aún colgando de sus hachas clavadas, Thor avanza entre rayos que iluminan su paso, una tormenta caminante.
—¡AHORA, HERMANO!
—grita Tyr, sujetando con todas sus fuerzas al ser, abriendo la oportunidad.
Thor levanta el martillo al cielo.
Un relámpago cae directo sobre él, y en ese instante, el dios del trueno vuela con velocidad descomunal, listo para rematar con toda la furia de Asgard.
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