FALLEN GODS (DIOSES CAIDOS) - Capítulo 35
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- Capítulo 35 - 35 CAPITULO 9 PARTE 4 Los Dioses se Levantan Otra Vez
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35: CAPITULO #9 PARTE 4: Los Dioses se Levantan Otra Vez 35: CAPITULO #9 PARTE 4: Los Dioses se Levantan Otra Vez Thor no titubeó.
Con una furia contenida, se impulsó hacia los cielos como un relámpago viviente.
El aire vibró cuando alzó su martillo hacia las nubes, convocando toda la fuerza de los cielos.
Los rayos convergieron en él como ríos de poder absoluto; su cuerpo chisporroteaba, cada músculo tensándose bajo el peso de una energía imposible de contener.
Sus ojos, ahora completamente blancos y resplandecientes, eran los ojos mismos de la tormenta.
Desde lo alto, Thor rugió, y el mundo tembló bajo el estruendo.
Abajo, Tyr, aún sujetando al ser con las hachas enterradas en su cuerpo, levantó la mirada.
Sus heridas lo consumían, su respiración era un doloroso arrastre de sangre y voluntad, pero no cedió.
Sabía que si soltaba ahora, todo se perdería.
—¡TYR, APÁRTATE!
—bramó Thor desde el cielo.
Tyr respondió con un grito desgarrado, su voz más fuerte que el trueno: —¡NO LO HARÉ!
¡SI LO SUELTO, ESCAPARÁ!
Thor dudó apenas un instante, la tormenta crepitando a su alrededor.
—¡PERO…!
—¡HAZLO, THOR!
¡¡HAZLO YA, MALDITA SEA!!
El ser, con un rugido inhumano, reunió en su palma una esfera abrasadora de fuego oscuro y con un violento estallido lanzó una onda expansiva que arrancó brutalmente a Tyr, lanzándolo como un muñeco roto contra los escombros.
El campo de batalla quedó en silencio por un momento.
Thor sintió el peso del fracaso asomarse en su pecho…
pero entonces, en medio de la devastación, algo brilló.
Sorpresivamente, entre el humo y los escombros, surgió una sombra imponente: Eirik.
Con una velocidad imposible para su tamaño, apareció detrás del ser y, con un rugido bestial, lo atrapó entre sus brazos como un cazador atrapa a su presa.
El ser forcejeó, pero los músculos de Eirik eran como montañas vivas: no cedieron.
—¡¡¡HAZLO, THOR!!!
—gritó Eirik, su voz retumbando como un tambor de guerra.
Thor no dudó.
Con un rugido que partió los cielos, descargó su martillo.
Un torrente titánico de rayos, tan brillantes que cegaban, cayó sobre ellos como el juicio de un dios enfurecido.
El impacto fue demoledor.
Una explosión de luz y energía arrasó todo a su paso, el aire mismo pareció desgarrarse.
Eirik, alcanzado por la onda expansiva, salió disparado como una estrella fugaz, atravesando el campo de batalla y estrellándose contra una muralla lejana.
Pero el ser… El ser recibió el golpe de lleno.
La piel se le abrasaba, grietas incandescentes surcaban su cuerpo como venas de lava.
Cada rayo era como un látigo divino que le desgarraba trozos de carne y armadura.
Su grito no fue de dolor humano: fue un aullido antinatural que hizo vibrar el alma misma de quienes lo escuchaban.
El fuego oscuro que lo rodeaba intentaba resistir, formando escudos, generando explosiones defensivas, pero nada podía detener la ira de Thor en su máxima expresión.
El suelo bajo el ser se agrietaba y hundía, como si el mundo intentara tragárselo.
Por un momento eterno, parecía que el mismísimo universo se inclinaba para presenciar cómo caía.
Y aún así… Aún así, no cayó.
Cuando la tormenta comenzó a disiparse, el ser, ennegrecido, humeante, tembloroso… aún seguía en pie.
Pero ahora, por primera vez, tambaleaba.
El ser, tambaleante, con el cuerpo resquebrajado y humeante, alzó su rostro retorcido hacia los cielos.
De su garganta brotó un rugido infernal, uno que desgarró el aire mismo, haciéndolo temblar.
Su voz, cargada de una furia pura y absoluta, resonó como una sentencia de muerte: —¡ESTOY HARTO DE TODOS USTEDES!
—tronó, con un eco que partió montañas.
Y entonces, como si sus palabras fueran ordenes al mismísimo abismo, alzó su guadaña ardiente y de su filo surgieron ráfagas delgadas de fuego oscuro, veloces y mortales como rayos negros.
Las ráfagas serpentearon por el aire como serpientes hambrientas, persiguiendo a cada guerrero.
Thor intentó alzar su martillo para protegerse, pero era demasiado tarde: una de las ráfagas le atravesó el abdomen, saliendo por su espalda en un estallido de sangre y humo.
El dios del trueno cayó de rodillas, jadeando, su martillo temblando en su mano.
Tyr, aún tambaleándose, giró sus hachas para intentar desviar el ataque, pero otra ráfaga le atravesó el muslo y luego el costado.
Sus ojos se abrieron de par en par por el dolor, sus fuerzas fallaron y cayó al suelo, arrastrando su sangre tras él.
Eirik, aún recuperándose del impacto anterior, intentó esquivar moviéndose como una bestia herida.
Pero una ráfaga le atravesó el hombro, quemando carne y hueso en un destello oscuro.
Eirik aulló de furia y agonía, cayendo sobre una rodilla.
Y finalmente, Fenrir, el lobo gigantesco, saltó para evadir los disparos.
Pero una de las ráfagas le perforó una pata en pleno salto, haciéndolo rodar por el suelo mientras un alarido desgarrador escapaba de su hocico.
El campo de batalla, que antes vibraba con la furia de la guerra, quedó sumido en un silencio lúgubre.
Solo los jadeos agónicos de los guerreros y el sonido burbujeante de su sangre manchando la tierra rompían la quietud.
El ser, en el centro del caos, se alzaba como una figura infernal, con su guadaña humeando en su mano, su respiración pesada y su mirada de absoluto desprecio.
A su alrededor, los más grandes campeones de Jotunheim yacían derrotados, heridos y humillados.
La noche parecía haberse tragado toda esperanza.
El ser alzó su guadaña, dispuesto a ponerle fin a todo.
Thor, Tyr, Eirik y Fenrir yacían en el suelo, atravesados, malheridos o inconscientes.
El campo de batalla olía a muerte, desesperanza y cenizas.
Pero entonces… de entre las sombras emergió una figura tambaleante, astuta, decidida.
Loki.
—¿Creíste que terminarías esto sin mí?
—dijo con una sonrisa torcida mientras lanzaba un ataque rápido con sus dagas.
El ser giró apenas el torso, lo suficiente para interceptar el golpe con la parte plana de su guadaña, y de un movimiento brutal lanzó a Loki varios metros.
El maestro del engaño cayó con fuerza, pero se reincorporó lentamente, limpiándose la sangre del labio.
—Fue un ataque bastante estúpido —gruñó el ser con desprecio—.
Incluso para ti.
Loki sonrió, ladeando la cabeza con ese gesto burlón tan suyo.
—He hecho cosas más estúpidas y han salido mejor de lo que esperabas.
Desde el suelo, Tyr gritó con rabia: —¡Maldito idiota!
¡Te dije que escaparas!
¡Tenías que evacuar a los demás!
Loki no volteó a verlo.
Solo se encogió de hombros mientras giraba una de sus dagas entre los dedos.
—Tenía otros planes.
El ser caminó unos pasos hacia él, su sombra arrastrándose como si el mismo suelo temiera su presencia.
—Tus amigos están derrotados.
Apenas puedes mantenerte en pie.
La runa está a un paso de ser mía.
Si te entregas, perdonaré a los sobrevivientes.
A tu pueblo.
A tus compañeros.
Este puede ser tu último acto de redención.
Loki bajó la mirada por un instante.
El silencio fue sepulcral.
Luego, levantó los ojos, encendidos por una chispa desafiante.
—Así lo haré —dijo con voz firme.
El ser alzó la ceja, curioso.
Loki dio un paso adelante.
—Pero vas a tener que ganártelo.
Se colocó en posición de combate.
Las dagas firmes.
El rostro serio por una vez.
El viento sopló con fuerza, levantando las cenizas del suelo.
El ser sonrió por primera vez con verdadero entusiasmo desde que comenzó la batalla.
Apretó su guadaña.
—Entonces juguemos, Maestro del engaño.
Loki se lanzó con agilidad, moviéndose como una sombra entre los escombros y las llamas.
Sus dagas cortaban el aire con rapidez, intentando alcanzar un punto débil.
Pero el ser lo bloqueó con facilidad, girando su guadaña con precisión letal.
Cada golpe de Loki era desviado como si el combate no fuera más que un juego para él.
Con un leve gesto, el ser liberó una pequeña onda expansiva de fuego oscuro que arrojó a Loki varios metros hacia atrás, haciéndolo rodar por el suelo.
Pero cuando el polvo se disipó, Loki ya estaba incorporándose, jadeando, con el labio ensangrentado… y una sonrisa dibujada en su rostro.
—¿Qué es tan gracioso?
—preguntó el ser, sin dejar de observarlo.
Loki se limpió la sangre del rostro con el dorso de la mano.
—¿Sabes?
Siempre he sido más útil cuando nadie espera nada de mí.
Su tono seguía siendo ligero, pero había algo más profundo en su mirada.
Una calma extraña.
El ser frunció el ceño, por primera vez sintiendo una mínima inquietud.
Loki se mueve con la velocidad de un rayo, lanzando una ráfaga de hechizos encadenados: — ¡Ísblást!
— un viento gélido envuelve al ser, intentando congelar sus extremidades.
— ¡Flæmr!
— estalla un anillo de fuego a sus pies, buscando desequilibrarlo.
— ¡Skuggi!
— sombras brotan del suelo, aferrándose a sus piernas como cadenas.
— ¡Sviðna!
— un rayo de luz chisporrotea directo a sus ojos.
Pero nada.
El ser, apenas cubierto por una fina capa de escarcha que se derrite al instante, da un paso lento, aplastando las sombras bajo sus pies como si fueran humo.
Loki frunce el ceño, traga saliva, y se lanza: Primero una patada directa al cuello.
Ni se inmuta.
Luego, una ráfaga de puños al estómago, rápidos como un tamborileo.
El ser apenas parpadea.
Finalmente, Loki se eleva apenas del suelo, soltando un puñetazo directo al rostro… solo para sentir cómo sus nudillos se estrellan contra algo tan frío y sólido como una pared de obsidiana.
El ser lo mira en silencio, con una sonrisa apenas torcida, mientras Loki cae al suelo, jadeando, pero con esa media sonrisa desafiante aún colgando de sus labios.
Loki, sin perder el ritmo, vuelve a arremeter.
Sus dagas centellean brevemente, pero él las deja caer, confiando ahora solo en sus puños y su velocidad.
Una lluvia de golpes estalla contra el torso del ser: al estómago, al pecho, al costado, incluso al rostro.
El eco de los impactos resuena por el campo de batalla… pero el ser ni siquiera retrocede.
Con un leve suspiro, casi de aburrimiento, el ser alza su brazo.
Su guantelete oscuro brilla tenuemente mientras gira la muñeca y, con el dorso de la mano, golpea a Loki con un movimiento rápido y brutal.
El golpe impacta directo en el pecho de Loki.
El aire le escapa de los pulmones en un jadeo ahogado mientras sale disparado hacia un costado, rodando por el suelo entre polvo y piedras.
El ser sacude la mano, como quien espanta un insecto molesto, y su voz resuena fría: —Patético.
El ser chasqueó los dedos.
Una llama negra surgió en el aire, y con un giro de su muñeca, un círculo de fuego oscuro se formó alrededor de Loki.
Como si obedeciera a una orden muda, el anillo se contrajo brutalmente, atrapándolo como una víbora hecha de brasas.
Loki arqueó el cuerpo al instante, un alarido de puro dolor escapando de su garganta.
El fuego no solo quemaba su piel, quemaba su magia, su esencia, su propia alma.
Sus músculos temblaban sin control, sus rodillas golpearon el suelo con un crujido, y sus dedos arañaban la tierra tratando inútilmente de liberarse.
El ser se detuvo frente a él, cruzando los brazos, la sonrisa de desprecio curvando sus labios.
—Mírate… ¿Esto es todo lo que queda del gran maestro del engaño?
—dijo con voz burlesca—.
Todo por unos pocos minutos más.
¿Por qué no terminas con esta farsa?
Entrégame la runa, entrega tu miserable existencia… y quizás, solo quizás, les conceda una muerte rápida a los demás.
Loki apretó los dientes, jadeando.
El calor era insoportable, la piel le ardía, los párpados pesaban como plomo… Pero incluso en ese estado, una chispa brillaba en sus ojos.
—¿De verdad… crees que esto… me va a detener…?
—dijo con voz quebrada, y soltó una carcajada débil, casi un susurro.
El ser entrecerró los ojos, inclinándose hacia él.
—¿De verdad creías tener alguna oportunidad en este estado, Loki?
Loki levantó lentamente la cabeza.
Su cabello estaba chamuscado, la sangre le cubría el rostro, y aun así, sonreía con esa sonrisa torcida que tantos odiaban y temían.
—No, imbécil… solo estaba llamando tu atención… mientras él llegaba.
El ser apenas alcanzó a fruncir el ceño.
Un segundo después, el aire explotó.
Un haz de luz dorada surcó el cielo como una lanza caída del mismísimo sol, impactando al ser con la fuerza de un cataclismo.
La tierra tembló.
El ser salió disparado hacia atrás, arrastrado a lo largo de cientos de metros, atravesando muros, columnas y montañas de escombros, hasta desaparecer entre un mar de polvo y rocas pulverizadas.
El anillo de fuego oscuro se desvaneció en un estallido de chispas negras, y Loki colapsó de rodillas, jadeando, con la mirada fija en el horizonte.
Los guerreros caídos alzaron la vista, con los ojos abiertos de par en par.
El suelo seguía vibrando.
El aire parecía estremecerse.
De entre el humo, una figura caminó.
Primero fue la silueta: alta, imponente, el largo manto ondeando como una bandera de guerra.
La lanza Gungnir brillaba con una luz dorada, pulsante, casi viva.
Paso tras paso, las piedras se apartaban a su alrededor, como si la tierra misma reconociera quién venía.
Cuando emergió por completo, el mundo pareció contener la respiración.
Odín, el Padre de Todo, avanzaba con porte sereno, majestuoso, su ojo restante brillando como una estrella en un cielo devastado.
Su cabello, plateado como la luna, caía sobre sus hombros; su armadura, golpeada y marcada por incontables batallas, resplandecía entre el polvo y el fuego.
Cada paso que daba era una declaración: El Rey había vuelto.
Loki alzó la cabeza apenas, esbozando una sonrisa débil.
—Tardaste… viejo testarudo… —susurró antes de desplomarse al suelo.
Los pocos guerreros que quedaban conscientes miraban, boquiabiertos, casi sin comprender lo que veían.
Tyr, apoyado en su espada rota, dejó escapar una risa entre dientes.
—Por fin… Odín se detuvo frente a ellos.
Levantó Gungnir, y la punta de la lanza brilló con una intensidad tan feroz que por un momento, el cielo ennegrecido sobre Joktldar pareció abrirse, dejando pasar un destello de luz divina.
Del otro extremo del campo de batalla, entre las ruinas, el ser comenzó a levantarse, sacudiéndose el polvo, con la sonrisa torcida desaparecida de su rostro.
Por primera vez, en mucho, mucho tiempo… frunció el ceño.
Odín apuntó la lanza hacia él, su voz resonando como un trueno que hizo eco en cada rincón del reino: —Has cometido el error de pensar que Joktldar caería… sin pelear.
El ser caminó lentamente entre los escombros, con una sonrisa torcida, mirando a Odin con desprecio.
—Así que… cuando los niños no pueden resolver sus problemas, ¿llaman a papá para que lo arregle?
—su voz era venenosa, burlona, cada palabra buscando clavarle una espina al padre de todos.
Odin no respondió de inmediato.
Sus ojos brillaban como brasas encendidas, pero su voz, cuando habló, fue fría como el filo de su lanza.
—Haré que sientas en carne propia el dolor que has sembrado en mis hijos… y en la gente de este reino.
Sus dedos se cerraron alrededor de Gungnir con una determinación que heló la sangre de los presentes.
El aura dorada del Padre de Todos creció, sacudiendo el suelo a sus pies, mientras el ser ladeaba la cabeza, divertido, tomando su guadaña y adoptando posición de combate.
El viento se levantó.
El cielo pareció partirse en dos.
Loki, aún jadeante en el suelo, alzó apenas la cabeza, con una sonrisa torcida.
Tyr, Fenrir y los demás heridos miraban con mezcla de esperanza y temor.
La tensión era tan densa que parecía que el aire mismo se quebraría.
El viento aullaba entre las ruinas de Joktldar mientras Odin y el ser se mantenían firmes, uno frente al otro, con el peso de todo un reino a sus espaldas.
Los guerreros caídos apenas podían alzar la vista, exhaustos, pero en sus ojos brillaba una chispa de esperanza.
Loki, maltrecho, dejó escapar una risa ahogada mientras Tyr apretaba los dientes, consciente de que este sería el momento decisivo.
El cielo parecía contener el aliento.
En ese instante, entre el silencio y el rugido de las llamas, el destino del mundo pendía de un hilo… y la batalla final apenas estaba por comenzar.
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