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FALLEN GODS (DIOSES CAIDOS) - Capítulo 36

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  3. Capítulo 36 - 36 CAPITULO 10 PARTE 1 La Ira del Padre La Sombra del Abismo
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36: CAPITULO #10 PARTE 1: La Ira del Padre, La Sombra del Abismo 36: CAPITULO #10 PARTE 1: La Ira del Padre, La Sombra del Abismo El cielo de Joktldar ardía como un lienzo desgarrado, cubierto de brasas y nubes oscuras que giraban en un remolino infernal.

Bajo esa tempestad, las ruinas del gran pueblo nórdico crujían, partidas por el peso de la batalla.

Entre las sombras, el eco de los caídos flotaba en el aire, un lamento que se mezclaba con el silbido del viento helado.

En medio de ese campo destrozado, dos figuras destacaban: Odin, erguido con su lanza resplandeciente, y el Ser, con su guadaña alzada, sonriendo como si el fin del mundo fuera apenas un juego.

Los ojos de Odin ardían como carbones encendidos, no por ira ciega, sino por una determinación que había sobrevivido a incontables eras.

Cada paso que daba hacía vibrar el suelo, como si los propios cimientos de Yggdrasil sintieran su presencia.

Frente a él, el Ser entrecerró los ojos, su voz cortante como un cuchillo: —¿Y ahora, Padre de Todo?

¿Acaso vienes a enmendar lo que tus hijos no pudieron?

Odin no respondió.

Ajustó el agarre de Gungnir, y el aire se tensó como la cuerda de un arco al borde de romperse.

Desde lo alto de las ruinas, Loki, cubierto de heridas y hollín, sonrió apenas, apenas consciente pero lo bastante lúcido para susurrar entre dientes: —Empieza el segundo acto… y qué maldito acto será.

El Ser lanzó un rugido que hizo temblar las montañas cercanas, abalanzándose sobre Odin como un relámpago oscuro.

Su guadaña cortó el aire en un destello letal, pero Odin, con una velocidad que desafiaba su edad, giró apenas, esquivando el filo por un suspiro.

El Padre de Todo apenas tocó tierra cuando, en un parpadeo, el Ser apareció tras él, y con un golpe devastador lo lanzó como un muñeco de trapo contra un muro de piedra.

El impacto sacudió el suelo, levantando una lluvia de polvo y fragmentos.

Los escombros apenas se asentaban cuando un estallido retumbó: Odin emergía, su figura bañada en luz, haciendo volar los bloques destruidos en todas direcciones.

El Ser inclinó apenas la cabeza, una sonrisa torcida en los labios, y saltó hacia el aire, esquivando los proyectiles de piedra que silbaban alrededor.

Sin mediar palabra, ambos corrieron el uno hacia el otro.

Gungnir brillaba como un rayo dorado en la mano de Odin; la guadaña del Ser ardía con un fuego negro que devoraba la luz misma.

El choque fue brutal: un estallido de pura energía sacudió Joktldar, rompiendo ventanas lejanas, agrietando torres, y lanzando a los guerreros heridos por los suelos, como hojas al viento.

Thor, Tyr, Fenrir, Eirik y Balder apenas pudieron cubrirse, sintiendo en la piel la fuerza de un encuentro entre titanes.

El suelo se partía bajo sus pies, el aire vibraba con un estruendo ensordecedor, y en medio de ese choque apocalíptico, por primera vez en siglos, el destino de los reinos pendía de un hilo.

—No es de extrañar que mis hijos hayan sido derrotados… —murmuró Odin, limpiándose la sangre del labio con el dorso de la mano, su mirada fija, feroz, evaluando cada movimiento de su enemigo.

El Ser soltó una carcajada oscura, el eco retumbando como un trueno entre las ruinas de Joktldar.

—¿Apenas lo comprendes, viejo?

—dijo con voz grave, girando su guadaña entre los dedos—.

Ellos fueron meros aperitivos.

Tú… tú eres el plato principal.

Dio un paso al frente, haciendo crujir la tierra bajo sus pies.

Su sonrisa era una mezcla de burla y sadismo.

—Dime, ¿realmente creíste que tus siglos de reinado, tus títulos y tus leyendas significaban algo para mí?

Los dioses envejecen, se debilitan.

Las sombras… las sombras solo crecen.

El polvo aún flotaba en el aire tras el último choque.

Odin, apoyado en su lanza Gungnir, alzó la mirada.

Su túnica estaba rasgada, su pecho subía y bajaba con fuerza, pero sus ojos, dorados e imponentes, no mostraban miedo, solo una mezcla de furia contenida y resolución.

Frente a él, el Ser permanecía erguido, envuelto en aquella siniestra aura púrpura que crepitaba en el aire como relámpagos atrapados.

La guadaña descansaba sobre su hombro, y bajo la capucha, la mueca de burla apenas se insinuaba.

Odin escupió al suelo, limpiándose con el dorso de la mano la sangre que le manchaba la comisura de los labios.

Dio un paso adelante, firme.

—Asumo… —dijo con voz grave, haciendo resonar cada palabra entre las ruinas de Jotunheim— …que no eres más que otro perro atado a la voluntad del maldito Nictofer.

Dime, ¿es por lealtad?

¿O simplemente porque temes lo que yace tras su regreso?

El Ser inclinó ligeramente la cabeza, como si la pregunta fuera un juego.

La energía a su alrededor vibró, levantando fragmentos del suelo.

—¿Lealtad?

—repitió el Ser, con voz áspera, resonante, como si hablara a través de mil ecos— No soy un siervo.

Soy el umbral.

Soy el abismo entre lo que fue y lo que vendrá.

Tú, viejo dios, eres solo un obstáculo que debe romperse.

Odin apretó la mandíbula.

—No permitiré que lo traigas de vuelta —rugió, golpeando el suelo con la base de Gungnir, creando una onda que quebró las piedras a sus pies—.

¡He visto lo que dejó a su paso!

He visto los reinos arder, las madres llorar a sus hijos, los mundos colapsar bajo su sombra.

¡No otra vez!

El Ser bajó la guadaña de su hombro lentamente, arrastrando el filo por el suelo.

—¿Otra vez?

—susurró, acercándose— Viejo rey… ¿Aún no comprendes?

Nada de lo que haces importa.

Los ciclos giran y giran, y tú solo eres un fragmento marchito aferrado a un mundo moribundo.

Nictofer… no es el fin.

Es el comienzo.

Odin frunció el ceño, su ojo brillando con un fulgor dorado.

—¿Comienzo?

¡No me hables de comienzos!

—bramó, cargando hacia él—.

¡Yo vi nacer los nueve mundos!

¡Yo escuché el primer aliento del Yggdrasil!

¡No permitiré que ese monstruo mancille lo que juré proteger!

El choque fue devastador.

Guadaña y lanza chocaron una vez más, lanzando ondas de energía que derribaron torres a lo lejos.

Las piedras se quebraban a su paso, y el cielo mismo parecía rasgarse.

El Ser empujó, obligando a Odin a retroceder unos pasos.

—Entonces, viejo rey —susurró con un dejo de burla—, ¡muéstrame ese juramento!

Odin respiró hondo.

—Por mis hijos, por mi pueblo… por el equilibrio de los reinos… —dijo, girando la lanza y plantándola firmemente frente a él— no permitiré que cargues esta tierra a la oscuridad.

El Ser inclinó la cabeza, como midiendo al dios frente a él.

—Eres terco, Odin.

¿Pero sabes lo que hace el tiempo a los dioses tercos?

La guadaña silbó en el aire.

—Los entierra.

Pero Odin sonrió apenas, con esa mezcla de orgullo y desafío que sólo alguien como él podía mostrar.

—Entonces entierra esto.

De pronto, el aire pareció doblarse.

La runa en el pecho de Odin brilló, y con un rugido que sacudió los cielos, lanzó a Gungnir como un relámpago dorado.

El Ser levantó la guadaña para bloquearlo, y el impacto sacudió el campo de batalla, derribando muros, haciendo retumbar montañas a lo lejos.

Y mientras la luz consumía el campo por un instante, la voz de Odin retumbó entre los ecos: —¡El padre de todo no caerá tan fácil!

Tyr con el rostro ensangrentado, apoyándose apenas para mantenerse en pie: —No pensé… que volvería a verlo luchar así.

Loki con la respiración entrecortada, la mirada fija en el campo de batalla: —Asumía que el viejo aún tendría colmillos… pero esto… esto es diferente.

Balder murmurando apenas, apretando los puños en el suelo: —¿Lo logrará?

Thor con voz grave, jadeando, la mirada oscurecida: —Si no lo logra… no quedará nadie para intentarlo.

Fenrir (gruñendo bajo, los ojos dorados brillando entre el polvo): —(un gruñido seco, sin palabras; pura tensión contenida) Odin y el Ser chocan en el centro.

La guadaña roza la lanza, el aire se quiebra como cristal.

Las ondas de choque sacuden a los héroes, que apenas logran mantenerse en pie, temblando.

Loki en un susurro amargo, apenas audible: —Vamos, viejo… muéstrale quién es el padre de los dioses.

Odin alzó la lanza hacia el cielo, y la energía divina se concentró en la punta como un sol en miniatura.

Con voz grave y resonante, murmuró: —Juicio Celestial.

Una esfera dorada, vibrante y palpitante como un corazón en llamas, surgió de Gungnir y surcó el aire a velocidad cegadora.

El ser apenas giró la cabeza cuando el impacto lo envolvió en un estallido que sacudió el campo de batalla.

La explosión fue tan descomunal que los guerreros heridos, maltrechos y sangrantes, apenas lograron aferrarse a escombros, rocas o a sus propias armas, mientras una oleada de viento abrasador los azotaba.

Cuando el humo se disipó, el ser apareció en medio del cráter humeante.

Su cuerpo estaba destrozado: media máscara arrancada, dejando ver un rostro parcialmente calcinado, con la mandíbula desencajada y los dientes rotos expuestos.

Parte de su pecho se había hundido como si lo hubieran golpeado con un mazo colosal; uno de sus brazos colgaba desarticulado, apenas unido por jirones de músculo desgarrado, mientras el otro temblaba espasmódicamente.

Su capa estaba hecha trizas, pegada a la piel quemada.

Un ojo, lleno de rabia y locura, brillaba entre las cuencas ennegrecidas, y un siseo gutural escapaba de su garganta destrozada.

Odin, sin perder un segundo, giró su lanza.

—No caerás tan fácil… pero no pienso darte respiro.

Con un giro imponente, conjuró diez esferas doradas a su alrededor.

Cada una relampagueó como un pequeño sol antes de dispararse como un enjambre de cometas brillantes.

Las explosiones consecutivas sacudieron la tierra, levantaron columnas de fuego y roca, y por un instante el campo quedó envuelto en una tormenta de luz cegadora.

Cuando por fin el humo se disolvió, lo que quedó del ser era casi antinatural: su piel colgaba en jirones ennegrecidos, parte del cráneo expuesto, el torso abierto dejando entrever costillas y órganos humeantes.

De su boca rota brotaba un gorgoteo espeso mientras intentaba incorporarse, tambaleante, dejando un rastro de carne quemada en la nieve ensangrentada.

Odin, con la mirada fija y la determinación ardiendo en sus ojos, no pensaba dar ni un segundo de tregua.

Observaba cómo el Ser, grotescamente herido, apenas podía mantenerse en pie entre los escombros y la devastación.

Cada fibra del dios clamaba por terminar aquello de una vez por todas.

Sujetó su lanza Gungnir con ambas manos, y en un rugido de pura furia contenida, cargó hacia su enemigo, la lanza envuelta en un resplandor cegador que cortaba el aire como un trueno divino.

—¡Esta es tu sentencia final!

—bramó Odin, con una voz que sacudió incluso la tierra misma.

El Ser, encorvado y ensangrentado, levantó lentamente su cabeza, sus ojos brillando con una luz antinatural.

Justo cuando Odin estaba a punto de asestar el golpe definitivo, un círculo de runas antiguas y oscuras emergió alrededor del Ser, expandiéndose en un instante.

De pronto, un campo de energía opaca y vibrante se formó, como un muro invisible y pulsante que chocó violentamente contra la lanza de Odin.

—¡¿Qué demonios…?!

—gruñó Odin, sorprendido por la fuerza de la barrera.

La punta de Gungnir impactó contra el campo protector, pero fue repelida con una fuerza brutal, lanzando chispas de energía en todas direcciones.

La explosión resultante hizo tambalear incluso a los guerreros heridos que observaban impotentes desde la distancia.

El Ser, jadeante, pero con una sonrisa siniestra deformando su rostro ensangrentado, levantó la mano, la barrera temblando pero manteniéndose firme.

—¿De verdad pensaste que sería tan sencillo?

—susurró con voz áspera—.

Has demostrado ser formidable… pero subestimaste el poder que me ha sido concedido.

Ahora, ¡serás testigo del verdadero terror!

El campo de energía se expandió ligeramente, pulsando con una oscuridad viva, mientras un aura espeluznante comenzó a envolver al Ser, quien poco a poco empezaba a incorporarse, dejando en claro que, a pesar de su estado, aún no había mostrado todo su potencial.

Odin apretó los dientes, retrocediendo apenas unos pasos, con la lanza lista, sus ojos fijos en esa nueva amenaza.

—No importa cuántas barreras levantes —gruñó—.

Este día, tu final está escrito en la sangre de mis hijos y de mi pueblo.

Los vientos rugieron, las piedras temblaron…

la batalla aún no había terminado.

El silencio cayó de pronto, como si el mundo contuviera la respiración.

Odin, aún con su lanza en alto, sintió cómo el aire mismo se tornaba pesado, irrespirable.

Un retumbar grave comenzó a emanar del Ser, como un eco antiguo saliendo desde el abismo más profundo del universo.

Sus ojos vacíos comenzaron a iluminarse con un fulgor púrpura enfermizo, mientras su cuerpo malherido crujía y se tensaba como si una fuerza descomunal buscara romper las ataduras de su carne.

Una grieta se abrió en el suelo bajo sus pies.

No una física, sino en la realidad misma.

De allí, oscuridad líquida y temblorosa comenzó a trepar por su cuerpo, envolviéndolo como un velo de sombras vivas.

El cielo pareció apagarse.

La temperatura descendió y luego, sin aviso, explotó en una onda de energía que barrió todo a su alrededor.

Odin se aferró a Gungnir, hincando una rodilla en el suelo, resistiendo apenas la brutal onda expansiva.

Rocas salieron volando, los árboles se partieron en dos, y los pocos guerreros aún conscientes se vieron empujados hacia atrás como muñecos de trapo.

Cuando el humo y la distorsión se disiparon, el Ser estaba de pie… intacto.

Su figura ahora se alzaba más alta, más robusta, con una silueta rodeada de flamas oscuras que giraban a su alrededor como serpientes hechas de odio puro.

Sus heridas habían desaparecido.

La guadaña en su mano crepitaba con una energía que parecía gritar por destrucción.

Su aura, densa como un agujero negro, aplastaba el alma de quienes osaban mirar demasiado tiempo.

Odín no iba a dejar que el terror lo paralizara.

Con determinación, cargó contra el Ser, su lanza envuelta en relámpagos dorados, rugiendo con la furia de mil tormentas.

Pero apenas dio el primer paso, desapareció.

En un parpadeo, el mundo cambió.

Un golpe seco impactó brutalmente su rostro.

El dios retrocedió tambaleándose, sin haber visto de dónde venía.

Sus ojos buscaban frenéticamente a su enemigo, pero no había nada.

Entonces.

Otro impacto, esta vez en sus costillas, hizo que su cuerpo se doblegara.

Una sombra cruzó por su periferia y, al darse la vuelta, lo encontró allí… espalda con espalda.

—¿Ya no puedes seguirme, Odín?

—susurró el Ser con una calma monstruosa.

Odín giró con rapidez y lanzó una estocada directa a su corazón, pero la guadaña de energía del Ser bloqueó la lanza, como el choque entre el acero y la muerte.

En ese mismo instante, la guadaña buscó su rostro con una trayectoria precisa, implacable.

Odín logró inclinarse justo a tiempo, pero la hoja cortó su mandíbula, dejando un rastro de sangre brillante en el aire.

Antes de que pudiera contraatacar, el Ser ya estaba delante de él.

Un puñetazo envuelto en energía oscura lo impactó directamente en el estómago, levantándolo del suelo y haciendo que su boca escupiera un chorro de sangre mientras el aire le abandonaba los pulmones.

Odín cayó de rodillas.

El mundo giraba a su alrededor.

El trueno temblaba en su lanza, pero sus brazos comenzaban a ceder.

—No eres rival para mí… no cuando el caos se desata —dijo el Ser, su voz resonando como una maldición sobre los campos muertos de Jotunheim.

Pero los ojos de Odín no mostraban rendición.

Aún ardiendo con la luz de los antiguos dioses, su ira apenas comenzaba a despertar.

Odín se incorpora lentamente del suelo, con sangre resbalando por su barbilla y una mirada encendida por la determinación.

A pesar del dolor evidente, su mano se aferra con firmeza a Gungnir, su lanza sagrada.

—¡No habrá tregua… no hoy!

—gruñe, y carga directo hacia el Ser.

Cada estocada de su lanza retumba en el aire como un trueno, moviéndose con una fuerza ancestral que solo un dios veterano podría invocar.

Pero el Ser, con su energía ahora desatada al 75%, intercepta todos los ataques.

Su guadaña no solo bloquea, sino que parece danzar entre los golpes, girando con fluidez inhumana, generando chispas y ondas de choque al chocar con el arma de Odín.

Odín salta al cielo, elevándose con impulso para lanzar un tajo descendente cargado de energía celestial.

El Ser esquiva con una rapidez que quiebra el viento y, antes de que Odín pueda aterrizar, una patada precisa lo lanza hacia atrás, estampándolo contra el suelo de piedra con violencia.

Sin perder el ritmo, se lanza hacia él.

Con un movimiento casi imperceptible, traza un corte en el abdomen de Odín, rasgando no solo su armadura, sino su carne.

La sangre divina salta al aire.

Antes de que pueda reaccionar, el Ser gira su guadaña y golpea brutalmente con el mango el rostro de Odín, haciéndolo girar sobre su eje, cayendo de rodillas.

La escena es cruda.

El polvo se levanta.

El aura del Ser tiñe el entorno de una energía oscura y opresiva, mientras Odín respira con dificultad, la mirada aún sin rendirse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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