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FALLEN GODS (DIOSES CAIDOS) - Capítulo 37

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  3. Capítulo 37 - 37 CAPITULO 10 PARTE 2 Choque de Titanes
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37: CAPITULO #10 PARTE 2: Choque de Titanes 37: CAPITULO #10 PARTE 2: Choque de Titanes El Ser aparece como una sombra detrás de Odín.

Sin previo aviso, lanza un golpe directo a su nuca con la base de su guadaña.

El impacto suena seco, brutal.

Odín cae de rodillas, tambaleándose, y antes de que pueda reaccionar, el Ser lo toma del pie con fuerza y lo lanza con un giro hacia el aire como si fuera un muñeco.

Su cuerpo surca varios metros hasta estrellarse contra un promontorio de piedra que se hace trizas con la colisión.

Pero el Padre de Todo no es tan fácil de vencer.

Entre la polvareda, se levanta con un rugido.

Sus ojos brillan con energía dorada, y levanta su lanza hacia el cielo.

Un rayo de energía pura desciende desde los cielos, cargado por su voluntad divina, y lo canaliza a través de su arma para lanzarlo en forma de una descarga devastadora.

El Ser, lejos de inmutarse, clava sus pies en el suelo, la tierra se agrieta bajo su peso y resistencia.

Con un giro preciso de su guadaña, desvía el rayo, haciendo que se curve hacia las montañas distantes y las haga estallar con violencia.

Sin darle tiempo a reaccionar, Odín se teletransporta frente a él en una estela de luz brillante.

En una maniobra veloz y precisa, desarma al Ser, haciendo que su guadaña caiga unos metros atrás.

Aprovechando el momento, Odín lanza un tajo con toda su fuerza con Gungnir.

El Ser, con los ojos abiertos de sorpresa, detiene el golpe con las manos desnudas.

La hoja de la lanza tiembla por la presión de ambos, mientras el suelo a sus pies se hunde por la fuerza de la colisión.

Odín empuja con furia, sus músculos tensos, cada nervio en su cuerpo vibrando con poder.

—¡No… retrocederás… más!

—grita, y lanza otro rayo a quemarropa.

El impacto hace retroceder al Ser varios metros, arrastrándolo por el suelo y obligándolo a recuperar su guadaña mientras la explosión ilumina los cielos.

Odín, sin intención de ceder terreno, se lanza nuevamente con su lanza envuelta en rayos divinos, buscando herir al ser antes de que recupere completamente el equilibrio.

Pero el ser atrapa la lanza a mitad del impulso, gira con fuerza y lanza a Odín por los aires, arrojándolo junto al arma.

En un parpadeo, aparece del otro lado, justo en el trayecto de Odín en el aire, lo intercepta y lo azota brutalmente contra el suelo, levantando una nube de polvo y escombros.

El ser lo deja por un momento, como si estuviera seguro de su ventaja.

Pero Odín, herido pero decidido, no desaprovecha la oportunidad y contraataca, lanzando su lanza con fuerza quirúrgica.

El ser esquiva por centímetros, casi como si leyera el tiempo mismo.

Odín aterriza detrás de él e intenta un corte vertical, pero el ser lo recibe con un codazo fulminante en el rostro, partiéndole parte del yelmo y haciéndolo tambalear.

En un movimiento fluido, invoca su guadaña, la gira con elegancia letal y lanza un corte que impacta de lleno, mandando a Odín contra los escombros que se alzan como una muralla detrás de él.

La tierra tiembla.

El campo de batalla se silencia un instante.

La tensión se corta en el aire.

De entre los escombros, un estruendo resuena.

Un destello azulado ilumina la nube de polvo: Odín, herido pero furioso, lanza una poderosa ráfaga de rayos de energía que atraviesan el campo como lanzas divinas.

El ser responde con frialdad, girando su guadaña con maestría, desviando uno a uno los rayos, cada impacto retumbando en el aire como truenos contenidos.

Sus ojos brillan, preparando un contraataque devastador.

Levanta su mano, y una oscura energía comienza a concentrarse en su palma, el aire se tensa.

Pero Odín ya lo había anticipado.

Con precisión milimétrica, lanza su lanza encantada a toda velocidad, la cual se clava en la mano del ser justo cuando este intenta liberar su ataque.

El impacto lo detiene en seco, y el aura oscura se disipa en un chasquido violento.

La sorpresa se refleja en el rostro del ser por un instante.

Odín, jadeando, da un paso al frente, la sangre escurriendo por su barbilla mientras con firmeza sentencia: —No te equivoques… aún no has visto lo peor de mí.

El ser, herido en su orgullo y cuerpo, arremete con su guadaña en un corte descendente cargado de furia.

Pero Odín, con reflejos agudos y el instinto de un veterano de mil guerras, esquiva el ataque con un giro ágil, colocándose justo en su flanco.

Su puño se estrella contra el estómago del ser.

Un sonido seco retumba.

Pero Odín no da cuartel.

—¡¡NO VAS A LEVANTARTE DE NUEVO!!

—brama con la furia de los antiguos dioses.

Lo toma del cuello y con su otra mano comienza a golpear su rostro brutalmente.

Una, dos, tres veces.

Cada puñetazo estalla como un trueno, sacudiendo el campo de batalla.

El rostro del ser comienza a fracturarse, a mancharse de sangre oscura.

El ser intenta caer, desplomarse por el castigo… pero Odín no se lo permite.

Con un rugido de pura determinación, lo sostiene erguido con una mano, mientras la otra sigue martillando sin misericordia.

El suelo tiembla.

Los cielos oscurecen.

Y por un momento… el universo parece contener la respiración.

Odín descargaba golpe tras golpe, su lanza había quedado atrás, y ahora usaba sus puños como martillos de juicio.

Cada impacto hacía crujir el cráneo del ser, que parecía tambalearse, a punto de caer.

Pero entonces, en un instante, el ritmo se quebró.

Los ojos del ser se encendieron con un resplandor antinatural, y un rugido gutural emergió de su garganta, como si la misma oscuridad se quejara.

De su pecho se expandió una onda de energía brutal, negra como la noche y cargada de partículas ígneas, que arrasó el aire a su alrededor.

El estallido fue seco, pero su fuerza era como la de un cataclismo.

Odín apenas tuvo tiempo de alzar los brazos antes de ser lanzado violentamente por los aires, su cuerpo desgarrando el suelo en su aterrizaje.

Las runas de su armadura parpadearon intentando contener el daño, pero incluso su divinidad se resintió ante la magnitud del ataque.

La tierra se fracturó bajo el ser, cuarteándose en círculos concéntricos.

Un cráter se formó a sus pies, el polvo se alzó en columnas grises, y durante un segundo todo se volvió silencio.

Al disiparse el humo, el ser permanecía en pie.

Erguido.

Imponente.

El aire aún vibraba por la onda de choque cuando Odín, tosiendo sangre y con la mirada encendida de furia, extendió su brazo.

Su lanza, Gungnir, tembló a lo lejos…

y voló hacia él como un relámpago, encajando en su mano con un trueno ensordecedor.

Al mismo tiempo, el ser giró su muñeca con un chasquido seco.

Su guadaña surgió desde las sombras como si el mismo abismo la escupiera, girando en el aire hasta encajar perfectamente entre sus dedos.

Ambos quedaron frente a frente, a una decena de pasos, con la energía crepitando entre ellos como si el universo mismo contuviera la respiración.

Y entonces, chocaron.

Gungnir contra la guadaña.

Acero contra oscuridad.

Voluntad contra condena.

El primer impacto fue como una tormenta en miniatura.

El choque lanzó relámpagos en todas direcciones, partiendo rocas, desintegrando árboles y levantando un muro de polvo.

Cada golpe posterior fue más rápido, más feroz.

Se movían tan deprisa que solo quedaban destellos de luz y sombras entrelazadas.

Odín giraba su lanza con precisión quirúrgica, buscando puntos débiles.

El ser contrarrestaba con barridos amplios y feroces de su guadaña, cada uno capaz de cortar la tierra en dos.

En un instante, Odín saltó al aire, giró sobre sí mismo y lanzó un corte descendente; el ser lo detuvo con la parte curva de su arma, y contraatacó con un giro que rasgó la armadura de Odín a la altura del hombro.

Las ondas de choque se sucedían con cada colisión, reventando el suelo bajo sus pies.

Joktldar temblaba.

El cielo se oscurecía.

Los dioses que miraban desde lejos lo sabían: no estaban presenciando un combate, sino un evento cósmico… como si el equilibrio mismo estuviera colgado de cada choque de esas dos fuerzas titánicas.

Y aún, ninguno cedía.

Mientras el cielo se partía en truenos y el eco del acero resonaba con furia ancestral, Loki observaba desde la distancia, herido y agotado.

El combate entre Odín y el ser era más que una batalla; era un cataclismo.

Cada golpe estremecía la tierra, y cada onda de energía destrozaba lo que quedaba del campo de Joktldar.

Loki, tambaleándose, se volvió hacia Fenrir.

—No podemos esperar más… si ese ser gana, Jotunheim caerá.

No habrá refugio para nadie.

Llévame con nuestro pueblo.

Vamos a preparar un éxodo a Midgard.

Es nuestra única esperanza.

Fenrir asintió con gravedad.

Justo cuando estaban por partir, Thor y Tyr se acercaron corriendo, cubiertos de heridas y polvo.

—¿A dónde crees que vas, Loki?

—preguntó Thor, jadeando.

—A salvar lo que queda de nuestro mundo —respondió Loki, con voz seria—.

Vamos a evacuar a los nuestros.

No pueden quedarse aquí.

Tyr negó con la cabeza, furioso.

—¡No podemos abandonar a nuestro padre en esta batalla!

—¡Justamente por eso deben venir conmigo!

—gritó Loki, la desesperación asomando en su voz—.

Si él cae… ustedes serán el último muro entre esa cosa y todo lo que amamos.

Si mueren aquí, el pueblo también morirá.

Thor lo miró a los ojos, con determinación inquebrantable.

—No nos iremos.

No podemos.

Él es nuestro padre… y no luchará solo.

—Entonces déjame a mí salvar a los mios —dijo Loki, ahora con tono más sereno—.

Alguien debe hacerlo.

Ustedes… ustedes luchen por él.

Por todos nosotros.

Tyr se acercó y asintió solemnemente.

—Haz lo que debes, Loki.

Nosotros también lo haremos.

Loki montó a Fenrir y, antes de partir, les dedicó una última mirada.

—Que los dioses no los abandonen… y que Midgard esté lista.

Porque si ese ser vence a Odín… se acerca el verdadero fin.

Y así, mientras la tierra temblaba por el fragor del combate, Loki cabalgó hacia el refugio oculto en las montañas para salvar a su pueblo… mientras los hijos de Odín se quedaban para enfrentar al abismo mismo.

El campo de batalla temblaba bajo los pasos de los titanes.

Odín y el ser continuaban chocando con furia ancestral, sus armas marcando el aire con silbidos de muerte y poder.

Cada choque entre la lanza y la guadaña liberaba ondas que rajaban el cielo como relámpagos silentes.

Odín, con un rugido gutural, atrapó al ser por el brazo y, girando sobre sí mismo, lo lanzó con una fuerza colosal hacia una montaña lejana, derrumbando parte de su cima en el impacto.

Pero no pensaba darle tregua.

En un destello dorado, Odín se lanzó tras él, descendiendo como un rayo.

El ser, aún en el aire, alzó su brazo, y su guadaña se encendió con llamas abisales.

De inmediato comenzó a lanzar bolas de fuego una tras otra, cada una estallando cerca de Odín como meteoros infernales.

Odín zigzagueaba entre ellas con maniobras aéreas, su capa ondeando como alas de guerra mientras su lanza desviaba parte de los ataques.

Pero el ser no se detenía.

Sus ojos brillaron con una luz incandescente y reunió fuego puro en sus manos, formando una esfera colosal, una miniatura de sol rojo oscuro que crepitaba con odio y furia.

Con un grito gutural, la lanzó hacia Odín.

Odín no dudó.

Con ambas manos sostuvo su lanza y canalizó una descarga de energía tan densa y pura como el trueno mismo.

Un rayo divino, cargado con la esencia de Asgard, se disparó desde la punta de Gungnir.

Ambas energías se encontraron en el aire, en un choque tan brutal que el espacio entre ellas se volvió blanco, luego negro, y luego rojo.

El mundo se contuvo.

Y entonces… ¡una explosión descomunal estalló!

Una luz cegadora cubrió Joktldar, seguida de una onda expansiva que arrasó con montañas enteras, arrancó árboles milenarios y dispersó las nubes.

El cielo mismo pareció resquebrajarse.

Odín fue lanzado a kilómetros, su armadura resquebrajada, su lanza cayendo lejos.

El ser también fue arrojado brutalmente, su cuerpo impactando contra la roca fundida.

Ambos quedaron enterrados entre ruinas, humo y fuego…

pero aún con vida.

El silencio que siguió a la explosión fue sepulcral, como si incluso el viento temiera respirar.

El estallido no solo alcanzó a los combatientes… La explosión fue tan colosal, tan desmesurada, que las montañas mismas crujieron, los glaciares se fracturaron y la tierra en Joktldar se partió como si llorara.

Thor, que se hallaba más cerca del epicentro observando la batalla con su martillo en mano, no tuvo tiempo de reaccionar.

Una onda de energía lo golpeó con la fuerza de un titán, enviándolo volando por los aires, atravesando muros de piedra como si fueran hojas secas.

Tyr, cubierto de heridas, intentó aferrarse al terreno con su brazo sano, pero fue arrastrado brutalmente por la fuerza de la explosión, su grito ahogado por el rugido del cataclismo.

Balder, con su armadura brillante aún manchada de sangre, alzó su escudo por instinto, pero la energía lo envolvió como una ola incandescente.

Fue lanzado como una flecha, rodando entre ruinas y polvo, desapareciendo de la vista.

Y Loki, a lo lejos, galopando en el lomo de Fenrir, alzó la vista hacia el cielo.

Lo que vio le heló el alma: una columna de luz y fuego elevándose hasta las nubes, iluminando la noche como un sol artificial.

El viento cambió, el suelo vibró, y la bestia que montaba se encabritó por el estruendo.

Los ojos de Loki se abrieron con horror.

—¡Odin…!

—susurró, sabiendo que en ese infierno ardiente estaba Odín, su sangre, su enemigo… y aún así, el único dios que jamás permitiría que los Nueve Reinos fueran reducidos a cenizas sin luchar.

Apretó los dientes.

No podía regresar.

No ahora.

Su pueblo dependía de él… pero en su pecho ardía una mezcla de miedo, rabia y desesperación.

El silencio posterior a la explosión era abrumador.

Como si el mundo contuviera el aliento, esperando ver cuál de los dos titanes emergería primero de los escombros… si es que alguno de ellos aún vivía.

Los escombros se movieron pesadamente cuando Odín, cubierto de polvo y sangre, se incorporó entre las ruinas.

Respiraba con dificultad, su pecho se alzaba lentamente mientras su mirada buscaba al enemigo entre el humo.

—¿Dónde estás…?

—gruñó, sujetando con fuerza su lanza, aún cargada de energía residual.

Pero antes de que pudiera reaccionar, el ser apareció como un destello oscuro detrás de él.

Un golpe devastador cayó sobre su espalda.

El crujido del impacto fue brutal.

Odín salió disparado hacia delante, arrastrándose entre piedras y tierra.

Se reincorporó con esfuerzo, su capa rota ondeando entre el viento y las llamas, su cuerpo cubierto de heridas abiertas y su armadura hecha trizas.

Levantó la vista justo a tiempo para ver cómo el ser alzaba su guadaña, dispuesto a rematarlo con una estocada fatal.

¡Pero Odín reaccionó!

Giró a la izquierda, esquivando el tajo por apenas centímetros, y sin perder tiempo, empuñó su lanza con ambas manos y la clavó violentamente en el rostro del ser, un corte profundo que cruzó desde la sien hasta la mandíbula.

Sangre oscura brotó como un chorro de tinta negra.

El ser apenas retrocedió… y al mismo tiempo que recibía el corte, su guadaña ya estaba en movimiento.

Un destello carmesí.

El filo impactó directamente en el abdomen de Odín.

Un tajo brutal lo cruzó de lado a lado, desgarrando carne, hueso y poder divino.

Odín escupió sangre, tambaleándose, pero no soltó su lanza.

Ambos quedaron heridos, frente a frente, jadeando, la sangre manchando el suelo, el aire pesado de energía rota y caos.

Dos titanes que se negaban a caer.

Silencio.

Solo el crepitar del fuego lejano… y la tensión de saber que lo peor aún no había terminado.

Ambos titanes forcejeaban, sus armas trabadas en un cruce de poder.

La lanza de Odín y la guadaña del ser emitían chispas al chocar con brutalidad.

Sangre caía de sus rostros, ambos jadeaban, pero no cedían.

—Vaya acción tan cobarde —espetó el ser con una sonrisa torcida, empujando la guadaña con fuerza—.

Tu querido aliado, el astuto Loki… huyó como una rata.

Despavorido.

Te dejó a la deriva.

Los dientes de Odín rechinaban mientras resistía, con la sangre escurriendo por su barba.

Sus ojos, encendidos como relámpagos, no parpadeaban.

—Te equivocas —gruñó, clavando más la lanza—.

Loki no huyó… Su lealtad no está conmigo… sino con su pueblo… ¡ese es el deber de un rey!

El ser soltó una carcajada gélida, pero Odín, impulsado por su ira, empujó con todas sus fuerzas y desbalanceó al enemigo unos pasos atrás.

El crujir del suelo, la tensión del aire, la mirada de dos titanes cruzándose bajo un cielo ennegrecido: el enfrentamiento no había terminado… solo estaba por escalar aún más.

El ser se mantuvo erguido, apenas retrocediendo tras el empuje de Odín.

Su sonrisa se desfiguró en una mueca oscura, casi condescendiente.

Dio un paso lento hacia adelante, con su guadaña aún chispeando energía.

—¿En serio…?

—dijo con voz baja, casi un susurro venenoso—.

¿De verdad crees que lo dejaría escapar tan fácilmente?

Odín entrecerró los ojos.

Sus dedos apretaron con más fuerza la lanza.

El sudor se mezclaba con la sangre en su frente.

Por un instante, una sombra de inquietud cruzó su mirada.

—¿Qué has hecho…?

—preguntó en voz baja, su tono cargado de tensión.

El ser ladeó la cabeza, disfrutando el momento.

—No hay rincón en este reino… ni en ningún otro… donde pueda esconderse de mí.

El aire a su alrededor tembló como si el mundo mismo contuviera el aliento.

Odín, sin perder de vista al enemigo, sabía que no podía mostrar debilidad… pero aquellas palabras lo atravesaron como una advertencia escrita en fuego.

¿Había Loki escapado realmente… o acababa de correr directo hacia una trampa?

La batalla no era solo fuerza contra fuerza.

Era también voluntad contra destino.

Bajo los cielos rasgados de Joktldar, el eco del combate aún vibraba entre las ruinas mientras la figura de Odín se mantenía en pie, tambaleante, frente al ser cuyo poder había puesto de rodillas a todo Jotunheim.

Sangre divina manchaba la nieve, fuego y rayos aún chispeaban en el aire, y la incertidumbre comenzaba a enraizarse en los corazones de los que observaban desde lejos.

La guerra no había terminado… apenas comenzaba, y las consecuencias de este enfrentamiento resonarían más allá de los nueve reinos.

El verdadero Ragnarok ya no era una profecía… era un susurro que empezaba a gritar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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