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FALLEN GODS (DIOSES CAIDOS) - Capítulo 47

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  3. Capítulo 47 - Capítulo 47: CAPITULO #13 PARTE 2: El Regreso del Padre de Todo
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Capítulo 47: CAPITULO #13 PARTE 2: El Regreso del Padre de Todo

Astaroth se levantó por completo, su silueta ennegrecida se alzaba entre el humo y las brasas. Fijó su mirada en Thor con un brillo de odio puro; ahora estaba en un estado en el que la muerte sería un regalo misericordioso para su oponente.

—¡YA MUERAN DE UNA VEZ! —rugió con furia desatada.

El grito retumbó como un trueno, haciendo vibrar el suelo helado bajo sus pies. La energía que emanaba de su cuerpo distorsionaba el aire a su alrededor, como si el mismísimo infierno respirara por su boca. Las chispas del rayo aún danzaban sobre la nieve, pero el poder del demonio crecía a cada segundo, y los hermanos sintieron el peso abrumador de su ira acercándose como una ola imparable.

En sus manos, Astaroth concentró una esfera de fuego, un núcleo ardiente que giraba con furia incontrolable. En un instante, desapareció de la vista de Thor. El dios del trueno apenas alcanzó a parpadear cuando el demonio apareció frente a él, tocándolo con la esfera incandescente. El impacto lo lanzó por los aires hasta estrellarse contra una estructura cercana, que estalló en una explosión de fuego y escarcha rota.

Balder alzó su espada, el filo brillando con luz celestial, y corrió hacia el enemigo sin dudarlo. Astaroth, con una mueca de odio, conjuró dos nuevas esferas de fuego, gritando con voz infernal:

—¡ME ASEGURARÉ DE QUE TU ESTÚPIDA LUZ SE EXTINGA!

Las fusionó con un gesto violento, y una sola bola de fuego descomunal nació de sus manos, rugiendo como un sol desatado. Balder no retrocedió; en lugar de esquivarla, alzando su espada de luz trató de contrarrestarla de frente.

El choque fue devastador. La fuerza de ambos poderes sacudió todo el campo de batalla, levantando una tormenta de fuego y hielo. Era la luz contra la oscuridad, un enfrentamiento tan absoluto que por un instante, incluso los cielos parecieron contener la respiración… mientras el destino decidía cuál de los dos sobreviviría y cuál se extinguiría.

Cada segundo que pasaba, la energía lo empujaba con más violencia. Balder retrocedía, sus botas se hundían en el hielo agrietado mientras la fuerza de la esfera ardiente rugía frente a él. La luz de su espada temblaba, distorsionada por el fuego infernal que lo envolvía. Su objetivo era destruirla, pero comprendía que la potencia requerida superaba con creces lo que su cuerpo podía soportar.

El calor lo devoraba. Sus brazos ardían como si el acero se fundiera bajo la piel, y el sudor se evaporaba antes de llegar a caer. Cada músculo de su cuerpo gritaba en agonía. Astaroth reía al otro lado de la explosión, su silueta distorsionada por las llamas.

El fuego crepitaba, el hielo se derretía bajo sus pies, y el aire mismo parecía quebrarse con el choque de los dos poderes. Balder apretó los dientes, jadeando, mientras la presión lo empujaba hacia atrás centímetro a centímetro. Sus brazos ya no respondían bien; la vibración del impacto recorría sus huesos como cuchillas.

Un pensamiento fugaz cruzó su mente: Si cedo ahora… todo terminará aquí.

La espada chispeó, la luz titubeó, y por un instante, el resplandor de Balder pareció desvanecerse bajo el avance imparable del fuego demoníaco. El límite estaba a un solo aliento de romperse.

Tyr vio a su hermano al borde del colapso y corrió sin pensar. Cada paso levantaba trozos de hielo quebrado, la adrenalina rugía en su pecho. Pero antes de poder alcanzarlo, una sombra cruzó el campo como un relámpago oscuro.

Astaroth apareció frente a él. No hubo aviso, ni sonido, solo el estremecimiento del aire. Sus ojos llameaban con furia demoníaca y su sonrisa era una mueca de desprecio.

—¿A dónde crees que vas, dios? —susurró con voz gutural.

Tyr apenas alcanzó a levantar el escudo cuando la pierna del demonio se incrustó en su abdomen.

El golpe fue tan brutal que el aire le abandonó los pulmones con un gemido seco. Sintió cómo el metal se doblaba y sus costillas crujían bajo la presión del impacto. El dolor lo atravesó por completo, una ola ardiente que lo dejó sin fuerza, y su cuerpo salió disparado por los aires, girando antes de estrellarse contra una muralla de hielo que se quebró en mil fragmentos.

El suelo tembló. Tyr cayó de rodillas, escupiendo sangre sobre la nieve ennegrecida, intentando respirar. Su visión se nublaba, y aun así trató de levantarse, pero las piernas no le respondieron. Astaroth ni siquiera lo miró de nuevo; ya lo había descartado como si fuera un simple obstáculo.

El demonio volvió su atención a Balder, cuya luz titilaba débilmente ante la presión del fuego.

Sin refuerzo, sin esperanza, Balder estaba completamente solo.

El resplandor que una vez iluminó la batalla ahora vacilaba como una vela a punto de apagarse, mientras la risa de Astaroth —profunda y retumbante— se mezclaba con el rugido del fuego que lo envolvía todo.

El ataque de Astaroth lo estaba superando.

Las manos de Balder se estaban incinerando; la piel se agrietaba y ardía al contacto con el resplandor abrasador que emergía de la esfera infernal. Un dolor insoportable lo recorría desde las palmas hasta los hombros, como si miles de agujas candentes se clavaran en su carne.

El brillo puro de su espada comenzaba a fracturarse, como si la mismísima luz estuviera siendo corrompida. Cada vez que Balder gritaba, su voz se mezclaba con el rugido del fuego, volviéndose un lamento ahogado entre la luz y la oscuridad.

Astaroth avanzaba con pasos lentos, disfrutando del sufrimiento, la sombra de su figura distorsionada por el resplandor del fuego.

—¡MIRA CÓMO TU LUZ SE CONSUME! —vociferó con una risa demoníaca—. ¡NO EXISTE UN DIOS QUE PUEDA SALVARTE!

El suelo comenzó a fracturarse bajo los pies de Balder, la presión lo hacía tambalear, sus brazos temblaban sin control, y la espada divina empezó a emitir un chirrido agudo, a punto de quebrarse.

Una lágrima cayó por su mejilla —no de miedo, sino de rabia—, sabiendo que, si cedía un solo segundo, sería devorado por la oscuridad misma.

Astaroth avanzó entre las llamas con paso imponente, su silueta recortada contra el resplandor infernal. Balder, de rodillas, jadeaba con el cuerpo ardiendo y las manos al rojo vivo; su espada temblaba, su luz moría lentamente. No podía moverse. No podía interceptar otro ataque. Era el fin.

El demonio alzó su garra envuelta en fuego negro, listo para atravesar el pecho del dios.

—¡MUERE CON TU LUZ, MALDITO INSECTO! —rugió con voz que hizo temblar los cimientos del campo de batalla.

Pero entonces, un silbido desgarró el aire. Un sonido agudo, feroz, casi imposible de seguir con la vista.

En un instante, una lanza dorada atravesó el hombro de Astaroth, perforando carne, hueso y orgullo. El impacto fue tan brutal que lo lanzó hacia atrás, clavándolo contra una pared de hielo fracturado.

El demonio rugió de dolor y furia, su cuerpo retorciéndose mientras una energía sagrada lo mantenía inmóvil.

Sus ojos ardieron de ira, buscando la fuente del ataque… y la encontró.

A lo lejos, entre la ventisca teñida de rojo y fuego, Odin se erguía firme, su capa desgarrada ondeando al viento, el único ojo encendido con la furia de un dios que ha recordado quién es.

Su voz resonó como un trueno:

—¡Levántense, hijos míos! La batalla aún no ha terminado.

Astaroth gruñó con un odio que escupía veneno:

—¡MALDITO Y ESTÚPIDO PEDAZO DE MIERDA!

La pared detrás de él comenzó a derretirse por la energía que emanaba de su cuerpo, intentando liberarse de la lanza sagrada que lo mantenía clavado como un trofeo.

Los tres hermanos levantaron la vista con asombro.

Thor, aún respirando con dificultad; Tyr, herido pero en pie; y Balder, con las manos chamuscadas, no podían creer lo que veían. Odin había regresado. Su padre, el Allfather, se alzaba una vez más con la mirada fija en el enemigo, irradiando una calma tan poderosa que incluso el caos del campo de batalla pareció detenerse por un instante.

Odin se acercó a Balder sin decir palabra. Su paso era firme, su presencia imponente. Se colocó a su lado, extendiendo la mano hacia la descomunal esfera de energía que aún amenazaba con consumirlo.

—Padre, ¡¿qué demonios haces?! —gritó Balder, con desesperación y miedo en la voz.

Pero Odin no respondió. Hundió la mano directamente dentro de la esfera.

El impacto fue inmediato: la energía crepitó con violencia, iluminando todo el campo de batalla con un resplandor cegador. Truenos, fuego y luz danzaban a su alrededor. Balder sintió el poder descomponerse, desatarse… y luego, desaparecer por completo.

La esfera colapsó, y la energía que la formaba comenzó a ser absorbida por Odin. Sus venas se iluminaron como relámpagos bajo la piel, el aire a su alrededor vibraba con una fuerza descomunal.

En cuestión de segundos, Balder quedó libre, cayendo de rodillas, jadeante.

Odin giró sobre su eje, su capa girando como un torbellino de sombras y luz. En su mano, la energía ahora concentrada latía como un corazón furioso.

Con un movimiento fluido, lanzó la esfera hacia el demonio.

El proyectil surcó el aire, silbando con una potencia imposible, y al impactar contra el pecho de Astaroth, una explosión monumental sacudió todo el campo de batalla.

El suelo tembló. El aire se volvió fuego.

Una ola expansiva arrasó con el polvo, las ruinas y los restos de las estructuras cercanas, envolviendo todo en una nube incandescente.

Por un momento, solo se escuchó el rugido del viento y el eco de la detonación…

Y luego, silencio absoluto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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