FALLEN GODS (DIOSES CAIDOS) - Capítulo 48
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Capítulo 48: CAPITULO #13 PARTE 3: El Precio de la Esperanza
El polvo comenzó a disiparse lentamente, dejando ver las siluetas entre la bruma ardiente.
Odin extendió su mano, y Gungnir respondió al llamado. La lanza dorada cruzó los cielos con un silbido agudo y regresó a su dueño, encajando en su palma con un golpe seco.
Balder, aún de rodillas, alzó la vista hacia su padre.
—Padre… —murmuró con la voz quebrada—, me salvaste… te debo la vida.
Odin colocó su mano sobre el hombro de su hijo, con una leve sonrisa que no alcanzaba a ocultar el cansancio en su rostro.
—No me la debes, Balder. Aún no.
Thor se acercó tambaleante, el martillo en mano, con el rostro cubierto de polvo y sangre.
—¿Padre… estás bien?
Odin asintió lentamente, sin apartar la mirada del horizonte donde aún danzaban los últimos rastros de la explosión.
—Sí… pero no por mucho tiempo.
Los tres hermanos intercambiaron miradas confundidas.
Odin respiró hondo y habló con gravedad, su voz resonando como el retumbar de un trueno lejano.
—Jotunheim está en éxodo hacia Midgard. Las rutas ya fueron abiertas. Los clanes se están retirando… pero no todos llegarán.
Thor frunció el ceño, golpeando el suelo con el martillo.
—Entonces iremos con ellos, padre. Si ese bastardo sigue con vida, lo terminaremos juntos.
Odin negó con la cabeza.
—No, hijo mío. Nada de lo que hagamos ahora definirá la victoria. —Su tono era firme, pero lleno de una tristeza contenida—. Astaroth no está muerto. Su poder… es comparable al de Nictofer. Y esta vez, no hay runa que pueda sellarlo.
El silencio pesó sobre los tres dioses como una sentencia.
Balder dio un paso al frente.
—Entonces, ¿qué haremos?
Odin los miró uno a uno, con el fuego del deber ardiendo en su único ojo.
—Solo queda una opción. —Su voz se volvió casi un susurro, pero con la autoridad de un dios que aceptaba su destino.— Yo me quedaré.
Thor lo miró horrorizado.
—¡No digas estupideces! ¡No te abandonaremos!
Odin levantó una mano, deteniéndolo.
—Hijo… no es abandono. Es deber. Si Astaroth vuelve a levantarse, debe ser detenido aquí, antes de que alcance Midgard, antes de que consuma los reinos.
Su mirada se endureció, una mezcla de resignación y orgullo.
—Llévense a los supervivientes. Protejan el éxodo. Si yo caigo… que mi caída sirva para contener la oscuridad, al menos por un tiempo más.
—¡No! ¡No puede pedirnos eso! —gritó Thor, con el rostro manchado de sangre y la voz quebrada por la rabia.
Balder, a su lado, negó con la cabeza.
—Padre… no podemos dejarte aquí. Es una idea absurda. ¡Es una locura!
Odin permanecía inmóvil, su silueta recortada entre el humo y el resplandor de las brasas que aún ardían en el campo.
—Aunque los cuatro huyéramos juntos, —dijo con voz grave y serena— ese infeliz no lo permitiría. Nos perseguiría. Alguien debe enfrentarlo.
Balder dio un paso adelante, apretando el puño con fuerza.
—Si ese es el asunto… entonces Thor y yo nos quedaremos a pelear. —Se volvió hacia su hermano mayor—. Tú llévate a Tyr.
Thor miró el cuerpo inconsciente de su hermano menor, sostenido entre sus brazos. La respiración de Tyr era débil, su cuerpo destrozado por la batalla.
—No pienso dejarte aquí, padre —dijo con firmeza—. Si Astaroth sigue con vida, lo enfrentaremos juntos, como lo hicimos antes.
Odin bajó la mirada, con un cansancio que iba más allá de la batalla.
—No. —Su voz fue un trueno apagado, pero indiscutible—. No permitiré que lo hagan.
Los tres lo miraron sorprendidos.
Odin continuó, su tono cargado de una mezcla de orgullo y dolor paternal:
—Ustedes tres son el futuro de Asgard. Ya demostraron de lo que son capaces: arrinconaron a Astaroth más de una vez, y juntos son imparables. Pero si se quedan… todo habrá sido en vano.
Balder bajó la cabeza, apretando la empuñadura de su espada con furia.
—Entonces, ¿debo aceptar que nos mandas a huir mientras tú mueres aquí?
Odin se acercó a él, posando una mano en su hombro.
—No los mando a huir, hijo mío. Los mando a vivir.
Su voz tembló por primera vez, aunque su mirada seguía ardiendo con determinación.
—Nada me daría más honor que dar mi vida por ustedes. Si mi muerte garantiza que sigan respirando, que Midgard no caiga y que los reinos tengan esperanza… entonces mi destino ya está decidido.
Thor bajó la mirada, con los puños temblando.
—No puedo… —susurró, con la voz rota—. No puedo perderte otra vez.
Odin levantó la barbilla de su hijo con suavidad.
—No me pierdes, Thor. Me continúas.
El viento helado sopló entre ellos, arrastrando cenizas y brasas. Los hermanos permanecieron en silencio, sabiendo que ninguna palabra podría cambiar el destino que su padre acababa de sellar.
Odin observó a lo lejos cómo sus hijos se alejaban entre la niebla. Un leve suspiro se escapó de sus labios.
—Bien hecho, mis hijos… —murmuró con voz grave—. Ahora… es mi turno.
El aire se volvió pesado. La figura de Astaroth emergió del polvo, con su cuerpo aún envuelto en fuego oscuro y la guadaña vibrando como si tuviera vida propia.
—Qué escena tan conmovedora —dijo el demonio con un tono burlón—. El padre sacrificándose por sus hijos.
Soltó una carcajada seca—. ¿Crees que eso cambiará algo, viejo? ¡Tu linaje se pudrirá igual que tú!
Odin dio un paso adelante, el ojo resplandeciendo con energía dorada.
—Puede que mi cuerpo caiga hoy, demonio… —su voz tronó como un relámpago—. Pero mi voluntad no. Mientras los hijos de Asgard sigan de pie… tú jamás vencerás.
—¡Tú y tu maldito orgullo! —gruñó Astaroth, haciendo girar su guadaña.
La hoja infernal se extendió como una serpiente de sombra, enroscándose en torno a Gungnir.
—Veamos si tu “voluntad” sobrevive sin su lanza.
Odin tiró hacia atrás con todas sus fuerzas, los músculos tensos, la tierra rompiéndose bajo sus pies.
—¡No te… la… llevarás! —rugió.
Astaroth sonrió mostrando sus dientes afilados.
—Ya es mía.
Giró sobre su eje y, con una torsión brutal, lanzó a Odin por los aires. El impacto hizo vibrar todo el suelo. El Padre de Todos se estrelló contra una columna rota, y la lanza cayó a metros de distancia, clavada en la piedra.
Odin se incorporó lentamente, escupiendo sangre, mientras el demonio lo miraba con desdén.
—Eres más terco de lo que esperaba —bufó Astaroth—. Pero hasta los dioses envejecen, ¿no?
Odin se secó la sangre del rostro y sonrió con ironía.
—Viejo, sí. Pero aún soy lo bastante fuerte para arrancarte el corazón.
El demonio soltó una risa ronca, extendiendo las alas envueltas en fuego carmesí.
—Ah, sí… eso dicen todos antes de morir.
Miró hacia el horizonte, donde los tres hermanos desaparecían entre el humo.
—Tus hijos… me resultan más divertidos. No quería admitirlo, pero esos tres… tienen potencial.
Apretó los puños con furia.
—¡Tienen el poder para derrotarme!
La guadaña empezó a arder más intensamente.
—Y por eso… los mataré con mis propias manos.
Odin se enderezó por completo, el ojo de Odín centelleando como un sol.
—Tendrás que pasar sobre mí primero, engendro del abismo.
—Con gusto. —respondió Astaroth, con una sonrisa maníaca.
Astaroth clavó sus ojos llameantes en el horizonte donde los tres hijos de Odín se retiraban.
—Primero… —murmuró con un tono cargado de odio—, lidiaremos con ellos.
Apretó el mango de su guadaña, y el aire comenzó a vibrar con un sonido agudo y metálico.
Con un impulso demoníaco, el suelo se partió bajo sus pies. En un parpadeo, el demonio se lanzó hacia el frente como una ráfaga, la guadaña zumbando con un silbido infernal, lista para segar las vidas de los hijos del Padre de Todos.
Pero antes de que pudiera llegar a ellos, el espacio frente a Astaroth se rasgó como un espejo quebrándose.
Un portal dorado se abrió, y del otro lado, la voz de Odín tronó como un trueno de los cielos.
—¡No mientras yo respire, maldito!
En un instante, el Allfather cruzó el portal. Su capa ondeó con violencia por la energía del salto dimensional, y Gungnir brilló como un relámpago en su mano.
Astaroth apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Odín apareció justo frente a él, la mirada ardiendo con determinación.
—¡Estás peleando conmigo! —rugió.
Un segundo después, Gungnir impactó directamente en el rostro del demonio con una fuerza divina. El golpe fue tan poderoso que una onda expansiva barrió el campo, destrozando rocas y escombros.
Astaroth salió volando como un cometa oscuro, estrellándose violentamente contra el suelo, levantando una nube de polvo y fuego. El demonio gruñó, clavando las garras en la tierra para intentar levantarse, mientras su mandíbula chasqueaba de ira.
Odín aterrizó frente a él, con los ojos centelleando de poder puro.
—No tocarás a mis hijos —dijo con voz profunda y fría—. Tu pelea es conmigo, engendro.
Astaroth escupió un hilo de sangre negra, sonriendo con desprecio.
—Entonces, Padre de Todos… —alzó la guadaña, el fuego envolviendo su hoja—. Muere como tal.
El suelo volvió a temblar, y ambos se lanzaron el uno contra el otro, el sonido del trueno y del fuego chocando en una explosión divina.
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