Fate/Issei Order - Capítulo 23
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Capítulo 23: Capitulo 22: Reunion
El camino hacia el sur fue un tormento silencioso. El sol se elevaba lentamente sobre el horizonte, tiñendo el cielo anillado de tonos cobrizos que parecían presagiar sangre derramada. Issei Hyoudou caminaba al frente del grupo, sus piernas moviéndose con una determinación automática mientras su mente se debatía entre la esperanza y el terror.
Cada paso que daba lo acercaba más a la respuesta que temía encontrar. Desde que despertó tras el ataque de furia, el dolor en su pecho no había cesado. Era un vacío, un agujero que crecía con cada hora que pasaba sin noticias del grupo de Jeanne. Y ahora, mientras veían las primeras luces del alba, ese vacío se había vuelto insoportable.
«*Socio*», la voz de Ddraig resonó en su mente con una calma inusual. *«Respira. Te estás consumiendo por dentro. Eso no ayuda a nadie.»*
«Lo sé», respondió Issei mentalmente, sin ralentizar el paso. «Pero no puedo evitarlo. Siento que algo terrible ha pasado. Y si… si algo les ocurrió por mi culpa…»
*«Por tu culpa?»,* Ddraig lo interrumpió con un gruñido que mezclaba exasperación y algo parecido a la compasión. *«Tomaste una decisión. Una decisión sensata, basada en la información que tenías. Dividiste las fuerzas para cubrir más terreno. Es una táctica básica, no un error. Lo que haya ocurrido en el sur no es responsabilidad tuya.»*
«Pero yo soy el líder. El Maestro. La responsabilidad es siempre mía.»
Ddraig guardó silencio por un momento. Cuando volvió a hablar, su voz era más grave, cargada de una sabiduría que Issei nunca había escuchado en él. *«Esa es una lección que todos los líderes aprenden, socio. La responsabilidad es tuya, sí. Pero la culpa no siempre lo es. A veces, el mundo es injusto. A veces, por mucho que planees, por mucho que te esfuerces, las cosas salen mal. Y un líder no puede permitirse consumirse por lo que no pudo controlar. Debe seguir adelante, por los que aún dependen de él.»*
Las palabras de Ddraig resonaron en Issei, pero no lograban aliviar el peso en su pecho. Caminó en silencio, acompañado por Mash a su lado, que de vez en cuando le lanzaba miradas preocupadas pero no decía nada. Sabía que su Sempai necesitaba espacio para procesar lo que sentía.
Detrás, el resto del grupo avanzaba con una tensión palpable. Tamamo y Nero flanqueaban la retaguardia, sus sentidos alerta por si algún wyvern o peor amenaza decidía interceptarlos. Kiyohime caminaba sola, sus ojos fijos en la espalda de Issei, sus emociones tan turbulentas como el mar en tempestad. Mozart, por una vez silencioso, observaba el paisaje con una expresión inusualmente seria.
Y entre todos ellos, cargado sobre un improvisado carro que Tamamo había creado con magia, yacía Sigfrido. El héroe había insistido en que podía caminar, pero Tamamo lo había tumbado con una mirada que no admitía discusión. Aún débil por las heridas, necesitaba conservar fuerzas para lo que se avecinaba.
Fue cerca del mediodía cuando Mash, que había estado escaneando el horizonte con la ayuda de los sensores de Chaldea, se detuvo en seco.
«Sempai», dijo, su voz temblorosa. «Delante. A unos dos kilómetros. Hay… hay movimiento. Varias señales. Una de ellas es definitivamente Jeanne. La otra… Elizabeth. Pero…»
Issei sintió que el corazón se le paraba. «¿Pero qué, Mash?»
«Solo hay dos señales, Sempai.»
El mundo se detuvo. Issei sintió que las piernas le flaqueaban, pero Mash lo sostuvo antes de que cayera. El dolor en su pecho, que había sido un agujero vacío, se llenó de algo mucho peor: una certeza helada que le recorría las venas como veneno.
«Corramos», dijo, su voz apenas un susurro. «Corramos hacia ellas.»
Nadie protestó. El grupo aceleró el paso, convirtiéndose en una carrera desesperada por el camino accidentado. Los árboles pasaban como borrones, las rocas eran saltadas sin cuidado, y la respiración de todos se volvía entrecortada por el esfuerzo y la ansiedad.
Finalmente, las siluetas se hicieron visibles. Dos figuras caminaban lentamente hacia ellos, sus ropas desgastadas por el viaje, sus rostros marcados por el cansancio y algo más. Algo que Issei reconoció al instante.
Jeanne d’Arc caminaba con la cabeza gacha, su estandarte arrastrándose tras ella en lugar de flamear orgulloso. Su armadura, antes brillante, estaba manchada de hollín y sangre que no era la suya. A su lado, Elizabeth Bathory caminaba con una expresión inusualmente seria, su habitual pose de diva reemplazada por una quietud sombría.
Y Marie Antoinette no estaba con ellas.
Issei se detuvo en seco. Las palabras se atragantaron en su garganta. Podía verlo en sus rostros, en la forma en que Jeanne no podía levantar la vista, en la manera en que Elizabeth apretaba los puños como si contuviera una furia inútil. Lo sabía. Lo había sabido desde que despertó de aquel sueño con imágenes de cristales rompiéndose.
Jeanne levantó la vista y lo vio. Sus ojos azules, normalmente llenos de una fe inquebrantable, estaban rojos y vidriosos. Su mandíbula tembló, y por un momento pareció que iba a derrumbarse. Pero se mantuvo firme, porque era Jeanne d’Arc y nunca se rendía, ni siquiera ante el dolor más abrumador.
«Maestro Issei», dijo, y su voz era un hilo de voz quebrado. «Hemos… hemos vuelto.»
Issei caminó hacia ella. Cada paso era un esfuerzo sobrehumano, como si el aire mismo se hubiera vuelto sólido. Cuando estuvo frente a ella, no dijo nada. Solo la miró, esperando.
Jeanne tomó una respiración temblorosa. «Georgios está con nosotros. Aceptó unirse a la causa. Viene detrás, asegurándose de que no nos siguieran. Pero…» Cerró los ojos, y una lágrima escapó por su mejilla. «Marie… Marie no pudo.»
Las palabras cayeron como una losa. Detrás de Issei, Mash dejó escapar un gemido ahogado. Tamamo se llevó una mano a la boca. Nero apretó el puño sobre su espada con una fuerza que hizo crujir el metal. Kiyohime, incluso ella, desvió la mirada. Mozart, el eterno bromista, se quitó el sombrero en un gesto de respeto silencioso.
Y en el carro improvisado, Sigfrido abrió los ojos. Había oído. Su expresión, ya sombría por su propia derrota, se ensombreció aún más.
Issei no dijo nada. No podía. Las palabras de Jeanne entraban en sus oídos, pero su cerebro se negaba a procesarlas. Veía sus labios moverse, escuchaba fragmentos: «Sanson», «ejecutor», «caballo de cristal», «no pudo evitarlo». Pero las palabras no formaban oraciones coherentes en su mente. Eran ruido. Ruido que se mezclaba con el latido de su corazón, con el eco de aquel sueño donde Marie se rompía en pedazos de cristal.
Cuando Jeanne terminó, cuando el silencio volvió a instalarse entre ellos, Issei todavía no había hablado. Su rostro era una máscara impasible, pero sus ojos… sus ojos brillaban con una intensidad que ninguno de sus Servants había visto antes.
Dio media vuelta sin una palabra y comenzó a caminar. No hacia el grupo, no hacia el camino que debían seguir. Hacia ninguna parte. Solo se alejaba, alejándose de ellos, alejándose de la verdad que acababa de escuchar.
«Sempai…», Mash dio un paso para seguirlo, pero Tamamo la detuvo con un gesto.
«Déjalo», dijo la zorra, su voz baja. «Necesita tiempo. Todos necesitamos tiempo.»
Issei caminó hasta un pequeño claro rodeado de árboles calcinados, a unos cien metros del grupo. Allí se detuvo, de espaldas a ellos, y se quedó inmóvil. Sus hombros temblaban ligeramente, pero no emitía ningún sonido.
En el interior de su mente, el silencio era ensordecedor. Las imágenes se sucedían una tras otra: Marie montada en su caballo de cristal, sonriendo con esa mezcla de dignidad y picardía. Marie llamándolo «pervertido» con desdén, pero con una chispa en los ojos que nunca fue malicia. Marie diciendo «No te preocupes, pervertido. Te devolveremos a tu santa sana y salva».
Y ahora Marie no estaba.
*«Fue mi culpa»*, pensó, y la idea era un puñal que se hundía una y otra vez en su pecho. *«Yo la envié allí. Yo tomé la decisión. Yo separé al grupo. Si no hubiera sido tan estúpido, si hubiera confiado más en mi instinto, si hubiera…»*
*«¿Si hubieras qué?»,* la voz de Olga Marie, fría y cortante como una hoja de afeitar, atravesó sus pensamientos. *«¿Si hubieras ignorado el otro posible aliado y hubieras ido tú mismo al sur? Entonces ahora estarías muerto, o Sigfrido estaría muerto, o no habríamos encontrado a Georgios, o todos estaríais atrapados en una emboscada sin salida. ¿Eso habría sido mejor?»*
Issei no respondió. No podía. Sabía que Olga tenía razón, pero la razón no aliviaba el dolor.
*«No te estoy diciendo que no sientas, Hyoudou»*, continuó Olga, y su tono había cambiado. Ya no era la directora fría y distante, sino algo más… humano. *«Estoy diciendo que no te culpes por algo que no controlabas. Tomaste la mejor decisión posible con la información que tenías. Yo estaba allí. Yo te ayudé a tomar esa decisión. Si alguien tiene la culpa, también es mía.»*
Eso hizo que Issei reaccionara. «No, Olga. Tú no…»
*«Cállate y escucha»*, lo interrumpió ella, y por primera vez desde que la conocía, Issei escuchó algo vulnerable en su voz. *«Cuando estaba en Chaldea, antes de que todo esto pasara, yo era la directora. Tenía vidas bajo mi mando. Tomaba decisiones todos los días. Y algunas de esas decisiones… costaron vidas. No muchas, pero las suficientes para que, cuando estaba sola en mi oficina, me preguntara si podría haber hecho algo diferente. Si mi orgullo, mi arrogancia, había sido la causa.»*
Issei contuvo la respiración. Olga nunca hablaba de su pasado. Nunca.
*«La respuesta es sí. Probablemente, algunas de esas muertes fueron mi culpa. Pero también aprendí algo: un líder que se paraliza por la culpa deja de ser líder. Empieza a dudar, a cuestionar cada decisión, a volverse incapaz de actuar. Y cuando un líder deja de actuar, la gente muere. Mucha más gente de la que podría haber salvado si hubiera seguido adelante.»*
Una pausa. Luego, más suave:
*«Marie era una Servant. Iba a desaparecer de todas formas, cuando esta Singularidad se corrigiera. Su muerte fue prematura, sí. Injusta, sí. Pero no fue en vano. Gracias a tu decisión, tenemos a Georgios y a Sigfrido. Dos asesinos de dragones. Y uno de ellos, Sigfrido, es literalmente el hombre que mató a Fafnir en la leyenda. La Bruja perdió a Marta, que era una de sus piezas más fuertes. Nosotros ganamos dos guerreros de élite. Estratégicamente, has obtenido una ventaja masiva a cambio de una pérdida…»*
«¿Una pérdida *menor*?», la interrumpió Issei, y su voz tenía un filo que nunca había mostrado a Olga. «¿Eso es lo que ibas a decir? ¿Qué Marie era una pérdida menor?»
El silencio de Olga fue su respuesta.
*«No, Hyoudou. No iba a decir eso. Iba a decir ‘una pérdida significativa’. Porque lo es. Pero en la guerra, en la verdadera guerra, hay pérdidas. Y un líder no puede permitirse tratarlas como algo menor, pero tampoco puede dejar que lo paralicen. Marie dio su vida para que Jeanne y Elizabeth pudieran escapar. Para que Georgios pudiera unirse a nosotros. ¿Vas a desperdiciar ese sacrificio dejándote consumir por la culpa?»*
Issei apretó los puños. Las palabras de Olga eran duras, frías, pero había una verdad innegable en ellas. Marie no había muerto para que él se hundiera en la autocompasión. Marie había muerto para que siguieran luchando.
*«Y hay algo más»*, continuó Olga, y su tono se volvió casi… cálido. *«Marie era una Servant. Cuando una Servant muere, no es como cuando muere un humano. Su espíritu regresa al Trono de los Héroes. No está perdida para siempre. Si logramos salvar la Singularidad, si restauramos la historia… existe la posibilidad de que puedas invocarla de nuevo en Chaldea.»*
Issei sintió que un rayo de esperanza se encendía en su pecho. «¿De verdad?»
*«Sí. No es garantía, y si la invocas no recordará nada de lo que vivió aquí. Tendrías que empezar de cero, ganarte su confianza otra vez, soportar sus miradas de desprecio cuando hagas algún comentario inapropiado sobre su… anatomía.»* Hubo una pausa, y Issei juró escuchar una risa contenida en su voz. *«Pero la posibilidad existe. Así que deja de llorar como un niño y prepárate para la batalla. Tenemos una Bruja Dragón a la que derrotar.»*
Issei se quedó en silencio por un largo momento. El dolor seguía ahí, pero ahora había algo más. Determinación. Propósito. Marie no había muerto para que él se rindiera.
Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, respiró hondo y se enderezó. Su espalda, que había estado encorvada bajo el peso de la culpa, se irguió con una firmeza renovada.
Cuando se volvió hacia el grupo, todos lo estaban mirando. Jeanne, con los ojos aún rojos por el llanto, no podía sostener su mirada. Issei caminó hacia ella, y cuando estuvo frente a ella, hizo algo que ninguno esperaba.
Le sonrió. Una sonrisa cálida, sincera, que borraba cualquier rastro de la máscara impasible que había llevado antes.
«Jeanne», dijo, y su voz era firme pero suave. «Gracias por traer a Georgios. Y por traer a Elizabeth de vuelta. Hiciste un buen trabajo.»
Jeanne levantó la vista, incrédula. «¿Un buen…? Maestro Issei, Marie… yo estaba a cargo, yo debería haber…»
«No», la interrumpió Issei, con una suavidad que contrastaba con la dureza de sus palabras anteriores. «No fue tu culpa. Tomaste las decisiones que pudiste con lo que tenías. Marie tomó la decisión de protegerte. Si alguien tiene la culpa, soy yo, por separar al grupo. Pero incluso eso…» Respiró hondo. «Incluso eso fue la mejor decisión que pude tomar en ese momento. Y no me arrepiento de ella. Porque gracias a esa decisión, tenemos a Sigfrido y a Georgios. Y con ellos, podemos ganar.»
Las lágrimas que Jeanne había estado conteniendo finalmente se desbordaron. Issei no hizo nada. Solo permaneció allí, ofreciendo su presencia silenciosa, dejando que la santa llorara lo que necesitaba llorar.
Cuando Jeanne se calmó, Issei se volvió hacia el resto del grupo. Todos estaban reunidos ahora: Mash, Tamamo, Nero, Kiyohime, Mozart, Elizabeth, Georgios (que había llegado en algún momento, silencioso como una sombra), y Sigfrido, que se había incorporado en el carro a pesar de las protestas de Tamamo.
«Reunión», dijo Issei, y su voz tenía una autoridad que ninguno de ellos había escuchado antes. «Es hora de planear cómo vamos a terminar esto.»
El consejo de guerra se celebró en un claro protegido por las barreras de Tamamo. El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y púrpuras que, bajo el anillo de nubes, parecían presagiar un incendio.
Issei había dibujado un mapa rudimentario en el suelo, señalando la posición de Orleans y los alrededores. A su alrededor, sus Servants se sentaban en un círculo irregular, sus expresiones variando desde la determinación feroz hasta la calma serena.
«El objetivo es Orleans», comenzó Issei, señalando el centro del mapa. «Ahí es donde Jeanne Alter tiene su cuartel. Ahí está Fafnir. Ahí está el Grial que mantiene esta Singularidad. La atacamos directamente, sin rodeos, sin distracciones.»
«¿Sin rodeos?», preguntó Tamamo, levantando una ceja. «¿No es eso un poco… directo para alguien que siempre habla de estrategia?»
Issei asintió. «Lo es. Pero tenemos la ventaja de la sorpresa. La Bruja nos ha estado persiguiendo, enviando a sus secuaces uno por uno. Cree que somos débiles, que estamos huyendo. No espera que la ataquemos de frente. Y tenemos algo que ella no tiene.»
Señaló a Georgios y a Sigfrido. «Dos asesinos de dragones. Georgios con Ascalon, la espada que mata dragones. Y Sigfrido, que literalmente mató a Fafnir en la leyenda y empuña Balmung, la espada que heredó del mismo dragón. Si hay alguien que puede enfrentarse a Fafnir, son ellos.»
Sigfrido, que aún estaba pálido por las heridas pero se mantenía firme, asintió. «Fafnir y yo estamos ligados. Su sangre corre por mis venas. Si alguien puede enfrentarlo, soy yo. Aunque…» Dudó. «La última vez no salió bien.»
«Porque estabas solo», dijo Issei con firmeza. «Esta vez no lo estarás. Georgios te cubrirá. Y nosotros nos aseguraremos de que nadie interfiera.»
Georgios, que hasta ahora había estado en silencio, habló por primera vez. Su voz era grave, serena, como la de un hombre que ha encontrado la paz en medio de la tormenta. «Ascalon está afilada y lista. Me encargaré de los wyverns. Fafnir es para Sigfrido. Es su destino, no el mío.»
Issei asintió y continuó. «El plan es simple. Nos dividimos en tres grupos. Primero, Georgios y Sigfrido se encargarán de llamar la atención de Fafnir. Georgios eliminará a tantos wyverns como sea posible para crear un caos suficiente. Cuando Fafnir aparezca, Sigfrido lo enfrentará directamente con su Noble Phantasm.»
«Balmung», dijo Sigfrido, y la espada a su lado brilló como respondiendo a su nombre. «Es un ataque de área. Si Fafnir está en el centro, el daño colateral será mínimo. Pero si hay otros cerca…»
«Los otros no estarán cerca», lo interrumpió Issei. «Porque mientras tú enfrentas a Fafnir, el resto iremos directamente hacia donde está Jeanne Alter. Ella no se unirá a la batalla hasta que vea que su dragón está en peligro. Para entonces, ya estaremos en su puerta.»
Señaló el mapa. «Tamamo, Nero, Jeanne y yo iremos al centro. Kiyohime se encargará de cualquier Servant enemigo que intente detenernos. Elizabeth…»
La idol levantó la cabeza, su expresión inusualmente seria. «¿Qué?»
«Tú tienes una cuenta pendiente con Carmilla», dijo Issei, y los ojos de Elizabeth se abrieron con sorpresa. «Escuché lo que dijiste antes. Que querías enfrentarte a ella. Demostrar que eres diferente. Esta es tu oportunidad.»
Elizabeth lo miró fijamente, y por un momento, la máscara de diva arrogante se desvaneció por completo. Debajo, había una chica joven, asustada, que no quería convertirse en el monstruo que su leyenda decía que sería.
«Yo…», comenzó, pero su voz se quebró. Tosió, se recompuso, y cuando habló de nuevo, había una determinación feroz en sus ojos. «Sí. Me encargaré de Carmilla. Nadie más se interpondrá entre ella y yo.»
«Bien», dijo Issei. «Mash, tú vendrás conmigo. Necesito a alguien en quien confiar cubriéndome la espalda.»
Mash asintió, una sonrisa tímida en sus labios. «Siempre, Sempai.»
«Mozart, tú te encargarás de mantener la comunicación y de apoyar desde la retaguardia. Tu música puede desorientar a los enemigos y ayudar a nuestros aliados.»
El compositor hizo una reverencia exagerada. «Como ordene, Maestro. Aunque debo decir que no estoy acostumbrado a ser el apoyo en una batalla tan… poco sinfónica.»
«Te las arreglarás», dijo Issei con una sonrisa.
Terminó de señalar las posiciones en el mapa y se enderezó. El sol ya se había puesto, y la única luz provenía de las barreras de Tamamo y de las brasas de una pequeña fogata.
«Ese es el plan. Simple, directo, sin florituras. Les presentamos batalla, eliminamos a Fafnir, y luego entre todos derrotamos a Jeanne Alter. El Grial se encargará de restaurar la Singularidad.»
Un silencio se extendió entre ellos. Luego, Nero habló, su voz inusualmente seria.
«Praefectus… Maestro Issei. Este plan… depende de que todo salga perfecto. Si algo falla, si Fafnir es más fuerte de lo que creemos, si Jeanne Alter decide intervenir antes…»
«Entonces ajustaremos sobre la marcha», dijo Issei con una calma que sorprendió incluso a él mismo. «Pero no vamos a ganar esperando a que todo sea perfecto. Vamos a ganar porque tenemos que hacerlo. Porque si no lo hacemos, todo esto, todas las vidas perdidas, todas las batallas… no habrán servido de nada.»
Miró a cada uno de sus Servants a los ojos. A Mash, que siempre había estado a su lado desde el principio. A Tamamo, que lo llamaba esposo con una devoción que a veces le daba vértigo. A Nero, cuya pasión por la vida y el espectáculo lo había sacado de la desesperación más de una vez. A Kiyohime, cuya obsesión rayaba en lo aterrador pero cuya lealtad era innegable. A Elizabeth, que escondía su miedo tras una fachada de diva. A Mozart, cuyo humor ocultaba una inteligencia afilada como una navaja. A Georgios, cuya fe era tan firme como la espada que empuñaba. A Sigfrido, que había caído una vez y estaba listo para levantarse de nuevo.
Y a Jeanne, que había perdido a una amiga y cargaba con la culpa, pero seguía ahí, firme como un faro en la tormenta.
«Mañana», dijo Issei, su voz resonando en el silencio del claro, «marchamos hacia Orleans. Y mañana, terminamos esto.»
La noche cayó sobre el campamento como un manto de terciopelo oscuro, salpicado por las estrellas que se veían a través de los huecos del anillo de nubes. Era una noche extraña, cargada de electricidad en el aire, como si el mundo mismo contuviera la respiración esperando lo que vendría.
Issei no podía dormir. Se sentó apartado del grupo, apoyado contra el tronco de un árbol calcinado, mirando el cielo sin verlo. Sus pensamientos eran un torbellino de imágenes, recuerdos, miedos y esperanzas. Marie sonriendo. Marie llamándolo pervertido. Marie diciendo «No te preocupes». Y luego, el cristal rompiéndose.
*«¿No puedes dormir?»*
La voz de Olga, baja y suave, resonó en su mente. Issei negó con la cabeza.
«Demasiadas cosas en la cabeza.»
*«Te entiendo. Antes de cada misión importante en Chaldea, yo tampoco podía dormir. Daba vueltas en la cama, repasando los planes una y otra vez, imaginando todas las formas en que podían salir mal.»*
«¿Y cómo hacías para dormir al final?»
Olga guardó silencio por un momento. Luego, con un tono que Issei nunca había escuchado en ella, respondió:
*«Me decía a mí misma que había hecho todo lo posible. Que el plan era bueno. Que la gente bajo mi mando era competente. Y que, pase lo que pase, al menos no me rendiría. No dejaría de intentarlo.»*
Issei sonrió débilmente. «Eso suena como algo que diría un héroe en una película.»
*«Pues entonces tómalo como una línea de guion. Lo importante es que funciona.»*
Se quedaron en silencio un rato, compartiendo la quietud de la noche. Luego, Olga habló de nuevo, y su voz era apenas un susurro.
*«Hyoudou… mañana será peligroso. La Bruja no se rendirá fácilmente. Fafnir es una bestia legendaria. Podría haber más trampas. Es posible que…»*
«Lo sé», la interrumpió Issei suavemente. «Pero es lo que hay que hacer. Es lo correcto.»
*«Sí. Lo es.»* Otra pausa. *«Por eso quiero que sepas… que aunque al principio te despreciaba, aunque todavía creo que eres un pervertido sin remedio con las prioridades completamente trastocadas…»*
«Gracias por el cumplido», la interrumpió Issei con una risa entre dientes.
*«Déjame terminar. Aunque eres un idiota, también eres… un buen líder. Y un buen hombre. Y si alguien puede sacarnos de esta, eres tú.»*
Issei se quedó en silencio, procesando las palabras. Era lo más cercano a un halago que Olga le había dado nunca.
«Gracias, Olga. Eso… significa mucho.»
*«Bueno, no te acostumbres. Sigue siendo un pervertido. Ahora intenta dormir. Mañana necesitas estar despejado.»*
«Sí, señora directora.»
Olga hizo un sonido que podría haber sido una risa contenida, y luego se retiró al silencio del Gear. Issei cerró los ojos, y por primera vez en días, el sueño llegó sin pesadillas.
El amanecer trajo consigo una luz dorada y esperanzadora que se filtraba entre las grietas del anillo de nubes, como si el cielo mismo estuviera dando su bendición a lo que estaba por venir. El grupo se reunió al borde del claro, sus rostros iluminados por la luz temprana, sus armas listas, sus determinaciones forjadas en el fuego de las pérdidas y las victorias.
Issei los observó a todos. Mash, con su escudo plantado frente a ella. Tamamo, con sus nueve colas ondeando suavemente en la brisa. Nero, con su espada Aestus Estus brillando en la mano. Kiyohime, con sus llamas azules danzando alrededor de sus dedos. Elizabeth, con su lanza-micrófono en alto, una expresión de determinación feroz en su rostro. Mozart, con su violín en la mano, listo para componer la banda sonora de la batalla. Georgios, con Ascalon en la cadera, su presencia serena como una roca en medio del mar. Sigfrido, que se había recuperado lo suficiente para estar de pie, Balmung en su mano, sus ojos azules brillando con el recuerdo de una batalla milenaria.
Y Jeanne. Jeanne d’Arc, la Doncella de Orleans, con su estandarte en alto, su armadura brillando con la luz del amanecer, sus ojos azules ya no vidriosos por las lágrimas, sino duros como el acero. Había perdido a una amiga, pero no había perdido su fe. Y esa fe, Issei lo sabía, era más poderosa que cualquier espada.
Issei respiró hondo. El peso de la responsabilidad sobre sus hombros era enorme, pero ya no lo aplastaba. Lo sostenía, como un yunque que templa el acero.
«Hoy», dijo, su voz clara y firme, «terminamos esto. Hoy, Francia vuelve a ser de sus habitantes. Hoy, la historia vuelve a su curso. Y hoy…» Hizo una pausa, mirando hacia el horizonte, hacia donde Orleans los esperaba. «Hoy, vengamos a Marie.»
Un rugido de afirmación, cada uno a su manera, respondió a sus palabras. Luego, sin más preámbulos, el ejército de Chaldea se puso en marcha.
El camino hacia Orleans era recto ahora, un sendero despejado que llevaba directamente al corazón de la tormenta. El cielo anillado parecía más bajo, más opresivo, como si la Bruja supiera que se acercaban y estuviera concentrando su poder. El aire vibraba con electricidad mágica, y en la distancia, ya podían escuchar los rugidos de los wyverns y, más profundo, más primigenio, el aliento de Fafnir.
Issei caminaba al frente, flanqueado por Mash y Jeanne. Detrás, Tamamo y Nero cubrían los flancos. Kiyohime y Elizabeth iban en los extremos, sus sentidos alerta. Mozart cerraba la marcha, su violín listo. Y más atrás, Georgios y Sigfrido caminaban en silencio, sus espadas brillando con una luz que parecía desafiar la oscuridad que se cernía sobre ellos.
El climax de la batalla final se acercaba. Y en el centro de todo, Issei Hyoudou, el pervertido de Kuoh, el Rey del Harem de Chaldea, el portador del Boosted Gear, caminaba hacia su destino con la cabeza en alto.
No sabía si sobrevivirían. No sabía si el plan funcionaría. No sabía si, al final del día, todos los que amaba seguirían a su lado.
Pero sabía una cosa: no se rendiría. No dejaría de luchar. No dejaría que la muerte de Marie, que todas las vidas perdidas en esta pesadilla, fueran en vano.
Por ellas. Por todos ellos. Por el futuro que estaba decidido a proteger.
Issei Hyoudou apretó los puños, sintiendo el poder del Boosted Gear latir en su brazo, sintiendo el dragón en su interior rugir con anticipación.
Y marchó hacia Orleans.
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