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Fate/Issei Order - Capítulo 24

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Capítulo 24: Capitulo 23: Asalto

El amanecer sobre Orleans era un espectáculo de pesadilla. El sol, apenas asomando tras las colinas del este, teñía el cielo anillado de tonos cobrizos y rojizos que parecían sangre derramada. La ciudad, que una vez había sido el símbolo de la esperanza francesa, yacía bajo el dominio de la Bruja Dragón como una fortaleza de sombras y acero. Sus murallas, reforzadas con una corrupción mágica que las hacía brillar con un fulgor violáceo, se alzaban desafiantes contra el horizonte. Desde sus torres, los wyverns volaban en círculos lentos, sus siluetas recortadas contra el cielo como buitres esperando el festín.

Issei Hyoudou observaba la escena desde una colina a medio kilómetro de distancia, oculto tras un afloramiento rocoso junto a sus Servants. El viento traía consigo el olor a azufre, a metal quemado, y algo más: el hedor dulzón de la corrupción que emanaba del Grial. Su corazón latía con fuerza, pero no de miedo. Era algo más primitivo. El dragón en su interior se agitaba, reconociendo la presencia de su antiguo enemigo, de su hermano de leyenda.

«Fafnir», murmuró Ddraig dentro de su mente, y su voz era grave, cargada de una emoción que Issei nunca había escuchado en él. «El muy cobarde. Usado como montura por una alma atormentada. Qué caída para un dragón que alguna vez fue temido.»

«¿Puedes sentirlo?», preguntó Issei mentalmente.

«Sí. Y él también nos siente a nosotros. El Boosted Gear es una marca que ningún dragón puede ignorar. Sabe que estamos aquí. Sabe que venimos por él.»

«¿Y eso es bueno o malo?»

«Es… inevitable. Como debe ser.»

Issei asintió, aunque Ddraig no podía verlo. Luego, se volvió hacia sus compañeros. Todos estaban en posición. Georgios y Sigfrido, a unos cien metros a su izquierda, esperaban en silencio. El santo tenía una mano sobre la empuñadura de Ascalon, sus labios moviéndose en una oración silenciosa. El héroe germánico, aún pálido por las heridas pero con una determinación férrea en sus ojos azules, sostenía Balmung con la facilidad de quien ha empuñado una espada toda su vida.

A su derecha, Elizabeth Bathory se mordía el labio inferior, sus ojos fijos en la fortaleza. Sabía que en algún lugar, entre esas murallas, Carmilla la esperaba. Su otra yo. El futuro que ella rechazaba con cada fibra de su ser.

Más allá, Kiyohime miraba hacia otro punto, donde las lecturas de Romani habían detectado la presencia de otro Servant enemigo. Atalanta, la cazadora arcadia, también había caído bajo la influencia de la mejora de locura de Jeanne Alter. Una rival digna para la doncella dragón.

Y Mozart, el eterno bromista, afinaba su violín con una expresión que Issei nunca había visto en él. No era la habitual ironía despreocupada. Era algo más profundo. Algo personal. Charles-Henri Sanson, el verdugo de Francia, estaba en alguna parte. Y Mozart, que había amado a Marie Antoinette con un amor no correspondido pero profundo, tenía una cuenta pendiente con él.

Issei respiró hondo. El plan estaba trazado. Cada uno sabía su papel. Ahora solo faltaba dar la señal.

«¿Todos listos?», preguntó en voz baja, pero sus palabras viajaron a cada uno de ellos a través de los vínculos mágicos que los unían.

Un coro de asentimientos fue su respuesta. Incluso Elizabeth, que normalmente habría hecho un comentario dramático, solo asintió con una seriedad inusual.

Issei miró a Mash, que estaba a su lado, su escudo listo. A Tamamo y Nero, que flanqueaban su retaguardia. A Jeanne, que sostenía su estandarte con una determinación que solo podía venir de una fe probada en el fuego.

«Entonces», dijo, y su voz era clara, firme, la de un líder que ha aceptado su destino. «Empecemos.»

Sacó el comunicador que Romani le había dado y activó el canal abierto. «Romani. Da Vinci. ¿Nos reciben?»

La estática respondió por un momento, y luego la voz del médico de Chaldea, clara aunque con interferencias, resonó en el dispositivo. «Aquí Romani. Los tenemos en los sensores. Todo listo. Cuando ustedes lo indiquen, activaremos el protocolo de distracción.»

«No va a hacer falta», dijo Issei, mirando hacia la ciudad. «Creo que ya saben que estamos aquí.»

Como confirmando sus palabras, un rugido profundo, primigenio, resonó desde el corazón de Orleans. No era el chillido agudo de los wyverns. Era algo más antiguo, más terrible. Era el rugido de Fafnir, el dragón que había matado a Sigfrido una vez, el dragón que ahora servía a la Bruja. El sonido hizo vibrar el suelo bajo sus pies y heló la sangre en las venas de los soldados que, en otro tiempo, habrían defendido estas murallas.

«Ya era hora», murmuró Sigfrido, y en sus labios se dibujó una sonrisa feroz.

Issei asintió. Levantó la mano, y cuando la bajó, fue como si hubiera cortado un hilo invisible.

«¡AHORA!»

El grito de guerra se extendió como un incendio. Georgios y Sigfrido se lanzaron adelante, sus espadas brillando con una luz que parecía desafiar la oscuridad de la ciudad. Ascalon y Balmung, dos armas forjadas para la muerte de dragones, cantaron en el aire.

Los wyverns reaccionaron al instante. Una marea de cuerpos escamosos y alas membranosas descendió sobre ellos, sus fauces abiertas en rugidos de furia bestial. Pero Georgios no flaqueó. Su espada trazó un arco plateado en el aire, y tres wyverns cayeron en pedazos, sus cuerpos partidos por la mitad como si una fuerza divina los hubiera separado.

«¡Por la fe que mueve montañas!», gritó el santo, y Ascalon brilló con una luz tan intensa que los wyverns más cercanos retrocedieron, cegados.

A su lado, Sigfrido se movía con una economía de movimientos que solo la experiencia de mil batallas podía otorgar. Balmung no era un arma llamativa. Era una espada práctica, mortal, diseñada para una sola cosa: matar. Cada golpe, cada estocada, encontraba un punto débil en las escamas de los wyverns, cada movimiento dejaba un cadáver a sus pies.

Pero no era suficiente. Más wyverns llegaban, y con ellos, criaturas de sombra y fuego que emergían de las murallas como si la ciudad misma estuviera vomitando su odio.

«¡Ahora, Issei!», gritó Georgios, mientras su espada partía a otro wyvern. «¡Nosotros nos encargamos de esto! ¡Ve!»

Issei no necesitó que se lo repitieran. Con un gesto, lideró a su grupo hacia adelante, sorteando los cuerpos caídos y las explosiones de fuego que los wyverns lanzaban desde las alturas. Mash iba a su lado, su escudo protegiéndolos de los ataques que se desviaban hacia ellos. Tamamo y Nero flanqueaban, eliminando a los pocos wyverns que se interponían en su camino. Jeanne cerraba la marcha, su estandarte brillando con una luz que parecía purificar el aire a su paso.

La puerta principal de Orleans estaba a menos de cien metros cuando la primera figura emergió de las sombras.

Era elegante, incluso en su corrupción. Un vestido negro y rojo que se movía como una extensión de su cuerpo. Garras de metal que brillaban con un hambre perpetua. Una sonrisa que era puro veneno.

Carmilla. La condesa Bathory. La versión adulta de Elizabeth, la que había abrazado la monstruosidad en lugar de luchar contra ella.

«Qué vista tan encantadora», dijo, su voz un susurro de seda sobre acero. «Un pervertido y sus muñecas. ¿Vienen a morir, o solo a entretenerme?»

Antes de que Issei pudiera responder, Elizabeth dio un paso al frente. Su rostro, normalmente una máscara de arrogancia infantil, era ahora una lámina de determinación feroz.

«Vete», dijo Elizabeth, y su voz no tembló. «Carmilla es mía.»

Issei la miró. Quería protestar, quería decir que podían enfrentarla juntos, pero algo en los ojos de Elizabeth lo detuvo. No era la diva caprichosa que se quejaba de su público. Era una chica que había visto el futuro que la esperaba y había decidido que no sería ese futuro. Era una heroína, aunque nadie más lo supiera.

«Elizabeth…», comenzó.

«¡Te dije que te vayas!», gritó ella, y su lanza-micrófono se desplegó en sus manos. «¡Esto es mi debut! ¡No voy a dejar que nadie me robe el escenario!»

Carmilla rió, una risa fría como el hielo. «¿Debut? ¿Crees que esto es un concierto, pequeña? Esto es una ejecución. La tuya.»

Elizabeth no respondió con palabras. Respondió con un grito. No un grito de miedo, sino un grito de batalla, una nota aguda y estridente que distorsionó el aire y lanzó a Carmilla hacia atrás. Cuando la condesa se recuperó, Elizabeth ya estaba sobre ella, su lanza descendiendo como un rayo.

«¡Elizabeth!», gritó Issei, pero ella no lo escuchaba. Ya estaba inmersa en su combate, sus ataques rápidos y furiosos, cada golpe una negación del destino que Carmilla representaba.

Issei dudó un segundo, pero Tamamo lo tomó del brazo. «Goshujin-sama, tenemos que seguir. Elizabeth sabe lo que hace. Confía en ella.»

Confiar. Eso era lo que tenía que hacer. Confiar en que cada uno de ellos cumpliría su misión. Con un último vistazo hacia Elizabeth, que ya estaba intercambiando golpes con Carmilla en una danza de muerte y furia, Issei asintió y continuó hacia la puerta.

No habían avanzado diez metros cuando una flecha silbó en el aire, tan rápida que Mash apenas tuvo tiempo de levantar el escudo. El impacto fue un latigazo de energía que hizo vibrar Lord Camelot como una campana.

«¡Por los dioses del Olimpo!», exclamó Nero, girando hacia la dirección del ataque.

En lo alto de una torre semiderruida, una figura esbelta se recortaba contra el cielo anillado. Atalanta, la cazadora de Arcadia, su arco tenso y una nueva flecha ya en su mano. Sus ojos, antes verdes como el bosque, brillaban ahora con un rojo enfermizo, y su expresión era una máscara de furia contenida.

«No pasarán», dijo, y su voz era un gruñido animal. «La Bruja lo ha ordenado. Nadie pasa.»

Kiyohime sonrió. Era una sonrisa que Issei conocía bien, la que precedía a la destrucción. «Finalmente, algo que puedo quemar con conciencia tranquila.»

«Kiyohime, espera…», intentó Issei, pero la Berserker ya se había lanzado hacia adelante, sus llamas azules envolviéndola como un manto.

Atalanta disparó, tres flechas en rápida sucesión, pero Kiyohime las esquivó con una facilidad serpentina, su cuerpo moviéndose con una gracia que desmentía su naturaleza obsesiva. Las llamas azules se concentraron en sus manos, y un torrente de fuego se elevó hacia la torre.

Atalanta saltó justo a tiempo. La torre se partió en dos, los escombros lloviendo sobre ellas mientras la cazadora aterrizaba en el suelo con la agilidad de un felino. Su arco ya estaba tenso de nuevo, pero Kiyohime no le dio tiempo. Una ráfaga de llamas azules la obligó a rodar, a esquivar, a mantenerse en movimiento.

Issei la vio luchar, vio cómo cada movimiento de Atalanta era respondido con fuego, cómo Kiyohime la acorralaba metódicamente hacia las llamas que ella misma había creado. La Berserker estaba en su elemento, y aunque Atalanta era más rápida, más precisa, la mejora de locura que la afectaba nublaba sus reflejos, la hacía vacilar en momentos cruciales.

«Kiyohime puede con ella», dijo Tamamo, tirando de Issei. «Tenemos que seguir.»

Issei asintió, aunque su corazón se apretaba al alejarse de otra de sus compañeras. Primero Elizabeth, luego Kiyohime. Y ahora…

Un sonido cortó el aire. No era un rugido ni un grito. Era una melodía. Una marcha fúnebre, grave y solemne, que parecía surgir de la tierra misma.

Mozart se había detenido. Su violín estaba en su mano, pero no lo estaba tocando. La música provenía de él, de su mismo ser, una respuesta instintiva a la presencia que acababa de materializarse frente a ellos.

Charles-Henri Sanson emergió de las sombras como si siempre hubiera estado allí. Su traje de verdugo, negro como la noche, parecía absorber la luz. En sus manos, la guillotina en miniatura que era su Noble Phantasm, y en sus ojos, una vacuidad que era más aterradora que cualquier odio.

«Mozart», dijo Sanson, y su voz era un susurro rasposo, como cuchillas afilándose. «El compositor. El amante no correspondido de la reina. Has venido a vengarla.»

Mozart no respondió de inmediato. Miró a Issei, y por un momento, su expresión habitual de ironía despreocupada se desvaneció. Lo que quedaba era un hombre que había perdido a alguien que amaba, que había vivido con ese dolor durante siglos, y que ahora tenía la oportunidad de hacer algo al respecto.

«Sanson», dijo finalmente, y su voz era más grave de lo que Issei la había escuchado nunca. «No vengo a vengar a Marie. Ella no necesitaría eso. Vengo a asegurarme de que no vuelvas a tocar a nadie que yo… que nosotros… amamos.»

Sanson inclinó la cabeza, como si considerara las palabras. «Amor. Qué concepto tan humano. Tan… irrelevante.» Levantó la guillotina. «El único amor que conozco es el del corte perfecto. El momento en que la hoja cae y el alma se libera. Eso es arte. Eso es eterno.»

«Entonces déjame mostrarte otro tipo de arte», dijo Mozart, y su violín se alzó.

La melodía que surgió no era la música alegre y burbujeante que Issei conocía. Era una sinfonía de furia contenida, de dolor transformado en notas, de una pasión que había sido sofocada durante siglos y que ahora emergía con la fuerza de una tormenta. El aire alrededor de Mozart se distorsionó, y las sombras de Sanson retrocedieron como si la luz misma las estuviera quemando.

Issei quiso detenerse, quiso ayudar, pero Tamamo y Nero ya lo estaban empujando hacia adelante, hacia la puerta de la ciudad que se alzaba a menos de cincuenta metros.

«¡Confía en ellos!», gritó Nero, mientras su espada se materializaba en su mano. «¡Ellos eligieron esta batalla! ¡Nosotros elegimos la nuestra!»

Issei apretó los dientes. Sabía que tenían razón. Cada uno de ellos tenía su propia cuenta pendiente, su propia razón para luchar. No podía robarles eso.

Corrió hacia la puerta, Mash a su lado, Tamamo y Nero cubriendo la retaguardia, Jeanne un paso detrás con su estandarte en alto. Los wyverns que intentaban interceptarlos eran desviados por la magia de Tamamo o cortados por la espada de Nero. El camino estaba despejado.

La puerta estaba a veinte metros. Luego a diez. Luego a cinco.

Tamamo alzó las manos, y un torrente de fuego kitsune impactó contra los barrotes de hierro, fundiéndolos como si fueran cera. El metal goteó al suelo, y la entrada a Orleans se abrió ante ellos.

Issei no dudó. Cruzó el umbral, seguido de sus compañeras, y se encontró en una calle ancha y desierta que llevaba directamente al corazón de la ciudad, a la catedral donde Jeanne Alter había establecido su cuartel.

Pero antes de que pudieran avanzar, un rugido sacudió el cielo. No era el rugido de los wyverns. Era más profundo, más antiguo, más aterrador.

Era Fafnir.

Desde su posición entre los cadáveres de los wyverns, Sigfrido sintió el rugido en lo más profundo de sus huesos. Lo conocía. Lo había escuchado antes, hacía siglos, cuando la sangre del dragón corría por su garganta y la inmortalidad se tejía en su piel.

«Llegó», dijo, y su voz era tranquila, la de un hombre que ha esperado este momento toda su existencia.

Georgios, que había estado limpiando su espada con un movimiento lento y metódico, asintió. «¿Estás listo?»

Sigfrido sonrió. No era una sonrisa alegre. Era la sonrisa de un guerrero que sabe que puede no volver, pero que va de todas formas. «He estado listo desde el día en que lo maté. Y desde el día en que su sangre me hizo lo que soy.»

En lo alto, la silueta de Fafnir emergió de la catedral como un eclipse viviente. Sus alas, negras como el azabache, se extendieron cubriendo el cielo, y su cola, larga como una serpiente, arrasó con las torres a su paso. Sus ojos, dos pozos de fuego violeta, escanearon el campo de batalla hasta que encontraron lo que buscaban: a Sigfrido.

El rugido que siguió no era de rabia. Era de reconocimiento. Fafnir recordaba. Recordaba la espada que lo había partido, el hombre que había bebido su sangre, la humillación de ser vencido por un mortal. Y ahora, ese hombre estaba aquí, desafiándolo de nuevo.

El dragón descendió, y el aire se volvió fuego a su paso. Sigfrido y Georgios se separaron, esquivando el chorro de llamas que derritió la tierra donde habían estado un segundo antes.

«¡Está en el cielo!», gritó Georgios, mientras Ascalon brillaba en su mano. «¡No podemos alcanzarlo desde aquí!»

Sigfrido lo sabía. Balmung era poderosa, pero tenía un alcance limitado. Necesitaban que Fafnir descendiera, que se acercara lo suficiente para que su espada encontrara su marca. Pero el dragón era inteligente. Había aprendido de su derrota anterior. No se acercaría si no estaba seguro.

«Entonces tendremos que hacer que baje», dijo Sigfrido, y su voz era fría, calculadora.

Dejó Balmung en el suelo, la espada clavándose en la tierra quemada como una cruz. Luego, se despojó de su capa, dejando al descubierto su armadura plateada. Las escamas de dragón incrustadas en el metal brillaron con un fulgor siniestro.

«¿Qué estás haciendo?», preguntó Georgios, alarmado.

«Lo que hice la primera vez», respondió Sigfrido. «Voy a hacer que me odie lo suficiente como para olvidar su cautela.»

Antes de que Georgios pudiera detenerlo, Sigfrido avanzó hacia el dragón. No corriendo, no escondiéndose. Caminando. Paso a paso, firme, como si estuviera paseando por los jardines de su castillo.

Fafnir lo vio. Sus ojos violetas se entrecerraron, y un rugido de furia pura sacudió el cielo. El dragón descendió ligeramente, sus garras arañando el aire.

«¡Ven!», gritó Sigfrido, alzando los brazos en un gesto de desafío. «¡Ven, cobarde! ¡La última vez me mataste con un golpe de suerte! ¡Ahora ven a enfrentarme cara a cara!»

Fafnir rugió de nuevo, y esta vez había algo más que rabia en su voz. Había humillación. El recuerdo de su derrota, la sangre derramada, el hombre que se había vuelto inmortal bebiéndola. Todo eso ardía en el dragón como un fuego que no podía extinguir.

Descendió.

Fue un movimiento rápido, un abalanzarse de bestia herida, pero Sigfrido ya estaba retrocediendo, sus pies moviéndose con la velocidad que solo la experiencia de siglos podía otorgar. Las garras de Fafnir pasaron a centímetros de su rostro, su cola barrió el suelo donde había estado un segundo antes, y su aliento de fuego fundió las piedras a sus pies.

Pero Sigfrido no cayó. Esquivó, rodó, se puso de pie, y cuando Fafnir se volvió para atacar de nuevo, Georgios ya estaba en posición.

«¡AHORA!», gritó el santo, y Ascalon brilló con una luz tan intensa que el dragón cerró los ojos, cegado.

No era un ataque mortal. Era una distracción. Pero era suficiente. Porque mientras Fafnir retrocedía, cegado y desorientado, Sigfrido ya había recuperado Balmung.

La espada cantó en el aire. No era un canto de batalla, sino un réquiem, una melodía que hablaba de muertes antiguas y destinos inevitables. La energía que emanaba de la hoja no era fuego ni luz, sino algo más primigenio: el eco de la primera muerte de un dragón, la memoria de la sangre que había cambiado a un hombre para siempre.

«BALMUNG!»

El grito de Sigfrido se fundió con el rugido de Fafnir. La espada descendió, y con ella, toda la furia de un héroe que había esperado siglos para este momento.

La luz que siguió fue tan intensa que incluso en la distancia, incluso tras las murallas de Orleans, Issei sintió su calor en el rostro.

Mientras tanto, en otro rincón del campo de batalla, Elizabeth Bathory luchaba como nunca había luchado antes.

Carmilla era rápida, letal, cada movimiento suyo una lección de violencia refinada. Sus garras de metal buscaban la garganta de Elizabeth una y otra vez, y cada vez Elizabeth las esquivaba por centímetros, respondiendo con un golpe de su lanza, una estocada rápida, un grito sónico que distorsionaba el aire.

«¿Por qué te esfuerzas?», se burló Carmilla, mientras esquivaba un ataque que habría partido una roca. «Sabes que esto terminará como siempre. Te convertirás en mí. Es tu destino. Es mi pasado. Es inevitable.»

Elizabeth sintió que la furia la invadía. No la furia fría y calculadora de Carmilla, sino algo más caliente, más humano. «¡No! ¡Yo no soy tú! ¡Nunca lo seré!»

«¿Ah, no?», Carmilla rió, y su risa era como el hielo resquebrajándose. «Entonces, ¿por qué llevas ese vestido? ¿Por qué usas esos cuernos? ¿Por qué cantas, si no es para que te amen, para que te deseen, para que te recuerden?»

Elizabeth vaciló. La imagen de sí misma en el futuro, convertida en este monstruo que se bañaba en sangre de doncellas, la asaltó con la fuerza de un martillo. ¿Era eso lo que sería? ¿Era eso lo que ya era?

Carmilla aprovechó la vacilación. Sus garras se cerraron alrededor del cuello de Elizabeth, levantándola del suelo como si no pesara nada. La hoja de su lanza cayó al suelo con un sonido metálico.

«Mírate», susurró Carmilla, su rostro tan cerca que Elizabeth podía ver sus propios ojos reflejados en los de la condesa. «Mírate y dime que no soy yo. Dime que no eres yo. Dime que no vas a terminar exactamente igual, bañándote en sangre, buscando la juventud que se escapa, la belleza que se desvanece.»

Elizabeth intentó responder, pero las garras apretaban demasiado fuerte. Las lágrimas brotaban de sus ojos, no de dolor, sino de la verdad que Carmilla le estaba mostrando.

Pero entonces, en medio de la oscuridad que la envolvía, una imagen cruzó su mente. No era un recuerdo de su vida, sino algo más reciente. Issei, sonriéndole a pesar de sus quejas. Jeanne, ofreciéndole su mano cuando cayó. Marie, riendo mientras su caballo de cristal galopaba a su lado. Todos ellos, aceptándola, no a pesar de quién era, sino porque a pesar de todo, ella era diferente.

«No», susurró Elizabeth, y esta vez su voz no tembló. «No soy tú.»

Carmilla frunció el ceño. «¿Qué?»

«¡QUE NO SOY TÚ!»

El grito de Elizabeth no fue un grito sónico. Fue algo más. Fue la negación de un destino, la afirmación de una identidad que ella misma había construido, ladrillo a ladrillo, con cada decisión que la alejaba de la monstruosidad.

La onda expansiva que surgió de ella lanzó a Carmilla hacia atrás como si una mano gigante la hubiera empujado. Elizabeth cayó al suelo, jadeando, pero ya estaba levantándose, su lanza de nuevo en su mano.

Carmilla la miró, y por primera vez, en sus ojos no había burla. Había algo que podría haber sido respeto, o quizás envidia.

«Interesante», murmuró. «Tal vez… tal vez aún haya esperanza para ti.»

Elizabeth no respondió. Su lanza ya estaba en movimiento, y esta vez, sus golpes eran más rápidos, más certeros, más seguros. No luchaba contra Carmilla. Luchaba contra el futuro que Carmilla representaba. Y no iba a perder.

En otro lugar, Kiyohime reía mientras el fuego azul lamía los árboles a su alrededor, creando un círculo de llamas del que Atalanta no podía escapar.

La cazadora de Arcadia se movía con una velocidad que desafiaba la vista, sus flechas silbando en el aire como avispas furiosas. Pero cada flecha era desviada por una columna de fuego, cada ataque respondido con otro más feroz.

«¡Ríndete!», gritó Kiyohime, mientras sus llamas se elevaban más altas. «¡No puedes vencerme!»

Atalanta no respondió. Sus ojos rojos brillaban con una furia que no era suya, una rabia impuesta por la mejora de locura que la ataba a la voluntad de Jeanne Alter. Pero incluso a través de esa corrupción, algo en ella resistía.

Kiyohime lo sintió. Era la misma resistencia que ella había mostrado cuando Georgios la encontró, la misma chispa de identidad que la corrupción no podía extinguir del todo.

«Eres como yo», dijo Kiyohime, y sus llamas se calmaron ligeramente. «No quieres estar aquí. No quieres luchar por ella.»

Atalanta vaciló. Por un momento, sus ojos recuperaron su color verde, y en ellos había algo que podría haber sido gratitud.

«Pero debo», susurró. «No tengo elección.»

«Siempre hay elección», respondió Kiyohime, y sus llamas se elevaron de nuevo, no para atacar, sino para crear un muro entre Atalanta y la ciudad, entre ella y la influencia de la Bruja. «Puedes elegir no luchar. Puedes elegir esperar. Puedes elegir… vivir.»

Atalanta la miró, y por un momento, pareció que iba a bajar su arco. Pero entonces sus ojos se tiñeron de rojo de nuevo, y la flecha voló.

Kiyohime suspiró. «Una pena.»

El fuego azul se concentró en su mano, y cuando lanzó su ataque, no fue para matar. Fue para inmovilizar, para envolver, para aprisionar a Atalanta en un capullo de llamas que ni siquiera la mejora de locura podría romper.

Atalanta cayó, su arco rodando lejos de su mano, y Kiyohime se volvió hacia la ciudad. Su misión estaba cumplida.

Mozart y Sanson danzaban en un ballet de muerte y música.

Cada nota que Mozart tocaba era un ataque, una distorsión del espacio que hacía retroceder a Sanson, que lo obligaba a esquivar, a protegerse. La guillotina en miniatura del verdugo brillaba con una luz siniestra, pero cada vez que intentaba atacar, la música lo desviaba, lo confundía, lo cegaba.

«¿Por qué luchas?», preguntó Sanson, mientras esquivaba otra andanada de notas afiladas. «¿Por una reina que nunca te amó? ¿Por un amor que nunca fue correspondido?»

Mozart no respondió. Sus dedos se movían sobre las cuerdas del violín con una furia que nunca había mostrado en vida, componiendo una sinfonía de dolor que era también una sinfonía de liberación.

«Ella fue mi amiga», dijo finalmente, y su voz era apenas un susurro. «Me escuchó cuando nadie más lo hizo. Me entendió cuando nadie más podía. Y tú…» Sus dedos se detuvieron en las cuerdas, y el silencio que siguió fue más aterrador que cualquier nota. «Tú le robaste eso. Dos veces.»

Sanson sonrió, pero su sonrisa era triste. «Fue mi trabajo. Mi destino. Mi arte.»

«Entonces déjame mostrarte otro arte», dijo Mozart, y su violín se alzó una vez más.

La nota que surgió no era música. Era el eco de una vida, la memoria de una sonrisa, el recuerdo de una reina que había enfrentado la muerte con dignidad. Sanson se detuvo, su guillotina congelada en el aire, y por un momento, sus ojos vacíos se llenaron de algo que podría haber sido reconocimiento.

«Marie», susurró, y en su voz había algo que no era odio. Era… añoranza.

Mozart no le dio tiempo para más. La siguiente nota fue un ataque directo, una onda de pura energía que impactó contra el pecho de Sanson y lo lanzó contra la pared de una casa derruida. El verdugo cayó al suelo, su guillotina rodando lejos de su mano, y cuando intentó levantarse, la música de Mozart lo mantuvo inmovilizado, atrapado en una jaula de sonido.

«No la olvidaré», dijo Mozart, mientras se acercaba. «Y no permitiré que nadie más la toque. Nunca más.»

Sanson lo miró, y en sus ojos, por primera vez, había algo que no era vacuidad. Era… paz. «Ella… ella también fue mi reina», susurró. «Y la extraño. Todos los días.»

Mozart se detuvo. Su violín bajó lentamente, y la jaula de sonido se desvaneció.

«Vete», dijo, y su voz era cansada. «Vete y no vuelvas. Si te vuelvo a ver… no habrá música.»

Sanson se levantó lentamente, recuperando su guillotina. Miró a Mozart, luego hacia la ciudad, hacia donde Issei había entrado. Y entonces, sin una palabra, se desvaneció en las sombras.

Mozart se quedó solo, su violín colgando inerte en su mano. No había ganado. No había perdido. Solo había sobrevivido. Y a veces, pensó, eso era suficiente.

En la catedral de Orleans, Issei Hyoudou finalmente se encontró frente a frente con Jeanne Alter.

La Bruja Dragón estaba sentada en lo que había sido el altar, el Grial brillando a su lado como una estrella negra. Su armadura negra reflejaba la luz de las velas que aún ardían a su alrededor, y sus ojos dorados miraban a Issei con una mezcla de desprecio y algo que podría haber sido curiosidad.

«Llegaste», dijo, y su voz resonó en la nave vacía. «El pervertido que se cree héroe. El maestro que sacrifica a sus sirvientes. El hombre que llora por una reina a la que apenas conocía.»

Issei apretó los puños. A su lado, Mash levantó su escudo. Tamamo y Nero flanqueaban, sus armas listas. Y Jeanne, la verdadera Jeanne, sostenía su estandarte con una determinación que ninguna corrupción podría quebrar.

«Marie era mi amiga», dijo Issei, y su voz era firme. «Y vine a vengarla. Pero más que eso…» Dio un paso adelante. «Vine a liberarte. A ti y a todos los que has esclavizado. Esta locura termina hoy.»

Jeanne Alter se puso de pie, y el Grial brilló a su lado, alimentándola con un poder que distorsionaba el aire a su alrededor. «¿Liberarme? ¿Liberarme de qué? De la verdad que tú no puedes aceptar? De la realidad de que tu santa, tu heroína, tu amiga, es una mentira?»

Jeanne, la verdadera, dio un paso adelante. «No eres una mentira», dijo, y su voz era suave, casi tierna. «Eres yo. La parte de mí que quería vengarse. La parte que aún duele. Y por eso… por eso sé que puedes sanar. Que puedes ser libre.»

Jeanne Alter la miró, y por un momento, sus ojos dorados parpadearon. Algo, algún recuerdo, alguna emoción, cruzó su rostro. Pero luego se endureció, y el Grial brilló con más fuerza.

«No necesito libertad», dijo. «Necesito que entiendas. Que todos entiendan. El mundo que me quemó merece arder. Y yo seré quien encienda la llama.»

Issei levantó el brazo, y el Boosted Gear brilló con una luz roja que llenó la catedral. «Entonces tendrás que pasar sobre nosotros.»

Jeanne Alter sonrió, y en su sonrisa había algo que podría haber sido tristeza, o quizás alivio. «Con gusto.»

La batalla final había comenzado.

Regresamos despues de un descanso de una semana por enfermedad, vota si te gusto el episodio y apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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