Fragmento de lo Infinito - Capítulo 20
- Inicio
- Fragmento de lo Infinito
- Capítulo 20 - 20 Arco 2 Renacer Espiritual Capítulo 20 El Camino Eterno
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
20: Arco 2: Renacer Espiritual / Capítulo 20: El Camino Eterno 20: Arco 2: Renacer Espiritual / Capítulo 20: El Camino Eterno La penumbra de la pequeña tienda de antigüedades envolvía el ambiente con un aire denso y atemporal.
Entre estanterías repletas de objetos olvidados por la historia y vitrinas que parecían custodiar secretos de eras extintas, un hombre de mirada penetrante pasaba las páginas de un libro encuadernado en cuero envejecido.
Su rostro, parcialmente oculto por el ala de un sombrero negro, resultaba inquietantemente familiar: era el mismo individuo que había atendido a Biel y Bastián en aquel lejano día donde todo comenzó.
El sonido del papel al deslizarse llenaba el silencio, acompañado solo por el leve crujir de la madera del piso bajo el peso de sus pasos lentos.
Finalmente, se detuvo en una página concreta, observando las letras como si estas le devolvieran la mirada.
—Así terminó el primer acto —murmuró en voz baja, con un tono cargado de una solemnidad antigua.
Sus dedos enguantados recorrieron los párrafos finales mientras continuaba—: Una historia de valentía imprudente, de sacrificio, y un destino que apenas comienza a entretejerse con el infinito.
Su mirada se desvió hacia la puerta de la tienda, y sus ojos parecieron atravesar la madera, la ciudad y la realidad misma, observando los eventos que acababan de sacudir la fortaleza.
—El joven lo dio todo por sus amigos.
Se entregó a un ideal que apenas comprendía para proteger a quienes amaba.
Y así…
su vida terrenal llegó a su fin.
Las páginas del libro comenzaron a emitir un brillo suave, dorado y melancólico, y el hombre siguió narrando, convirtiendo la tinta en realidad.
—Biel enfrentó lo impensable: criaturas de pesadilla, aliados con pasados rotos y un poder que amenazaba con devorarlo.
Todo culminó en ese último latido, dejando a la señorita Acalia y a los demás frente a un cadáver que, por primera vez, descansaba en paz.
Pero la muerte de Biel no era el final del libro; era solo el paso de página.
Mientras su cuerpo yacía inerte en el mundo físico, algo más profundo, algo indestructible, despertaba.
En el instante en que su último suspiro escapó de sus labios, su esencia fue arrancada de la gravedad de la Tierra y llevada a un lugar más allá de la comprensión mortal.
Un vasto vacío lo recibió.
No era la oscuridad fría de la muerte que él esperaba.
Era un espacio etéreo donde los colores danzaban como auroras boreales vivas y el tiempo parecía haberse disuelto.
Biel abrió los ojos lentamente.
Lo primero que notó fue la ausencia de dolor.
Las heridas, el agotamiento, el fuego en sus pulmones…
todo había desaparecido.
Se encontró de pie sobre una superficie cristalina que se extendía hasta el horizonte, perfecta e inmóvil como el reflejo de un lago infinito.
Debajo de sus pies, el “agua” reflejaba un cielo que no tenía sol ni luna, solo luz pura.
—¿Dónde…
estoy?
—murmuró.
Su voz no se perdió en el viento, sino que resonó en el aire con una claridad imposible, como un eco sin fin.
A lo lejos, figuras borrosas comenzaban a formarse entre la bruma luminosa.
Eran sombras indistintas, pero no transmitían amenaza, sino una sensación de paz antigua y sabiduría.
Biel dio un paso vacilante hacia ellas, pero antes de que pudiera avanzar, una voz que no provenía de ninguna garganta resonó directamente en su mente: —Bienvenido, Biel.
Este es el umbral entre la vida y el infinito.
La voz no tenía origen; venía de todas partes y de ninguna.
Biel giró sobre sí mismo, buscando al dueño de aquellas palabras, pero solo encontró el vacío luminoso.
Sin embargo, la sensación de estar siendo observado por mil ojos invisibles era innegable.
Mientras tanto, en una realidad distante y polvorienta…
En la tienda de antigüedades, el hombre cerró el libro con un golpe suave pero definitivo, dejando escapar un suspiro que contenía siglos de nostalgia.
—La historia se pondrá mucho más interesante ahora —dijo, curvando los labios en una sonrisa apenas perceptible.
Sus ojos claros brillaron con un destello de conocimiento prohibido, el tipo de saber que enloquecería a un mortal.
Colocó el tomo en la estantería, donde el cuero viejo se camufló entre otros textos igual de misteriosos, y caminó hacia la salida.
La campanilla de la puerta tintineó suavemente al abrirse, dejando entrar un rayo de luz urbana que iluminó fugazmente su perfil afilado.
—Porque al final, cada fragmento tiene un precio —musitó para nadie, antes de desaparecer entre las sombras de la ciudad, dejando tras de sí una tienda en silencio que custodiaba los secretos del destino.
De vuelta en el vacío, Biel abrió los ojos por segunda vez.
El peso de la confusión nublaba sus pensamientos como una niebla espesa.
El entorno seguía siendo etéreo: un paisaje de colores fluidos y cielos infinitos que parecían respirar.
Su propia respiración se aceleró mientras intentaba anclar su mente a la realidad.
Las últimas memorias de su vida golpearon su consciencia como martillazos: el sacrificio, el dolor desgarrador, el grito de sus amigos y la oscuridad final devorándolo todo.
Se llevó las manos al pecho, buscando la herida mortal, pero sus dedos solo tocaron piel intacta.
—¡Esto…
esto no puede ser cierto!
—exclamó, su voz rompiéndose en el aire estático—.
¡Yo estaba…!
—Tú has muerto, Biel —interrumpió una voz profunda y calmada, cortando su pánico como una hoja afilada.
De entre las brumas de luz emergió una figura alta, envuelta en un halo resplandeciente que ocultaba sus rasgos.
Su rostro era indescifrable, una máscara de serenidad absoluta, pero su presencia emanaba una autoridad antigua.
Biel dio un paso atrás, sintiendo cómo su corazón inexistente latía con fuerza por el miedo.
—No…
no es posible…
—tartamudeó, negándose a aceptar la sentencia—.
Mis amigos…
Acalia, Xanthe…
¿Están bien?
¿Dónde están?
La figura asintió suavemente, un gesto lento y solemne.
—Tus amigos aún respiran.
De hecho, están intentando desafiar el orden natural para traerte de vuelta al mundo de los vivos.
Están luchando contra las mismas leyes que rigen este plano.
Biel sintió una mezcla vertiginosa de alivio y desesperación.
No lo habían abandonado.
Incluso después de morir, seguían peleando por él.
—Pero debes saber algo importante —continuó la entidad, y su tono se volvió más severo—: Su esfuerzo será en vano si la voluntad de este mundo no lo permite.
Ninguna magia mortal puede robarle un alma a este lugar sin permiso.
—¿De quién necesito permiso?
—preguntó Biel, con la urgencia quemándole la garganta—.
¡Debo hablar con quien sea!
¡Debo pedirle que me deje regresar!
La figura lo observó en silencio por un instante eterno, evaluando la determinación en los ojos del chico.
—La Diosa de los Espíritus, Yael, reina y soberana de este plano, reside en la ciudad de Garderan —explicó la figura—.
Es un lugar místico donde convergen las almas perdidas y criaturas de toda naturaleza.
Pero te advierto: los humanos no tienen lugar allí.
Este es un reino donde tu lógica no aplica.
Biel sintió un escalofrío recorrer su cuerpo espiritual.
Las palabras confirmaban que esto no era un sueño; era una prueba.
—¿Garderan?
¿Y qué sucede allí?
—insistió—.
¿Cómo deciden qué pasa con los que llegamos aquí?
—Garderan es una ciudad de juicio —sentenció la figura—.
Allí, Yael observa y decide el destino de cada alma: si merece ascender a los reinos superiores o ser enviada a las profundidades del olvido.
En sus dominios, el juicio de la Diosa es absoluto e inapelable.
Biel sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío físico recorrer su cuerpo etéreo.
Las palabras de la entidad confirmaban que su situación era mucho más precaria de lo que había imaginado.
No era un visitante; era un prisionero esperando sentencia.
—¿Garderan?
—repitió, probando el peso de ese nombre en su lengua—.
¿Qué clase de lugar es?
¿Cómo deciden qué pasa con los que terminamos aquí?
La figura inclinó ligeramente la cabeza, un gesto lento y meditado, como si estuviera calculando cuánto conocimiento podía soportar una mente recién llegada.
—Garderan no es solo una ciudad; es un tribunal.
Allí, la voluntad que gobierna este plano observa cada fragmento de tu vida y decide tu destino final: si mereces ascender a los reinos superiores y encontrar la paz…
o ser arrastrado a las profundidades del olvido eterno.
Biel tragó saliva, asimilando la magnitud de la amenaza.
En este lugar, su fuerza física, su magia o su espada no valían nada.
Solo su alma.
—¿Quién es esa juez?
—preguntó, con la voz cargada de una mezcla de temor y respeto—.
¿Quién tiene el poder de decidir eso?
La figura sonrió con suavidad bajo su halo de luz.
—Su nombre es Yael.
La Diosa de los Espíritus.
Reina y soberana absoluta de este horizonte.
Su poder es incomprensible para los mortales y su lógica no es humana, pero su juicio es justo.
Si deseas desafiar a la muerte, debes ir a Garderan, pararte frente a ella y demostrarle que tu existencia aún tiene valor.
El corazón de Biel latió con fuerza.
El camino estaba claro, pero era una locura.
Iba a exigirle una segunda oportunidad a una diosa.
—Lo haré —dijo, reuniendo toda la determinación que le quedaba—.
Iré a Garderan.
La figura frente a él comenzó a desvanecerse, descomponiéndose en motas de luz que flotaron hacia el cielo infinito.
Antes de desaparecer por completo, su voz resonó una última vez en la mente de Biel, como un eco lejano: —Entonces camina, alma perdida.
Encuentra a la Diosa antes de que el olvido te encuentre a ti.
Biel permaneció inmóvil un momento, solo en la inmensidad, procesando la sentencia.
Sus puños se cerraron con fuerza.
—No hay tiempo que perder —susurró para sí mismo, visualizando los rostros de Acalia y los demás—.
No moriré aquí.
Sin más, comenzó a caminar.
El paisaje que se extendía ante él era de una belleza que desafiaba toda explicación lógica: campos de hierba luminiscente que se mecían sin viento, brillando bajo un cielo que parecía un lienzo de pintura en constante movimiento, con colores que fluían como ríos celestiales.
A lo lejos, montañas que parecían hechas de cristal sólido reflejaban el entorno con destellos iridiscentes.
Era hermoso, sí, pero era una belleza terrible, la belleza de un lugar al que no pertenecía.
Mientras avanzaba, sus ojos captaron algo en la lejanía.
Una pequeña ciudadela se alzaba entre las colinas de bruma.
No tenía las torres imponentes que él había imaginado para la gran capital de Garderan, pero sus muros emanaban una energía extraña, casi magnética.
Las luces que parpadeaban en su interior parecían invitar al descanso, danzando en el aire como luciérnagas.
—Eso no parece la gran ciudad…
—murmuró Biel, deteniéndose un instante.
Pero era la única señal de “vida” en kilómetros de vacío.
Si quería encontrar a Yael, necesitaba orientarse, y ese lugar era su única opción.
—Eso no parece la Gran Ciudad…
—se dijo a sí mismo, entrecerrando los ojos ante las luces distantes.
Pero la decisión fue instantánea.
Si quería encontrar a Yael, necesitaba entender las reglas de este mundo, y ese asentamiento era su única brújula en un mar de incertidumbre.
Con una energía renovada que nacía de la desesperación, Biel retomó el rumbo.
El camino estaba pavimentado con maravillas que desafiaban su cordura: árboles cuyas hojas goteaban luz líquida sobre el sendero, y corrientes de aire visibles que transportaban susurros de conversaciones olvidadas.
A su derecha, un río fluía con un agua tan clara que parecía no existir, revelando un fondo de estrellas en lugar de piedras.
A medida que se acercaba a los muros de la ciudad, la soledad del paisaje se rompió.
En los bordes del bosque, las sombras comenzaron a despegarse de los troncos.
Biel se detuvo en seco, sintiendo un escalofrío recorrer su forma espiritual.
—¿Quién está ahí?
—preguntó, su voz firme, aunque sus manos buscaron instintivamente una espada que ya no portaba.
De entre la penumbra emergieron figuras que no eran humanas ni completamente espirituales.
Eran siluetas cambiantes, hechas de humo denso y polvo estelar.
No irradiaban hostilidad, sino una indiferencia cósmica.
Una de ellas, más alta que el resto, se deslizó frente a él e inclinó lo que parecía ser su cabeza.
—Viajero…
tu luz es demasiado densa para este lugar —dijo la criatura.
Su voz no era un sonido, sino una vibración que resonaba como un coro distante en la mente de Biel—.
Aún hueles a vida y a sangre caliente.
Este no es tu sitio.
—Busco respuestas —respondió Biel, sosteniendo la mirada de la entidad—.
Necesito llegar a Garderan.
La criatura de humo pareció contraerse.
—La Ciudad del Juicio…
—susurró—.
Si buscas tu sentencia, la ciudadela frente a ti te dará descanso.
Pero si buscas a la Diosa, prepárate para sangrar sin cuerpo.
Las criaturas se disolvieron en la brisa tan rápido como habían aparecido, dejándolo solo con la advertencia flotando en el aire.
Biel tragó saliva y avanzó hasta alcanzar la entrada.
Los portales eran arcos inmensos decorados con inscripciones que brillaban en un idioma que su mente no podía traducir, pero que su alma entendía como “Paz”.
Al cruzar el umbral, una energía cálida y sedante lo envolvió, invitándolo a olvidar, a descansar, a dejar de luchar.
Sacudió la cabeza con fuerza.
«No.
No estoy aquí para descansar.» Las calles eran un mosaico de tiempos y culturas.
Espíritus de todas las eras caminaban, flotaban o simplemente existían en bucles de memoria.
Vio guerreros antiguos limpiando armas invisibles y sombras ligeras que bailaban al ritmo de una música que él no podía oír.
Era hermoso, pero trágico; era una sala de espera eterna.
Biel se acercó a un grupo de espíritus que parecían conservar su lucidez, sentados al borde de una fuente de luz.
—Disculpen —interrumpió con respeto—.
No pertenezco a este lugar.
Necesito saber cómo llegar a Garderan.
Los espíritus detuvieron su conversación y lo miraron con una mezcla de curiosidad y lástima.
Uno de ellos, un anciano con túnicas que parecían hechas de pergamino, se levantó lentamente.
—Garderan…
—murmuró el anciano, señalando hacia el horizonte—.
La Gran Ciudad está más allá de las Montañas de Cristal.
Es un viaje largo, muchacho.
El camino está diseñado para romper lo que queda de tu espíritu antes de que llegues al trono de Yael.
—No me importa —aseguró Biel—.
Debo verla.
El anciano sonrió con tristeza.
—Ten cuidado con lo que deseas.
Yael no recibe a los vivos —ni a los medio muertos— con bondad.
Ella es la balanza, y la balanza es fría.
Biel inclinó la cabeza en señal de agradecimiento.
—Gracias por la advertencia.
Pero tengo a alguien esperándome al otro lado.
No voy a fallar.
Sin permitirse un segundo más en esa atmósfera sedante, Biel dio media vuelta y abandonó la pequeña ciudad, clavando su vista en las imponentes montañas que cortaban el cielo en el horizonte.
Sus picos brillaban con un filo cruel.
Sabía que el verdadero infierno empezaba ahora.
Pero mientras caminaba hacia la inmensidad, apretó los puños y susurró una promesa al vacío: —Espérame, Acalia.
Voy a volver.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Yorlin_Napa ¡Saludos, lectores!
Con este capítulo damos inicio al arco 2 de Fragmento de lo Infinito.
Las aventuras de Biel continúan ahora en el Jardín de Enit, una aventura en territorio de una diosa que odia a los demonios y juzga a los humanos por un suceso del pasado.
Biel tendrá que arreglárselas para poder regresar con sus amigos, vamos con todo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com