Fragmento de lo Infinito - Capítulo 21
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21: Capítulo 21: Biel y Monsfil 21: Capítulo 21: Biel y Monsfil El viento frío aullaba con fuerza, cortando el aire mientras Biel avanzaba hacia las imponentes montañas que se alzaban en el horizonte como gigantes dormidos.
El peso de los recientes acontecimientos aún amenazaba con aplastarlo, pero su determinación lo mantenía en pie.
Cada paso que daba resonaba con un eco antinatural en la absoluta quietud del paisaje.
Las cumbres escarpadas parecían observarlo en silencio, testigos de piedra que escondían secretos demasiado antiguos para la comprensión humana.
De pronto, el aire frente a él se distorsionó.
Una figura comenzó a materializarse a partir de la nada, alta e imponente.
Su armadura deslumbrante capturaba la extraña luz del lugar, emitiendo un fulgor tenue pero abrumador.
Era Monsfil, el Rey Demonio de la Destrucción Eterna.
—¡Monsfil!
¿Cómo es posible que estés aquí?
—La sorpresa le robó el aliento a Biel.
Retrocedió un paso por puro instinto, su mano volando hacia la empuñadura de su arma, listo para desenvainar.
Monsfil ni siquiera se inmutó por la postura defensiva.
Esbozó una sonrisa lánguida, casi nostálgica, y cruzó los brazos sobre su pecho acorazado emanando una calma absoluta.
—Este es un plano espiritual o también llamado Jardín de Enit, joven portador.
Es un lugar donde lo espiritual es visible y gracias a ello que puedo salir del Fragmento que llevas en el cuello.
Además, no olvides que soy uno de los Reyes Demonios.
Mi esencia está profundamente entrelazada con este mundo.
Biel asintió lentamente, aflojando milimétricamente el agarre de su arma mientras procesaba la revelación.
A pesar de las dudas y los temores que aún latían en su interior, la imponente presencia de Monsfil irradiaba una autoridad antigua que, inevitablemente, lo obligaba a escuchar.
—Entonces, ¿qué planeas hacer aquí?
Una carcajada breve, profunda y resonante escapó de los labios del Rey Demonio, rompiendo la tensión del páramo.
—Ayudarte a salir de este lugar.
Tus amigos están intentando devolverte a la vida, pero también debo contarte más sobre este sitio.
Este plano espiritual rige bajo ciertas normas.
Hace mucho tiempo, cualquier raza podía acceder libremente aquí: humanos, demonios, incluso los inmortales.
Pero todo cambió por un conflicto que marcó la historia.
Biel lo miró con una curiosidad palpable, guardando un respetuoso silencio.
Monsfil desvió la mirada hacia el horizonte infinito del Jardín, y cuando habló, su voz resonó con el eco inconfundible de eras olvidadas.
—Mis hermanos Karia, Reina Demonio del Conocimiento Prohibido; Quizza, Reina Demonio de la Ambición Desmedida; y Tahiel, Rey Demonio de la Oscuridad Primordial, usaron a un humano para sus propios fines.
Le otorgaron poder y conocimientos ilimitados, y ese humano causó un caos indescriptible en este lugar.
Para detenerlo, el hijo de la diosa Yael sacrificó su vida protegiendo a los habitantes del Jardin.
La diosa, consumida por el dolor, interrogó al humano una vez que su poder se agotó.
Él culpó a mis hermanos, y esto enfureció a Yael.
Monsfil hizo una pausa.
El viento a su alrededor pareció detenerse por un instante, y el peso de aquellos días oscureció sus facciones.
Sus ojos carmesí, que reflejaban milenios de historia y ruina, se clavaron en Biel con una intensidad sofocante.
—La diosa decidió que los humanos solo podrían acceder a este plano tras su muerte para ser juzgados, y que a los demonios se les sellaría la puerta que conectaba su mundo con este.
Mis hermanos lograron su objetivo: enfurecer a Yael solo por diversión.
Yo, que estaba lejos durante esos eventos, les había advertido que no hicieran nada para provocar a la diosa.
Cuando regresé, descubrí que ya no podía entrar aquí.
Me llené de ira hacia ellos, pero entendí que parte de la culpa era mía por haberme ausentado.
Un escalofrío recorrió la columna de Biel.
Fascinado y horrorizado por igual al comprender que una tragedia de magnitud divina había sido provocada por mero capricho, dio un paso más cerca de Monsfil, casi sin darse cuenta.
—¿Eso sucedió hace más de doscientos años?
—La incredulidad ensanchó sus ojos de par en par, su voz saliendo apenas como un susurro frente a la inmensidad del relato.
—Así es.
Poco después, el héroe nos selló a todos.
Este plano es un lugar peligroso para demonios como yo.
Si planeas usar el poder de un Rey Demonio, ten mucho cuidado.
Biel asintió con lentitud, sintiendo una repentina pesadez en el Fragmento que colgaba de su cuello.
Sus pensamientos se agolpaban, formando un torbellino de advertencias, historia antigua y responsabilidades recién adquiridas.
—Lo haré, Monsfil.
Tendré cuidado.
El Rey Demonio esbozó una leve sonrisa de reconocimiento.
Su inmensa figura comenzó a disolverse desde los bordes, convirtiéndose en una nube de sombras que el viento sopló hacia la nada.
—Nos volveremos a ver, joven portador.
Y con ese último eco, desapareció.
Biel se quedó solo una vez más y retomó su camino a través del yermo.
Mientras avanzaba, sintió que el aire a su alrededor se volvía denso, eléctrico, como si el propio Jardín de Enit respondiera a la tormenta que se gestaba en su interior.
Los paisajes a su alrededor parecían un reflejo directo de sus emociones: cielos tormentosos, laderas escarpadas y caminos llenos de incertidumbre.
No pasó mucho tiempo antes de que el sonido de un choque ahogado cortara la quietud del páramo.
Biel se detuvo en seco.
A pocos metros, en una hondonada, una escena inquietante se estaba desarrollando.
Un grupo de elfos rodeaba a una figura encapuchada, atacándola sin piedad con movimientos rápidos y letales.
Las voces de los agresores resonaban en un idioma antiguo, gutural y lleno de furia.
La figura acorralada intentaba defenderse retrocediendo, pero estaba claramente en una desventaja que pronto le costaría la vida.
Al ver el abuso desmedido, la sangre de Biel hirvió.
Una chispa de ira se encendió en su corazón, desterrando cualquier rastro de duda.
—¡Deténganse!
—su grito rasgó el aire, pero los elfos, cegados por su propia furia, lo ignoraron por completo.
La paciencia de Biel se agotó.
Sin pensarlo dos veces, canalizó su energía y activó su habilidad: “Ráfaga Ágil”.
El mundo pareció detenerse por una fracción de segundo antes de estallar en movimiento.
En un instante, Biel se disparó hacia adelante con una velocidad vertiginosa, convirtiéndose en un borrón indetectable para el ojo común.
No hubo tiempo para que sus enemigos reaccionaran.
Impactó contra los elfos con la fuerza de un vendaval, golpeándolos y lanzándolos por los aires como si fueran muñecos de trapo.
Cuerpos chocaron violentamente contra los troncos de los árboles cercanos, astillando la madera antes de caer y desaparecer entre la maleza de la espesura.
Biel frenó en seco, su postura firme y emanando una presión abrumadora.
—¡¿Cómo se atreven a atacar a alguien de esa manera?!
—bramó, su voz cargada con una mezcla de indignación y determinación que heló la sangre de los atacantes restantes.
Los elfos, con los ojos desorbitados y sorprendidos por esa fuerza monstruosa, no intentaron contraatacar.
El terror los dominó y huyeron despavoridos entre los árboles sin mirar atrás.
Con el peligro inmediato disipado, Biel relajó su postura y se acercó a la figura encapuchada, quien se había desplomado en el suelo durante la refriega.
Al inclinarse, suavizó su tono, dejando atrás la furia del combate: —¿Estás bien?
¿Cómo te llamas?
La figura levantó la cabeza lentamente.
La capucha se deslizó hacia atrás, revelando un rostro delicado, casi de porcelana, enmarcado por una cascada de cabello negro.
Sus ojos, de un azul intenso y profundo como el océano, se fijaron en los de Biel, atrapándolo por un segundo, mientras sus labios pálidos esbozaban una leve sonrisa de alivio.
—Me llamo Raizel.
El silencio llenó el aire mientras Biel intentaba procesar la belleza etérea y la extrañeza de la chica frente a él.
Sin embargo, la calma fue efímera.
Antes de que pudiera hablar, el bosque pareció susurrar alrededor de ellos, las sombras alargándose de forma antinatural.
La atmósfera se tornó pesada, opresiva, como si una nueva amenaza estuviera al acecho, observando.
—Debemos movernos —Raizel rompió el momento, incorporándose con dificultad y haciendo una mueca de dolor.
Su voz era suave, pero estaba cargada de urgencia—.
No es seguro quedarnos aquí.
Biel la ayudó a levantarse, ofreciéndole un soporte firme.
Sus pensamientos eran un torbellino de preguntas sin respuesta.
¿Quién era realmente Raizel?
¿Por qué los elfos la atacaban con tanto odio?
Y, lo más importante…
mientras avanzaban juntos hacia un lugar más seguro, Biel no podía evitar sentir un tirón en su interior, la innegable sensación de que el destino había vuelto a intervenir en su camino.
(…) En el horizonte, las montañas parecían más cercanas que nunca, recortándose contra el cielo como colmillos oscuros, pero también más amenazantes.
Biel y Raizel se movían en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos, el sonido de sus pasos amortiguado por la tierra húmeda.
Aunque acababan de conocerse, una conexión incipiente comenzaba a formarse entre ellos, invisible pero palpable, como si ambos compartieran un destino entrelazado.
Mientras caminaban, Raizel finalmente decidió romper el silencio que los envolvía.
—Gracias por salvarme.
No muchos se habrían enfrentado a un grupo de elfos por alguien que no conocen.
Biel se encogió de hombros, ajustándose el equipo e intentando restarle importancia al asunto.
—No podía quedarme de brazos cruzados.
Pero ¿Qué hacías tan lejos de cualquier poblado?
Raizel bajó la mirada, sus ojos azules ocultándose tras sus pestañas como si estuviera decidiendo cuánto contar.
—Estaba buscando algo…
o alguien.
Pero parece que mi búsqueda no pasó desapercibida.
Antes de que Biel pudiera preguntar más sobre esa misteriosa búsqueda, un rugido profundo y gutural resonó a lo lejos, haciendo vibrar el suelo bajo sus pies.
Ambos se detuvieron en seco, sus cuerpos tensándose al unísono, los instintos de supervivencia disparándose al máximo.
—¿Qué fue eso?
—preguntó Biel, su mano volando hacia su costado y desenvainando su arma en un movimiento fluido.
Raizel estrechó los ojos, clavando su mirada en la oscuridad del bosque, como si pudiera ver lo que se ocultaba allí.
—Algo que no debería estar aquí.
Prepara tus habilidades, podría ser una larga noche.
Ambos se quedaron allí, hombro con hombro, listos para enfrentarse a lo desconocido, mientras las sombras del bosque se agitaban frente a ellos con la promesa de un peligro inminente.
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